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	<title>Cuentos y poesias</title>
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		<title>Un encuentro &#8211; James Joyce</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Oct 2007 10:16:09 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Joyce]]></category>

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		<description><![CDATA[Fue Joe Dillon quien nos dio a conocer el Lejano Oeste. Tenía su pequeña colección de números atrasados de The Union Jack, Pluck y The Halfpenny Marvel. Todas las tardes, después de la escuela, nos reuníamos en el traspatio de su casa y jugábamos a los indios. Él y su hermano menor, el gordo Leo, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=60&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Fue Joe Dillon quien nos dio a conocer el Lejano Oeste. Tenía su pequeña  colección de números atrasados de The Union Jack, Pluck y The Halfpenny Marvel.  Todas las tardes, después de la escuela, nos reuníamos en el traspatio de su  casa y jugábamos a los indios. Él y su hermano menor, el gordo Leo, que era un  ocioso, defendían los dos el altillo del establo mientras nosotros tratábamos de  tomarlo por asalto; o librábamos una batalla campal sobre el césped. Pero, no  importaba lo bien que peleáramos, nunca ganábamos ni el sitio ni la batalla y  todo acababa como siempre, con Joe Dillon celebrando su victoria con una<span id="more-60"></span> danza  de guerra. Todas las mañanas sus padres iban a la misa de ocho en la iglesia de  la Calle Gardiner y el aura apacible de la señora Dillon dominaba el recibidor de la  casa. Pero él jugaba a lo salvaje comparado con nosotros, más pequeños y más  tímidos. Parecía un indio de verdad cuando salía de correrías por el traspatio,  una funda de tetera en la cabeza y golpeando con el puño una lata, gritando:</p>
<p>-¡Ya, yaka, yaka, yaka!</p>
<p>Nadie quiso creerlo cuando dijeron que tenía vocación para el sacerdocio. Era  verdad, sin embargo.</p>
<p>El espíritu del desafuero se esparció entre nosotros y, bajo su influjo, se  echaron a un lado todas las diferencias de cultura y de constitución física. Nos  agrupamos, unos descaradamente, otros en broma y algunos casi con miedo: y en el  grupo de estos últimos, los indios de mala gana que tenían miedo de parecer  aplicados o alfeñiques, estaba yo. Las aventuras relatadas en las novelitas  del Oeste eran de por sí remotas, pero, por lo menos, abrían puertas de escape.  A mí me gustaban más esos cuentos de detectives norteamericanos en que de vez en  cuando pasan muchachas toscas, salvajes y bellas. Aunque no había nada malo en  esas novelitas y sus intenciones muchas veces eran literarias, en la escuela  circulaban en secreto. Un día cuando el padre Butler nos tomaba las cuatro  páginas de Historia Romana, al chapucero de Leo Dillon lo cogieron con un número  de The Halfpenny Marvel.</p>
<p>-¿Esta página o ésta? ¿Esta página? Pues vamos a ver, Dillon, adelante.  Apenas el día hubo&#8230; ¡Siga! ¿Qué día? Apenas el día hubo levantado&#8230; ¿Estudió  usted esto? ¿Qué es esa cosa que tiene en el bolsillo?</p>
<p>Cuando Leo Dillon entregó la revista todos los corazones dieron un salto y  pusimos cara de no romper un plato. El padre Butler la hojeó, ceñudo.</p>
<p>-¿Qué es esta basura? -dijo-. ¡El jefe apache! ¿Es esto lo que ustedes leen en  vez de estudiar Historia Romana? No quiero encontrarme más esta condenada  bazofia en esta escuela. El que la escribió supongo que debe de ser un condenado  plumífero que escribe estas cosas para beber. Me sorprende que jóvenes como  ustedes, educados, lean cosa semejante. Lo entendería si fueran ustedes alumnos  de&#8230; escuela pública. Ahora, Dillon, se lo advierto seriamente, aplíquese o&#8230;</p>
<p>Tal reprimenda durante las sobrias horas de clase amenguó mucho la aureola  del Oeste y la cara de Leo Dillon, confundida y abofada, despertó en mí más de  un escrúpulo. Pero en cuanto la influencia moderadora de la escuela quedaba  atrás empezaba a sentir otra vez el hambre de sensaciones sin freno, del escape  que solamente estas crónicas desaforadas parecían ser capaces de ofrecerme. La  mimética guerrita vespertina se volvió finalmente tan aburrida para mí como la  rutina de la escuela por la mañana, porque lo que yo deseaba era correr  verdaderas aventuras. Pero las aventuras verdaderas, pensé, no le ocurren jamás  a los que se quedan en casa: hay que salir a buscarlas en tierras lejanas.</p>
<p>Las vacaciones de verano estaban ahí al doblar cuando decidí romper la rutina  escolar aunque fuera por un día. Junto con Leo Dillon y un muchacho llamado  Mahony planeamos un día furtivo. Ahorramos seis peniques cada uno. Nos íbamos a  encontrar a las diez de la mañana en el puente del canal. La hermana mayor de  Mahony le iba a escribir una disculpa y Leo Dillon le iba a decir a su hermano  que dijese que su hermano estaba enfermo. Convinimos en ir por Wharf Road, que  es la calle del muelle, hasta llegar a los barcos, luego cruzaríamos en la  lanchita hasta el Palomar. Leo Dillon tenía miedo de que nos encontráramos con  el padre Butler o con alguien del colegio; pero Mahony le preguntó, con muy buen  juicio, que qué iba a hacer el padre Butler en el Palomar. Tranquilizados, llevé  a buen término la primera parte del complot haciendo una colecta de seis  peniques por cabeza, no sin antes enseñarles a ellos a mi vez mis seis peniques.  Cuando hacíamos los últimos preparativos la víspera, estábamos algo excitados.  Nos dimos las manos, riendo, y Mahony dijo:</p>
<p>-Hasta mañana, socios.</p>
<p>Esa noche dormí mal. Por la mañana, fui el primero en llegar al puente, ya  que yo vivía más cerca. Escondí mis libros entre la yerba crecida cerca del  cenizal y al fondo del parque, donde nadie iba, y me apresuré malecón arriba.  Era una tibia mañana de la primera semana de junio. Me senté en la albarda del  puente a contemplar mis delicados zapatos de lona que diligentemente blanqueé la  noche antes y a mirar los dóciles caballos que tiraban cuesta arriba de un  tranvía lleno de empleados. Las ramas de los árboles que bordeaban la alameda  estaban de lo más alegres con sus hojitas verde claro y el sol se escurría entre  ellas hasta tocar el agua. El granito del puente comenzaba a calentarse y empecé  a golpearlo con la mano al compás de una tonada que tenía en la mente. Me sentí  de lo más bien.</p>
<p>Llevaba sentado allí cinco o diez minutos cuando vi el traje gris de Mahony  que se acercaba. Subía la cuesta, sonriendo, y se trepó hasta mí por el puente.  Mientras esperábamos sacó el tiraflechas que le hacía bulto en un bolsillo  interior y me explicó las mejoras que le había hecho. Le pregunté por qué lo  había traído y me explicó que era para darles a los pájaros donde les duele.  Mahony sabía hablar jerigonza y a menudo se refería al padre Butler como el  Mechero de Bunsen. Esperamos un cuarto de hora o más, pero así y todo Leo Dillon  no dio señales. Finalmente, Mahony se bajó de un brinco, diciendo:</p>
<p>-Vámonos. Ya sabía yo que ese manteca era un fulastre.</p>
<p>-¿Y sus seis peniques&#8230;? -dije.</p>
<p>-Perdió prenda -dijo Mahony-. Y mejor para nosotros: en vez de seis,  tenemos nueve peniques cada uno.</p>
<p>Caminamos por el North Strand Road hasta que llegamos a la planta de ácido  muriático y allí doblamos a la derecha para coger por los muelles. Tan pronto  como nos alejamos de la gente, Mahony comenzó a jugar a los indios. Persiguió a  un grupo de niñas andrajosas, apuntándoles con su tiraflechas, y cuando dos  andrajosos empezaron, de galantes, a tiramos piedras, Mahony propuso que les  cayéramos arriba. Me opuse diciéndole que eran muy chiquitos para nosotros y  seguimos nuestro camino, con toda la bandada de andrajosos dándonos gritos de  Cuá, cuá, ¡cuáqueros!, creyéndonos protestantes, porque Mahony, que era muy  prieto, llevaba la insignia de un equipo de críquet en su gorra. Cuando llegamos  a La Plancha planeamos ponerle sitio; pero fue todo un fracaso, porque hacen  falta por lo menos tres para un sitio. Nos vengamos de Leo Dillon declarándolo  un fulastre y tratando de adivinar los azotes que le iba a dar la señora Ryan a las  tres.</p>
<p>Luego llegamos al río. Nos demoramos bastante por unas calles de mucho movimiento entre altos muros de mampostería, viendo funcionar las grúas y las maquinarias y más de una vez los carretoneros nos dieron gritos desde sus carretas crujientes para activarnos. Era mediodía cuando llegamos a los muelles y, como los estibadores parecían estar almorzando, nos compramos dos grandes panes de pasas y nos sentamos a comerlos en unas tuberías de metal junto al río. Nos dimos gusto contemplando el tráfico del puerto -las barcazas anunciadas desde lejos por sus bucles de humo, la flota pesquera, parda, al otro lado de Ringsend, los enormes veleros blancos que descargaban en el muelle de la orilla opuesta. Mahony habló de la buena aventura que sería enrolarse en uno de esos grandes barcos, y hasta yo, mirando sus mástiles, vi, o imaginé, cómo la escasa geografía que nos metían por la cabeza en la escuela cobraba cuerpo gradualmente ante mis ojos. Casa y colegio daban la impresión de alejarse de nosotros y su influencia parecía que se esfumaba.</p>
<p>Cruzamos el Liffey en la lanchita, pagando por que nos pasaran en compañía de  dos obreros y de un judío menudo que cargaba con una maleta. Estábamos todos tan  serios que resultábamos casi solemnes, pero en una ocasión durante el corto  viaje nuestros ojos se cruzaron y nos reímos. Cuando desembarcamos vimos la  descarga de la linda goleta de tres palos que habíamos contemplado desde el  muelle de enfrente. Algunos espectadores dijeron que era un velero noruego.  Caminé hasta la proa y traté de descifrar la leyenda inscrita en ella pero, al  no poder hacerlo, regresé a examinar a los marinos extranjeros para ver si alguno  tenía los ojos verdes, ya que tenía confundidas mis ideas&#8230; Los ojos de los  marineros eran azules, grises y hasta negros. El único marinero cuyos ojos  podían llamarse con toda propiedad verdes era uno grande, que divertía al  público en el muelle gritando alegremente cada vez que caían las albardas:</p>
<p>-¡Muy bueno! ¡Muy bueno!</p>
<p>Cuando nos cansamos de mirar nos fuimos lentamente hasta Ringsend. El día se había hecho sofocante y en las ventanas de las tiendas unas galletas mohosas se desteñían al sol. Compramos galletas y chocolate, que comimos muy despacio mientras vagábamos por las mugrientas calles en que vivían las familias de los pescadores. No encontramos ninguna lechería, así que nos llegamos a un vendedor ambulante y compramos una botella de limonada de frambuesa para cada uno. Ya refrescado, Mahony persiguió un gato por un callejón, pero se le escapó hacia un terreno abierto. Estábamos bastante cansados los dos y cuando llegamos al campo nos dirigimos enseguida hacia una cuesta empinada desde cuyo tope pudimos ver el Dodder.</p>
