Allá en otros tiempos (y bien buenos tiempos que eran), habÃa una vez una vaquita (¡mu!) que iba por un caminito. Y esta vaquita que iba por un caminito se encontró un niñÃn muy guapÃn, al cual le llamaban el nene de la casa…
Este era el cuento que le contaba su padre. Su padre le miraba a través de un cristal: tenÃa la cara peluda.
Él era el nene de la casa. La vaquita venÃa por el caminito donde vivÃa Betty Byrne: Betty Byrne vendÃa trenzas de azúcar al limón.
Ay, la flores de las rosas silvestres
en el pradecito verde.
Ésta era la canción que cantaba. Era su canción.
Ay, las floles de las losas veldes.
Cuando uno moja la cama, aquello está calentito primero y después se va poniendo frÃo. Su madre colocaba el hule. ¡Qué olor tan raro!
Su madre olÃa mejor que su padre y tocaba en el piano una jiga de marineros para que la bailase él. Bailaba:
Tralala lala,
tralala tralalaina,
tralala lala,
tralala lala.
TÃo Charles y Dante aplaudÃan. Eran más viejos que su padre y que su madre; pero tÃo Charles era más viejo que Dante.
Dante tenÃa dos cepillos en su armario. El cepillo con el respaldo de terciopelo azul era el de Michael Davitt y el cepillo con el revés de terciopelo verde, el de Parnell. Dante le daba una gota de esencia cada vez que le llevaba un pedazo de papel de seda.
Los Vances vivÃan en el número 7. TenÃan otro padre y otra madre diferentes. Eran los padres de Eileen. Cuando fueran mayores, él se iba a casar con Eileen… Se escondió bajo la mesa. Su madre dijo:
-Stephen tiene que pedir perdón.
Dante dijo:
-Y si no, vendrán las águilas y le sacarán los ojos.
Le sacarán los ojos.
Pide perdón,
pide perdón
de hinojos.Le sacarán el corazón.
Pide perdón.
Pide perdón.
Los anchurosos campos de recreo hormigueaban de muchachos. Todos chillaban y los prefectos les animaban a gritos.
El aire de la tarde era pálido y frÃo, y a cada volea de los jugadores, el grasiento globo de cuero volaba como un ave pesada a través de la luz gris. Stephen se mantenÃa en el extremo de su lÃnea, fuera de la vista del prefecto, fuera del alcance de los pies brutales, y de vez en cuando fingÃa una carrerita. ComprendÃa que su cuerpo era pequeño y débil comparado con los de la turba de jugadores, y sentÃa que sus ojos eran débiles y aguanosos. Rody Kickham no era asÃ; serÃa capitán de la tercera división: todos los chicos lo decÃan.
Rody Kickham era una persona decente, pero Roche el Malo era un asqueroso. Rody Kickham tenÃa unas espinilleras en su camarilla y, en el refectorio, una cesta de provisiones que le mandaban de casa. Roche el Malo tenÃa las manos grandes y solÃa decir que el postre de los viernes parecÃa un perro en una manta. Y un dÃa le habÃa preguntado:
-¿Cómo te llamas?
Stephen habÃa contestado: Stephen Dédalus.
Y entonces Roche habÃa dicho:
-¿Qué nombre es ese?
Pero Stephen no habÃa sido capaz de responder. Y entonces Roche le habÃa vuelto a preguntar:
-¿Qué es tu padre?
Y él habÃa respondido:
-Un señor.
Y todavÃa Roche habÃa vuelto a preguntarle:
-¿Es magistrado?
Se deslizaba de un punto a otro, siempre en el extremo de la lÃnea, dando carreritas cortas de vez en cuando. Pero las manos le azuleaban de frÃo. Las metió en los bolsillos de su chaqueta gris de cinturón. El cinturón pasaba por encima del bolsillo. Cinturón, cinturonazo. Y darle a un chico un cinturonazo era pegarle con el cinturón. Un dÃa un chico le habÃa dicho a Cantwell:
-¡Te voy a largar un cinturonazo!…
Y Cantwell le habÃa contestado:
-¡Anda y quÃtate de ahÃ! Ve a largarle un cinturonazo a Cecil Thunder. Me gustarÃa verte. Te mete un puntapié en el trasero como para ti solo.
Aquella expresión no estaba muy bien. Su madre le habÃa dicho que no hablara en el colegio con chicos mal educados. ¡Madre querida! Al despedirse el dÃa de entrada en el vestÃbulo del castillo, ella se habÃa recogido el velo sobre la nariz para besarle: y la nariz y los ojos estaban enrojecidos. Pero él habÃa hecho como si no se diera cuenta de que su madre estaba a punto de echarse a llorar. Y su padre le habÃa dado como dinero de bolsillo dos monedas de a cinco chelines. Y su padre le habÃa dicho que escribiera a casa si necesitaba algo, y que, sobre todo, nunca acusara a un compañero aunque hiciese lo que hiciese. Después, a la puerta del castillo, el rector, con la sotana flotante a la brisa, habÃa estrechado la mano a sus padres y el coche habÃa partido con su padre y su madre dentro.
-¡Adiós, Stephen, adiós!
-¡Adiós, Stephen, adiós!
Se vio cogido entre el remolino de un pelotón de jugadores y, temeroso de los ojos fulgurantes y de las botas embarradas, se dobló completamente mirando por entre las piernas. Los muchachos pugnaban, bramaban y pataleaban entre restregones de piernas y puntapiés. De pronto las botas amarillas de Jack Lawton lanzaron el balón fuera del corro y todas las otras botas y piernas corrieron detrás. Stephen corrió también un trecho y luego se paró. No tenÃa objeto el seguir. Pronto se irÃan a casa, de vacaciones. Después de la cena, en el salón de estudio, iba a cambiar el número que estaba pegado dentro de su pupitre: de 77 a 76.
SerÃa mejor estar en el salón de estudio, que no allà fuera al frÃo. El cielo estaba pálido y frÃo, pero en el castillo habÃa luces. Se quedó pensando desde qué ventana habrÃa arrojado Hamilton Rowan su sombrero al foso y si habrÃa ya entonces arriates de flores bajo las ventanas. Un dÃa que le habÃan llamado al castillo, el despensero le habÃa enseñado las huellas de las balas de los soldados en la madera de la puerta y le habÃa dado un pedazo de torta de la que comÃa la comunidad. ¡Qué agradable y reconfortante era ver las luces en el castillo! Era como una cosa de un libro. Tal vez la AbadÃa de Leicester serÃa asÃ. ¡Y qué frases tan bonitas habÃa en el libro de lectura del doctor Cornwell! Eran como versos, sólo que eran únicamente frases para aprender a deletrear.
Wolsey murió en la AbadÃa de Leicester
donde los abades le enterraron.
Cancro es una enfermedad de plantas;
cáncer, una de animales.
¡Qué bien se estarÃa echado sobre la esterilla delante del fuego, con la cabeza apoyada entre las manos y pensando estas frases! Le corrió un escalofrÃo como si hubiera sentido junto a la piel un agua frÃa y viscosa. HabÃa sido una villanÃa de Wells el empujarle dentro de la fosa y todo porque no le habÃa querido cambiar su cajita de rapé por la castaña pilonga de él, de Wells, por aquella castaña vencedora en cuarenta combates. ¡Qué frÃa y qué pegajosa estaba el agua! Un chico habÃa visto una vez saltar una rata al foso. Madre estaba sentada con Dante al fuego esperando que BrÃgida entrase el té. TenÃa los pies en el cerco de la chimenea y sus zapatillas adornadas estaban calientes, ¡calientes!, y ¡tenÃan un olor tan agradable! Dante sabÃa la mar de cosas. Le habÃa enseñado dónde estaba el canal de Mozambique y cuál era el rÃo más largo de América, y el nombre de la montaña más alta de la luna. El Padre Arnall sabÃa más que Dante porque era sacerdote, pero tanto su padre como tÃo Charles decÃan que Dante era una mujer muy lista y muy instruida. Y cuando Dante después de comer hacÃa aquel ruido y se llevaba la mano a la boca, aquello se llamaba acedÃa.
Una voz gritó desde lejos en el campo de juego:
-¡Todo el mundo dentro!
Después otras voces gritaron desde la segunda y la tercera división:
-¡Todos adentro! ¡Todos adentro!
Los jugadores se agrupaban sofocados y embarrados, y él se mezcló con ellos, contento de volver a entrar. Rody Kickham llevaba el balón cogido por la atadura grasienta. Un chico le dijo que le pegara todavÃa la última patada; pero el otro se metió dentro sin contestarle. Simón Moonan le dijo que no lo hiciera porque el prefecto estaba mirando. El chico se volvió a Simón Moonan, y le dijo:
-Todos sabemos por qué lo dices. Tú eres el chupito de Mc Glade.
Chupito era una palabra muy rara. Aquel chico le llamaba asà a Simón Moonan porque Simón Moonan solÃa atar las mangas falsas del prefecto y el prefecto hacÃa como que se enfadaba. Pero el sonido de la palabra era feo. Una vez se habÃa lavado él las manos en el lavabo del Hotel Wicklow, y su padre tiró después de la cadena para quitar el tapón, y el agua sucia cayó por el agujero de la palangana. Y cuando toda el agua se hubo sumido lentamente, el agujero de la palangana hizo un ruido asÃ: chup. Sólo que más fuerte.
Y al acordarse de esto y del aspecto blanco del lavabo, sentÃa frÃo y luego calor. HabÃa dos grifos, y al abrirlos corrÃa el agua: frÃa y caliente. Y él sentÃa frÃo y luego un poquito de calor. Y podÃa ver los nombres estampados en los grifos. Era una cosa muy rara.
Y el aire del tránsito le escalofriaba también. Era un aire raro y húmedo. Pronto encenderÃan el gas y al arder harÃa un ligero ruido como una cancioncilla. Siempre era lo mismo: y, si los chicos dejaban de hablar en el cuarto de recreo, entonces se podÃa oÃr muy bien.
Era la hora de los problemas de aritmética. El Padre Arnall escribió un problema muy difÃcil en el encerado, y luego dijo:
-¡Vamos a ver quién va a ganar! ¡Hala, York! ¡Hala, Lancaster!
Stephen lo hacÃa lo mejor que podÃa, pero la operación era muy complicada y se hizo un lÃo. La pequeña escarapela de seda, prendida con un alfiler en su chaqueta, comenzó a oscilar. El no se daba mucha maña para los problemas, pero trataba de hacerlo lo mejor que podÃa para que York no perdiese. La cara del Padre Arnall parecÃa muy ceñuda, pero no estaba enfadado: se estaba riendo. Al cabo de un rato, Jack Lawton chascó los dedos, y el Padre Arnall le miró el cuaderno y dijo:
-Bien. ¡Bravo, Lancaster! La rosa roja gana. ¡Vamos, York! ¡Hay que alcanzarlos!
Jack Lawton le estaba mirando desde su sitio. La pequeña escarapela con la rosa roja le caÃa muy bien, porque llevaba una blusa azul de marinero. Stephen sintió que su cara estaba roja también, y pensó en todas las apuestas que habÃa cruzadas sobre quién ganarÃa el primer puesto en Nociones, Jack Lawton o él. Algunas semanas ganaba Jack Lawton la tarjeta de primero, y otras él. Su escarapela de seda blanca vibraba y vibraba, mientras trabajaba en el siguiente problema y oÃa la voz del Padre Arnall. Después, todo su ahÃnco pasó, y sintió que tenÃa la cara completamente frÃa. Pensó que debÃa de tener la cara blanca, pues la notaba tan frÃa. No podÃa resolver el problema, pero no importaba. Rosas blancas y rosas rojas: ¡qué colores tan bonitos para estarse pensando en ellos! Y las tarjetas del primer puesto y del segundo y del tercero también tenÃan unos colores muy bonitos: rosa, crema y azul pálido. Y también era hermoso pensar en rosas crema y rosas rosa. Tal vez una rosa silvestre podrÃa tener esos colores, y se acordó de .la canción de las flores de las rosas silvestres en el pradecito verde. Pero lo que no podrÃa haber era una rosa verde. Quizá la hubiera en alguna parte del mundo.
Sonó la campana, y los alumnos comenzaron a salir de la clase hacia el refectorio, a lo largo de los tránsitos. Se sentó mirando los dos moldes de mantequilla que habÃa en su plato, pero no pudo comer el pan húmedo. El mantel estaba húmedo y blando. Se bebió de un trago, sin embargo, el té que le echó en la taza un marmitón zafio, ceñido de un delantal blanco. Pensaba si el delantal del marmitón estarÃa húmedo también, o si todas las cosas blancas serÃan húmedas y frÃas. Roche el Malo y SaurÃn bebÃan cacao: se lo enviaban sus familias en latas. DecÃan que no podÃan beber aquel té, porque era como agua de fregar. DecÃan que sus padres eran magistrados.
Todos los chicos le parecÃan muy extraños. Todos tenÃan padres y madres, y trajes y voces diferentes. Y deseaba estar en casa y reclinar la cabeza en el regazo de su madre. Pero no podÃa; y lo que querÃa, por lo menos, era que se acabaran el juego y el estudio y las oraciones para estar en la cama.
Bebió otra taza de té caliente y Fleming le dijo:
-¿Qué tienes? ¿Te duele algo o qué es lo que te pasa?
-No sé -dijo Stephen.
-Lo que tú tienes malo es el saco del pan -dijo Fleming-, porque estás muy pálido. ¡Eso se te pasa!
-SÃ, sà -dijo Stephen.
Pero la enfermedad no estaba allÃ. Pensó que lo que tenÃa enfermo era el corazón, si el corazón podÃa estarlo. ¡Qué amable que habÃa estado Fleming interesándose por él! SentÃa ganas de llorar. Apoyó los codos en la mesa y se puso a taparse y destaparse los oÃdos. Cada vez que destapaba los oÃdos, se oÃa el ruido del comedor. Era un estruendo como el del tren por la noche. Y cuando se tapaba los oÃdos, el estruendo cesaba, como el de un tren dentro de un túnel. Aquella noche en Dalkey el tren habÃa hecho el mismo estruendo, y, luego, al entrar en el túnel, el estrépito habÃa cesado. Cerró los ojos, y el tren siguió sonando y callando; sonando otra vez y callando. ¡Qué gusto daba oÃrlo callar y volver de nuevo a sonar fuera del túnel y luego callar otra vez!
Comenzaron a venir a lo largo de la estera del centro del refectorio los de la primera división, Paddy Rath y Jimmy Magee, y el español al que le dejaban fumar cigarros, y el portuguesito de la gorra de lana. Y cada uno tenÃa su manera distinta de andar.
Se sentó en un rincón del salón de recreo, haciendo como que miraba un partido de dominó, y por dos o tres veces pudo oÃr la cancioncilla del gas. El prefecto estaba a la puerta con varios muchachos y Simón Moonan le estaba atando las mangas falsas del hábito de los jesuitas ingleses. Estaba contando algo acerca de Tullabeg.
Por fin se marchó de la puerta y Wells se acercó a Stephen y le dijo:
-Dinos, Dédalus, ¿besas tú a tu madre por la noche antes de irte a la cama?
Stephen contestó:
-SÃ.
Wells se volvió a los otros y dijo:
-Mirad, aquà hay uno que dice que besa a su madre todas las noches antes de irse a la cama.
Los otros chicos pararon de jugar y se volvieron para mirar, riendo. Stephen se sonrojó ante sus miradas y dijo:
-No, no la beso.
Wells dijo:
-Mirad, aquà hay uno que dice que él no besa a su madre antes de irse a la cama.
Todos se volvieron a reÃr. Stephen trató de reÃr con ellos. En un momento, se azoró y sintió una oleada de calor por todo el cuerpo. ¿Cuál era la debida respuesta? HabÃa dado dos y, sin embargo, Wells se reÃa. Pero Wells debÃa saber cuál era la respuesta, porque estaba en tercero de gramática. Trató de pensar en la madre de Wells, pero no se atrevÃa a mirarle a él a la cara. No le gustaba la cara de Wells. Wells habÃa sido el que le habÃa tirado a la fosa el dÃa anterior porque no habÃa querido cambiar su cajita de rapé por la castaña pilonga de Wells, por aquella castaña vencedora en cuarenta partidos. HabÃa sido una villanÃa: todos los chicos lo habÃan dicho. ¡Y qué frÃa y qué viscosa estaba el agua! Y un muchacho habÃa visto una vez una rata muy grande saltar y ¡plum! zambullirse de cabeza en el légamo.