<p>Se había hecho demasiado tarde y estábamos muy cansados para llevar a cabo  nuestro proyecto de visitar el Palomar. Teníamos que estar de vuelta antes de  las cuatro o nuestra aventura se descubriría. Mahony miró su tiraflechas,  compungido, y tuve que sugerir regresar en el tren para que recobrara su  alegría. El sol se ocultó tras las nubes y nos dejó con los anhelos mustios y  las migajas de las provisiones.</p>
<p>Estábamos solos en el campo. Después de estar echados en la falda de la loma  un rato sin hablar, vi un hombre que se acercaba por el lado lejano del terreno.  Lo observé desganado mientras mascaba una de esas cañas verdes que las muchachas  cogen para adivinar la suerte. Subía la loma lentamente. Caminaba con una mano  en la cadera y con la otra agarraba un bastón con el que golpeaba la yerba con  suavidad.</p>
<p>Se veía miserable en su traje verdinegro y llevaba un sombrero de copa alta. Debía de ser viejo, porque su bigote era cenizo.  Cuando pasó junto a nuestros pies nos echó una mirada rápida y siguió su camino.  Lo seguimos con la vista y vimos que no había caminado cincuenta pasos cuando se  viró y volvió sobre sus pasos. Caminaba hacia nosotros muy despacio, golpeando  siempre el suelo con su bastón, y lo hacía con tanta lentitud que pensé que  buscaba algo en la yerba.</p>
<p>Se detuvo cuando llegó al nivel nuestro y nos dio los buenos días.  Correspondimos y se sentó junto a nosotros en la cuesta, lentamente y con mucho  cuidado. Empezó hablando del tiempo, diciendo que iba a hacer un verano  caluroso, pero añadió que las estaciones habían cambiado mucho desde su niñez  -hace mucho tiempo. Habló de que la época más feliz es, indudablemente, la de  los días escolares y dijo que daría cualquier cosa por ser joven otra vez.  Mientras expresaba semejantes ideas, bastante aburridas, nos quedamos callados.  Luego empezó a hablar de la escuela y de libros. Nos preguntó si habíamos leídos  los versos de Tomás Moro o las obras de Walter Scott y de  Lytton. Yo  aparenté haber leído todos esos libros de los que él hablaba, por lo que  finalmente me dijo:</p>
<p>-Ajá, ya veo que eres ratón de biblioteca, como yo. Ahora  -añadió, apuntando para Mahony, que nos miraba con los ojos abiertos-, que éste  se ve que es diferente: lo que le gusta es jugar.</p>
<p>Dijo que tenía todos los libros de Walter Scott y de  Lytton en su  casa y nunca se aburría de leerlos.</p>
<p>-Por supuesto -dijo-, que hay algunas obras de Lytton que un menor no  puede leer.</p>
<p>Mahony le preguntó que por qué no las podían leer, pregunta que me sobresaltó  y abochornó porque temí que el hombre iba a creer que yo era tan tonto como  Mahony. El hombre, sin embargo, se sonrió. Vi que tenía en su boca grandes  huecos entre los dientes amarillos. Entonces nos preguntó que quién de los dos  tenía más novias. Mahony dijo a la ligera que tenía tres chiquitas. El hombre me  preguntó cuántas tenía yo. Le respondí que ninguna. No quiso creerme y me dijo  que estaba seguro que debía de tener por lo menos una. Me quedé callado.</p>
<p>-Dígame -dijo Mahoney, parejero, al hombre- ¿y cuántas tiene usted?</p>
<p>El hombre sonrió como antes y dijo que cuando él era de nuestra edad tenía  novias a montones.</p>
<p>-Todos los muchachos -dijo- tienen noviecitas.</p>
<p>Su actitud sobre este particular me pareció extrañamente liberal para una  persona mayor. Para mí que lo que decía de los muchachos y de las novias era  razonable. Pero me disgustó oírlo de sus labios y me pregunté por qué le darían  tembleques una o dos veces, como si temiera algo o como si de pronto tuviera  escalofrío. Mientras hablaba me di cuenta de que tenía un buen acento. Empezó a  hablarnos de las muchachas, de lo suave que tenían el pelo y las manos y de cómo  no todas eran tan buenas como parecían si uno no sabía a qué atenerse. Nada le  gustaba tanto, dijo, como mirar a una muchacha bonita, con sus suaves manos  blancas y su lindo pelo sedoso. Me dio la impresión de que estaba repitiendo  algo que se había aprendido de memoria o de que, atraída por las palabras que  decía, su mente daba vueltas una y otra vez en una misma órbita. A veces hablaba  como si hiciera alusión a hechos que todos conocían, otras bajaba la voz y  hablaba misteriosamente, como si nos estuviera contando un secreto que no quería  que nadie más oyera. Repetía sus frases una y otra vez, variándolas y dándoles  vueltas con su voz monótona. Seguí mirando hacia el bajío mientras lo escuchaba.</p>
<p>Después de un largo rato hizo una pausa en su monólogo. Se puso en pie  lentamente, diciendo que tenía que dejarnos por uno o dos minutos más o menos,  y, sin cambiar yo la dirección de mi mirada, lo vi alejarse lentamente camino  del extremo más próximo del terreno. Nos quedamos callados cuando se fue.  Después de unos minutos de silencio oí a Mahony exclamar:</p>
<p>-¡Mira  lo que hace!</p>
<p>Como ni miré ni levanté la  vista, Mahony exclamó de nuevo:</p>
<p>-¡Pero mira eso!&#8230; ¡Qué viejo más estrambótico!</p>
<p>-En caso de que nos  pregunte el nombre -dije-, tú te llamas Murphy y yo me llamo Smith.</p>
<p>No dijimos más. Estaba aún considerando si irme o quedarme cuando el hombre  regresó y otra vez se sentó al lado nuestro. Apenas se había sentado cuando  Mahony, viendo de nuevo el gato que se le había escapado antes, se levantó de un  salto y lo persiguió a campo traviesa. El hombre y yo presenciamos la cacería.  El gato se escapó de nuevo y Mahony empezó a tirarle piedras a la cerca por la  que subió. Desistiendo, empezó a vagar por el fondo del terreno, errático.</p>
<p>Después de un intervalo el hombre me habló. Me dijo que mi amigo era un travieso y me preguntó si le daban azotes con frecuencia en la escuela. Estuve a punto de decirle que no éramos alumnos de la escuela pública para que nos dieran azotes, como decía él; pero me quedé callado. Empezó a hablar sobre la manera de castigar a los muchachos. Su mente, como imantada de nuevo por lo que decía, pareció dar vueltas y más vueltas lentas alrededor de su nuevo eje. Dijo que cuando los muchachos eran así había que darles azotes y darles duro. Cuando un muchacho salía travieso y malo no había nada que le hiciera tanto bien como una buena paliza. Un manotazo o un tirón de orejas no bastaba: lo que estaba pidiendo era una buena paliza en caliente. Me sorprendió su ánimo, por lo que involuntariamente eché un vistazo a su cara. Al hacerlo, encontré su mirada: un par de ojos color verde botella que me miraban debajo de una frente fruncida. De nuevo desvié la vista.</p>
<p>El hombre siguió con su monólogo. Parecía haber olvidado su liberalismo de  hace poco. Dijo que si él encontraba a un muchacho hablando con una muchacha o  teniendo novia lo azotaría y lo azotaría: y que eso le enseñaría a no andar  hablando con muchachas. Y si un muchacho tenía novia y decía mentiras, le daba  una paliza como nunca le habían dado a nadie en este mundo. Dijo que no había  nada en el mundo que le agradara más. Me describió cómo le daría una paliza a  semejante mocoso como si estuviera revelando un misterio barroco. Esto le  gustaba a él, dijo, más que nada en el mundo; y su voz, mientras me guiaba  monótona a través del misterio, se hizo afectuosa, como si me rogara que lo  comprendiera.</p>
<p>Esperé a que hiciera otra pausa en su monólogo. Entonces me puse en pie de  repente. Por miedo a traicionar mi agitación me demoré un momento, aparentando  que me arreglaba un zapato y luego, diciendo que me tenía que ir, le di los  buenos días. Subí la cuesta en calma pero mi corazón latía rápido del miedo a  que me agarrara por un tobillo. Cuando llegué a la cima me volví y, sin mirarlo,  grité a campo traviesa:</p>
<p>-¡Murphy!</p>
<p>Había un forzado dejo de bravuconería en mi voz y me abochorné de treta tan  burda. Tuve que gritar de nuevo antes de que Mahony me viera y respondiera con  otro grito. ¡Cómo latió mi corazón mientras él corría hacia mí a campo traviesa!  Corría como si viniera en mi ayuda. Y me sentí un penitente arrepentido: porque  dentro de mí había sentido por él siempre un poco de desprecio.</p>
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		<title>Eveline &#8211; James Joyce</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Oct 2007 10:14:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Sentada ante la ventana, miraba cómo la noche invadía la avenida. Su cabeza se apoyaba contra las cortinas de la ventana, y tenía en la nariz el olor de la polvorienta cretona. Estaba sentada.Pasaba poca gente: el hombre de la última casa pasó rumbo a su hogar, oyó el repiqueteo de sus pasos en el [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=58&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sentada ante la ventana, miraba cómo la noche invadía la  avenida. Su cabeza se apoyaba contra las cortinas de la ventana, y tenía en la  nariz el olor de la polvorienta cretona. Estaba sentada.Pasaba poca gente: el hombre de la última casa pasó  rumbo a su hogar, oyó el repiqueteo de sus pasos en el pavimento de hormigón y  luego los oyó crujir sobre el sendero de grava que se extendía frente a las  nuevas casas rojas. Antes había allí un campo, en el que ellos acostumbraban  jugar con otros niños. Después, un hombre de Belfast compró el campo y construyó  casas en él: casas de ladrillos brillantes y techos relucientes, y no pequeñas y<span id="more-58"></span>  oscuras como las otras. Los niños de la avenida solían jugar juntos en aquel  campo; los Devine, los Water, los Dunn, el pequeño lisiado Keogh, ella, sus  hermanos y hermanas. Sin embargo, Ernest jamás jugaba: era demasiado grande. Su  padre solía echarlos del campo con su bastón de ciruelo silvestre; pero por lo  general el pequeño Keogh era quien montaba guardia y avisaba cuando el padre se  acercaba. Pese a todo, parecían haber sido bastante felices en aquella época. Su  padre no era tan malo entonces, y, además, su madre vivía. Hacía mucho tiempo de  aquello. Ella, sus hermanos y hermanas se habían transformado en adultos; la  madre había muerto. Tizzie Dunn había muerto también, y los Water regresaron a  Inglaterra. Todo cambia. Ahora ella se aprestaba a irse también, a dejar su  hogar.</p>
<p>¡Su hogar! Miró a su alrededor, repasando todos los  objetos familiares que durante tantos años había limpiado de polvo una vez por  semana, mientras se preguntaba de dónde provendría tanto polvo. Tal vez no  volvería a ver todos aquellos objetos familiares, de los cuales jamás hubiera  supuesto verse separada. Y sin embargo, en todos aquellos años, nunca había  averiguado el nombre del sacerdote cuya foto amarillenta colgaba de la pared,  sobre el viejo armonio roto, y junto al grabado en colores de las promesas  hechas a la beata Margaret Mary Alacoque. El sacerdote había sido compañero de  colegio de su padre. Cada vez que éste mostraba la fotografía a su visitante,  agregaba de paso:</p>
<p>-En la actualidad está en Melbourne.</p>