La viscosidad frÃa del foso le cubrÃa todo el cuerpo; y cuando sonó la campana para el estudio y las divisiones salieron de los salones de recreo, sintió dentro de la ropa el aire frÃo del tránsito y de la escalera. TodavÃa trató de pensar cuál era la verdadera contestación. ¿Estaba bien besar a su madre o estaba mal? Y, ¿qué significaba aquello, besar? Poner la cara hacia arriba, asÃ, para decir buenas noches y que luego su madre inclinara la suya. Eso era besar. Su madre ponÃa los labios sobre la mejilla de él; aquellos labios eran suaves y le humedecÃan la cara; y luego hacÃan un ruidillo muy pequeño: be-so. ¿Por qué se hacÃa asà con la cara?
Sentado ya en el salón de estudio, abrió la tapa de su pupitre y cambió el número que estaba pegado dentro de 77 en 76. Pero las vacaciones de Navidad estaban muy lejos todavÃa; y sin embargo, habÃan de llegar, porque la tierra giraba siempre.
HabÃa un grabado de la tierra en la primera página de la GeografÃa: una pelota muy grande entre nubes. Fleming tenÃa una caja de lápices y una noche en el estudio libre habÃa iluminado la tierra de verde y las nubes de marrón. Era como los dos cepillos en el armario de Dante: el cepillo con el respaldo verde para Parnell y el cepillo con el respaldo marrón para Michael Davitt. Pero él no le habÃa dicho a Fleming que las pintara de aquellos colores: lo habÃa hecho Fleming de por sÃ.
Abrió la GeografÃa para estudiar la lección, pero no se podÃa acordar de los nombres de lugar de América. Y sin embargo, todos ellos eran sitios diferentes que tenÃan diferentes nombres. Todos estaban en paÃses distintos y los paÃses estaban en continentes y los continentes estaban en el mundo y el mundo era el universo. Pasó las hojas de la GeografÃa hasta llegar a la guarda y leyó lo que él habÃa escrito allÃ. Allà estaban él, su nombre y su residencia.
Stephen Dédalus
Clase de Nociones
Colegio de Clongowes Wood
Sallins
Condado de Kildare
Irlanda
Europa
El Mundo
El Universo
Esto estaba escrito de su mano. Y Fleming habÃa escrito por broma en la página opuesta:
Stephen Dédalus es mi nombre
e Irlanda mi nación.
Clongowes donde yo vivo
y el cielo mi aspiración.
Leyó los versos del revés, pero asà dejaban de ser poesÃa. Y luego leyó de abajo a arriba lo que habÃa en la guarda hasta que llegó a su nombre. Aquello era él: y entonces volvió a leer la página hacia abajo. ¿Qué habÃa después del universo? Nada. Pero, ¿es que habÃa algo alrededor del universo para señalar dónde se terminaba, antes de que la nada comenzase? No podÃa haber una muralla. Pero podrÃa haber allà una lÃnea muy delgada, muy delgada, alrededor de todas las cosas. Era algo inmenso el pensar en todas las cosas y en todos los sitios. Sólo Dios podÃa hacer eso. Trataba de imaginarse qué pensamiento tan grande tendrÃa que ser aquél, pero sólo podÃa pensar en Dios. Dios era el nombre de Dios, lo mismo que su nombre era Stephen. Dieu querÃa decir Dios en francés y era también el nombre de Dios; y cuando alguien le rezaba a Dios y decÃa Dieu, Dios conocÃa desde el primer momento que era un francés el que estaba rezando. Pero aunque habÃa diferentes nombres para Dios en las distintas lenguas del mundo y aunque Dios entendÃa lo que le rezaban en todas las lenguas, sin embargo, Dios permanecÃa siempre el mismo Dios, y el verdadero nombre de Dios era Dios.
Se cansaba mucho pensando estas cosas. Le hacÃa experimentar la sensación de que le crecÃa la cabeza. Pasó la guarda del libro y se puso a mirar con aire cansado a la tierra verde y redonda entre las nubes marrón. Se preguntaba qué era mejor: si decidirse por el verde o por el marrón, porque un dÃa Dante habÃa arrancado con unas tijeras el respaldo de terciopelo verde del cepillo dedicado a Parnell y le habÃa dicho que Parnell era una mala persona. Se preguntaba si estarÃan discutiendo sobre eso en casa. Eso se llamaba la polÃtica. HabÃa dos partidos: Dante pertenecÃa a un partido, y su padre y el señor Casey a otro, pero su madre y tÃo Charles no pertenecÃan a ninguno. El periódico hablaba todos los dÃas de esto.
Le disgustaba el no comprender bien lo que era la polÃtica y el no saber dónde terminaba el universo. Se sentÃa pequeño y débil. ¿Cuándo serÃa él como los mayores que estudiaban retórica y poética? TenÃan unos vozarrones fuertes y unas botas muy grandes y estudiaban trigonometrÃa. Eso estaba muy lejos. Primero venÃan las vacaciones y luego el siguiente trimestre, y luego vacación otra vez y luego otro trimestre y luego otra vez vacación. Era como un tren entrando en túneles y saliendo de ellos y como el ruido de los chicos al comer en el refectorio, si uno se tapa los oÃdos y se los destapa luego. Trimestre, vacación; túnel, y salir del túnel; ruido y silencio. ¡Qué lejos estaba! Lo mejor era irse a la cama y dormir. Sólo las oraciones en la capilla, y, luego, la cama. Sintió un escalofrÃo y bostezó. ¡Qué bien se estarÃa en la cama cuando las sábanas comenzaran a ponerse calientes! Primero, al meterse, estaban muy frÃas. Le dio un escalofrÃo de pensar lo frÃas que estaban al principio. Pero luego se ponÃan calientes y uno se dormÃa. ¡Qué gusto daba estar cansado! Bostezó otra vez. Las oraciones de la noche y luego la cama: sintió un escalofrÃo y le dieron ganas de bostezar. ¡Qué bien se iba a estar dentro de unos minutos! Sintió un calor reconfortante que se iba deslizando por las sábanas frÃas, cada vez más caliente, más caliente, hasta que todo estaba caliente. ¡Caliente, caliente!; y sin embargo, aún tiritaba un poco y seguÃa sintiendo ganas de bostezar.
La campana llamó a las oraciones de la noche y él salió del salón de estudio en fila detrás de los demás; bajó la escalera y siguió a lo largo de los tránsitos hacia la capilla. Los tránsitos estaban escasamente alumbrados y lo mismo la capilla. Pronto, todo estarÃa obscuro y dormido. En la capilla habÃa un ambiente nocturno y frÃo y los mármoles tenÃan el color que el mar tiene por la noche. El mar estaba frÃo dÃa y noche. Pero estaba más frÃo de noche. Estaba frÃo y obscuro debajo del dique, junto a su casa. Mas la olla del agua estarÃa al fuego para preparar el ponche.
El prefecto estaba rezando casi por encima de su cabeza y él se sabÃa de memoria las respuestas:
Oh, señor, abre nuestros labios:
y nuestras bocas anunciarán tus alabanzas.
¡DÃgnate venir en nuestra ayuda, oh, Dios!
¿Oh, Señor, apresúrate a socorrernos!
HabÃa en la capilla un frÃo olor a noche. Pero era un olor santo. No era como el olor de los aldeanos viejos que se ponÃan de rodillas a la parte de atrás en la misa de los domingos. Aquél era un olor a aire, a lluvia, a turba, a pana. Pero eran unos aldeanos muy piadosos. Le echaban el aliento sobre el cogote desde detrás y suspiraban al rezar. DecÃa un chico que vivÃan en Clane: habÃa allà unas cabañitas, y él habÃa visto una mujer a la puerta de una cabaña al pasar en los coches viniendo de Sallins. ¡Qué bien, dormir una noche en aquella cabaña, ante el humeante fuego de turba, en la obscuridad iluminada por el hogar, en la obscuridad caliente, respirando el olor de los aldeanos, aire y lluvia y turba y pana! Pero ¡oh!: ¡qué obscuro se hacia el camino hacia allá, entre los árboles! Se perderÃa uno en la obscuridad. Le daba miedo de pensar lo que serÃa.
Oyó la voz del prefecto que decÃa la última oración, y él rezó también para librarse de la obscuridad de afuera, bajo los árboles.
Visita, te lo rogamos, oh, Señor, esta vivienda y aparta de ella todas las asechanzas del enemigo. Vivan tus ángeles aquà para conservarnos en paz; y sea tu bendición siempre sobre nosotros, por Cristo Nuestro Señor. Amén.
Le temblaban los dedos al desnudarse en el dormitorio. Les mandó que se dieran prisa. Para no irse al infierno cuando muriera, era necesario desnudarse y luego arrodillarse y decir sus oraciones particulares y estar en la cama antes de que bajaran el gas. Se sacó las medias, se puso rápidamente el camisón de dormir, se arrodilló al lado de la cama y repitió de prisa sus oraciones, temiendo a cada paso que iban a apagar el gas. Sintió que se le estremecÃan las espaldas, mientras murmuraba:
Bendice, oh Dios, a mis padres y consérvamelos,
bendice, oh Dios, a mis hermanitos y consérvamelos,
bendice, oh Dios, a Dante y a tÃo Charles y consérvamelos.
Se santiguó y trepó rápidamente a la cama, enrollando el extremo del camisón entre los pies, haciéndose un ovillo bajo las frÃas sábanas blancas, estremeciéndose, tintando. Pero no irÃa al infierno cuando se muriera; y se le pasarÃa el tiritón. Alguien daba las buenas noches a los muchachos desde el dormitorio. Miró un momento por encima del cobertor y vio alrededor de la cama las cortinas amarillas que le aislaban por todas partes. La luz bajó pasito.
Los zapatos del prefecto se marcharon. ¿Adonde? ¿Escaleras abajo y por los tránsitos, o a su cuarto situado al extremo del dormitorio? Vio la obscuridad. ¿SerÃa cierto lo del perro negro que se paseaba allà por la noche con unos ojos tan grandes como los faroles de un carruaje? DecÃan que era el alma en pena de un asesino. Un largo escalofrÃo de miedo le refluyó por el cuerpo. VeÃa el obscuro vestÃbulo de entrada del castillo. En el cuarto de plancha, en lo alto de la escalera, habÃa unos criados viejos vestidos con trajes antiguos. Era hacÃa mucho tiempo. Los criados viejos estaban inmóviles. Allà habÃa lumbre, pero el vestÃbulo estaba obscuro. Un personaje subÃa, viniendo del vestÃbulo, por la escalera. Llevaba el manto blanco de mariscal; su cara era extraña y pálida; se apretaba con una mano el costado. Miraba con unos ojos extraordinarios a los criados. Ellos le miraban también, y al ver la cara y el manto de su señor, comprendÃan que venÃa herido de muerte. Pero sólo era a la obscuridad a donde miraban: sólo al aire obscuro y silencioso. Su amo habÃa recibido la herida de muerte en el campo de batalla de Praga, muy lejos, al otro lado del mar. Estaba tendido sobre el campo; con una mano se apretaba el costado. Su cara era extraña y estaba muy pálida. Llevaba el manto blanco de mariscal.
¡Qué frÃo daba, qué extraño era el pensar en esto! Toda la obscuridad era frÃa y extraña. HabÃa allà caras extrañas y pálidas, ojos grandes como faroles de carruaje. Eran las almas en pena de los asesinos, las imágenes de los mariscales heridos de muerte en los campos de batalla, muy lejos, al otro lado del mar. ¿Qué era lo que querÃan decir con aquellas caras tan raras?
Visita, te lo rogamos, ¡oh Señor!, esta vivienda y aparta de ella todas…
¡Irse a casa de vacaciones! DebÃa ser algo magnÃfico: se lo habÃan dicho los chicos. Montar en los coches una mañana de invierno, tempranito, a la puerta del castillo. Los coches rodaban sobre la grava. ¡Vivas al rector!
¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!
Los coches pasaban por delante de la capilla y todas las cabezas se descubrÃan. CorrÃan alegremente por los caminos, entre los campos. Los conductores señalaban con el látigo hacia Bodenstown. Los chicos lanzaban alegres aclamaciones. Pasaban por la granja del Alegre Granjero. Vivas y gritos y aclamaciones. Pasaban por Clane gritando y alborotando. Las aldeanas estaban a las puertas; los hombres, esparcidos aquà y allá. Un olor delicioso flotaba en el aire invernal: el olor de Clane, a lluvia y a aire invernizo y a rescoldo de turba y a pana.
El tren estaba lleno de chicos. Un tren largo, largo, de chocolate, con paramentos de crema. Los empleados iban de un lado a otro, cerrando y abriendo las portezuelas. Estaban vestidos de azul obscuro y plata; tenÃan silbatos de plata y sus llaves hacÃan un ruido rápido: clic-clac, clic-clac.
Y el tren corrÃa sobre las tierras llanas y pasaba la colina de Allen. Los postes del telégrafo iban pasando, pasando. El tren seguÃa y seguÃa. ¡SabÃa bien por dónde! HabÃa faroles en el vestÃbulo de su casa y guirnaldas de ramos verdes. Ramos de acebo y yedra alrededor del gran espejo; y acebo y yedra, rojo y verde, entrelazados por entre las lámparas. Acebo y yedra verde, alrededor de los antiguos retratos de las paredes. Acebo y yedra, por ser las Navidades y por venir de él.
Delicioso…
Toda la familia. ¡Bienvenido, Stephen! Algazara de bienvenida. Su madre le besa. ¿Está eso bien? Su padre es ahora un mariscal: más que un magistrado. ¡Bienvenido, Stephen!
Ruidos…
HabÃa un ruido de anillas de cortina que se corren a lo largo de las barras, y de agua vertida en jofainas. HabÃa en el dormitorio un ruido de gente que se levanta y se viste y se lava. Un ruido de palmadas: el prefecto que pasaba de un lado a otro excitando a los chicos para que avivasen. La luz de un sol pálido dejaba ver las cortinas separadas y las camas revueltas. Su cama estaba muy caliente, y él tenÃa la cara y el cuerpo ardiendo. Se levantó y se sentó en el borde de la cama. Estaba débil. Trató de ponerse las medias. Se sentÃa horriblemente mal. La luz del sol era frÃa y extraña. Fleming le dijo: -¿No estás bueno? No lo sabÃa. Fleming añadió:
-Vuélvete a la cama. Le voy a decir a Me Glade que no estás bueno. -Está enfermo. -¿Quién?
-DÃselo a Me Glade. -Vuélvete a la cama.
-¿Es que está enfermo?
Un chico sostuvo sus brazos mientras se soltaba la media que colgaba del pie, y se metió de nuevo en la cama. Se arrebujó entre las sábanas, halagado por el tibio calor del lecho. OÃa a los chicos que hablaban de él, mientras se vestÃan para ir a misa: Estaban diciendo que habÃa sido una cobardÃa el empujarle asà dentro de la fosa.
Después cesaron las voces; se habÃan ido. Una voz sonó al lado de su cama:
-Oye, ¿no nos irás a acusar, verdad? Aquella era la cara de Wells. Le miró y notó que Wells tenÃa miedo.
-No fue con intención. ¿Seguro que no lo harás? Su padre le habÃa dicho que nunca acusara a un compañero, hiciera lo que hiciera. Meneó la cabeza, dijo que no, y se sintió satisfecho. Wells dijo:
-No fue con intención, palabra de honor. Fue sólo por broma. Lo siento.
Lo sentÃa porque tenÃa miedo. Miedo de que fuese alguna enfermedad. Cancro era una enfermedad de plantas; cáncer, de animales. Cáncer u otra distinta. Eso era hace mucho tiempo, fuera, en los campos de recreo, a la luz del atardecer, arrastrándose de un lado a otro, en el extremo de su lÃnea, un pájaro pesado volaba bajo, a través de la luz gris. Se iluminó la AbadÃa de Leicester. Wolsey murió allÃ. Los mismos abades fueron quienes le enterraron.
No era la cara de Wells, era la del prefecto. No eran marrullerÃas. No, no: estaba malo realmente. No eran marrullerÃas. Y sintió la mano del prefecto sobre su frente. Y sintió el contraste de su frente calurosa y húmeda, contra la mano húmeda y frÃa del prefecto. Asà debÃa de ser la sensación que diera una rata: viscosa, frÃa, húmeda. Las ratas tenÃan dos ojillos atisbones. Una piel suave y viscosa, unas patitas diminutas encogidas para el salto y unos ojos negros, viscosos y atisbones. ¡Bien que sabÃan saltar! Pero las inteligencias de las ratas no podÃan saber trigonometrÃa. Cuando estaban muertas, se quedaban tendidas de costado. Se les secaba la piel. Y ya no eran más que cosas muertas.
El prefecto estaba allà otra vez y su voz estaba diciendo que se tenÃa que levantar, que el Padre Ministro habÃa dicho que se tenÃa que levantar y vestir e ir a la enfermerÃa. Y mientras se estaba vistiendo todo lo de prisa que podÃa, el prefecto añadió:
-¡Tenemos que largarnos a visitar al hermano Michael porque nos ha entrado mieditis!
Se portaba muy bien el prefecto. Porque le decÃa aquello sólo por hacerle reÃr. Pero no se pudo reÃr porque le tembleteaban las mejillas y los labios. Asà es que el prefecto se tuvo que reÃr él solo.
El prefecto gritó:
-¡Paso ligero! ¡Pata de paja! ¡Pata de heno!
Bajaron juntos la escalera, siguieron por el tránsito y pasaron los baños. Al pasar por la puerta, Stephen recordó con un vago terror el agua tibia, terrosa y estancada, el aire húmedo y tibio, el ruido de los chapuzones, el olor, como de medicina, de las toallas.
El hermano Michael estaba a la puerta de la enfermerÃa, y por la puerta del obscuro gabinete, a su derecha, venÃa un olor como a medicina. Era de los botes que habÃa en los estantes. El prefecto habló con el hermano Michael y el hermano, al contestarle, le llamaba señor. TenÃa el pelo rojizo, veteado de gris, y una expresión extraña. Era curioso que tuviera que seguir siempre siendo hermano. Y era curioso que no se le pudiera llamar señor porque era hermano y porque tenÃa un aspecto distinto de los otros. ¿Es que no era bastante santo, o por qué no podÃa llegar a ser lo que los demás?
HabÃa dos camas en la habitación y en una estaba un chico, que cuando los vio entrar, exclamó:
-¡Anda! ¡Si es el peque de Dédalus! ¿Qué te trae por aqu�
-Las piernas le traen -dijo el hermano Michael.
Era un alumno de tercero de gramática. Mientras Stephen se desnudaba, el otro le pidió al hermano Michael que le trajera una rebanada de pan tostado con manteca.
-¡Ande usted! -suplicó.
-¡SÃ, sÃ, manteca! -dijo el hermano Michael-. Lo que te vamos a dar van a ser tus papeles. Y esta misma mañana, tan pronto como venga el doctor.
-¿SÃ? -dijo el chico-. ¡Si no estoy bueno todavÃa!
El hermano Michael repitió:
-Te daremos tus papeles. Te lo aseguro.
Se agachó para atizar el fuego. TenÃa los lomos largos, como los de un caballo del tranvÃa. Meneaba el atizador gravemente y le decÃa que sà con la cabeza al de tercero de gramática.
Después se marchó el hermano Michael. Y al cabo de un rato, el chico de tercero de gramática se volvió hacia la pared y se quedó dormido.
Aquello era la enfermerÃa. Luego estaba enfermo. ¿HabÃan escrito a casa para decÃrselo a sus padres? Pero serÃa más rápido que fuera uno de los padres a decirlo. O si no escribirÃa él una carta para que la llevara el padre.
Querida madre:
Estoy malo. Quiero ir a casa. Haz el favor de venir y llevarme a casa. Estoy en la enfermerÃa.
Tu hijo que te quiere,Stephen
¡Qué lejos estaban! HabÃa un sol frÃo al otro lado de la ventana. Pensaba si se irÃa a morir. Se podÃa uno morir lo mismo en un dÃa de sol. Se podÃa morir antes de que viniera su madre. Entonces, habrÃa una misa de difuntos en la capilla como la vez que le habÃan contado los chicos, cuando se habÃa muerto Little. Todos los alumnos asistirÃan a la misa vestidos de negro, todos con las caras tristes. Wells estarÃa también, pero nadie querrÃa mirarle. El rector irÃa vestido con una capa negra y de oro, y habrÃa grandes cirios amarillos ante el altar y alrededor del catafalco. Y sacarÃan lentamente el ataúd de la capilla y le enterrarÃan en el pequeño cementerio de la comunidad al otro lado de la gran calle de tilos. Y Wells sentirÃa entonces lo que habÃa hecho. Y la campana doblarÃa lentamente.
La oÃa doblar. Y se recitaba la canción que BrÃgida le habÃa enseñado.
¡Din-dón! ¡La campana del castillo!
¡Madre mÃa, adiós!
Que me entierren en el viejo cementerio
junto a mi hermano mayor.
Que sea negra la caja.
Seis ángeles detrás vayan:
dos para cantar, dos para rezar
y dos para que se lleven mi alma a volar.
¡Qué hermoso y qué triste era aquello! ¡Qué hermosas las palabras cuando decÃa: Que me entierren en el viejo cementerial Un estremecimiento le pasó por el cuerpo. ¡Qué triste y qué hermoso! Le daban ganas de llorar mansamente, pero no de llorar por él, de llorar por aquellas palabras tristes y hermosas como música. ¡La campana! ¡La campana! ¡Adiós! ¡Oh, adiós!
La frÃa luz solar era aún más débil y el hermano Michael estaba a la cabecera de la cama con un cuenco de caldo. Le vino bien, porque tenÃa la boca ardiente y seca. Les oÃa jugar en los campos de recreo. Y la distribución del dÃa continuaba en el colegio como si él estuviera allÃ.
El hermano Michael iba a salir y el muchacho de tercero de gramática le dijo que no dejara de volver para contarle las noticias del periódico. Luego le dijo a Stephen que su nombre era Athy y que su padre tenÃa la mar de caballos de carreras que saltaban pistonudamente; y que su padre le darÃa una buena propina al hermano Michael siempre que lo necesitase, porque era bueno para con él y porque le contaba las noticias del periódico que se recibÃa todos los dÃas en el castillo. HabÃa noticias de todas clases en el periódico: accidentes, naufragios, deportes y polÃtica.
-Ahora los periódicos no traen más que cosas de polÃtica -dijo-. ¿Hablan también en tu casa de eso?
-SÃ -dijo Stephen.
-En la mÃa también -dijo él.
Después se quedó pensando un rato, y añadió:
-Dédalus, tú tienes un apellido muy raro, y el mÃo es muy raro también. Mi apellido es el nombre de una ciudad. Tu nombre parece latÃn.
Después preguntó:
-¿Qué tal maña te das para acertijos?
Stephen contestó:
-No muy buena.
El otro dijo:
-A ver si me puedes acertar éste: ¿En qué se parecen el condado de Kildare y la pernera de los pantalones de un muchacho?
Stephen estuvo pensando cuál podrÃa ser la respuesta y luego dijo:
-Me doy por vencido.
-En que los dos contienen “un muslo”. ¿Comprendes el chiste? Athy es la ciudad del condado de Kildare y a thigh (un muslo) lo que hay en una pernera.
-¡Ah, ya caigo! -dijo Stephen.
-Es un acertijo muy viejo -dijo el otro.
Y después de un momento:
-¡Oye!
-¿Qué? -dijo Stephen.
-¿Sabes? Se puede preguntar ese acertijo de otro modo.
-¿Se puede? -dijo Stephen.
-El mismo acertijo. ¿Sabes la otra manera de preguntarlo?
-No.
-¿No te puedes imaginar la otra forma?
Y miraba a Stephen por encima de las ropas de la cama mientras hablaba. Después se reclinó sobre la almohada y dijo:
-Hay otra manera, pero no te la quiero decir.
¿Por qué no lo decÃa? Su padre, que tenÃa una cuadra de caballos de carreras, debÃa de ser también magistrado como el padre de SaurÃn y el de Roche el Malo. Pensó en su propio padre, en las canciones que cantaba mientras su madre tocaba, y en cómo le daba un chelÃn cada vez que le pedÃa seis peniques, y sintió pena por él porque no era magistrado como los padres de los otros chicos. Entonces, ¿por qué le habÃa mandado a él allà con ellos? Pero su padre le habÃa dicho que no se sentirÃa extraño allà porque en aquel mismo sitio su tÃo abuelo habÃa dirigido una alocución al libertador, hacÃa cincuenta años. Se podÃa reconocer a la gente de aquella época por los trajes antiguos. Y se preguntaba si era en aquel tiempo cuando los estudiantes de Clongowes llevaban trajes azules con botones de latón y chalecos amarillos y gorras de piel de conejo y bebÃan cerveza como la gente mayor y tenÃan traÃllas de galgos para correr liebres.
Miró a la ventana y vio que la luz del dÃa se habÃa hecho más débil. En los campos de juego debÃa de haber una luz nubosa y gris. Ya no se oÃa ruido. DebÃan de estar en clase haciendo los temas o tal vez el Padre Arnall les estaba leyendo.
Era raro que no le hubiesen dado ninguna medicina. Tal vez se las traerÃa el hermano Michael cuando volviera. Le habÃan dicho que cuando se estaba en la enfermerÃa habÃa que beber muchos mejunjes repugnantes. Pero ahora se sentÃa mejor. SerÃa una cosa que estarÃa muy bien, irse poniendo bueno, poquito a poco. En ese caso, le darÃan un libro. En la biblioteca habÃa un libro que trataba de Holanda. TenÃa unos nombres extranjeros encantadores y dibujos de ciudades de aspecto muy raro y de barcos. ¡Se ponÃa uno tan contento de verlos!
¡Qué pálida, la luz, en la ventana! Pero hacÃa muy bonito. El resplandor del fuego subÃa y bajaba por la pared. HacÃa como las olas. Alguien habÃa echado carbón y él habÃa sentido que hablaban. Estaban hablando. Era el ruido de las olas. O quizá las olas estaban hablando entre sÃ, al subir y al bajar.
Vio el mar de olas, de amplias olas obscuras que se levantaban y caÃan, obscuras bajo la noche sin luna. Una lucecilla brillaba al final de la escollera, por donde el barco estaba entrando. Y vio una muchedumbre congregada a la orilla del agua para ver el barco que entraba en el puerto. Un hombre alto estaba de pie sobre cubierta mirando hacia la tierra obscura y llana. A la luz de la escollera se le podÃa ver la cara: era la cara triste del hermano Michael.
Le vio levantar la mano hacia la multitud y le oyó decir por encima de las aguas, con voz potente y triste:
-Ha muerto. Le hemos visto yacer tendido sobre el catafalco.
Un gemido de pena se elevó de la muchedumbre.
-¡Parnell! ¡Parnell! ¡Ha muerto!
Todos cayeron de rodillas, sollozando de dolor.
Y vio a Dante con un traje de terciopelo marrón y con un manto de terciopelo verde pendiente de los hombros, que se alejaba, altiva y silenciosa, por entre la muchedumbre, arrodillada a la orilla del mar.
En el hogar llameaba una gran fogata roja, bien apilada contra el muro; y bajo los brazos adornados con yedra de la lámpara, estaba puesta la mesa de Navidad. HabÃan venido a casa un poco tarde y, sin embargo, la cena no estaba lista aún. Pero su madre habÃa dicho que iba a estar en un periquete. Estaban esperando a que se abriera la puerta del comedor y entraran los criados llevando las grandes fuentes tapadas con sus pesadas coberteras de metal.
Todos estaban esperando: tÃo Charles, sentado lejos, en lo obscuro de la ventana; Dante y mÃster Casey, en sendas butacas, a ambos lados del hogar; Stephen, entre ellos, en una silla y con los pies apoyados sobre un requemado taburete. MÃster Dédalus se estuvo mirando un rato en el espejo de encima de la chimenea, atusándose las guÃas de los bigotes, y luego se quedó en pie, vuelto de espaldas al hogar y con las manos metidas por la abertura de atrás de la chaqueta, no sin que de vez en cuando retirara una para darse un último toque a los bigotes.
MÃster Casey inclinaba la cabeza hacia un lado, sonriendo, y se daba golpecitos con los dedos en la nuez. Y Stephen sonreÃa también porque ahora sabÃa ya que no era verdad que mÃster Casey tuviera una bolsa de plata en la garganta. Se reÃa de pensar cómo le habÃa engañado aquel ruido argentino que mÃster Casey acostumbraba a hacer. Y una vez que habÃa intentado abrirle la mano para ver si es que tenÃa escondida allà la bolsa de plata, habÃa visto que no se le podÃan enderezar los dedos. Y mÃster Casey le habÃa dicho que aquellos dedos se le habÃan quedado agarrotados de una vez que habÃa querido hacerle un regalito a la Reina Victoria, por sus dÃas.
MÃster Casey se golpeaba la nuez y le sonreÃa a Stephen con ojos soñolientos. MÃster Dédalus comenzó a hablar.
-SÃ. Bien, bueno está. ¡Oh!, nos hemos dado un buen paseo, ¿no es verdad, John? SÃ… No hay nada comparable a la cena de esta noche. SÃ… Bien, bien: nos hemos ganado hoy una buena ración de ozono, dando la vuelta a la Punta. ¡Vaya que sÃ!
Se volvió hacia Dante, y dijo:
-¿Usted no se ha movido en todo el dÃa, mistress Riordan?
Dante frunció el entrecejo, y respondió escuetamente:
-No.
MÃster Dédalus abandonó los faldones de su chaqueta, y se dirigió hacia el aparador. Sacó de él un gran frasco de barro lleno de whisky, y comenzó a echar lentamente el lÃquido en una botella de mesa, inclinándose de vez en cuando para ver si habÃa vertido bastante. Después volvió a colocar el frasco en su cajón, echó un poquito de whisky en dos vasos, añadió algo de agua y volvió con ellos a la chimenea.
-John, una dedalada de whisky -dijo-. Únicamente para abrir el apetito.
MÃster Casey cogió el vaso, bebió, y lo colocó cerca de sÃ, sobre la repisa de la chimenea. Después dijo:
-Pues bien: no puedo dejar de pensar en cómo nuestro amigo Christopher fabrica…
Le dio un ataque de risa y tos, hasta que pudo continuar:
-…fabrica el champán para la gente aquella.
MÃster Dédalus se echó a reÃr ruidosamente.
-¿Se trata de Christy? -dijo-. Hay más astucia en una sola de aquellas verrugas de su calva, que en toda una manada de zorras.
Inclinó la cabeza, cerró los ojos y, después de haberse lamido a su sabor los labios, comenzó a hablar, imitando la voz del dueño del hotel.
-Y pone una boca tan dulce cuando le está hablando a usted, ¿sabe usted? Parece que le está chorreando la baba por el papo, asà Dios le salve.
MÃster Casey estaba aún debatiéndose entre su ataque de risa y tos. Stephen se echó a reÃr al ver y escuchar al hotelero a través de la voz de su padre.
MÃster Dédalus se colocó el monóculo y, bajando la vista hacia él, dijo con tono tranquilo y afable:
-¿De qué te estás riendo tú, muñeco?
Entraron los criados y colocaron las fuentes sobre la mesa. Tras ellos entró mistress Dédalus, quien, una vez hecha la distribución de los sitios, dijo:
-Siéntense ustedes.
MÃster Dédalus se adelantó hasta la cabecera de la mesa y dijo:
-Vamos, mistress Riordan, siéntese usted.
Volvió la vista hacia el sitio donde tÃo Charles estaba sentado, y le llamó:
-¡Eh, señor!: que aquà hay un ave que está esperando por usted.
Cuando todos hubieron ocupado sus sitios, colocó una mano sobre la cubierta de la fuente; mas la retiró de pronto y dijo:
-¡Vamos, Stephen!
Stephen se levantó de su asiento y dijo el Benedicite:
-BendÃcenos, Señor, y a estos tus dones, que de tu liberalidad vamos a recibir, por Cristo, Nuestro Señor. Amén.
Todos se santiguaron y mÃster Dédalus, dando un suspiro de satisfacción, levantó la tapadera de la fuente, toda perlada de gotitas brillantes alrededor del borde.