<p>Ella había consentido en partir, en dejar su hogar.  ¿Era prudente? Trató de sopesar todas las implicaciones de la pregunta. De una u  otra forma, en su hogar tenía techo y comida, y la gente a quien había conocido  durante toda su existencia. Por supuesto que tenía que trabajar mucho, tanto en  la casa como en su empleo. ¿Qué dirían de ella en la tienda, cuando supieran que  se había ido con un hombre? Pensarían tal vez que era una tonta, y su lugar  sería cubierto por medio de un anuncio. La señorita Gavan se alegraría. Siempre  le había tenido un poco de tirria y lo había demostrado en especial cuando  alguien escuchaba.</p>
<p>-Señorita Hill, ¿no ve que estas damas están esperando?</p>
<p>-Muéstrese despierta, señorita Hill, por favor.</p>
<p>No lloraría mucho por tener que dejar la tienda.</p>
<p>Pero en su nuevo hogar, en un país lejano y  desconocido, no sería así. Luego se casaría; ella, Eveline. Entonces la gente la  miraría con respeto. No sería tratada como lo había sido su madre. Aún ahora, y  aunque ya tenía más de 19 años, a veces se sentía en peligro ante la violencia  de su padre. Ella sabía que eso era lo que le había producido palpitaciones.  Mientras fueron niños, su padre nunca la maltrató, como acostumbraba a hacerlo  con Harry y Ernest, porque era una niña; pero después había comenzado a  amenazarla y a decir que se ocupaba de ella sólo por el recuerdo de su madre. Y  en el presente ella no tenía quién la protegiera: Ernest había muerto, y Harry,  que se dedicaba a decorar iglesias, estaba casi siempre en algún punto distante  del país. Además, las invariables disputas por dinero de los sábados por la  noche comenzaban a fastidiarla sobre manera. Ella siempre aportaba todas sus  entradas -siete chelines- y Harry enviaba sin falta lo que podía; el problema  era obtener algo de su padre. Éste la acusaba de malgastar el dinero, decía que  no tenía cabeza y que no le daría el dinero que había ganado con dificultad para  que ella lo tirara por las calles; y muchas otras cosas, porque generalmente él  se portaba muy mal los sábados por la noche. Terminaba por darle el dinero y  preguntarle si no pensaba hacer las compras para el almuerzo del domingo.  Entonces ella debía salir corriendo para hacer las compras, mientras sujetaba  con fuerza su bolso negro abriéndose paso entre la multitud, para luego regresar  a casa tarde y agobiada bajo su carga de provisiones. Le había dado mucho  trabajo atender la casa y hacer que los dos niños que habían sido dejados a su  cuidado fueran a la escuela regularmente y comieran con la misma regularidad.  Era un trabajo pesado -una vida dura-, pero ahora que estaba a punto de partir  no le parecía ésa una vida del todo indeseable.</p>
<p>Iba a ensayar otra vida; Frank era muy bueno; viril y  generoso. Ella se iría con él en el barco de la noche, para ser su mujer y para  vivir juntos en Buenos Aires, donde él tenía un hogar que aguardaba. Recordaba  muy bien la primera vez que lo había visto; había alquilado una habitación en  una casa de la calle principal; y ella solía hacer frecuentes visitas a la  familia que vivía allí. Parecía que hubieran transcurrido sólo pocas semanas. Él  estaba en la puerta de la verja, con su gorra de visera echada sobre la nuca, y  el pelo le caía sobre el rostro bronceado. Así se conocieron. Él acostumbraba  encontrarla a la salida de la tienda todas las tardes, y la acompañaba hasta su  casa. La llevó a ver La Niña Bohemia, y ella se sintió endiosada al sentarse  junto a él en las butacas más caras del teatro. Él tenía gran afición por la  música y cantaba bastante bien. La gente sabía que estaban en relaciones y,  cuando él cantaba la canción de la muchacha que ama a un marino, ella se sentía  siempre agradablemente confusa. Él, en broma, la llamaba “Poppens” (amapola). Al  principio, para ella resultó emocionante tener un amigo, y luego él comenzó a  gustarle. Conocía relatos de países distantes. había comenzado como grumete por  una libra mensual en un barco de la Altan Lines que iba al Canadá. Le nombró los  barcos en los que había trabajado y enumeró las diversas compañías. Había  navegado a través del estrecho de Magallanes, y relató anécdotas de los  terribles indios patagones; tuvo suerte en Buenos Aires, dijo, y sólo había  vuelto a su patria para pasar las vacaciones. Naturalmente, el padre de ella se  enteró, y le prohibió, terminantemente, continuar tales relaciones.</p>
<p>-Conozco a esos marineros&#8230; -dijo.</p>
<p>Un día, su padre discutió con Frank, y después de eso  ella tuvo que encontrarse en secreto con su enamorado.</p>
<p>La tarde se oscurecía en la avenida. La blancura de las  dos cartas que tenía sobre el regazo se iba desvaneciendo. Una de las cartas era  para Harry. Su padre había envejecido últimamente, según había notado; la  extrañaría. A veces se portaba muy bien. No hacía mucho, una vez que ella debió  permanecer en cama durante un día, él le había leído en voz alta una historia de  fantasmas y le había preparado tostadas sobre el fuego. Otro día, cuando su  madre aún vivía, fueron a merendar a la colina de Howth. Recordaba a su padre  poniéndose el sombrero de la madre para hacer reír a los niños.</p>
<p>El tiempo transcurría, pero ella continuaba sentada  junto a la ventana con la cabeza apoyada en la cortina, aspirando el olor de la  polvorienta cretona. Lejos, en la avenida, podía oír un organillo callejero.  Conocía la melodía. Era extraño que justo esa noche volviera para recordarle la  promesa hecha a su madre: la de atender la casa mientras pudiera. Recordó la  última noche de enfermedad de su madre; estaba en el cerrado y oscuro cuarto  situado del otro lado del vestíbulo, y había oído afuera una melancólica canción  italiana. Dieron al organillo seis peniques para que se alejara. Recordó la  exclamación de su padre, cuando volvió al cuarto de la enferma.</p>
<p>-¡Malditos italianos! ¡Ni siquiera aquí nos dejan en  paz!</p>
<p>Mientras meditaba, la lastimosa visión de la vida de su  madre trazaba una huella en la esencia misma de su propio ser; aquella vida de  sacrificios intrascendentes que desembocó en la locura final. Se estremeció  mientras oía otra vez la voz de su madre repitiendo una y otra vez, con estúpida  insistencia, las voces irlandesas:</p>
<p>-¡Derevaun Seraun! ¡Derevaun Seraun!</p>
<p>Se puso de pie con súbito impulso de terror. ¡Escapar,  debía escapar! Frank la salvaría. Él le daría vida, tal vez amor también. Pero  deseaba vivir. ¿Por qué había de ser desgraciada? Tenía derecho a ser feliz.  Frank la tomaría en sus brazos, la estrecharía en sus brazos. La salvaría.</p>
<p align="center">***</p>
<p>Estaba en medio de la movediza multitud, en el muelle  del North Wall. Él la tenía de la mano, y ella sabía que él le hablaba, que le  decía con insistencia algo acerca del pasaje. El muelle estaba lleno de soldados  con mochilas pardas. A través de las abiertas puertas de los galpones, entrevió  la masa negra del barco, inmóvil junto al muelle y con los ojos de buey  iluminados. No respondió. Sentía sus mejillas pálidas y frías y, desde un abismo  de angustia, rogaba a Dios que la guiara, que le señalara su deber. El barco  lanzó una larga pitada fúnebre en la niebla. Si se iba, mañana estaría en el  mar, con Frank, rumbo a Buenos Aires. Sus pasajes habían sido reservados. ¿Podía  volverse atrás, después de todo lo que Frank había hecho por ella? La angustia  le produjo náuseas, y siguió moviendo los labios en silenciosa y ferviente  plegaria. Sonó una campana, que le estremeció el corazón. Sintió que él la  tomaba de la mano.</p>
<p>-¡Ven!</p>
<p>Todos los mares del mundo se agitaron alrededor de su  corazón. Él la conducía hacia ellos, la ahogaría. Se tomó con ambas manos de la  verja de hierro.</p>
<p>-¡Ven!</p>
<p>¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron al hierro,  frenéticamente. Desde el medio de los mares que agitaban su corazón, lanzó un  grito de angustia.</p>
<p>-¡Eveline! ¡Evy!</p>
<p>Él se precipitó detrás de la barrera y le gritó que lo  siguiera. La gente le chilló para que él continuara caminando, pero Frank seguía  llamándola. Ella volvió su pálida cara hacia él, pasiva, como animal  desamparado. Sus ojos no le dieron ningún signo de amor, ni de adiós, ni de  reconocimiento.</p>
<br /><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/categories/vondrinio.wordpress.com/58/" /> <img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/tags/vondrinio.wordpress.com/58/" /> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/vondrinio.wordpress.com/58/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/vondrinio.wordpress.com/58/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/vondrinio.wordpress.com/58/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/vondrinio.wordpress.com/58/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/vondrinio.wordpress.com/58/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/vondrinio.wordpress.com/58/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/vondrinio.wordpress.com/58/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/vondrinio.wordpress.com/58/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/vondrinio.wordpress.com/58/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/vondrinio.wordpress.com/58/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/vondrinio.wordpress.com/58/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/vondrinio.wordpress.com/58/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/vondrinio.wordpress.com/58/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/vondrinio.wordpress.com/58/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=58&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>La pensión &#8211; James Joyce</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Oct 2007 10:15:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Joyce]]></category>

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		<description><![CDATA[La señora Mooney, hija de un carnicero, era lo que se dice una mujer resuelta; para arreglar sus cosas se bastaba y se sobraba sin dar un cuarto al pregonero. Casó con el dependiente principal de su padre y abrió una carnicería cerca de Spring Gardens. Pero no bien hubo muerto su suegro, el señor [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=59&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La señora Mooney, hija de un carnicero, era lo que se  dice una mujer resuelta; para arreglar sus cosas se bastaba y se sobraba sin dar  un cuarto al pregonero. Casó con el dependiente principal de su padre y abrió  una carnicería cerca de Spring Gardens. Pero no bien hubo muerto su suegro, el  señor Mooney empezó a andar en malos pasos. Bebía, metía mano a la caja  registradora del dinero y se entrampó hasta los ojos. De nada servía hacerle  prometer enmienda: a los pocos días, infaliblemente, quebrantaba el solemne  juramento. A fuerza de reñir con su mujer en presencia de los parroquianos y de  comprar carne mala, terminó por arruinar el negocio. Una noche persiguió a su  mujer con la cuchilla, y ella tuvo que dormir en casa de un vecino.<span id="more-59"></span></p>
<p>Desde entonces vivieron separados. La mujer acudió al  cura y obtuvo una separación en regla con cargo de los hijos. No daba dinero al  marido, ni alimento, ni morada; y así el hombre se vio obligado a entrar como  oficial de justicia. Era un borrachín astroso, encorvado, de cara blanca y  bigote blanco, y blancas cejas dibujadas sobre sus ojillos surcados de venas  rojizas, ribeteados y tiernos; y se pasaba todo el santo día sentado en el  cuarto del alguacil, en espera de que le encomendaran algún servicio. La señora  Mooney, que se había llevado el dinero remanente tras la liquidación de la  carnicería, instalando con ello una pensión en Hardwicke Street, era una mujer  grande e imponente. Su casa albergaba una población flotante compuesta de  turistas de Liverpool y de la isla de Man, y, de vez en cuando, artistas de  vodevil. Su clientela con residencia fija se componía de empleados de oficinas y  del comercio. La señora Mooney gobernaba la pensión con diplomacia y mano firme;  sabía cuándo procedía dar crédito, actuar con severidad o hacer la vista gorda.  Los residentes mozos, cuando hablaban de ella, la llamaban todos la Patrona.</p>
<p>Los jóvenes pupilos de la señora Mooney pagaban quince  chelines semanales por la pensión completa (cerveza en las comidas aparte). Eran  todos de los mismos gustos y ocupaciones, y por esta razón reinaba entre ellos  franca camaradería. Discutían entre sí las probabilidades de sus caballos  favoritos. Jack Mooney, el hijo de la Patrona, empleado con un agente comercial  en Fleet Street, tenía reputación de ser un tipo difícil. Era aficionado a  soltar obscenidades de cuartel, y por lo general llegaba a casa de madrugada.  Cuando veía a sus amigos, siempre tenía alguna diablura que contarles, y siempre  estaba seguro de hallarse sobre la pista de algo bueno: un caballo o una artista  con posibilidades. También el boxeo se le daba de maravilla. Y las canciones  cómicas. Las noches de los domingos solía haber reunión en la sala principal de  la señora Mooney. Los artistas de vodevil participaban con gusto, y Sheridan  tocaba valses y polkas e improvisaba acompañamientos. También solía cantar Polly  Mooney, la hija de la señora. Cantaba:</p>
<p>Soy una&#8230; niña traviesa.<br />
No tienen por qué fingir:<br />
Ya saben que soy así.</p>
<p>Polly era una muchachita delgada, de diecinueve años;  tenía el pelo rubio, delicado y suave, y una boca pequeña y rotunda. Sus ojos,  grises con un tornasol verde, tenían el hábito de echar miraditas hacia arriba  cuando hablaba con alguien, lo cual le daba el aspecto de una pequeña madonna  perversa. La señora Mooney colocó en principio a su hija en la oficina de un  tratante en granos, de mecanógrafa; mas como cierto oficial de justicia de  pésima reputación diera en presentarse en el despacho un día sí y otro no  rogando le permitieran hablar una palabra con su hija, la madre volvió a  llevársela a casa y la puso a trabajar en las faenas domésticas. Como Polly era  muy alegre y pizpireta, la intención era darle el gobierno de los pupilos  jóvenes. Además, a los mozos les gusta sentir que ande una hembra moza no muy  lejos. Polly, como es natural, flirteaba con los mancebos, pero la señora Mooney,  juez perspicaz, sabía que los tales mancebos se lo tomaban sólo como pasatiempo:  ninguno de ellos iba en serio. Así continuaron las cosas mucho tiempo, y la  señora Mooney empezaba a pensar en mandar a Polly otra vez de mecanógrafa,  cuando observó que entre su hija y uno de los jóvenes había algo. Vigiló a la  pareja y no dijo esta boca es mía.</p>
<p>Polly sabía que la vigilaban; sin embargo, el  persistente silencio de su madre no podía interpretarse erróneamente. No había  existido complicidad manifiesta entre la madre y la hija, connivencia de ninguna  clase; pero aunque los huéspedes empezaban a hablar del asunto, la señora Mooney  continuaba sin intervenir. Polly empezó a volverse un poco rara en su  comportamiento, y el joven, evidentemente, andaba desazonado. Por fin, cuando  estimó que era el momento oportuno, la señora Mooney intervino. Contendió con  los problemas morales como cuchilla con la carne; y en aquel caso concreto había  tomado ya su decisión.</p>
<p>Era una luminosa mañana de principios de verano,  prometedora de calor, mas con un soplo de brisa fresca. Todas las ventanas de la  pensión estaban abiertas y las cortinas de encaje se inflaban suavemente hacia  la calle bajo las vidrieras levantadas. Era domingo. El campanario de San Jorge  repicaba sin cesar, y los fieles, solos o en grupos, cruzaban la pequeña  glorieta que se extiende ante la iglesia, dejando ver de intento su propósito en  el pío recogimiento con que iban no menos que en los libritos que llevaban en  sus manos enguantadas. En la pensión habían terminado de desayunar, y aún  estaban los platos en la mesa con amarillas rebañaduras de huevo, piltrafas y  cortezas de tocino. La señora Mooney, sentada en el sillón de mimbre, vigilaba a  la criada Mary que estaba retirando las cosas del desayuno. Le mandó recoger las  cortezas y mendrugos de pan que servirían para hacer el budín del martes. Una  vez despejada la mesa, recogidos los mendrugos, guardados bajo llave y candado  el azúcar y la mantequilla, la dueña de la pensión se puso a reconstruir la  entrevista que había tenido con Polly la noche de la víspera. Todo era, en  efecto, como ella sospechaba: se había mostrado franca en sus preguntas, y Polly  no lo había sido menos en sus respuestas. Las dos pasaron su apuro, desde luego.  Ella por deseo de no recibir la noticia de una manera demasiado franca y  desconsiderada, ni parecer que había hecho la vista gorda, y Polly no sólo  porque las alusiones de ese género siempre se lo causaban, sino también porque  no quería dar pie a la sospecha de que ella, en su sabia inocencia, había  adivinado la intención oculta tras la tolerancia de su madre.</p>
<p>Cuando advirtió, en su ensimismamiento, que las  campanas de San Jorge habían dejado de tocar, la señora Mooney echó una mirada  instintiva al relojito dorado que había sobre la repisa de la chimenea. Pasaban  diecisiete minutos de las once: tenía tiempo más que de sobra de solventar el  asunto con el señor Doran y plantarse antes de las doce en la calle Marlborough.  Estaba segura de su triunfo. Para empezar, tenía de su parte todo el peso de la  opinión social: era una madre agraviada. Había permitido al seductor vivir bajo  su techo, dando por supuesto que era hombre de honor, y él había abusado de su  hospitalidad. Tenía treinta y cuatro o treinta y cinco años, de modo que no  podía alegarse como excusa la irreflexión de la juventud; tampoco podía ser  disculpa la ignorancia, ya que era hombre con sobrado conocimiento del mundo.  Sencillamente se había aprovechado de la juventud y la inexperiencia de Polly;  eso era evidente. ¿Qué reparación estaría dispuesto a hacer? He aquí el  problema.</p>
<p>En tales casos se debe siempre una reparación. Para el  varón todo marcha sobre ruedas: puede largarse tan fresco, después de haberse  holgado, como si no hubiera ocurrido nada, pero la chica tiene que pagar el  precio. Algunas madres se avenían a componendas mediante sumas de dinero; había  conocido casos. Pero ella no haría tal cosa. Para ella, por la pérdida de la  honra de su hija sólo cabía una reparación: el matrimonio.</p>
<p>Repasó de nuevo todas sus cartas antes de enviar a Mary  arriba, al cuarto del señor Doran, a decir que deseaba hablar con él. Estaba  segura de su triunfo. Él era un joven serio, no un libertino ni un escandaloso  como los otros. Si se hubiera tratado del señor Sheridan o del señor Meade o de  Bantam Lyons, su tarea habría sido mucho más ardua. No creía ella que Doran  arrostrase la divulgación del caso. Todos los huéspedes de la pensión sabían  algo del asunto; algunos hasta habían inventado pormenores. Además, llevaba  trece años empleado en la oficina de un comerciante en vinos, católico cien por  cien, y la divulgación tal vez significara para él la pérdida del empleo.  Mientras que si se avenía a razones, todo podría ser para bien. Sabía ella que  el galán cobraba un buen sueldo, y por otra parte sospechaba que debía de tener  un buen pico ahorrado.</p>
<p>¡Casi la media hora! Se levantó y se miró en el espejo  de luna. La expresión resuelta de su rostro grande y rubicundo la satisfizo, y  pensó en algunas madres conocidas suyas incapaces de quitarse a sus hijas de  encima.</p>
<p>El señor Doran estaba en realidad muy nervioso aquel  domingo por la mañana. Había intentado por dos veces afeitarse, pero tenía el  pulso tan inseguro que se vio obligado a desistir. Una barba rojiza de tres días  orlaba sus mandíbulas, y cada dos o tres minutos se le empañaban los lentes, de  suerte que tenía que quitárselos y limpiarlos con el pañuelo. El recuerdo de su  confesión de la pasada noche le causaba profunda congoja; el cura le había  sonsacado hasta el último detalle ridículo del asunto, y al final había  exagerado tanto su pecado que casi daba gracias que se le concediera un  respiradero, una posibilidad de reparación. El daño estaba hecho. ¿Qué podría  hacer él ahora sino casarse con la chica o huir de la ciudad? No iba a tener la  desfachatez de negar su culpa. Era seguro que se hablaría del caso, y sin duda  alguna llegaría a oídos de su patrón. Dublín es una ciudad tan pequeña&#8230;, todo  el mundo está informado de los asuntos de los demás. En su excitada imaginación  oyó al viejo señor Leonard que con su bronca voz ordenaba: «Que venga el señor  Doran, por favor», y sólo de pensarlo le dio un vuelco tan grande el corazón que  casi se le sale por la boca.</p>
<p>¡Todos sus largos años de servicio para nada! ¡Sus  trabajos y afanes malogrados! De joven la había corrido en grande, por supuesto;  había blasonado de librepensador y negado la existencia de Dios en las tabernas  ante sus compañeros. Mas todo eso pertenecía al pasado; había concluido  totalmente&#8230; o casi totalmente. Todavía compraba el Reynolds&#8217;s Newspaper cada  semana, pero cumplía con sus deberes religiosos y durante nueve décimas partes  del año llevaba una vida metódica y ordenada. Tenía dinero suficiente para tomar  estado; no se trataba de eso. Pero la familia miraría a la chica con  menosprecio. Estaba primero la pésima reputación de su padre, y por si fuera  poco, la pensión de su madre empezaba a adquirir cierta fama. Tenía sus  barruntos de que le habían cazado. Imaginaba a sus amigos hablando del asunto y  riéndose. Ella era un poquillo vulgar; a veces decía «haiga» y «hubieron». ¿Mas  qué importaba la gramática si él la quería? No podía decidir si apreciarla o  despreciarla por lo que había hecho. Naturalmente él lo había hecho también. Su  instinto le impelía a permanecer libre, a no casarse. Una vez que uno se casa es  el fin, le decía.</p>
<p>Estaba sentado al borde de la cama, en camisa y  pantalones, inerme ante la fatalidad que lo abrumaba, cuando ella dio unos  golpecitos en su puerta y entró en la habitación. La muchacha se lo dijo todo,  que había confesado los hechos a su madre desde la A hasta la Z, y que su madre  hablaría con él esa misma mañana. Rompió a llorar y le echó los brazos al  cuello, diciendo:</p>