Stephen contemplaba el pavo cebón que habÃa visto yacer atado con bramante y espetado sobre la mesa de la cocina. SabÃa que su padre habÃa pagado por él una guinea en la tienda de Dunn, el de D’Olier Street, y recordaba cómo el vendedor habÃa sobado y resobado el esternón del ave para mostrar su buena calidad, y también la voz del hombre cuando decÃa:
-Lleve usted éste, señor. Es cosa superior.
¿Por qué razón acostumbraba a llamar mÃster Barret en Clongowes “mi pava” a su palmeta? Pero Clongowes estaba muy lejos, y el tibio y denso olor del pavo, del jamón y del apio se elevaba de los platos y de la fuente, y en el hogar llameaba un gran fuego rojo, bien apilado contra la pared de la chimenea; y la yedra verde y el acebo encarnado ¡le hacÃan sentirse a uno tan feliz! Y luego, al acabarse la cena, entrarÃan el gran plum-pudding, tachonado de almendras peladas, todo rodeado de llamitas azules oscilantes alrededor, de aquà para allá y con su banderita verde flameante en la cima.
Era su primera cena de Navidad y pensaba en sus hermanitos y sus hermanitas, recluidos en el cuarto de los niños, esperando, como él tantas veces lo habÃa hecho, a que llegase la hora del pudding. Su amplio cuello bajo y su chaquetilla de colegial le hacÃan extrañarse de sà mismo y sentirse más hombre. Y aquella misma mañana, cuando su madre le habÃa conducido a la sala vestido para misa, su padre se habÃa echado a llorar. Era porque le habÃa recordado a su propio padre. Y tÃo Charles habÃa dicho lo mismo.
MÃster Dédalus cubrió la fuente y comenzó a devorar. Al cabo de un rato, dijo:
-¡Vaya con el pobre Christy! Ahà le tenéis, doblegado con el peso de tanta truhanerÃa.
-Simón -dijo mistress Dédalus-, mira que no has servido salsa a mistress Riordan.
MÃster Dédalus cogió la salsera.
-¿Es posible? -exclamó-. Mistress Riordan, tenga usted compasión de este pobre ciego.
Dante puso ambas manos sobre el plato y dijo:
-No; gracias.
MÃster Dédalus se volvió entonces hacia tÃo Charles.
-¿Cómo anda usted de todo, señor?
-Ando que ni una locomotora, Simón.
-¿Y tú, John?
-Perfectamente. Preocúpate de ti mismo.
-¿Mary?… Mira, Stephen, aquà hay algo para que se te
rice el pelo.
Vertió salsa en abundancia en el plato de Stephen y volvió a colocar la salsera sobre la mesa. Después preguntó a tÃo Charles si estaba tierno. TÃo Charles no pudo contestar porque tenÃa la boca llena. Pero hizo signos con la cabeza de que sà lo estaba.
-Ha sido una respuesta de primera -dijo mÃster Dédalus- la que nuestro común amigo ha dado al canónigo. ¿Qué
les parece?
-Yo no creà que se le pudiera ocurrir otro tanto -dijo mÃster Casey.
-Padre, yo pagaré los diezmos cuando ustedes dejen de convertir la casa de Dios en una agencia electoral.
-Una respuesta muy bonita -dijo Dante-, para ser dada a un sacerdote por cualquiera que se llame católico.
-Ellos son los que se tienen la culpa -dijo con tono suave mÃster Dédalus-. El más lerdo les habÃa de decir que se redujeran estrictamente a los asuntos religiosos.
-Eso es religión también -dijo Dante-. Cumplen con su deber previniendo al pueblo.
-A lo que vamos a la casa de Dios -intervino mÃster Casey-, es a rogar humildemente a nuestro Criador y no a escuchar arengas electorales.
-Eso es religión también -volvió a afirmar Dante-. Hacen bien. Están obligados a dirigir sus ovejas.
-Pero, ¿es religión el hacer polÃtica desde el altar? -preguntó mÃster Dédalus.
-Ciertamente -contestó Dante-. Es una cuestión de moralidad pública. Un sacerdote dejarÃa de ser sacerdote si dejara de advertir a sus fieles qué es lo bueno y qué es lo malo.
Mistress Dédalus abandonó sobre el plato el cuchillo y el tenedor para decir:
-Por el amor de Dios, por el amor de Dios, no nos metamos en discusiones polÃticas en este dÃa único entre todos los dÃas del año.
-Me parece muy bien, señora -dijo tÃo Charles-. ¡Vamos, Simón, ya es bastante! Ni una palabra más sobre el asunto.
-SÃ, sà -dijo rápidamente mÃster Dédalus.
Destapó impetuosamente la fuente y añadió:
-Vamos a ver: ¿quién quiere más pavo?
Nadie contestó. Dante volvió a insistir:
-¡Bonito lenguaje en boca de un católico!
-Mistress Riordan, le suplico -dijo mistress Dédalus- que deje ya el asunto en paz.
Dante se volvió hacia ella y exclamó:
-¿Pero es que he de estar aquà sentada con toda calma oyendo que se hace mofa de los pastores de mi Iglesia?
-Nadie tendrá lo más mÃnimo que decir contra ellos, simplemente con que se reduzcan a no mezclarse en polÃtica -dijo mÃster Dédalus.
-Los obispos y los sacerdotes de Irlanda han hablado -dijo Dante-. Hay que obedecerlos.
-Que abandonen la polÃtica -agregó mÃster Casey-, o el pueblo abandonará su Iglesia.
-¿Oye usted? -exclamó Dante, volviéndose hacia mistress Dédalus.
-¡MÃster Casey! ¡Simón! ¡Vamos a dejarlo ya de una vez!
-¡Demasiado fuerte! ¡Demasiado fuerte! -dijo tÃo Charles.
-Pero, ¿qué? ¿Es que habÃamos de hacerle traición sólo porque nos lo mandaran los ingleses?
-Se habÃa hecho indigno del mando -dijo Dante-. Era un pecador público.
-Todos somos pecadores, y empecatados pecadores -masculló frÃamente mÃster Casey.
-¡Ay de aquel por quien el escándalo se comete! -dijo mistress Riordan-. Más le valdrÃa atarse una rueda de molino al cuello y ser arrojado a los profundos del mar antes que escandalizar a uno de mis pequeñuelos. Tal es el lenguaje del EspÃritu Santo.
-Y muy mal lenguaje, si he de decir mi opinión -dijo con frialdad mÃster Dédalus.
-¡Simón! ¡Simón! -exclamó tÃo Charles-. ¡El niño!
-SÃ, sà -dijo mÃster Dédalus-. QuerÃa decir el… Estaba pensando en el mal lenguaje de aquel mozo de estación. Bueno, perfectamente. ¡Vamos a ver, Stephen! Enséñame tu plato, barbián. Toma: cómete eso.
Llenó hasta los bordes el plato de Stephen y sirvió grandes pedazos de pavo y chorreones de salsa a tÃo Charles y a mÃster Casey. Mistress Dédalus comÃa poco. Y Dante estaba sentada con las manos sobre la falda: tenÃa la cara arrebatada. MÃster Dédalus desenterró algo con el cubierto en un extremo de la fuente y dijo:
-Aquà hay un pedazo suculento al que se suele llamar el obispillo. Si alguna señora o caballero…
Y sostenÃa un pedazo de ave en la punta del trinchante. Nadie habló. Se lo puso en su propio plato diciendo:
-Bueno, no podrán ustedes decir que no se lo he ofrecido. Pero creo que haré mejor comiéndolo yo mismo, porque no me encuentro muy bien de salud de algún tiempo a esta parte.
Le guiñó un ojo a Stephen y volviendo a colocar la tapadera se puso a comer de nuevo.
Todos permanecieron callados mientras él comÃa. Al cabo de un rato dijo:
-Por fin ha acabado el dÃa con buen tiempo. Y han venido la mar de forasteros a la ciudad.
Todo el mundo continuaba callado. Volvió a hablar de nuevo:
-Creo que han venido más forasteros este año que las últimas Navidades.
Pasó revista a las caras de los demás y las encontró inclinadas sobre los platos. Y como no recibiera respuesta, esperó un momento, para decir por fin amargamente:
-¡Vaya! Ya se me ha aguado la cena de Navidad.
-No puede haber ni buena suerte ni gracia en una casa en donde no existe respeto para los pastores de la Iglesia.
MÃster Dédalus arrojó ruidosamente el cuchillo y el tenedor sobre el plato.
-¡Respeto! -dijo-. ¿A quién? ¿A Billy el Morrudo o al otro tonel de tripas, al de Armagh? ¡Respeto!
-¡PrÃncipes de la Iglesia! -dijo mÃster Casey saboreando despectivamente las palabras.
-SÃ: el cochero de lord Leitrim -dijo mÃster Dédalus.
-Son los ungidos del Señor -exclamó Dante-. Son la honra de su nación.
-Es un tonel de tripas -prorrumpió sin miramientos mÃster Dédalus-. Bonita cara, sÃ, en visita. Pero tendrÃan ustedes que ver al amigo atiforrándose de berzas con tocino un dÃa de invierno. ¡Je, Johnny!
Contrajo sus facciones hasta darles una apariencia de crasa brutalidad, mientras hacÃa un ruido hueco con los labios.
-Simón, de verdad que no deberÃas hablar de ese modo delante de Stephen. No está bien.
-Bien que se acordará él cuando sea mayor -dijo acaloradamente Dante-; bien que se acordará del lenguaje que oyó en su propia casa contra Dios y contra la religión y sus ministros.
-Pues que se acuerde también -gritó mÃster Casey dirigiéndose a Dante a través de la mesa-, que se acuerde también del lenguaje con el que los sacerdotes y su cuadrilla remataron a Parnell y le llevaron a la sepultura. Que se acuerde también de esto cuando sea mayor.
-¡Hijos de una perra! -gritó mÃster Dédalus-. Cuando estuvo caÃdo, se echaron sobre él como ratas de alcantarilla para traicionarle y arrancarle la carne a pedazos. ¡Miserables perros! ¡Y que lo parecen! ¡Por Cristo, que lo parecen!
-Obraron rectamente -exclamó Dante-. ObedecÃan a sus obispos y a sus sacerdotes. ¡Honor a ellos!
-Vaya, que es verdaderamente terrible el decir que no ha de haber ni un solo dÃa en el año -dijo mistress Dédalus- en el que nos podamos ver libres de estas tremendas disputas.
TÃo Charles levantó ambas manos tratando de imponer paz, y dijo:
-Vamos, vamos, vamos. ¿Pero es que no se puede seguir teniendo nuestras ideas, sean las que fueren, sin usar esos modales y esas palabras gruesas? Verdaderamente que es una desgracia.
Mistress Dédalus se inclinó para hablar a Dante en voz baja, pero Dante contestó levantando la voz:
-No me he de callar. Defenderé mi Iglesia y mi religión siempre que sean insultadas y escupidas por católicos renegados.
MÃster Casey empujó rudamente su-plato hasta el centro de la mesa, e hincando los codos delante de él, dijo con voz ronca a su huésped:
-¿Te he contado alguna vez la historia de aquel célebre escupitinajo?
-No, John, no me la has contado -contestó mÃster Dédalus.
-¿No? -dijo mÃster Casey-, pues es una historia la mar de instructiva. Ocurrió no hace mucho tiempo en este mismo condado de Wicklow en el cual nos encontramos ahora.
Se interrumpió de pronto y, volviéndose hacia Dante, dijo con reposada indignación:
-Y le puedo decir a usted, señora, si es a mà a quien usted se refiere, que yo no soy un católico renegado. Yo soy tan católico como eran mi padre y el padre de mi padre y el padre del padre de mi padre, en aquellos tiempos en que estábamos dispuestos a dar nuestras vidas antes que traicionar nuestra fe.
-Pues más vergonzoso aún para usted -dijo Dante- el hablar como usted lo hace ahora.
-¡La historia, John! -dijo mÃster Dédalus sonriente-. Conozcamos esa historia antes que nada.
-¡Católico, católico! -repitió irónicamente Dante-. El más empecatado protestante no hablarÃa con el lenguaje que yo he oÃdo esta noche.
MÃster Dédalus comenzó a menear la cabeza a un lado y otro canturreando a la manera de un cantor rústico.
-Yo no soy protestante, se lo repito a usted -dijo mÃster Casey poniéndose arrebatado.
MÃster Dédalus seguÃa aún canturreando y meneando la cabeza; luego se puso a entonar con unos a manera de gruñidos nasales:
Oh, vosotros, romanocatólicos
que jamás asististeis a misa.
Volvió a coger de nuevo el tenedor y el cuchillo y se dispuso a comer dando señales de buen humor y mientras decÃa a mÃster Casey:
-Cuéntanos esa historia, John. Nos servirá para hacer la digestión más fácilmente.
Stephen contemplaba con afecto la cara de mÃster Casey, el cual, desde el otro lado de la mesa, miraba con fijeza al frente, por encima de sus manos.
A Stephen le gustaba estar sentado cerca de la lumbre, contemplando aquella cara sombrÃa y torva. Pero los ojos miraban benignamente y la despaciosa voz resultaba grata al oÃdo. Y, entonces, ¿cómo era posible que atacase a los sacerdotes? Porque Dante debÃa de tener razón. Y, sin embargo, habÃa oÃdo decir a su padre que Dante era una monja fracasada y que habÃa salido del convento donde estaba en Alleghanies cuando su hermano hizo dinero vendiéndoles a los salvajes baratijas y cacharros de loza. Tal vez esa era la razón por la cual se mostraba tan severa con Parnell. Y además no le gustaba que él jugase con Eileen, porque Eileen era protestante, y cuando Dante era joven habÃa conocido niños que jugaban con protestantes y los protestantes se solÃan burlar de las letanÃas de la SantÃsima Virgen. Torre de Marfil, solÃan decir, Casa de Oro: ¿cómo es posible que una mujer pueda ser una torre de marfil o una casa de oro? ¿Pues, quién tenÃa razón entonces? Y recordó aquella tarde en la enfermerÃa de Clongowes, las aguas sombrÃas, la luz en la escollera y el gemido de pena de la muchedumbre al escuchar la noticia.
Eileen tenÃa las manos largas y blancas. Y una vez, jugando a uno de los juegos de niños, ella le habÃa puesto las manos sobre los ojos: largas y blancas y finas y frÃas y suaves.
Aquello era lo que era marfil: una cosa frÃa y blanca. Aquello era lo que querÃa decir Torre de Marfil.
-La historia es sumamente corta y muy interesante -dijo mÃster Casey-. Sucedió un dÃa en Arklow, en un dÃa de frÃo glacial, no mucho tiempo antes de la muerte del jefe; ¡Dios tenga piedad de su alma!
Cerró con aire cansado los ojos e hizo una pausa. MÃster Dédalus cogió un hueso del plato y arrancó con los dientes un residuo de carne, diciendo:
-Querrás decir antes de que lo mataran.
MÃster Casey abrió los ojos, suspiró y siguió adelante:
-Ello sucedió cierto dÃa en Arklow. HabÃamos ido allà a un mitin y después del mitin tuvimos necesidad de abrirnos paso por entre la multitud para llegar a la estación del ferrocarril. Seguramente no has oÃdo en tu vida un abucheo y unos alaridos semejantes. Nos llamaban todas las cosas que se pueden llamar en este mundo. Y habÃa allà entre la gente una harpÃa vieja -y amiga del mosto que debÃa ser por cierto- que todos sus insultos me los dedicaba a mÃ. Andaba todo el tiempo danzando entre el barro en torno a mÃ, desgañitándose y gritándome a la cara: ¡Perseguidor del clero! ¡Los dineros de ParÃs! ¡MÃster Fox! ¡Kitty O’Shea!
-¿Y qué hacÃas tú? -preguntó mÃster Dédalus.
-Yo la dejaba que se desahogara a placer. Era un dÃa de frÃo, y para reconfortarme tenÃa (con el perdón de usted, señora) una brizna de tabaco de Tullamore en la boca y, desde luego, no podÃa hablar palabra, porque mi boca estaba llena de jugo de tabaco.
-¿Y?…
-¡Verás! Con que la dejo que se desgañite a su sabor gritando Kitty O’Shea, y todo lo demás, hasta que va y da a esta dama un nombre que yo no me atreverÃa a repetir aquÃ, por no manchar esta cena de Navidad, ni sus oÃdos de usted, señora, ni aun mis propios labios.