<p>-¡Oh, Bob! ¡Bob! ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?</p>
<p>Terminaría de una vez con su existencia, dijo.</p>
<p>Él la consoló débilmente, diciéndole que no llorara,  que todo se arreglaría, que no había que temer. Sintió la agitación del pecho  femenino contra su camisa.</p>
<p>No fue del todo culpa suya que el hecho sucediera.  Recordaba, con la singular y paciente memoria del soltero, los primeros roces  fortuitos de su vestido, su aliento, sus dedos, que habían sido como caricias  para él. Luego, una noche, ya avanzada la hora, cuando se desvestía para  acostarse, la joven dio unos tímidos golpecitos a su puerta. Quería encender su  vela en la de él, pues una corriente de aire se la había apagado. Se había  bañado esa noche, y llevaba un peinador suelto y abierto de franela estampada.  Su blanco empeine relucía en la abertura de sus zapatillas de piel, y bajo su  epidermis perfumada bullía cálida la sangre. También de sus manos y de sus  muñecas, mientras encendía la vela, se desprendía un delicado aroma.</p>
<p>Cuando volvía tarde por las noches, era ella quien le  calentaba la cena. Apenas si se daba cuenta de lo que comía, sintiéndola tan  cerca, a solas y de noche, mientras todos dormían. ¡Y lo solícita que se  mostraba! Si la noche era fría, o húmeda, o borrascosa, sin dudas habría allí un  vasito de ponche preparado para él. Tal vez pudieran ser felices juntos&#8230;</p>
<p>Solían subir la escalera de puntillas, cada cual con  una vela, y en el tercer rellano se daban muy a disgusto las buenas noches.  Tomaron la costumbre de besarse. Recordaba bien sus ojos, el contacto de su  mano, el delirio en que aquello terminó por precipitarlo&#8230;</p>
<p>Pero el delirio pasa. Se hizo eco ahora de la frase de  ella: «¿Qué voy a hacer?» Su instinto de célibe le advertía que no se  comprometiese. Pero el pecado allí estaba; su propio sentido del honor le decía  que por tal pecado debía efectuarse una reparación.</p>
<p>Sentado así con ella en el borde de la cama, apareció  Mary en la puerta y dijo que la patrona quería verlo en la sala. Se levantó para  ponerse el chaleco y la chaqueta, más desamparado que nunca. Una vez vestido, se  acercó a ella para consolarla. Todo se arreglaría, no había que temer. La dejó  llorando en la cama y gimiendo débilmente: «¡Oh, Dios mío!»</p>
<p>Cuando bajaba por la escalera se le empañaron de tal  forma los lentes que tuvo que quitárselos y limpiarlos. Hubiera querido salir  por el tejado y volar lejos, a otro país donde jamás volviera a saber nada de  aquel lío, y sin embargo una fuerza lo empujaba escalera abajo, peldaño por  peldaño.</p>
<p>Las caras implacables de su patrón y de la señora  parecían mirarlo inquisitivas, en su frustración y desconcierto. En el último  tramo de escaleras se cruzó con Jack Mooney que subía de la despensa con dos  botellas de cerveza amorosamente abrazadas. Se saludaron con frialdad, y los  ojos del galán se detuvieron un par de segundos en una recia fisonomía de perro  de presa y dos brazos cortos y vigorosos. Al llegar al pie de la escalera, echó  una furtiva ojeada hacia arriba y vio a Jack mirándolo desde la puerta del  recibimiento.</p>
<p>Entonces recordó la noche en que uno de los artistas de  vodevil, cierto rubio londinense, hizo una alusión a Polly bastante desenfadada.  La reunión casi terminó de mala manera debido a la violenta reacción de Jack.  Todos se extremaron por aplacarle. El artista de vodevil, un poco más pálido que  de costumbre, no hacía más que sonreír y repetir que no lo había dicho con mala  intención. Pero Jack no hacía más que gritarle que si cualquier individuo  intentaba llevar adelante tales devaneos con su hermana, por su alma que le iba  a hacer tragarse las muelas, como lo estaban oyendo.</p>
<p align="center">***</p>
<p>Polly continuó un rato sentada en el borde de la cama,  llorando. Luego se enjugó los ojos y se acercó al espejo. Mojó la punta de la  toalla en el jarro del lavabo y se refrescó los ojos con el agua fría. Se miró  en el espejo de perfil y se ajustó una horquilla en el pelo por encima de la  oreja. Luego volvió a la cama y se sentó a los pies. Miró un largo rato las  almohadas, y esta contemplación suscitó en su ánimo secretos y dulces recuerdos.  Apoyó la nuca en el frío barandal metálico de la cama y se abandonó a sus  ensueños. Toda perturbación visible había desaparecido de su rostro.</p>
<p>Siguió esperando paciente, casi alegremente, sin  sobresalto, dejando que sus recuerdos dieran paso poco a poco a esperanzas y  visiones del futuro. Tan intrincadas eran estas esperanzas y visiones que ya no  veía las almohadas blancas donde tenía fija la mirada ni recordaba que estaba  esperando algo.</p>
<p>Por fin oyó a su madre que la llamaba. Se puso de pie  automáticamente y corrió al pasamano de la escalera.</p>
<p>-¡Polly! ¡Polly!</p>
<p>-Aquí estoy, mamá.</p>
<p>-Baja, hija mía. El señor Doran quiere hablar contigo.</p>
<p>Entonces recordó lo que estaba esperando.</p>
<br /><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/categories/vondrinio.wordpress.com/59/" /> <img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/tags/vondrinio.wordpress.com/59/" /> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/vondrinio.wordpress.com/59/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/vondrinio.wordpress.com/59/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/vondrinio.wordpress.com/59/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/vondrinio.wordpress.com/59/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/vondrinio.wordpress.com/59/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/vondrinio.wordpress.com/59/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/vondrinio.wordpress.com/59/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/vondrinio.wordpress.com/59/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/vondrinio.wordpress.com/59/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/vondrinio.wordpress.com/59/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/vondrinio.wordpress.com/59/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/vondrinio.wordpress.com/59/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/vondrinio.wordpress.com/59/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/vondrinio.wordpress.com/59/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=59&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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	</item>
		<item>
		<title>Efemérides en el comité &#8211; James Joyce</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Sep 2007 10:12:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Joyce]]></category>

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		<description><![CDATA[El viejo Jack rastreó las brasas con un pedazo de cartón, las juntó y luego las esparció concienzudamente sobre el domo de carbones. Cuando el domo estuvo bien cubierto su cara quedó en la oscuridad, pero al ponerse a abanicar el fuego una vez más, su sombra ascendió por la pared opuesta y su cara [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=57&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El viejo Jack rastreó las brasas con un pedazo de cartón, las juntó y luego  las esparció concienzudamente sobre el domo de carbones. Cuando el domo estuvo  bien cubierto su cara quedó en la oscuridad, pero al ponerse a abanicar el fuego  una vez más, su sombra ascendió por la pared opuesta y su cara volvió a salir  lentamente a la luz. Era una cara vieja, huesuda y con pelos. Los azules ojos  húmedos parpadearon ante el fuego y la boca babeada se abrió varias veces,  mascullando mecánicamente al cerrarse. Cuando los carbones se volvieron ascuas recostó  el cartón a la pared y, suspirando, dijo:</p>
<p>-Mucho mejor así, señor O&#8217;Connor.<span id="more-57"></span></p>
<p>El señor O&#8217;Connor, joven, de cabellos grises y de cara desfigurada por muchos  barros y espinillas, acababa de liar un perfecto cilindro de tabaco, pero al  hablarle deshizo su trabajo manual, meditabundo. Luego, volvió a liar su tabaco,  meditativo, y después de una reflexión momentánea decidió pasarle la lengua al  papel.</p>
<p>-¿Dejó dicho el señor Tierney cuándo regresaría? -preguntó en ronco falsete.</p>
<p>-No, no dijo.</p>
<p>El señor O&#8217;Connor se puso el cigarrillo en la boca y empezó a buscar en sus  bolsillos. Sacó un mazo de tarjetas de cartulina.</p>
<p>-Le traigo un fósforo -dijo el viejo.</p>
<p>-Déjelo, está bien así -dijo el señor O&#8217;Connor. Escogió una de las tarjetas y la  leyó:</p>
<p align="center">ELECCIONES MUNICIPALES<br />
Real Sala de Cambio<br />
El señor Richad J. TIERNEY, P. L. G., solicita respetuosamente el favor de su voto y su influencia en las venideras elecciones en la Real Sala de Cambio</p>
<p>El señor O&#8217;Connor había sido contratado por un enviado de Tierney para hacer  campaña en una zona del electorado, pero, como el clima era inclemente y sus  botas se filtraban, se pasaba gran parte del tiempo sentado junto al fuego en el  Comité de Barrio de la calle Wicklow, con Jack, el viejo ujier. Ahí estaban  sentados desde que el corto día empezó a oscurecer. Era el 6 de octubre, triste  y frío a la intemperie.</p>
<p>El señor O&#8217;Connor rasgó una tira de la tarjeta y, encendiéndola, prendió el  cigarrillo. Al hacerlo, la llama alumbró una oscura y lustrosa hoja de hiedra  que llevaba en la solapa. El viejo lo miró atentamente y luego, esgrimiendo de nuevo su cartón, comenzó a  abanicar el fuego lentamente mientras su acompañante fumaba.</p>
<p>-Pues sí -continuó-, es difícil saber de qué manera criar a los hijos. ¡Quién  iba a saber que me iba a salir así! Lo mandé a los Hermanos Cristianos, hice  todo lo que pude por él y ahí lo tiene, hecho un borracho. Traté de hacerlo por  lo menos gente.</p>
<p>Desganado, dejó el cartón donde estaba.</p>
<p>-Si yo no fuera ya un viejo lo haría cambiar de melodía. Cogía mi bastón y le  aporreaba la espalda a todo lo que da&#8230; como hacía antes. Su madre, ya sabe, lo  tapa por aquí y por allá&#8230;</p>
<p>-Es eso lo que echa a perder a los hijos.</p>
<p>-¡Claro que sí! -dijo el viejo-. Y que no dan ni las gracias, todo se vuelve  insolencias. Me levanta la voz cada vez que me ve llevarme un trago a la boca.  ¿A dónde vamos a parar cuando los hijos les hablan así a los padres?</p>
<p>-¿Cuántos años tiene él?</p>
<p>-Diecinueve -dijo el viejo.</p>
<p>-¿Por qué no le busca un puesto?</p>
<p>-Pero naturalmente. ¿Cree que he hecho otra cosa desde que este borracho dejó  la escuela? No te voy a mantener, le digo. Búscate un trabajo. Pero es peor,  claro, cuando tiene trabajo: entonces se bebe el sueldo.</p>
<p>El señor O&#8217;Connor movió la cabeza, comprensivo, y el viejo se quedó callado mirando  a las llamas. Alguien abrió la puerta y llamó:</p>
<p>-¡Hola! ¿Es éste el mitin de los masones?</p>
<p>-¿Quién, quién es? -preguntó el viejo.</p>
<p>-¿Qué hacen ustedes en esa oscuridad? -preguntó una voz.</p>
<p>-¿Eres tú, Hynes? -preguntó el señor O&#8217;Connor.</p>
<p>-Sí. ¿Qué hacen ustedes en esa oscuridad? -dijo el señor Hynes y avanzó hacia la  luz de la lumbre.</p>
<p>Era un joven alto, delgado y con un bigote castaño claro. Inminentes gotitas  de lluvia le colgaban del ala del sombrero y llevaba el cuello de su abrigo  vuelto hacia arriba.</p>
<p>-Bueno, Mat -le dijo al señor O&#8217;Connor-, ¿cómo van las cosas?</p>
<p>El señor O&#8217;Connor meneó la cabeza. El viejo dejó el hogar y dando tumbos por el  cuarto regresó con dos velas que hundió una tras otra entre las llamas, y luego  las llevó a la mesa. Una pieza vacía apareció a la vista y la lumbre perdió sus  alegres colores. Las paredes estaban desnudas excepto por una copia de un  discurso electoral. En medio del cuarto había una mesita cargada de papeles.</p>
<p>El señor Hynes se recostó de la repisa y preguntó:</p>
<p>-¿Ya pagó?</p>
<p>-No, todavía -dijo el señor O&#8217;Connor-. Quiera Dios que no nos deje enganchados esta  noche.</p>
<p>El señor Hynes rió.</p>
<p>-¡Oh, él te va a pagar! No tengas temor -dijo.</p>
<p>-Espero que se apure, si es que habla en serio -dijo el señor O&#8217;Connor.</p>
<p>El viejo regresó a su asiento junto al fuego y dijo:</p>
<p>-No lo ha hecho todavía, pero al menos tiene con qué. No como el otro gitano.</p>
<p>-¿Qué otro gitano? -dijo el señor Hynes.</p>
<p>-Colgan -dijo el viejo con desprecio.</p>
<p>-¿Será porque Colgan es obrero que dices eso? ¿Qué diferencia hay entre un  albañil honesto y un tabernero, eh? ¿No tiene el trabajador derecho de estar en  la Corporación como todo el mundo&#8230;? Pues sí, ¿y más derecho todavía que esos  que están siempre sombrero en mano ante cualquier tipo de esos con un  ganchito en el nombre? ¿No es así, Mat? -dijo el señor Hynes dirigiéndose al  señor O&#8217;Connor.</p>
<p>-Creo que tienes razón -dijo el señor O&#8217;Connor-. Uno es un hombre honesto sin nada  de nalgas mojadas. Sube a representar a la clase obrera. Este tipo para quien  trabajamos nada más que quiere coger este puesto o el otro.</p>
<p>-Por supuesto la clase obrera debe ser representada -dijo el viejo.</p>
<p>-El trabajador -dijo el señor Hynes- recibe las patadas, no las monedas. Pero es la  clase obrera la que produce. El obrero no anda buscando sinecuras para sus hijos  y sobrinos y primos. Los obreros nunca arrastrarían el honor de Dublín por el  fango para complacer a un monarca alemán.</p>
<p>-¿Cómo dices? -dijo el viejo.</p>
<p>-Ah, ¿pero tú no sabes que quieren dar un discurso de bienvenida a Eduardo  Rex cuando venga el año que viene? ¿Por qué le vamos a hacer genuflexiones a un  rey extranjero, a ver?</p>
<p>-Nuestro candidato no votará por ese discurso -dijo el señor O&#8217;Connor-. Él va en la  boleta nacionalista.</p>
<p>-¿Ah, no? -dijo el señor Hynes-. Espera y verás si lo hace o no lo hace. Lo conozco  de lo más bien. Le dicen Dicky Trampas Tierney.</p>
<p>-¡Caramba, tal vez tengas tú razón, Joe! -dijo el señor O&#8217;Connor-. De todas  maneras, me gustaría verlo entrar acompañado por la divina pastora.</p>
<p>Los tres hombres se quedaron callados. El viejo empezó a recoger más brasas.  El señor Hynes se quitó el sombrero, lo sacudió y luego bajó el cuello al abrigo,  mostrando al hacerlo una hoja de hiedra en su solapa.</p>
<p>-Si este hombre estuviera vivo -dijo, señalando a la hiedra-, no tendríamos  que estar hablando de discursos de bienvenida.</p>
<p>-Eso es verdad -dijo el señor O&#8217;Connor.</p>
<p>-Concho, ¡qué tiempos aquellos, Dios mío! -dijo el viejo-. Se palpaba la vida  entonces.</p>
<p>El cuarto quedó en silencio de nuevo. En ese momento un ágil hombrecito de  nariz mocosa y orejas heladas empujó la puerta. Fue al fuego, rápido, frotándose  las manos como si tratara de sacarles chispas.</p>
<p>-Nada de dinero, caballeros -dijo.</p>
<p>-Siéntese aquí, señor Henchy -dijo el viejo, ofreciéndole su silla.</p>
<p>-Oh, ni te muevas, Jack, ni te muevas -dijo el señor Henchy. Saludó, cortés, al señor Hynes y se sentó en la silla que dejó vacante el viejo.</p>
<p>-¿Te ocupaste de la calle Aungier? -preguntó al señor O&#8217;Connor.</p>
<p>-Sí -dijo O&#8217;Connor, comenzando a buscar la lista en sus bolsillos.</p>
<p>-¿Visitaste a Grimes?</p>
<p>-También.</p>
<p>-Y qué, ¿dónde se pone?</p>
<p>-No promete nada. Me dijo: No pienso decirle a nadie por quién voy a votar.  Pero me parece que va a caer del lado de acá.</p>
<p>-¿Cómo así?</p>
<p>-Me preguntó que quiénes serían los candidatos; y yo le dije, le mencioné al  padre Burke. Creo que va a dar resultado.</p>
<p>El señor Henchy comenzó a moquear y a  frotarse las manos sobre el fuego a toda velocidad. Luego, dijo:</p>
<p>-Por el amor de Dios, Jack, tráenos un poco de carbón. Tiene que quedar un  fondo.</p>
<p>El viejo salió del cuarto.</p>
<p>-No anda bien la cosa -dijo el señor Henchy, moviendo la cabeza-. Le pregunté a ese  limpiabotas pero lo que dijo es: Oh, pero vamos, señor Henchy, cuando el carro eche  a andar no los voy a olvidar, delo por seguro. ¡Mezquino gitano! ¿Cómo  iba a ser de otro modo?</p>
<p>-¿Qué te dije, Mat? -dijo el señor Hynes-. Dicky Trampas Tierney.</p>
<p>-Oh, ése más tramposo que nadie -dijo el señor Henchy-. No tiene esos ojitos de  maula por gusto. ¡Maldita sea su alma! ¿No le saldría mejor pagarnos que venir  con su: Oh, pero vamos, señor Henchy, debo hablar con el señor Fanning&#8230; He gastado ya  mucho dinero? ¡Limpiabotas estreñido! Supongo que ya se le olvidaron los tiempos  en que su padre tenía su tienda de ropa usada en Mary&#8217;s Lane.</p>
<p>-¿Es cierto eso? -preguntó el señor O&#8217;Connor.</p>
<p>-¡Que si es cierto! -dijo el señor Henchy-. ¿Nunca lo oyeron decir? Los  parroquianos solían ir los domingos temprano, antes de que abrieran los pubs, a  comprarse pantalones y chalecos&#8230; ¡moya! Pero el viejo de Dicky Trampas siempre  tenía su botellita de trampa en un rincón. ¿Y ahora? Así fue. Ahí  vio la luz por vez primera.</p>
<p>El viejo regresó con unos cuantos carbones que puso al fuego aquí y allá.</p>
<p>-Preciosa bienvenida -dijo el señor O&#8217;Connor-. ¿Cómo espera que trabajemos para él  si no pone de su parte?</p>
<p>-No hay nada que hacer -dijo el señor Henchy-. Espero encontrarme las autoridades  competentes con una orden de desahucio cuando vuelva a casa, apostadas a la  entrada.</p>
<p>El señor Hynes se rió y, saliendo de entre las repisas de la chimenea con la ayuda  de sus hombros, se dispuso a marcharse.</p>
<p>-Todo irá mejor cuando venga Eduardito el reyecito -dijo-. Bueno, caballeros,  me marcho por ahora. Los veo luego. Adiosito.</p>
<p>Salió del cuarto lentamente. Ni el señor Henchy ni el viejo dijeron nada, pero,  justo cuando se cerraba la puerta, el señor O&#8217;Connor, que se quedó mirando al fuego  cabizbajo, gritó de pronto:</p>
<p>-¡Adiós, Joe!</p>
<p>El señor Henchy esperó unos minutos y luego movió la cabeza en dirección a la  puerta.</p>
<p>-Díganme -dijo desde el otro lado del fuego-, ¿qué trajo al amigo acá? ¿Qué  quiere ahora?</p>
<p>-¡Oncho el pobre Joe! -dijo O&#8217;Connor arrojando el cigarrillo al fuego-. Está  tan necesitado como el resto de nosotros.</p>
<p>El señor Henchy inhaló con fuerza y escupió tan copiosamente que casi apagó el  fuego.</p>
<p>Este, en respuesta, respondió silbando.</p>
<p>-Para darle, en toda confianza, mi opinión personal y franca -dijo-, creo que  éste está con el otro bando. Para mí que es un espía de Colgan. ¿Por qué no te  das una vuelta por allá y averiguas cómo andan? De ti no sospecharán. ¿De  acuerdo?</p>
<p>-Nah, el pobre Joe es un tipo decente -dijo el señor O&#8217;Connor.</p>
<p>-Su padre era hombre decente y respetable -admitió el señor Henchy-. ¡El pobre  Larry Hynes! Mucho bien que hizo en su día. Pero me temo muy mucho que nuestro  amigo no es de ley. Comprendo que alguien ande corto, pero lo que no comprendo  es un sablista profesional, ¡maldita sea! ¿Es que no queda ya una pizca de  decencia en el mundo?</p>
<p>-Yo no le doy precisamente una bienvenida calurosa cuando viene -dijo el  viejo-. ¡Que trabaje para la otra gente en vez de andar espiando por acá!</p>
<p>-Yo no sé -dijo el señor O&#8217;Connor, dubitativo, mientras sacaba tabaco y papel de  liar-. Me parece que Joe Hynes es de ley. Es listo, también, con la pluma. ¿No  recuerdan aquello que escribió&#8230;?</p>
<p>-Muchos de esos fenianos a mi parecer se pasan de listos -dijo el señor Henchy-.  ¿Quiere conocer mi opinión personal y franca sobre muchos de estos payasos? Creo  que la mitad de ellos están a sueldo de la Corona.</p>
<p>-¿Cómo saberlo? -dijo el viejo.</p>
<p>-Oh, pero yo lo sé de buena tinta -dijo el señor Henchy-. Son turiferarios de la  Corona&#8230; No digo que Hynes&#8230; No, diantres, ése está unas pulgadas por encima  de todo eso&#8230; Pero hay cierto noblecito bizco&#8230; ¿saben al patriota que me  refiero?</p>
<p>El señor O&#8217;Connor asintió.</p>
<p>-Ahí tienen a un descendiente directo de Judas si quieren uno. ¡Qué vida la  del patriota! Ahí tienen a un tipo capaz de vender su país por tres peniques,  sí, señor, y capaz al mismo tiempo de hincarse de rodillas y dar gracias a Dios  Todopoderoso por tener un país que vender.</p>
<p>Llamaron a la puerta.</p>
<p>-Entre -dijo el señor Henchy.</p>
<p>Un personaje que parecía un clérigo pobre -o un actor pobre- apareció en la  puerta. Con sus ropas negras ceñidamente abotonadas al corto cuerpo era  imposible decir si llevaba gollete o cuello laico, porque las solapas de su  desaliñado saco -cuyos botones raídos reflejaban la luz de las velas- estaban  vueltas alrededor del pescuezo. Llevaba un sombrero hongo de fieltro negro.</p>
<p>Su cara, brillosa por el agua, tenía la apariencia de un queso lechoso, salvo  donde dos manchones rosados indicaban los pómulos. Abrió su enorme boca de  pronto para expresar decepción y al mismo tiempo agrandó sus ojos azules para  indicar placer por la sorpresa.</p>
<p>-¡Ah, padre Keon! -dijo el señor Henchy, dejando su silla de un salto-. ¿Es usted?  ¡Pase, pase!</p>
<p>-¡Oh, no, no, no! -dijo el padre Keon rápido, frunciendo sus labios como si se  dirigiera a un niño.</p>
<p>-¿No quiere pasar y sentarse?</p>
<p>-¡No, no, no! -dijo el padre Keon, a la vez indulgente y discreto, hablando  con voz velada-. ¡No quiero molestar! Ando buscando al señor Fanning.</p>
<p>-Anda por el Águila Negra -dijo el señor Henchy-. Pero, ¿no quiere usted entrar y  sentarse un minuto?</p>
<p>-No, no, gracias. Era por un asuntito de negocios -dijo el padre Keon-.  Gracias, de veras&#8230;</p>
<p>Se retiró de la puerta y el señor Henchy, tomando una de las velas, fue hacia allá  a alumbrarle las escaleras.</p>
<p>-¡Oh, no se moleste, se lo ruego!</p>
<p>-No, es que la escalera está tan oscura.</p>
<p>-No, no, si puedo ver&#8230; De veras, gracias.</p>
<p>-¿Está bien así?</p>
<p>-Está bien, sí&#8230; gracias&#8230; Gracias.</p>
<p>El señor Henchy regresó con la vela y la dejó en la mesa. De nuevo se sentó al  fuego. Se hizo el silencio por unos minutos.</p>
<p>-Dime, John -dijo el señor O&#8217;Connor, encendiendo su cigarrillo con otra cartulina.</p>
<p>-¿Ajá?</p>
<p>-¿Qué es lo que es este tipo exactamente?</p>
<p>-Pregúntame una más fácil -dijo el  señor Henchy.</p>