Hizo otra pausa. MÃster Dédalus, apartando la cabeza del hueso, preguntó:
-¿Y tú, qué hiciste, John?
-¿Que qué hice? La vieja habÃa pegado su cara a la mÃa para decirlo, y yo tenÃa la boca llena de jugo de tabaco. Con que me inclino hacia ella, y no hago más que hacer con la boca asÃ: ¡pss!
Se volvió de lado e hizo la acción de escupir.
-Con que voy y le hago con la boca pss, dirigiéndole bien la punterÃa hacia el ojo.
Se aplicó una mano contra el ojo, imitando un alarido de dolor.
-¡Ay, Jesús, MarÃa y José!, grita la vieja. ¿Que me han cegado! ¡Que me han anegado!
Se detuvo con un ataque de risa y tos, repitiendo a intervalos:
-¡Que me han cegado completamente!
MÃster Dédalus se reÃa sonoramente a carcajadas, echándose hacia atrás en la silla, mientras tÃo Charles meneaba la cabeza a un lado y otro.
Dante parecÃa terriblemente furiosa, y repitió mientras los otros reÃan:
-¡Muy bonito! ¡Ja! ¡Muy bonito!
No estaba bien aquello de escupirle a una mujer en el ojo. Pero, ¿cuál era el nombre que la mujer habÃa dado a Kitty O’Shea, y que mÃster Casey no se atrevÃa a repetir? Se imaginó a mÃster Casey avanzando entre una multitud de gente y echando discursos desde una vagoneta. Era por eso por lo que habÃa estado en la cárcel: y recordaba que una noche el sargento O’Nell habÃa venido a casa y habÃa estado hablando en voz baja con su padre, en el vestÃbulo, mientras mordÃa nerviosamente el barbuquejo de la gorra. Y aquella noche no habÃa ido mÃster Casey a DublÃn en el tren, sino que un coche habÃa venido hasta la puerta, y él habÃa oÃdo decir a su padre algo acerca de la carretera de Cabinteely.
MÃster Casey era partidario de Irlanda y de Parnell, y lo mismo su padre. Y Dante habÃa sido también asà a lo primero, porque una noche que estaba tocando la banda en la explanada, habÃa golpeado en la cabeza con un paraguas a un caballero que se habÃa descubierto al ejecutar la banda, al final, el God save the Queen.
MÃster Dédalus dio un bufido de desprecio:
-Ay, John -dijo-. Somos una raza manejada por los curas, y lo hemos sido siempre, y lo seremos hasta la consumación de los siglos.
TÃo Charles meneó la cabeza diciendo:
-¡Mala cosa! ¡Mala cosa!
MÃster Dédalus repitió:
-Una raza gobernada por los curas y dejada de la mano de Dios.
Señaló hacia el retrato de su abuelo, que pendÃa en la pared a su derecha:
-¿Ves aquel valiente que está ahà encima, John? -dijo- Fue un buen irlandés en aquellos tiempos en que se combatÃa sin esperanza de recompensa. Le condenaron a muerte acusado de pertenecer a la sociedad de los Whiteboys. Pues él acostumbraba a decir de nuestros amigos, los curas, que jamás permitirÃa poner los pies a ninguno de ellos bajo el tablero de su mesa de comedor.
Dante no pudo ya reprimir su cólera y exclamó:
-Pues si somos una raza gobernada por los sacerdotes, debemos estar orgullosos de ello. Ellos son la niña del ojo de Dios. No los toquéis -dice Cristo-, porque ellos son la niña de mà ojo.
-Según eso, ¿no debemos amar a nuestro paÃs? -preguntó mÃster Casey-. ¿Y no hemos de seguir al hombre que habÃa nacido para conducirnos?
-¿A un traidor a su patria? -replicó Dante-. ¡A un traidor, a un adúltero! Los sacerdotes hicieron bien en abandonarle. Los sacerdotes han sido siempre los verdaderos amigos de Irlanda.
-¿Qué me cuenta? ¿En serio? -dijo mÃster Casey.
Dejó caer el puño sobre la mesa y, frunciendo el entrecejo coléricamente, se puso a contar por los dedos, enderezándolos uno a uno.
-¿Acaso no nos hicieron traición los obispos de Irlanda en tiempos de la Unión, cuando el obispo Lanigan dirigió un mensaje de lealtad al marqués Cornwallis? ¿No vendieron los obispos y los sacerdotes las aspiraciones de su propio paÃs en 1829 a cambio de obtener la emancipación católica? ¿No desaprobaron el movimiento feniano desde el pulpito y en el confesionario? ¿Y no profanaron las cenizas de Terence Bellew Mac Manus?
TenÃa el rostro resplandeciente de cólera y a Stephen se le arrebataban también las mejillas sólo de la conmoción que aquellas palabras causaban en él. MÃster Dédalus lanzó una risotada de desprecio.
-¡Por Cristo! -exclamó-. ¡Que se nos olvidaba el chiquitÃn de Paul Cullen! Otra niña del ojo de Dios.
Dante avanzó el cuerpo por encima de la mesa y gritó dirigiéndose a mÃster Casey:
-¡Han hecho bien! ¡Han hecho bien! ¡Han obrado siempre bien! Dios, moralidad y religión son antes que nada.
Mistress Dédalus, viendo su excitación, le dijo:
-Mistress Riordan, no se excite contestándoles.
MÃster Casey levantó un puño crispado y lo dejó caer sobre la mesa con estrépito.
-Muy bien -gritó con voz ronca-. Pues si vamos a parar ahÃ, ¡que no haya Dios para Irlanda!
-¡John, John! -exclamó mÃster Dédalus cogiéndole por la manga de la chaqueta.
Dante, desde su sitio, con las mejillas trémulas, clavó sus ojos espantados en mÃster Casey. Este pugnaba por levantarse de la silla y, doblando el tronco en dirección a ella por encima de la mesa, gritó, mientras con una mano arañaba el aire delante de él como si tratara de destruir una tela de araña:
-¡Que no haya Dios para Irlanda! ¡Es ya mucho Dios el que hemos tenido en Irlanda! ¡Afuera con él!
-¡Blasfemo! ¡Demonio! -chilló Dante, poniéndose en pie y casi escupiéndole al rostro.
TÃo Charles y mÃster Dédalus pugnaban por reducir a mÃster Casey de nuevo a su asiento, tratando de aplacarle, cada uno por su lado, a fuerza de buenas razones. Y él, con la mirada estática, lanzando llamaradas sombrÃas por los ojos, repetÃa:
-Afuera con él, he dicho.
Dante empujó violentamente su silla hacia un lado y abandonó la mesa derribando el servilletero, que rodó lentamente por la alfombra y fue a quedar inmóvil al pie de una butaca. MÃster Dédalus se levantó rápidamente y siguió a Dante hacia la puerta. Al llegar a ella, Dante se volvió de pronto con violencia y clamó con las mejillas arrebatadas y trémula de ira:
-¡Demonio de los infiernos! ¡Le hemos vencido! ¡Le hemos aplastado la cabeza! ¡Enemigo malo!
La puerta se cerró de golpe tras ella.
MÃster Casey, libertándose de los que le sujetaban, abatió repentinamente la cabeza entre las manos con un sollozo de dolor.
-¡Pobre Parnell! -clamó-. ¡Mi rey muerto!
Y sollozó ruidosamente, amargamente.
Stephen levantó la cara aterrada y vio que los ojos de su padre estaban llenos de lágrimas.
Los alumnos charlaban en grupitos.
Uno dijo:
-Los han cogido cerca de la colina de Lyons.
-¿Quién los cogió?
-MÃster Gleeson y el Padre Ministro. Iban en un coche. El mismo muchacho añadió:
-Me lo ha dicho uno de la primera división.
Fleming preguntó:
-Pero, dinos, ¿por qué se escapaban?
-Yo sé por qué -dijo Cecil Thunder-. Porque habÃan robado el dinero del cuarto del rector.
-¿Quién lo robó?
-El hermano de Kickham. Y se lo repartieron entre todos.
¡Pero aquello era robar! ¿Cómo podÃan haber hecho aquello?
-¡Sà que sabes tú mucho, Thunder! -dijo Wells-. Yo sé por qué se han largado ésos.
-Dinos por qué.
-Me han dicho que no lo dijera.
-¡Anda, Wells! ¡Ya nos lo puedes contar! -exclamaron todos-. ¡Que no se lo diremos a nadie!
Stephen inclinó la cabeza hacia adelante para oÃr. Wells miró alrededor para ver si venÃa alguien. Después dijo en tono de secreto:
-¿Sabéis el vino de misa que está guardado en el armario de la sacristÃa?
-SÃ.
-Bueno; pues se lo bebieron y han sabido quiénes eran por el olor. Y por eso fue por lo que se escaparon, si es que queréis saber por qué.
Y el chico que habÃa hablado primero dijo:
-SÃ, eso fue también lo que me dijo el de la primera división.
Todos se quedaron callados. Stephen estaba entre ellos, escuchando, asustado de hablar. SentÃa un leve malestar, un desfallecimiento de pavor. ¿Cómo podÃan haber hecho aquello? Se imaginaba la sacristÃa obscura y silenciosa. HabÃa en ella unos armarios de madera obscura en donde yacÃan inmóviles las rizadas sobrepellices. No era la capilla y, sin embargo, habÃa que hablar allà en voz baja. Era un lugar santo. Y recordaba la tarde de verano cuando habÃa estado allà para revestirse y llevar la naveta del incienso en la procesión hasta el altarcillo colocado en el bosque. Un lugar extraño y santo. El muchacho que llevaba el incensario lo habÃa estado balanceando, cogido por la cadena de en medio, para que los carbones prendieran bien.
Aquello se llamaba carbón de leña, y ardÃa suavemente cuando el chico lo balanceaba con cuidado y exhalaba un ligero olor agrio. Y luego, cuando todos estuvieron revestidos, él le habÃa presentado la naveta al rector. El rector puso una cucharada de incienso en el incensario. Y el incienso silbaba al caer sobre los carbones encendidos.
Los alumnos charlaban en pequeños grupos, aquà y allá, por los campos de recreo. Le daba la sensación de que los muchachos se habÃan empequeñecido. Y era que un ciclista, uno de segundo de gramática, le habÃa atropellado el dÃa anterior. La bicicleta le habÃa arrojado sobre la pista de escorias y se le habÃan roto las gafas en tres pedazos y algunas partÃculas de escorias le habÃan entrado en la boca. Y por eso le parecÃan los muchachos más pequeños y más distantes y las porterÃas tan lejanas y delgadas y tan alto el cielo apacible y gris. Pero nadie jugaba en los campos de fútbol porque iba a empezar la temporada de cricket. Unos decÃan que Barnes serÃa el entrenador, y otros, que lo serÃa Flowers. Por todos lados habÃa muchachos que se ensayaban en lanzar pelotas muertas y pelotas con efecto.
Y de aquà y de allá venÃan a través del aire suave y gris los golpes de las palas del cricket. HacÃan: pie, pac, poc, puc; como gotitas de agua al caer sobre el tazón repleto de una fuente.
Athy, que habÃa estado callado hasta entonces, dijo:
-Todos estáis equivocados.
Todos se volvieron hacia él con curiosidad.
-¿Por qué?
-¿Es que tú sabes?…
-¿Quién te lo dijo?
-Cuéntanos, Athy.
Athy señaló al otro lado del campo de recreo, hacia donde estaba Simón Moonan paseándose, llevándose por delante una piedra a patadas.
-Preguntadle a ése -dijo.
Los chicos miraron hacia allá y dijeron:
-¿Por qué a ése?
-¿Tiene que ver con ello?
Athy bajó la voz y dijo:
-¿Sabéis por qué se largaron esos? Os lo diré, pero tenéis que hacer como que no lo sabéis.
-DÃnoslo, Athy. Sigue. DÃnoslo, si lo sabes.
Hizo una pausa y luego dijo misteriosamente:
-Los pescaron con Simón Moonan y Boyle, el de los camellos, una noche en los lugares.
Los chicos le miraron sin comprender y preguntaron:
-¿Los pescaron?
-¿Qué estaban haciendo?
-Besuqueándose.
Todos se quedaron callados. Y Athy añadió:
-Y esa es la razón.
Stephen observó las caras de sus compañeros, pero todos estaban mirando hacia el otro lado del campo. Necesitaba preguntar a alguien.
¿Qué significaba aquello de besuquearse en los lugares? ¿Por qué se habÃan escapado por eso los muchachos de la primera división? Era una broma, pensaba. Simón Moonan tenÃa unos trajes muy bonitos y una noche le habÃa enseñado una bola de bombones de crema que los jugadores del equipo de fútbol le habÃan enviado rodando a lo largo de la alfombra del centro del comedor. Era la noche del partido contra el equipo de los Bective Rangers, y la bola representaba exactamente una manzana roja y verde, sólo que se abrÃa y estaba llena de bombones de crema. Y un dÃa Boyle habÃa dicho que un elefante tenÃa dos camellos, en lugar de dos colmillos, y era por eso por lo que le llamaban Boyle el de los camellos, pero algunos chicos le llamaban la señorita Boyle, porque siempre se estaba arreglando las uñas.
Eileen tenÃa también las manos finas, frescas y delgadas, porque era una chica. Eran como mármol, sólo que blandas. Aquello era lo que querÃa decir Torre de Marfil, pero los protestantes no lo podÃan entender y se reÃan de ello. Un dÃa estaba él al lado de ella mirando los campos del hotel. Un criado izaba una banderola en su mástil y un perro foxterrier daba huidas locas de acá para allá sobre el césped soleado. Ella le metió la mano en el bolsillo donde él tenÃa la suya propia y Stephen sintió entonces el frescor, la delgadez y la tersura de aquella mano. Ella le habÃa dicho que el tener bolsillos era una cosa bien chistosa, y luego, de pronto, habÃa echado a correr cuesta abajo por el sendero en curva. Su cabello rubio le ondeaba por detrás, como oro al sol. Torre de Marfil. Casa de Oro. HabÃa que pensar las cosas para entenderlas.
Pero, ¿por qué en los lugares? Allà se iba cuando se tenÃa alguna necesidad. Era aquél un sitio formado todo de gruesas planchas de pizarra, donde el agua goteaba continuamente a través de unos agujeros pequeñitos, como hechos con alfileres, y donde habÃa un extraño olor a agua corrompida. Y detrás de la puerta de uno de los retretes habÃa un dibujo a lápiz rojo de un hombre barbudo en traje romano y con un par de ladrillos en las manos, y debajo estaba escrito el tÃtulo:
Balbo construyendo un muro.
Algún chico lo habÃa pintado allà por broma. TenÃa una cara chistosa, pero representaba muy bien un hombre con barba. Y en la pared de otro retrete habÃa este letrero, escrito con hermosos caracteres inclinados hacia la izquierda:
Julio César escribió de Bello Galgo.
Tal vez estaban allà porque aquél era un sitio donde los chicos escribÃan cosas por broma. Y sin embargo, era muy raro lo que habÃa dicho Athy, y sobre todo, la manera de decirlo. Y no era una broma, puesto que se habÃan escapado. Miró con los demás hacia la otra parte del campo de juego, y comenzó a sentirse asustado.
Por último, Fleming dijo:
-¿Y nos van a castigar a todos por lo que han hecho otros?
-Yo no vuelvo al colegio, lo vais a ver -dijo Cecil Thunder-. ¡Tres dÃas de silencio en el refectorio, y que nos manden a cada momento a recibir seis u ocho palmetazos!
-Sà -añadió Wells-, y que el vejete de Barrett tiene una nueva manera de doblar la papeleta, y ya no la puedes abrir y volverla a doblar después para ver cuántos palmetazos te vas a ganar. Yo tampoco vuelvo.
-Claro -dijo Cecil Thunder-, y además el prefecto de estudios ha estado esta mañana en segundo de gramática.
-Vamos a insubordinarnos -propuso Fleming-. ¿Queréis?
Todos se quedaron callados. HabÃa un profundo silencio en el aire, y se podÃan oÃr los golpes de las palas de cricket, pero más despacio que antes: pie, poc.
Wells preguntó:
-¿Qué es lo que les van a hacer?
-A Simón Moonan y a Camellos los van a azotar -contestó Athy-, y a los de la primera les han dado a escoger entre los azotes o ser expulsados.