<p>-Él y Fanning parecen ser uña y carne. A menudo están juntos en Kavanagh. ¿Es  cura o qué?</p>
<p>-Ajá&#8230; sí, creo&#8230; Me parece que es lo que se conoce como oveja negra.  ¡Gracias a Dios que no tenemos muchas como esas! Aunque sí unas cuantas&#8230; Es  una suerte de hombre sin suerte&#8230;</p>
<p>-¿Y cómo se las arregla? -preguntó el señor O&#8217;Connor.</p>
<p>-Ese es otro misterio.</p>
<p>-¿Pertenece a alguna capilla, iglesia o institución?</p>
<p>-No -dijo el señor Henchy-, creo que viaja por su cuenta&#8230; Que Dios me perdone  -añadió-, pero creí que era nuestra docena de negras.</p>
<p>-¿Habrá por casualidad algo que tomar? -preguntó el señor O&#8217;Connor.</p>
<p>-Yo también me he quedado seco -dijo el viejo. -Tres veces le pedí a ese  pichón de limpiabotas -dijo el señor Henchy-, si iba a mandarnos a subir una docena de  negras aquí o no. Se lo iba a volver a pedir ahorita, pero estaba recostado al  mostrador en mangas de camisa en sesuda reunión con el concejal Cowley.</p>
<p>-¿Y por qué no se lo recordaste? -dijo el señor O&#8217;Connor.</p>
<p>-Bueno, no iba yo a acercarme cuando hablaba al concejal Cowley. Esperé hasta  que nos cruzamos las miradas y le dije: &#8220;Acerca de ese asuntito de que le  hablé&#8230;&#8221; &#8220;Será resuelto&#8221;, el señor H, me dijo. ¡Por Yerra, que ese mequetrefe se olvidó  por completo!</p>
<p>-Ahí se estaba cocinando algo -dijo el señor O&#8217;Connor, meditativo-. Los vi a los  tres ayer en  la esquina de calle Suffolk.</p>
<p>-Me parece que sé lo que se traen -dijo el señor Henchy-. Hay que quedarle debiendo  plata a los ediles si quieres llegar a  Alcalde. Es así como te hacen  Alcalde. ¡Dios! Estoy pensando en serio en hacerme  prócer yo también.  ¿Qué les parece? ¿Serviría yo para el cargo?</p>
<p>El señor O&#8217;Connor se río.</p>
<p>-Si se trata de deberle dinero a alguien&#8230;</p>
<p>-Salir en coche de Mansion House -dijo el señor Henchy-, empavesado, con Jack aquí  de pie detrás de mí con su peluca empolvada, ¿eh?</p>
<p>-Nómbrame tu secretario particular, John.</p>
<p>-Sí, y nombraré al padre Keon mi capellán particular. Tendremos una  fiestecita familiar.</p>
<p>-A fe mía, señor Henchy -dijo el viejo-, usted tendría más estilo que muchos de  ellos. Hablaba yo con el viejo Keegan, el portero del ayuntamiento. &#8220;¿Y qué tal  el nuevo jefe, Pat?&#8221;, le dije. &#8220;¿No hay mucho movimiento ahora?&#8221;, le dije.  &#8220;¡Movimiento!&#8221;, me dijo. &#8220;¡Ese es capaz de vivir del aire que da un abanico!&#8221; ¿Y  saben lo que me dijo? Por lo más sagrado que me negué a creerlo.</p>
<p>-¿Qué? -dijeron los señores Henchy y  O&#8217;Connor.</p>
<p>-Me dijo: &#8220;¿Qué pensarías tú de un  Alcalde de Dublín que manda a buscar  una libra de costillas para el almuerzo? La gran vida; ¿no?,&#8221; me dijo. &#8220;¡Vaya,  vaya!&#8221;, le dije yo. &#8220;Una libra de costillas&#8221;, me dijo él. &#8220;Hacer venir una libra de  costillas a Mansion House. ¡Vaya!&#8221;, le dije yo, &#8220;¿con qué clase de gentuza  tendremos que convivir ahora?&#8221;</p>
<p>En ese punto llamaron a la puerta y un muchacho metió la cabeza.</p>
<p>-¿Qué? -dijo el viejo.</p>
<p>-Del Águila Negra -dijo el muchacho, entrando y dejando una cesta sobre el  piso con un ruido de botellas.</p>
<p>El viejo ayudó al muchacho a trasladar las botellas de la cesta a la mesa y  contó el botín. Cuando terminó, el muchacho se echó la cesta al brazo y  preguntó:</p>
<p>-¿Y las botellas?</p>
<p>-¿Qué botellas? -dijo el viejo.</p>
<p>-¿Es que no van a dejarnos beberlas antes? -dijo el señor. Henchy.</p>
<p>-Me dijeron que reclamara las botellas.</p>
<p>-Vuelve mañana -dijo el viejo.</p>
<p>-¡Oye, chico! -dijo el señor Henchy-, ¿querrías ir corriendo a casa de O&#8217;Farrell a  pedirle que nos preste un tirabuzón? Di que de parte del señor Henchy. Dile que se  lo devolvemos al minuto. Deja aquí la cesta.</p>
<p>El muchacho salió y el señor Henchy comenzó a frotarse las manos alegremente,  diciendo:</p>
<p>-¡Ah, bueno, no es tan malo el tipo después de todo! Por lo menos tiene  palabra.</p>
<p>-No hay vasos -dijo el viejo.</p>
<p>-No te preocupes por eso, Jack -dijo el señor Henchy-, que mejores gentes que tú  han bebido a pico antes.</p>
<p>-De todas formas, es mejor que nada -dijo el señor O&#8217;Connor.</p>
<p>-No es mala gente -dijo el señor Henchy-. Lo que ocurre es que Fanning lo tiene  cogido. Para que vean, él tiene buenas intenciones a su manera.</p>
<p>El muchacho regresó con el sacacorchos. El viejo abrió tres botellas y le  devolvía el sacacorchos cuando el señor Henchy le preguntó al muchacho:</p>
<p>-Chico, ¿quieres un trago?</p>
<p>-Si le parece bien, señor -dijo el muchacho.</p>
<p>El viejo abrió otra botella a regañadientes y se la dio al muchacho.</p>
<p>-¿Qué edad tienes? -le preguntó.</p>
<p>-Diecisiete -dijo el muchacho.</p>
<p>Como el viejo no dijo nada más, el muchacho cogió la botella y dijo:  &#8220;Con mis  mejores respetos, señor. A la salud del señor Henchy&#8221;, bebió el contenido, puso la  botella en la mesa y se secó la boca con la manga. Luego, recogió el sacacorchos  y salió de lado, murmurando una especie de despedida.</p>
<p>-Así se empieza -dijo el viejo.</p>
<p>-No hay peor cuña -dijo el señor Henchy.</p>
<p>El viejo repartió las botellas que había abierto y los hombres bebieron de  ellas, simultáneos. Después de beberlas, cada uno colocó su botella en la repisa  al alcance de la mano y todos soltaron suspiros satisfechos.</p>
<p>-Bueno, tuve un buen día de trabajo hoy -dijo el señor Henchy, después de una  pausa.</p>
<p>-¿Es cierto, John?</p>
<p>-Pues sí. Le conseguimos, Crofton y yo, uno o dos de seguros en  la calle Dawson. Que quede entre nosotros, naturalmente, pero Crofton (un tipo decente,  claro) no vale una moneda como sargento político. No sabe hablar a la gente. Se  para y se pone a mirar mientras yo soy el que da la perorata.</p>
<p>Entraron dos  personas. Una de ellas era un hombre muy gordo, cuyas ropas de sarga azul  parecían correr peligro de caer de su encorvada figura. Tenía una cara grande,  parecida a la jeta de un buey joven en su expresión, fijos ojos azules y un  bigote canoso. El otro hombre era mucho más joven y más frágil, tenía una cara  flaca, bien afeitada. Llevaba un doble cuello muy alto y un bombín de alas  anchas.</p>
<p>-¡Hola, Crofton! -dijo el señor Henchy al gordo-. Hablando del rey de Roma&#8230;</p>
<p>-¿De dónde viene esa bebida? -preguntó el joven-. ¿Parió la vaca?</p>
<p>-¡Oh, sí, claro, Lyons ve primero el trago! -dijo el  señor O&#8217;Connor, riendo.</p>
<p>-¿Así sargentean ustedes, gente? -dijo el señor Lyons-. Y Crofton y yo a la  intemperie buscando votos&#8230;</p>
<p>-Maldita sea tu alma, hombre -dijo el señor Henchy-, ¡que yo consigo más votos en  cinco minutos que ustedes dos en una semana!</p>
<p>-Abre dos botellas, Jack -dijo el señor O&#8217;Connor.</p>
<p>-¿Cómo? -dijo el viejo-. ¿Sin tirabuzón?</p>
<p>-Esperen, esperen -dijo el señor Henchy levantándose rápidamente-. ¿Han visto  ustedes este truco antes?</p>
<p>Tomó dos botellas de la mesa y, llevándolas al fuego, las puso en el  antehogar. Luego se sentó de nuevo al fuego y bebió otro trago de su botella. El  señor Lyons se sentó al borde de la mesa, empujó su sombrero hacia atrás y comenzó a  mover las piernas.</p>
<p>-¿Cuál es mi botella? -preguntó.</p>
<p>-Esta, joven -dijo el señor Henchy.</p>
<p>El señor Crofton se sentó sobre una caja a mirar fijamente la otra botella en el  repecho. Se mantenía callado por dos razones. La primera era que no tenía nada  que decir; la segunda que consideraba a su compañía inferior. Había sido  sargento político de Wilkins, el conservador, pero cuando los conservadores  retiraron su candidato, y, escogiendo el mal menor, dieron su apoyo al candidato  nacionalista, lo contrataron para trabajar por Tierney.</p>
<p>En unos minutos se oyó un apologético ¡pok! del corcho que salía disparado de  la botella de el señor Lyons, quien saltó de la mesa, fue hasta el fuego, cogió su  botella y volvió de nuevo a la mesa.</p>
<p>-Les estaba contando, Crofton -dijo el señor Henchy-, que conseguimos unos cuantos  buenos votos hoy.</p>
<p>-¿A quiénes consiguieron? -preguntó el señor Lyons.</p>
<p>-Bueno, en primer lugar a Parkes y a Atkinson en segundo lugar, y conseguí a  Ward, el de la calle Dawson. Buena gente: ¡viejo votante conservador, viejo  afiliado! &#8220;¿Pero, no es el candidato de ustedes un nacionalista?&#8221;, me dijo. &#8220;Es un  hombre respetable&#8221;, le dije. &#8220;Un hombre&#8221;, le dije yo, &#8220;que está en favor de todo lo  que beneficie al país. Es un gran contribuyente&#8221;, le dije yo. &#8220;Posee extensas  propiedades en la ciudad y tres negocios, ¿no cree usted que le conviene  mantener bajos los impuestos municipales? Es un ciudadano prominente, respetado&#8221;,  le dije yo, &#8220;de los Guardianes de las Leyes del Pobre y no pertenece a ningún  partido, bueno, malo o regular&#8221;. Así es como hay que hablarle a esta gente.</p>
<p>-¿Y qué hubo del discurso de bienvenida al Rey? -dijo el señor Lyons, después de  beber y chasquear los labios.</p>
<p>-Oye lo que te voy a decir -dijo el señor Henchy-. Lo que queremos nosotros en este  país, como le dije al viejo Ward, es capitales. La visita del Rey aquí  significaría una tremenda infusión de dinero para el país. Los ciudadanos de  Dublín saldrán beneficiados. Mira a todas esas fábricas de los muelles cómo  están, paradas. Piensen en todo el dinero que habría en este país si pusiéramos  a funcionar las viejas industrias, los telares, los astilleros y las fábricas.  Son inversiones lo que necesitamos.</p>
<p>-Pero mira, John -dijo el señor O&#8217;Connor-. ¿Por qué vamos a tener que darle la  bienvenida al Rey de Inglaterra? ¿No fue el mismo Parnell quien&#8230;?</p>
<p>-Parnell -dijo el señor Henchy- está muerto. Ahora bien, yo lo veo así. Aquí tienen  ustedes a este muchacho que llega al trono después que su madre lo dejó  esperando hasta que le salieron canas. Es un hombre de mundo y quiere hacerlo  bien, en favor nuestro. Es un tipo que está muy bien, que es decente, si alguien  me pregunta, y que va directo al grano. Se dijo a sí mismo: La vieja nunca fue a  ver a estos locos irlandeses. Y por Cristo, que iré yo mismo a ver cómo son. ¿Y  vamos nosotros a insultar a este hombre cuando viene aquí en visita amistosa?  ¿Eh? ¿No es así, Crofton?</p>
<p>El señor Crofton asintió.</p>
<p>-Pero después de todo -dijo el señor Lyons, argumentativo-, la vida del  rey  Eduardo, como saben, no es precisamente&#8230;</p>
<p>-Lo pasado al pasado -dijo el señor Henchy-. Yo personalmente admiro a este hombre.  Es una persona corriente como tú y como yo. Le gusta su vaso de grog y es un  poco libertino y un buen deportista. ¡Diantres! ¿Es que los irlandeses no  sabemos ser justos?</p>
<p>-Todo eso está muy bien -dijo el señor Lyons-. Pero mira el caso de Parnell.</p>
<p>-Por el amor de Dios -dijo el señor Henchy-, ¿dónde está la analogía entre ambos  casos?</p>