-¿Y por qué se deciden? -preguntó el muchacho que habÃa hablado primero.
-Todos prefieren la expulsión, excepto Corrigan -contestó Athy-. A él le va a azotar mÃster Gleeson.
-Ya comprendo por qué -dijo Cecil Thunder-. El está en lo cierto, y los otros no, porque los azotes se pasan al cabo de un rato, pero a un chico, al que le han expulsado, le queda una marca para toda la vida. Además que Gleeson no le azotará muy fuerte.
-A él mismo le conviene no hacerlo -dijo Fleming.
-No me gustarÃa ser Simón Moonan o Camellos -dijo Cecil Thunder-. Pero no creo que los vayan a azotar. Quizá les den sólo nueve palmetazos en cada mano.
-No, no -dijo Athy-. Los recibirán en el punto doloroso.
Wells se rascó y dijo lloriqueando:
-¡Por favor, señor, déjeme usted! Athy hizo una mueca burlona y se remangó las manga de la chaqueta, diciendo:
No hay otro remedio,
no te salvarás.
Abajo con los pantalones
y afuera con el tras.
Todos se reÃan. Pero Stephen sintió que estaban un poco asustados. En el silencio del suave aire gris venÃa de aquà y de allá el ruido de las palas de cricket: poc. Aquello era un sonido si se oÃa; pero si se recibÃa el pelotazo, se sentÃa dolor. La palmeta hacÃa ruido también, pero era muy distinto. Los chicos decÃan que estaba hecha de hueso de ballena y cuero con plomo dentro; y se imaginaba cómo serÃa el dolor. HabÃa diferentes clases de sonidos. Una vara larga y delgada darÃa un silbido agudo; y se imaginaba cómo serÃa el dolor que producirÃa. Le daba un estremecimiento de frÃo; y también le hacÃan estremecerse las palabras de Athy. Pero, ¿qué era lo que encontraban digno de risa? Le daba un estremecimiento, pero era porque siempre se siente un estremecimiento cuando se baja uno los pantalones. Lo mismo que en el baño, al desnudarse. Y se ponÃa a pensar quién tendrÃa que echar abajo los pantalones, si el maestro o el chico mismo. ¡Oh!, ¿cómo podÃan reÃrse de aquel modo?
Contempló las mangas remangadas de Athy y sus manos de gruesos nudillos y manchadas de tinta. Se habÃa recogido las mangas para remedar cómo se las remangarÃa mÃster Gleeson. Pero mÃster Gleeson tenÃa los puños de la camisa blancos y brillantes, y unas muñecas limpias y blancas, y unas manos blancas y gordezuelas, con las uñas crecidas y puntiagudas. Quizá se las arreglaba también como la señorita Boyle. Pero eran unas uñas enormemente largas y puntiagudas. ¡Qué largas, qué crueles! Pero las manos blancas y gordezuelas no eran crueles, sino benignas. Y aunque temblaba de miedo y de frÃo al pensar en las uñas largas y crueles y en el silbido agudo de la varilla y en el escalofrÃo que se siente hacia los faldones de la camisa cuando se desnuda uno para el baño, sin embargo, experimentaba una sensación extraña y reposada de placer al pensar en las manos limpias y gordezuelas, fuertes y benignas. Y Fleming habÃa dicho que no pegarÃa muy fuerte porque era su propio interés. Pero no era por eso.
Una voz gritó desde otro extremo del campo de juego:
-¡Todos adentro!
Y otras voces repitieron:
-¡Todos adentro! ¡Todos adentro!
Durante la lección de escritura se estuvo sentado con los brazos cruzados, escuchando el lento rasguear de las plumas. MÃster Harford iba de aquà para allá haciendo unas señalitas con lápiz rojo y sentándose algunas veces al lado de cada muchacho para enseñarles cómo debÃan tener la pluma. Stephen habÃa intentado deletrear la primera lÃnea, aunque se la sabÃa de memoria por ser la última del libro. Celo sin prudencia es como nave a la deriva. Pero los trazos de las letras le formaban como hilos invisibles y sólo cerrando bien el ojo derecho y mirando fijamente con el izquierdo podÃa llegar a distinguir todos los rasgos de la inicial.
Pero mÃster Harford era muy bueno y nunca se encolerizaba como los otros maestros que solÃan ponerse furiosos. ¿Por qué habÃan de sufrir ellos por lo que hicieran los de la primera división? Wells habÃa dicho que se habÃan bebido parte del vino de misa del armario de la sacristÃa y que se lo habÃan conocido en el olor. Quizás habÃan robado una custodia para escaparse con ella y venderla en cualquier parte. DebÃa de haber sido un terrible pecado el ir de noche, pasito, a abrir el negro armario y robar aquella cosa de oro, resplandeciente, en la cual Dios era expuesto sobre el altar en la bendición entre cirios y flores, cuando el incienso se levantaba en nubes a ambos lados del chico que balanceaba el incensario y mientras Domingo Kelly entonaba en el coro la primera parte del Tantum Ergo. Por supuesto, Dios no estaba allà cuando la habÃan robado. Sin embargo, era un pecado enorme aun tocarla sólo. Pensó en ello con profundo terror. Un pecado terrible y extraño: le estremecÃa pensarlo, en el silencio sólo levemente arañado por el rasgueo de las plumas. Y beberse el vino de misa, sacándolo del armario, y ser delatado por el olor, era también pecado. Pero no era terrible y extraño. Le hacÃa a uno sólo sentirse ligeramente mareado por el olor del vino. El dÃa de su primera comunión, en la capilla, Stephen habÃa cerrado los ojos y abierto la boca y sacado la lengua un poquito, y cuando el rector se inclinó para darle la santa comunión habÃa sentido un ligero olor a vino en el aliento del rector, al vino de la misa, sin duda. ¡Qué magnÃfica palabra: vino! Le hacÃa a uno pensar en el color púrpura obscuro, porque las uvas tenÃan ese color también y crecÃan allá en Grecia a la parte de fuera de unas casas como templos blancos. Pero el dÃa de su primera comunión el aliento del rector le habÃa hecho sentirse mareado. El dÃa de la primera comunión era el dÃa más feliz de la vida. Y una vez un grupo de generales le habÃa preguntado a Napoleón cuál habÃa sido el dÃa más feliz de su vida. Todos pensaban que dirÃa que el dÃa que habÃa ganado alguna gran batalla o el dÃa que le habÃan hecho emperador. Pero él dijo:
-Señores, el dÃa más feliz de mi vida fue el dÃa en que hice mi primera comunión.
Entró el Padre Arnall y comenzó la clase de latÃn. Y él seguÃa quieto, apoyándose sobre la mesa con los brazos cruzados. El Padre Arnall devolvió los cuadernos de ejercicios y dijo que eran escandalosamente malos y que los tenÃan que volver a copiar corregidos inmediatamente. Pero el peor ejercicio de todos era el de Fleming, porque las páginas se habÃan pegado en un borrón las unas a las otras. El Padre Arnall lo levantó por una esquina y dijo que era un insulto para cualquier profesor el mandarle un ejercicio como aquél. Después le preguntó a Jack Lawton la declinación del nombre mare y Jack Lawton se atrancó en el ablativo del singular y no pudo continuar con el plural.
-DebÃa usted tener vergüenza de sà mismo -dijo severamente el Padre Arnall-. ¡Usted, el primero de la clase!
Después se lo preguntó al chico siguiente, y al siguiente, y al otro. Ninguno lo sabÃa. El Padre Arnall se iba poniendo tranquilo, cada vez más tranquilo, según los alumnos iban intentando responder sin acertar.
Pero su cara tenÃa un aspecto sombrÃo, y aunque la voz era tranquila, los ojos miraban fijamente. Por último le preguntó a Fleming, y Fleming dijo que la palabra no tenÃa plural. El Padre Arnall cerró de golpe el libro y le gritó:
-¡Afuera! ¡De rodillas en medio de la clase! Es usted el muchacho más vago que he conocido. Los demás: ¡a copiar otra vez los ejercicios!
Fleming salió pesadamente de su sitio y se arrodilló entre los dos últimos bancos. Los otros muchachos se doblaron sobre los cuadernos y comenzaron a escribir. El silencio reinó en la clase y Stephen, mirando tÃmidamente a la cara sombrÃa del Padre Arnall, vio que de tanta cólera como tenÃa se le habÃa puesto un poquito colorada.
¿Pecaba el Padre Arnall encolerizándose o le estaba permitido cuando los alumnos eran perezosos porque con eso estudiaban mejor? ¿O es que sólo fingÃa que se enfadaba? Sin duda era que le estaba permitido, porque un sacerdote conocerÃa lo que era pecado y no lo harÃa. Pero, y si lo hiciera una vez por equivocación, ¿tendrÃa que ir a confesarse? Quizás irÃa a confesarse con el ministro. Y si lo hiciera el ministro, irÃa con el rector; y el rector, con el provincial; y el provincial, con el general de los jesuÃtas. Aquello era la Orden. Y él habÃa oÃdo decir a su padre que todos ellos eran hombres muy inteligentes y que habrÃan podido alcanzar los primeros puestos en el mundo si no se hubieran hecho jesuÃtas. Y hacÃa esfuerzos para imaginarse lo que habrÃan llegado a ser el Padre Arnall y Paddy Barret y lo que habrÃan llegado a ser mÃster Me Glade y mÃster Gleeson, si no se hubieran hecho jesuÃtas. Era difÃcil porque habÃa que representárselos de otro modo distinto, con trajes de otro color y pantalones y barbas y bigotes y con otros sombreros.
La puerta se abrió y se cerró silenciosamente. Un rápido cuchicheo corrió a través de la clase: ¡el prefecto de estudios! Por un instante hubo un silencio de muerte y luego el recio chasquido de una palmeta sobre el último pupitre. A Stephen se le saltó de miedo el corazón.
-¿Hay aquà algún chico que necesite ser azotado, Padre Arnall? -gritó el prefecto de estudios-. ¿Hay algún vago, algún gandul que necesite azotes?
Avanzó hasta el medio de la clase y vio a Fleming de rodillas.
-¡Hola! -exclamó-. ¿Quién es este muchacho? ¿Por qué está de rodillas? ¿Cuál es tu nombre?
-Fleming, señor.
-¡Ajajá, Fleming! Un vagazo, sin duda. Te lo leo en los ojos. ¿Por qué está de rodillas, Padre Arnall?
-Ha escrito un ejercicio de latÃn muy malo -dijo el Padre Arnall- y no ha contestado a ninguna pregunta de gramática.
-¡Claro está que sÃ! -exclamó el prefecto de estudios-,¡claro está que sÃ! ¡Un vago de nacimiento! Se le ve en las niñas de los ojos.
Golpeó con su férula sobre el pupitre y gritó:
-¡Arriba, Fleming! ¡Arriba, querido!
Fleming se levantó despacio.
-¡La mano! -gritó el prefecto de estudios.
Fleming extendió la mano. La palmeta se abatió sobre ella con un fuerte chasquido: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis.
-¡La otra mano!
La palmeta se abatió de nuevo con seis fuertes y rápidos chasquidos.
-¡De rodillas! -exclamó el prefecto de estudios.
Fleming se arrodilló, apretándose las manos contra los sobacos y con la cara contorsionada por el dolor. Pero Stephen sabÃa que Fleming tenÃa las manos endurecidas porque se las estaba siempre frotando con resina. Pero quizás el dolor era muy fuerte porque el ruido de los palmetazos habÃa sido terrible. El corazón de Stephen latÃa y temblaba.
-¡A trabajar todo el mundo! -gritó el prefecto de estudios-. No queremos aquà vagos, haraganes ni maulas. ¡A trabajar, he dicho! El Padre Dolan entrará todos los dÃas a visitaros. El padre Dolan entrará mañana.
Tocó a uno de los chicos con el extremo de la palmeta:
-¡Tú, muchacho! ¿Cuándo volverá el Padre Dolan?
-Mañana, señor -dijo la voz de Tom Furlong.
-Mañana y pasado y el otro -dijo el prefecto de estudios-. Que se os quede bien grabado. Todos los dÃas el Padre Dolan. ¡A escribir! Tú, muchacho, ¿quién eres tú?
A Stephen se le saltó de golpe el corazón.
-Dédalus, señor.
-¿Por qué no estás escribiendo como los demás?
-Yo… mis…
No podÃa hablar de terror.
-¿Por qué no está escribiendo éste, Padre Arnall?
-Se le han roto las gafas y le he exceptuado por eso de trabajar -contestó el Padre Arnall.
-¿Que se le han roto? ¿Qué es lo que oigo? ¿Cómo dices que es tu nombre? -dijo el prefecto de estudios.
-Dédalus, señor.
-¡Sal aquà fuera, Dédalus! Holgazán y trapisondilla. Se te conoce el ardid en la cara. ¿Dónde se te rompieron las gafas?
Dédalus salió a trompicones hasta el centro de la clase, ciego de miedo y de ansia.
-¿Dónde se te rompieron las gafas? -repitió el prefecto
de estudios.
-En la pista, señor.
-¡Jejé! ¡En la pista! -exclamó el prefecto de estudios-. Me sé de memoria esa artimaña.
Stephen levantó los ojos asombrado y vio por un momento la cara gris blancuzca y ya no joven del Padre Dolan, su cabeza calva y blanquecina con un poco de pelusilla a los lados, los cercos de acero de sus gafas y sus ojos sin color que le miraban a través de los cristales. ¿Por qué decÃa que se sabÃa de memoria aquella artimaña?
-¡Haragán, maulero! -gritó el prefecto-. ¡Se me han roto las gafas! ¡Es una treta de estudiantes ya muy antigua ésa! ¡A ver, la mano, inmediatamente!
Stephen cerró los ojos y extendió su mano temblorosa, con la palma hacia arriba. Sintió que el prefecto le tocaba un momento los dedos para ponerla plana y luego el silbido de las mangas de la sotana al levantarse la palmeta para dar. Un golpe ardiente, abrasador, punzante, como el chasquido de un bastón al quebrarse, obligó a la mano temblorosa a contraerse toda ella como una hoja en el fuego. Y al ruido, lágrimas ardientes de dolor se le agolparon en los ojos. Todo su cuerpo estaba estremecido de terror, el brazo le temblaba y la mano, agarrotada, ardiente, lÃvida, vacilaba como una hoja desgajada en el aire. Un grito que era una súplica de indulgencia le subió a los labios. Pero, aunque las lágrimas le escaldaban los ojos y las piernas le temblaban de miedo y de dolor, ahogó las lágrimas abrasadoras y el grito que le hervÃa en la garganta.
-¡La otra mano! -exclamó el prefecto.
Stephen retiró el herido y tembloroso brazo derecho y extendió la mano izquierda. La manga de la sotana silbó otra vez al levantar la palmeta y un estallido punzante, ardiente, bárbaro, enloquecedor, obligó a la mano a contraerse, palma y dedos confundidos en una masa cárdena y palpitante. Las escaldantes lágrimas le brotaron de los ojos, y abrasado de vergüenza, de angustia y de terror, retiró el brazo y prorrumpió en un quejido. Su cuerpo se estremecÃa paralizado de espanto y, en medio de su confusión y de su rabia, sintió que el grito abrasador se le escapaba de la garganta y que las lágrimas ardientes le caÃan de los ojos y resbalaban por las arreboladas mejillas.
-¡ArrodÃllate! -gritó el prefecto.
Stephen se arrodilló prestamente, oprimiéndose las manos laceradas contra los costados. Y de pensar en aquellas manos, en un instante golpeadas y entumecidas de dolor, le dio pena de ellas mismas, como si no fueran las suyas propias, sino las de otra persona, de alguien por quien él sintiera lástima. Y al arrodillarse, calmando los últimos sollozos de su garganta y sintiendo el dolor punzante y ardiente oprimido contra los costados, pensó en aquellas manos que él habÃa extendido con las palmas hacia arriba, y en la firme presión del prefecto al estirarle los dedos contraÃdos, y en aquellos dedos y aquellas palmas que, en una masa golpeada, entumecida, roja, temblaban, desvalidos, en el aire.
-A trabajar todo el mundo -gritó el prefecto de estudios desde la puerta-. El Padre Dolan entrará todos los dÃas para ver si hay algún chico perezoso y holgazán que necesite ser azotado. Todos los dÃas. Todos los dÃas.
La puerta se cerró tras él.
La clase continuó copiando los ejercicios en silencio.
El Padre Arnall se levantó de su asiento y se puso a pasear entre los alumnos, ayudándolos con cariñosas palabras y diciéndoles los errores que habÃan hecho. Su voz era amable y dulce. Después volvió a su asiento, y dijo a Fleming y a Stephen:
-Vosotros dos volved a vuestros sitios.
Fleming y Stephen se levantaron y, volviendo a sus sitios, se sentaron. Stephen, rojo escarlata de vergüenza, abrió rápidamente un libro con una sola y débil mano, y se doblegó sobre él con la cara contra la página.
Era una crueldad y una injusticia porque el médico le habÃa mandado que no leyera sin gafas y él habÃa escrito aquella mañana a su padre diciéndole que le mandara otras nuevas. Y el Padre Arnall habÃa dicho que no necesitaba estudiar hasta que no vinieran. Además, ¡llamarle maulero a él que siempre habÃa sido el primero o el segundo de la clase y que era el jefe del partido de York! ¿Cómo podÃa el prefecto saber que era una artimaña? Sintió el tacto de los dedos del prefecto al estirarle la mano. Al principio habÃa creÃdo que le iba a dar la mano, porque los dedos eran suaves y estaban tranquilos, pero en seguida habÃa oÃdo el silbar de la manga de la sotana y el estallido. Y era una crueldad y una injusticia el ponerle de rodillas en medio de la clase. Y el Padre Arnall les habÃa dicho a los dos que podÃan volver a sus sitios, sin hacer distinción entre ellos. Escuchó la voz templada y cariñosa del Padre Arnall, que estaba corrigiendo los ejercicios. Quizá le dolÃa ahora y querÃa estar amable. Pero habÃa sido una injusticia y una crueldad. El prefecto de estudios era un sacerdote, pero era injusto y cruel. Y su cara blancuzca y sus ojos sin color, tras las gafas encercadas de acero, eran crueles porque le habÃa sostenido la mano primero con sus dedos firmes y suaves, sólo para afinar la punterÃa, para pegar más recio.
-Es una canallada repugnante, eso es lo que es, dar de palmetazos a un chico por lo que no tiene él la culpa -decÃa Fleming en el tránsito, al salir las filas para el refectorio.
-Es cierto que se te rompieron las gafas por accidente, ¿no es verdad? -le preguntó Roche el Malo.
Stephen sentÃa su corazón lleno todavÃa de las palabras de Fleming, y no contestó.
-¡Claro que sÃ! -dijo Fleming-. Yo que él no me aguantarÃa. Yo irÃa y se lo dirÃa al rector.
-Sà -dijo apresuradamente Cecil Thunder-, que yo le vi levantar la palmeta por encima del hombro, y eso no está autorizado a hacerlo.
-¿Te ha dolido mucho? -preguntó Roche el Malo. -MuchÃsimo -dijo Stephen.
-Yo no se lo aguantarÃa -repitió Fleming-, ni a Cabezacalva, ni a ningún otro Cabezacalva. Es una villanÃa y una guarrada, eso es lo que es. Yo que él me irÃa derechamente al rector y se lo contarÃa después de la cena.
-SÃ, sÃ, hazlo -dijo Cecil Thunder.
-SÃ, sÃ. Sube y acúsale al rector, Dédalus -dijo Roche el Malo-, porque ha dicho que volverá a entrar mañana para darte de palmetazos otra vez.
-Anda, sÃ. DÃselo al rector -dijeron todos.
Estaban por allÃ, escuchando, algunos alumnos de segundo de gramática, y dijeron:
-El Senado y el pueblo romano declaran que Dédalus ha sido injustamente castigado.
Estaba muy mal: era injusto y cruel. Sentado en el refectorio estuvo rumiando, una vez y otra, el recuerdo de su afrenta, hasta que se puso a pensar si realmente no habrÃa algo en su cara que le hiciera parecer trapisondista. Hubiera deseado tener allà un espejito para verse. Pero no lo tenÃa. Y era una injusticia y una crueldad.
No pudo comer los fritos negruzcos de pescado que tenÃan los miércoles de Cuaresma; además una de las patatas tenÃa la señal del azadón. SÃ, harÃa lo que le habÃan dicho los chicos. SubirÃa y le dirÃa al rector que le habÃan castigado injustamente. Una cosa asà habÃa sido hecha antes en la historia por alguien, por un gran personaje cuya cabeza estaba representada en los libros de historia. Y el rector declararÃa que le habÃan castigado injustamente, porque el Senado y el pueblo romano, cuando alguien iba en queja, declaraban siempre que el castigo habÃa sido injusto. Aquellos habÃan sido los grandes hombres, cuyos nombres estaban en el Libro de Preguntas, de Richmal Magnall. Toda la historia no hacÃa sino tratar de estos hombres y de lo que habÃan hecho, y esto era también lo que contenÃan las Narraciones Griegas y Romanas de Peter Parley. Peter Parley en persona estaba representado en la primera página. Estaba allà pintado un camino a través de una llanura con hierba y con pequeños arbustos a un lado, y Peter Parley tenÃa un sombrero ancho como el de un pastor protestante y un bastón muy grueso e iba caminando a buen paso por el camino de Grecia y de Roma.
Era muy fácil lo que tenÃa que hacer. Todo lo que tenÃa que hacer era, cuando se acabara la cena, al salir del comedor, no tirar por el tránsito adelante, sino subir por la escalera de la derecha que conducÃa al castillo. Lo único que tenÃa que hacer era torcer a la derecha, subir aprisa las escaleras y en medio minuto se pondrÃa en aquel corredor bajo de techo, estrecho y obscuro, que conducÃa a través del castillo a la habitación del rector. Y todos los chicos habÃan afirmado que era una injusticia, hasta el de segundo de gramática que habÃa dicho aquello del Senado y el pueblo romano.
¿Qué ocurrirÃa?
Oyó levantarse a los de la primera y sintió sus pasos al marchar a lo largo de la esterilla: Paddy Rath, Jimmy Magee, el español y el portugués. Y el que seguÃa el quinto era aquel gordo de Corrigan que iba a ser azotado por mÃster Gleeson. Por causa de aquél le habÃa llamado trapisondista y le habÃa azotado sin motivo el prefecto de estudios. Y esforzando sus ojos débiles y cansados de llorar, observó al pasar la fila las anchas espaldas de Corrigan y su hundida cabezota. Pero aquél habÃa hecho algo y además mÃster Gleeson no le azotarÃa muy fuerte. Y se acordaba de lo grande que parecÃa Corrigan en el baño. TenÃa la piel del mismo color que el agua rojiza y fangosa de la parte poco profunda de la piscina y al andar por la orilla sus pies chapoteaban sonoramente en las baldosas húmedas y los muslos le retemblaban un poquito de gordo que estaba.
El refectorio estaba medio vacÃo y los alumnos seguÃan pasando en fila. PodrÃa subir por la escalera porque nunca habÃan ningún padre ni ningún prefecto a la parle de afuera del refectorio. Pero no irÃa. El rector darÃa la razón al prefecto de estudios y pensarÃa que se trataba de una artimaña de estudiante, y luego el prefecto de estudios entrarÃa todos los dÃas lo mismo; sólo que serÃa mucho peor porque se debÃa de poner horriblemente enfadado de que un alumno fuera a quejarse de él al rector. Los otros le habÃan dicho que fuera, pero no habÃan ido ellos. Y ya se habÃan olvidado. No: lo mejor era olvidarlo todo, que quizás el prefecto habrÃa dicho que iba a volver sólo por decir. No: lo mejor era ponerse a un lado. Cuando uno es pequeño, lo mejor es escapar inadvertido.
Los de su mesa se levantaron también. El se levantó y salió en fila con los demás. HabÃa que decidirse. El estaba llegando a la puerta. Si seguÃa adelante con los chicos ya no podrÃa subir a ver al rector porque no podrÃa salir del campo de juego para eso. Y si iba y le seguÃan dando de palmetazos lo mismo, todos los chicos harÃan burla de él y andarÃan diciendo cosas del peque de Dédalus, que habÃa ido al rector a quejarse del prefecto de estudios.
Ya estaba marchando por la estera y veÃa la puerta delante de sÃ. Era imposible: no podÃa. Y pensaba en la cabeza calva del prefecto de estudios que le miraba con sus ojos sin color y oÃa la voz del prefecto que le preguntaba dos veces cuál era su nombre.
¿Por qué no se habrÃa acordado del nombre cuando se lo dijo la primera vez? ¿Era que no estaba escuchando cuando lo dijo o que querÃa hacer burla del nombre? Los grandes hombres de la historia habÃan tenido nombres como aquél y nadie se habÃa burlado de ellos. Si querÃa burlarse de algo se debÃa haber burlado de su propio nombre. Dolan: parecÃa el nombre de una lavandera.
HabÃa llegado a la puerta y, torciendo rápidamente a la derecha, trepó escaleras arriba, y, antes de que pudiera ni pensar en volverse atrás, habÃa entrado ya en el corredor bajo de techo, estrecho y obscuro que conducÃa al castillo. Y al trasponer el umbral de la puerta del tránsito, vio, sin volver la cabeza, que todos los chicos le estaban mirando según iban pasando en fila.
Siguió por el corredor estrecho y obscuro, pasando por delante de unas puertecitas que eran las puertas de los cuartos de la comunidad. Escudriñó en la obscuridad delante de sà y a su derecha y a su izquierda, y pensó que aquellos debÃan de ser retratos. Estaba el pasillo silencioso y obscuro. Sus ojos eran débiles y estaban cansados de llorar, asà que no podÃa ver. Pero pensó que eran los retratos de los santos y grandes hombres de la Orden que le estaban mirando silenciosamente al pasar: San Ignacio de Loyola, con un libro abierto y señalando hacia el lema escrito en él: “Ad Majorem Dei Gloriam”; San Francisco Javier, señalándose el pecho; Lorenzo Ricci, con un bonete en la cabeza como los de los prefectos de las divisiones; los tres patronos de la santa juventud: San Estanislao de Kostka, San Luis Gonzaga y el beato Juan Berchmans, todos con caras juveniles porque se habÃan muerto siendo muy jóvenes; y el Padre Peter Kenny envuelto en un manteo muy grande.
Salió al rellano sobre el vestÃbulo de entrada y miró en torno de sÃ. Por allà era por donde habÃa pasado Hamilton Rowan y donde estaban las huellas de las balas de los soldados. Y era allà donde los viejos criados habÃan visto el espÃritu envuelto en un manto blanco de mariscal.
Un criado viejo estaba barriendo al extremo del rellano. Le preguntó dónde estaba el cuarto del rector y el criado se lo señaló al fondo y se le quedó mirando al marcharse y mientras llamaba a la puerta.
No contestaban. Volvió a llamar más fuerte y le palpitó el corazón al oÃr una voz apagada que decÃa:
-¡Adelante!
Dio la vuelta al tirador, abrió la puerta y estuvo palpando para encontrar el tirador de la segunda puerta de bayeta verde. Lo encontró, abrió y entró dentro.
Vio al rector que estaba sentado a una mesa escribiendo. HabÃa una calavera sobre la mesa y un olor solemne y extraño en la habitación como a cuero viejo de sillones.
El corazón le latÃa apresuradamente a causa de la solemnidad del sitio en que se encontraba y del silencio de la estancia. Y contemplaba la calavera y la cara amable del rector.
-Bueno -dijo el rector-. ¿Qué es lo que te trae a ti, mocito?
Stephen se tragó una cosa que se le habÃa puesto en la garganta y dijo:
-Se me han roto las gafas, señor.
El rector abrió la boca y comentó:
-¡Caramba!
Después se sonrió y dijo:
-Bueno, si se nos han roto las gafas hay que escribir a casa para que nos manden otras.
-He escrito a casa, señor, y el Padre Arnall me dijo que no estudiara hasta que vinieran.
-¡Perfectamente! -dijo el rector.
Stephen se volvió a tragar la cosa otra vez y trató de impedir que le temblasen las piernas y la voz.
-Pero, señor…
-¿Qué es ello?
-El Padre Dolan ha entrado hoy en clase y me ha dado de palmetazos porque no estaba escribiendo mi ejercicio.
El rector le miró en silencio mientras él sentÃa que la sangre le subÃa al rostro y que en los ojos estaban a punto de reventar las lágrimas.
El rector dijo:
-Tu nombre es Dédalus, ¿no es eso?
-SÃ, señor.
-Y ¿dónde se te rompieron las gafas?
-En la pista, señor. Me tiró un chico que salÃa del depósito de las bicicletas y se me rompieron. No sé el nombre del chico.
El rector le volvió a mirar en silencio. Después se sonrió y dijo:
-Bueno, todo ha sido una equivocación. Estoy seguro de que el Padre Dolan no lo sabÃa.
-SÃ; le dije que se me habÃan roto, y sin embargo, me pegó con la palmeta.
-¿Le dijiste que habÃas escrito a casa para que te mandaran otras? -preguntó el rector.
-No, señor.
-Bueno, ¿ves? -dijo el rector-, el Padre Dolan no comprendió bien. Di que yo te he excusado de dar lección por algunos dÃas.
Stephen dijo prestamente, de miedo que su temblor se lo impidiera:
-SÃ, señor; pero el Padre Dolan ha dicho que volverá a entrar mañana para pegarme otra vez.
-Muy bien -dijo el rector-, es una equivocación y lo mismo hablaré con el Padre Dolan. ¿Estás contento ahora?
Stephen sintió que las lágrimas le humedecÃan los ojos y murmuró:
-SÃ, señor, sÃ, gracias.
El rector extendió la mano por encima del lado de la mesa donde estaba la calavera y Stephen, al colocar en ella por un momento la suya, sintió una palma húmeda y frÃa.
-Y ahora, buenas tardes -dijo el rector, retirando la mano y diciéndole adiós con la cabeza.
-Buenas tardes, señor -dijo Stephen.
Hizo una inclinación y salió suavemente del cuarto cerrando cuidadosamente y sin ruido las puertas.
Pero cuando hubo pasado el criado que estaba en el rellano y se vio de nuevo en el corredor estrecho y obscuro, comenzó a andar de prisa, cada vez más de prisa. Se precipitó a través de la obscuridad, cada vez más aprisa y en un estado de excitación. Empujó con el codo la puerta del fondo, voló escaleras abajo y echó a correr por los dos tránsitos hasta salir al aire libre.
Se oÃan los gritos de los chicos en los campos de juego. Rompió en una carrera cada vez más acelerada, cruzó la pista y llegó jadeando al campo de la tercera división.
Los chicos le habÃan visto correr. Se estrecharon alrededor de él formando un corro, empujándose los unos a los otros para escuchar.
-¡Cuéntanos cuéntanos!
-¿Qué te ha dicho?
-¿Entraste?
-¿Qué te ha dicho?
-¡Cuéntanos, cuéntanos!
Les contó lo que habÃa dicho y lo que le habÃa contestado el rector, y cuando hubo terminado, todos los chicos arrojaron las gorras dando vueltas por el aire y gritaron:
-¡Hurra!
Recogieron las gorras y las volvieron a arrojar girando a lo alto, y gritaron de nuevo: ¡Hurra! ¡Hurra!
Después juntaron las manos entre todos y levantándole en vilo le pasearon en triunfo hasta que se debatió para que le dejaran. Y cuando se desasió de ellos, echaron a correr en todas direcciones, arrojando las gorras a lo alto, dando silbidos mientras giraban por el aire y gritando:
-¡Hurra!
Y aún dieron tres mueras a Dolan el Cabezacalva y tres vivas a Conmee, diciendo que era el mejor rector que habÃa habido nunca en Clongowes.
Los vivas se dispararon en el aire suave y gris. Estaba solo. Estaba libre; se sentÃa feliz. Pero no se habÃa de mostrar ensoberbecido con el Padre Dolan. Se portarÃa bien y serÃa obediente. Y deseaba que se le ofreciera una ocasión de poder hacerle alguna atención para demostrar que no estaba ensoberbecido.
El aire era suave y tibio y gris. AnochecÃa. Se sentÃa en el aire el aroma de la noche, el olor de aquellos campos donde los chicos arrancaban nabos para pelarlos y comérselos cuando iban de paseo hacia la casa del Mayor Barton, el olor que se sentÃa en el bosquecillo detrás del pabellón donde cogÃan las agallas.
Los alumnos se ejercitaban sacando desde lejos, lanzando la pelota lentamente o haciendo que tomara efecto. En el ambiente suave y gris resonaba el choque de las pelotas. Y de aquÃ, de allá, a través de la serena atmósfera venÃa el ruido de las palas de cricket: pic, pac, poc, puc, como lentas gotas de agua al caer sobre el tazón repleto de una fuente.
2
TÃo Charles fumaba un tabaco de hebra tan apestoso que, por último, su sobrino tuvo que decirle que por qué no se iba a fumar por las mañanas a una casucha que era como una dependencia de la casa y estaba al otro lado del jardÃn.
-Muy bien, Simón. Divinamente, Simón -dijo con toda calma el anciano-. Donde tú quieras. Me vendrá al pelo: será más saludable.
-Que me maten -dijo con franqueza mÃster Dédalus- si llego a comprender cómo puede usted fumar ese tabacazo que fuma. Por Dios, si es como pólvora de cañón.
-Es muy agradable -replicó el viejo-. Muy refrescante y emoliente.
Por lo tanto, todas las mañanas tÃo Charles se encaminaba a la casilla del jardÃn, no sin haberse engrasado y cepillado escrupulosamente los pelos del cogote, ni sin cepillar y encasquetarse su sombrero de copa. Mientras fumaba, el ala del sombrero y el hornillo de la pipa asomaban justamente detrás de las jambas de la casucha.
El cenador, que era como llamaba a la ahumada casilla, le servÃa también de caja de resonancia. Y todas las mañanas tarareaba alegremente alguna de sus canciones favoritas: Ojos azules, cabellos de oro, En los sotillos de Blarney, o Téjeme una enramada, mientras las vedijas grises y azuladas del humo ascendÃan lentamente de la pipa y se desvanecÃan en el aire diáfano.
Durante la primera parte de aquel verano en Blackrock, tÃo Charles fue el inseparable compañero de Stephen. TÃo Charles era un viejo sano como una manzana, de piel bien curtida, maneras bruscas y patillas blancas. Los dÃas de trabajo, servÃa de recadero entre la casa situada en la avenida de Carysfort y las tiendas de la calle principal del centro, donde la familia se surtÃa. A Stephen le gustaba mucho ir con él a estos recados, porque tÃo Charles le aprovisionaba liberalmente, a puñados, de toda suerte de géneros expuestos en cajones abiertos o en barriles, a la parte de fuera del mostrador. CogÃa, por ejemplo, un puñado de uvas entremezcladas con serrÃn, o tres o cuatro manzanas, y las ponÃa magnánimamente en manos de su sobrino, mientras el tendero sonreÃa con sonrisa forzada; y como Stephen fingÃa hacerse rogar para tomarlas, fruncÃa el entrecejo y le decÃa:
-Tómelas usted, señorito. ¿Me ha oÃdo usted, señorito? Son muy buenas para llevar bien las tripas.
Cuando la lista de encargos quedaba bien apuntada, se iban los dos al parque, donde un antiguo amigo del padre de Stephen, Mike Flynn, estaba sentado en un banco esperándolos. Entonces comenzaba la carrera de Stephen alrededor del parque. Mike Flynn se situaba, reloj en mano, a la puerta de entrada, cerca de la estación del ferrocarril, mientras Stephen daba la vuelta, guardando el estilo favorito de Mike Flynn: la cabeza alta, las rodillas levantadas y las manos completamente colgantes a los lados. Cuando el ejercicio matinal concluÃa, hacÃa el entrenador comentarios que algunas veces ilustraba arrastrando cosa de unos metros sus pies calzados con unos viejos zapatos de lona azul. Un reducido cÃrculo de niños asombrados y de niñeras, se reunÃa para observarle, y aún seguÃan haciéndolo cuando él y tÃo Charles se habÃan ya sentado otra vez, y estaban hablando de atletismo o de polÃtica. Aunque habÃa oÃdo decir a su padre que algunos de los mejores corredores de los tiempos modernos habÃan pasado por las manos de Mike Flynn, Stephen observaba a menudo la cara lacia y cubierta de pelo corto de su entrenador, cuando se inclinaba sobre los dedos largos y manchados para liar un pitillo, y miraba con piedad los ojos dulces, azules y sin brillo, que dejaban de pronto su tarea para contemplar vagamente la azul distancia, mientras los dedos largos y manchados se detenÃan en su labor, y algunos granos y hebras de tabaco volvÃan a caer en la petaca.
Al regresar a casa, tÃo Charles solÃa hacer una visita a la capilla, y como Stephen no alcanzaba a la pililla del agua bendita, el anciano introducÃa su mano en .ella y rociaba vivamente el traje de Stephen y el piso del pórtico. Para rezar se arrodillaba sobre su pañuelo rojo y leÃa en voz alta en un libro de oraciones manchado por la huella del pulgar y en el que cada página tenÃa un registro impreso al pie. Stephen se arrodillaba a su lado, respetando su piedad aunque no la compartiera. Pensaba a menudo qué era lo que su tÃo podÃa estar rezando con tanta seriedad. Quizá rezaba por las almas del purgatorio, o para alcanzar la gracia de una buena muerte o tal vez para que Dios le devolviera una parte de aquella gran fortuna que habÃa disipado en Cork.
Los domingos, Stephen, su padre y su tÃo, daban su paseo semanal. El anciano era un gran andarÃn a pesar de los callos, y frecuentemente llegaban a hacer diez o doce millas de camino. La aldea de Stillorgan era el punto en que se dividÃan los caminos. Unas veces tomaban a la izquierda, hacia las montañas de DublÃn, y otras por el camino de Goatstown y de aquà a Dundrum, volviendo por Sandyford. Camino adelante o haciendo alto en algún tabernucho al paso, las dos personas mayores hablaban constantemente de los asuntos que más de cerca les tocaban: de polÃtica irlandesa, de Munster o de las leyendas de su propia familia, a todo lo cual prestaba Stephen oÃdo atento. Las palabras que no comprendÃa se las repetÃa una vez y otra vez, hasta que se las aprendÃa de memoria, y a través de ellas le llegaban vislumbres del mundo que les rodeaba. La hora en que él habÃa de participar también en la vida de aquel mundo parecÃa que se le iba acercando y comenzó a prepararse en secreto para el gran papel que le estaba reservado, pero que sólo confusamente entreveÃa.
Las horas de prima noche le pertenecÃan; y se desojaba sobre una desgualdramillada traducción de El conde de Montecristo. La figura del siniestro vengador le representaba en su imaginación todo cuando habÃa oÃdo o adivinado en su infancia de extraño y de terrible.
Por la noche construÃa sobre la mesa de la sala un simulacro de la isla maravillosa formado de pedazos de transferencias, flores de papel, papel de seda de colores y tiras del papel de oro o plata que venÃa envolviendo el chocolate. Y cuando desmoronaba todo este tinglado, hastiado de su falsedad, se representaba la clara visión de Marsella y las soleadas celosÃas, y veÃa con la imaginación a Mercedes.
Fuera de Blackrock, en el camino que conducÃa a las montañas, habÃa una casita enjalbegada en cuyo jardÃn crecÃan muchos rosales. Lo mismo al ir que al volver a casa, aquella casita le servÃa de mojón para medir la distancia. Y vivÃa con la imaginación una larga cadena de aventuras tan maravillosas como las del libro, hacia el final de las cuales se le representaba una imagen de sà mismo, ya más viejo y más triste, de pie en un jardÃn, a la luz de la luna, con aquella Mercedes que tantos años antes habÃa rehusado su amor y a la que tristemente, con un gesto de orgullosa repulsa, decÃa:
-Señora, yo no acostumbro comer uvas moscateles.
Trabó amistad con un chico llamado Aubrey Mills y fundó con él en la avenida donde vivÃa una cuadrilla de aventureros. Aubrey llevaba un silbato colgado de un ojal y una lámpara de bicicleta sujeta en el cinturón, mientras los demás llevaban atravesados en los suyos unos palos cortos a guisa de puñal. Stephen, que habÃa leÃdo algo de la sencilla manera de vestirse de Napoleón, prefirió permanecer sin adornos; asà se le aumentaba el placer de celebrar consejo con su ayudante antes de dar órdenes. La partida realizaba incursiones en algunos jardines de solterona o bajaba al castillo y libraba batallas en las rocas erizadas de hierbajos para regresar por fin a su casa como cansados vagabundos, con las narices llenas de los olores fermentados de la marisma y las manos y los cabellos impregnados de espesos jugos de algas de mar.
Aubrey y Stephen tenÃan el mismo lechero, el cual les llevaba a menudo en el carricoche de la leche a Carrickmines, que era donde las vacas pastaban. Mientras los hombres estaban ordeñando, los chicos turnaban para dar la vuelta al campo a lomos de la pacÃfica yegua. Pero cuando vino el otoño, las vacas fueron llevadas del prado a la establÃa. Stephen sintió náuseas sólo de ver el patio del establo con sus repugnantes pozos verdosos y los cuajarones de estiércol lÃquido y de respirar la vaharada de las artesas de afrecho. Las vacas, que antes parecÃan tan hermosas en los dÃas soleados del campo, ahora le revolvÃan el cuerpo y ni aun mirar querÃa la leche que ellas daban.
La llegada de septiembre no le alteró la vida este año porque ya no volvÃa a Clongowes. Los ejercicios del parque se terminaron cuando a Mike Flynn se lo llevaron al hospital. Aubrey iba al colegio y sólo tenÃa libres un par de horas por las tardes. La partida se disolvió y ya no hubo más incursiones nocturnas ni combates en las rocas. Stephen montaba algunas veces en el cochecillo que repartÃa la leche por la noche y aquellas refrescantes excursiones le quitaron de la memoria el recuerdo de la suciedad del patio del establo, y ya no sentÃa repugnancia de ver semillas de heno o pelos de vaca adheridos a las ropas del repartidor. Cada vez que el coche hacÃa una parada, se quedaba espiando para coger una vislumbre de una bien fregada cocina o de un vestÃbulo suavemente alumbrado y para ver cómo tomaba el cacharro la criada y cómo cerraba la puerta. Pensaba que serÃa una vida bastante agradable la de ir en el cochecillo repartiendo leche todas las noches, con tal de que tuviera unos guantes bien abrigados y un saco repleto de pastas de jengibre en el bolsillo para Ãrselas comiendo. Pero la misma entrevisión que le habÃa hecho desfallecer y habÃa obligado a sus piernas a doblegarse cuando corrÃa alrededor del parque, la misma intuición que le habÃa hecho mirar con desconfianza la cara lacia y cubierta de pelo corto de su entrenador al inclinarse sobre los dedos largos y manchados, la misma le disipaba ahora toda visión del futuro. De una manera vaga habÃa llegado a comprender que su padre estaba en un apuro y que ésta era la causa de que no le volvieran a mandar a Clongowes. Desde hacÃa algún tiempo sentÃa un ligero cambio en su casa, y estos cambios, de lo que consideraba incambiable, eran otras tantas conmociones de su concepción infantil del mundo. Aquella ambición que habÃa sentido bullir a veces en la profundidad de su alma, no le acuciaba ya ahora. Una obscuridad como la del mundo externo nublaba su espÃritu, mientras las herraduras de la yegua iban resonando a lo largo de la vÃa del tranvÃa y el gran cántaro oscilaba y tintineaba a su espalda.
Volvió otra vez a pensar en Mercedes, y mientras cavilaba pensando en ella, una extraña inquietud se le deslizaba dentro del alma. A veces se apoderaba de él una fiebre que le llevaba a vagar de noche, solo, por la tranquila avenida. La paz de los jardines y las luces acogedoras de las ventanas derramaban una sedante caricia en su corazón agitado. El ruido de los niños al jugar le incomodaba y sus locas voces le hacÃan sentir aún más claramente que lo habÃa sentido en Clongowes, que él era diferente de los otros. El no querÃa jugar. Lo que él necesitaba era encontrar en el mundo real la imagen irreal que su alma contemplaba constantemente. No sabÃa dónde encontrarla ni cómo, pero una voz interior le decÃa que aquella imagen le habÃa de salir al encuentro sin ningún acto positivo por parte suya… HabrÃan de encontrarse tranquilamente como si ya se conociesen de antemano, como si se hubieran dado cita en una de aquellas puertas de los jardines o en algún otro sitio más secreto. EstarÃan solos, rodeados por el silencio y la obscuridad. Y en el momento de la suprema ternura se sentirÃa transfigurado. Se desharÃa en algo impalpable bajo los ojos de ella y se transfigurarÃa instantáneamente. La debilidad, la timidez, la inexperiencia caerÃan de él en aquel momento mágico.
Una mañana, dos grandes carros de mudanza habÃan parado delante de la puerta y unos mozos habÃan entrado a empellones dentro de la casa y se habÃan puesto a desmantelarla. HabÃan sacado los muebles atravesando el jardÃn que daba al frente, sembrado ahora de manojos de paja y cabos de cuerda, y los habÃan metido en los enormes carros. Y cuando todos estuvieron bien hacinados, los carros habÃan echado a andar por la avenida adelante. Stephen los habÃa visto avanzar pesadamente por el camino de Merrion desde la ventana del vagón del tren donde estaba sentado junto a su madre. Su madre tenÃa los ojos enrojecidos. Aquella noche no querÃa tirar el fuego de la sala y mÃster Dédalus dejó el atizador apoyado contra las barras del hogar para atraer la llama. TÃo Charles dormitaba en un rincón del cuarto a medio amueblar y sin alfombra, y cerca de él los retratos de familia yacÃan apoyados contra la pared. La lámpara de la mesa arrojaba una débil luz sobre el suelo de madera, embarrado por los pies de los mozos de cuerda. Stephen estaba sentado en una banqueta al lado de su padre escuchando atentamente un largo e incoherente monólogo. Poco o nada entendÃa de él, pero poco a poco llegó a darse cuenta de que su padre tenÃa enemigos y de que un combate iba a tener lugar. También sintió que le habÃan alistado para la batalla, y que le habÃan echado sobre los hombros cierta obligación. El súbito abandono del ambiente de comodidad y ensueño de Blackrock, el paso a través de la ciudad sombrÃa y nebulosa, la idea de la casa obscura y triste en la que iban a vivir ahora, todo esto le apesadumbraba el corazón; comprendÃa ahora por qué se habÃan reunido los criados a menudo a hacer comentarios en el vestÃbulo y por qué su padre habÃa permanecido tantas veces de pie vuelto de espaldas al fuego y hablando en voz alta con tÃo Charles, mientras éste le urgÃa para que se sentara a cenar.
-Amigo mÃo, aún no nos hemos jugado la última carta, Stephen -decÃa mÃster Dédalus mientras atizaba con bárbara energÃa el fuego mortecino-. Aún no estamos muertos, hijito. No, por Cristo (que el Señor me perdone), ni medio muertos.
DublÃn era una nueva y compleja sensación. TÃo Charles estaba tan apagado que ya no se le podÃa mandar a hacer encargos y el desorden del acomodo de la nueva casa dejaba a Stephen más libre que lo que habÃa estado en Blackrock. Al principio se contentaba tÃmidamente con dar vueltas alrededor de la plaza inmediata, o, a lo sumo, deslizarse hasta medio camino por una de las calles adyacentes, pero tan pronto como se hubo hecho un plano esquemático de la ciudad, se aventuró arrojadamente por una de las calles principales, hasta que llegó a la casa de aduanas. Pasó sin ser molestado a lo largo de los docks y de los muelles, admirando la multitud de corchos que flotaban bailando en el agua, como una capa amarillenta y espesa, y la muchedumbre de cargadores del muelle, y los retumbantes carros, y los guardias mal vestidos y barbudos. Las balas de mercancÃas apiladas a lo largo de las paredes, o mecidas en el aire por encima de las bodegas de los vapores, le sugerÃan la amplitud y el misterio de la vida, y despertaban otra vez en él aquella inquietud que habÃa sentido al vagar por la noche, de jardÃn en jardÃn, en busca de Mercedes. Y entre esta vida bullente y nueva, se hubiera podido imaginar en otra Marsella, a no faltar el cielo luminoso y los enrejados llenos de sol a la puerta de las tabernas. Un vago descontento se apoderaba de él al contemplar los muelles y el rÃo, y el cielo rasero, y, sin embargo, continuaba errando arriba y abajo, dÃ