<p>-Lo que yo quiero decir -dijo el señor Lyons- es que nosotros tenemos ideales. ¿Por  qué tenemos que darle la bienvenida a un hombre así? ¿Puedes creer ahora que  después que Parnell hizo lo que hizo estaba capacitado para dirigimos? Entonces,  ¿por qué tenemos que celebrar a Eduardo Séptimo?</p>
<p>-Es el aniversario de Parnell -dijo el señor O&#8217;Connor-, y no nos pongamos a hacernos  mala sangre. Todos lo respetamos ahora que está muerto y enterrado, hasta los  conservadores -añadió, volviéndose a el señor Crofton.</p>
<p>¡Pok! El demorado corcho saltó fuera de la botella del señor Crofton.  El  señor Crofton  se levantó de su caja y fue hasta el fuego. Cuando regresó con su presa dijo con  voz de bajo:</p>
<p>-Nuestra ala del cabildo lo respeta porque fue un caballero.</p>
<p>-¡Tienes toda la razón, Crofton! -dijo el señor Henchy con fiereza-. Era el único  que podía poner orden en esta olla de grillos. ¡Abajo, perros! ¡Tranquilos  ustedes, satos! Así es como los trataba. ¡Entra, Joe! ¡Entra! -llamó al atisbar  a el señor Hynes en la puerta.</p>
<p>El señor Hynes entró despacio.</p>
<p>-Abre otra botella, Jack -dijo el señor Henchy-. ¡Oh, me olvidé de que no hay  sacacorchos! ¡Mira, dame acá una que te la pongo a la candela!</p>
<p>El viejo le alargó otra botella y él la colocó sobre el antehogar.</p>
<p>-Siéntate, Joe -dijo el señor O&#8217;Connor-, que estamos hablando del Jefe.</p>
<p>-¡Sí, sí! -dijo el señor Henchy.</p>
<p>Eel señor Hynes se sentó en el borde de la mesa cerca del señor Lyons, pero no dijo una  palabra.</p>
<p>-Aquí tienen a uno que, por lo menos -dijo el señor Henchy- no renegó de él. ¡Por  Dios que sí, Joe, que eso sí se puede decir de ti! ¡Por el cielo que le fuiste  fiel como un solo hombre!</p>
<p>-¡Ah, Joe! -dijo el señor O&#8217;Connor de repente-. Dinos esa cosa que escribiste, ¿te  acuerdas? ¿La traes arriba?</p>
<p>-¡Oh, sí, sí! -dijo el señor Henchy-. Recítalo. ¿Has oído esto alguna vez, Crofton?  Óyelo ahora, que es estupendo.</p>
<p>-¡Vamos! -dijo el señor O&#8217;Connor-. ¡Lárgalo, Joe!</p>
<p>De momento, el señor Hynes no pareció recordar la pieza a que se referían, pero  después de una breve reflexión, dijo:</p>
<p>-Oh, eso es cosa&#8230; ¡Por supuesto, eso es ropa vieja para este tiempo!</p>
<p>-¡Sácala para afuera, hombre! -dijo el señor O&#8217;Connor.</p>
<p>- Ch, ch –dijo el señor Henchy-. ¡Arriba Joe!</p>
<p>El señor Hynes dudó un tanto más. Luego, en medio del silencio, se quitó el  sombrero, lo dejó en la mesa y se puso de pie. Parecía estar ensayando la pieza  en la mente. Después de una pausa larga anunció:</p>
<p>LA MUERTE DE PARNELL</p>
<p>6 de Octubre de 1891</p>
<dl>
<dt>Se aclaró la voz una o dos veces y luego comenzó a recitar:   </dt>
<dd> </dd>
<dt>Ha muerto. Nuestro rey sin corona    </dt>
<dt>Ha muerto. ¡Oh, Erín, sufre y llora!    </dt>
<dt>Padece porque aquí yace difunto </dt>
<dt>Al que difamó este hipócrita mundo.    </dt>
<dt>Yace muerto por los cobardes perros    </dt>
<dt>Que a la gloria elevara del cieno,    </dt>
<dt>Y las ansias de Erín y sus anhelos    </dt>
<dt>Perecieron con él bajo su cielo. </dt>
<dt>En los palacios, casas o cabañas:    </dt>
<dt>Doquiera está, el corazón de Irlanda    </dt>
<dt>Aparece sumido en duelo. </dt>
<dt>Se ha ido Aquel que forjaría nuestro destino.    </dt>
<dt>Habría dado a ésta su Erín la fama,    </dt>
<dt>Su bandera verde al viento soberana,    </dt>
<dt>Y a sus bardos, guerreros y estadistas,    </dt>
<dt>Del mundo todo cantarían los artistas.    </dt>
<dt>Soñó (¡ay, sí: fue todo sólo sueño!)    </dt>
<dt>Con la libertad, pero mientras luchaba    </dt>
<dt>Por coger ese ídolo con sus dedos,    </dt>
<dt>La traición de un solo golpe lo acababa.    </dt>
<dt>Desprecia a las cobardes, viles manos    </dt>
<dt>Que ahogaron al Señor o con un beso    </dt>
<dt>Lo entregaron a una turba de malos    </dt>
<dt>Sacerdotes: no eran sus amigos, esos.    </dt>
<dt>¡Que la vergüenza eterna depararan    </dt>
<dt>Los cielos a aquellos que trataran    </dt>
<dt>De envilecer y manchar el nombre </dt>
<dt>del que fue entre los hombres, hombre!    </dt>
<dt>Cayó como caen los todopoderosos:    </dt>
<dt>Noblemente inmaculado hasta el fin.    </dt>
<dt>Ahora la muerte lo reúne gozoso </dt>
<dt>Con los héroes del pasado de Erín.    </dt>
<dt>¡Ni un ruido de lucha turbe ahora su sueño!    </dt>
<dt>Descansa en paz: ningún humano empeño    </dt>
<dt>O alta ambición que espolee su memoria    </dt>
<dt>Para alcanzar las cumbres de la gloria.    </dt>
<dt>Lo rebajaron: se salieron con la suya    </dt>
<dt>Pero, oye, Erín -o mejor, sí: escucha:-    </dt>
<dt>Su espíritu se alzará de entre las llamas    </dt>
<dt>Como el Fénix, como esa aurora soberana    </dt>
<dt>Que alumbrará el día que nos devuelva    </dt>
<dt>El imperio de la libertad. Que vuelva    </dt>
<dt>Ese día y Erín elevará su copa por aquel    </dt>
<dt>Que es de nos dolor y alegría: ¡Parnell!    </dt>
</dl>
<p>El señor Hynes se sentó de nuevo sobre la mesa. Cuando terminó de recitar hubo un  silencio y luego un estallido de aplausos: hasta el señor Lyons aplaudió. Los aplausos  continuaron por corto tiempo. Cuando terminaron, los espectadores bebieron todos  de sus botellas en silencio.</p>
<p>¡Pok! El corcho salió volando de la botella del señor Hynes, pero el señor Hynes  permaneció en la mesa, la cara enrojecida y la cabeza desnuda. No parecía que  hubiera oído aquella invitación.</p>
<p>-¡Bravo, Joe, hombre! -dijo el señor O&#8217;Connor, sacando papel de liar y su tabaco  para ocultar mejor su emoción.</p>
<p>-¿Qué te ha parecido eso, Crofton? -gritó el señor Henchy-. ¿Es bueno o no es  bueno?</p>
<p>El señor Crofton dijo que era una fina pieza literaria.</p>
<br /><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/categories/vondrinio.wordpress.com/57/" /> <img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/tags/vondrinio.wordpress.com/57/" /> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/vondrinio.wordpress.com/57/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/vondrinio.wordpress.com/57/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/vondrinio.wordpress.com/57/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/vondrinio.wordpress.com/57/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/vondrinio.wordpress.com/57/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/vondrinio.wordpress.com/57/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/vondrinio.wordpress.com/57/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/vondrinio.wordpress.com/57/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/vondrinio.wordpress.com/57/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/vondrinio.wordpress.com/57/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/vondrinio.wordpress.com/57/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/vondrinio.wordpress.com/57/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/vondrinio.wordpress.com/57/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/vondrinio.wordpress.com/57/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=57&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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	</item>
		<item>
		<title>Las hermanas &#8211; James Joyce</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Sep 2007 10:19:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Joyce]]></category>

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		<description><![CDATA[No había esperanza esta vez: era la tercera embolia. Noche tras noche pasaba yo por la casa (eran las vacaciones) y estudiaba el alumbrado cuadro de la ventana: y noche tras noche lo veía iluminado del mismo modo débil y parejo. Si hubiera muerto, pensaba yo, vería el reflejo de las velas en las oscuras [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=62&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No había esperanza esta vez: era la tercera embolia. Noche  tras noche pasaba yo por la casa (eran las vacaciones) y estudiaba el alumbrado  cuadro de la ventana: y noche tras noche lo veía iluminado del mismo modo débil  y parejo. Si hubiera muerto, pensaba yo, vería el reflejo de las velas en las  oscuras persianas, ya que sabía que se deben colocar dos cirios a la cabecera  del muerto. A menudo él me decía: &#8220;No me queda mucho en este mundo&#8221;, y yo  pensaba que hablaba por hablar. Ahora supe que decía la verdad. Cada noche al  levantar la vista y contemplar la ventana me repetía a mí mismo en voz baja la  palabra parálisis. Siempre me sonaba extraña en los oídos, como la palabra gnomo  en<span id="more-62"></span> Euclides y la palabra simonía en el catecismo. Pero ahora me sonó a cosa mala  y llena de pecado. Me dio miedo y, sin embargo, ansiaba observar de cerca su  trabajo maligno.El viejo Cotter estaba sentado junto al fuego, fumando,  cuando bajé a cenar. Mientras mi tía me servía mi potaje, dijo él, como  volviendo a una frase dicha antes:</p>
<p>-No, yo no diría que era exactamente&#8230; pero había en  él algo raro&#8230; misterioso. Le voy a dar mi opinión.</p>
<p>Empezó a tirar de su pipa, sin duda ordenando sus  opiniones en la cabeza. ¡Viejo estúpido y molesto! Cuando lo conocimos era más  interesante, que hablaba de desmayos y gusanos; pero pronto me cansé de sus  interminables cuentos sobre la destilería.</p>
<p>-Yo tengo mi teoría -dijo-. Creo que era uno de esos&#8230;  casos&#8230; raros&#8230; Pero es difícil decir&#8230;</p>
<p>Sin exponer su teoría comenzó a chupar su pipa de  nuevo. Mi tío vio cómo yo le clavaba la vista y me dijo:</p>
<p>-Bueno, creo que te apenará saber que se te fue el  amigo.</p>
<p>-¿Quién? -dije.</p>
<p>-El padre Flynn.</p>
<p>-¿Se murió?</p>
<p>-El señor Cotter nos lo acaba de decir aquí. Pasaba por  allí.</p>
<p>Sabía que me observaban, así que continué comiendo como  si nada. Mi tío le daba explicaciones al viejo Cotter.</p>
<p>-Acá el jovencito y él eran grandes amigos. El viejo le  enseñó cantidad de cosas, para que vea; y dicen que tenía puestas muchas  esperanzas en este.</p>
<p>-Que Dios se apiade de su alma -dijo mi tía, piadosa.</p>
<p>El viejo Cotter me miró durante un rato. Sentí que sus  ojos de azabache me examinaban, pero no le di el gusto de levantar la vista del  plato. Volvió a su pipa y, finalmente, escupió, maleducado, dentro de la  parrilla.</p>
<p>-No me gustaría nada que un hijo mío -dijo- tuviera  mucho que ver con un hombre así.</p>
<p>-¿Qué quiere usted decir con eso, señor Cotter?  -preguntó mi tía.</p>
<p>-Lo que quiero decir -dijo el viejo Cotter- es que todo  eso es muy malo para los muchachos. Esto es lo que pienso: dejen que los  muchachos anden para arriba y para abajo con otros muchachos de su edad y no que  resulten&#8230; ¿No es cierto, Jack?</p>
<p>-Ese es mi lema también -dijo mi tío-. Hay que aprender  a manejárselas solo. Siempre lo estoy diciendo acá a este Rosacruz: haz  ejercicio. ¡Como que cuando yo era un mozalbete, cada mañana de mi vida, fuera  invierno o verano, me daba un baño de agua helada! Y eso es lo que me conserva  como me conservo. Esto de la instrucción está muy bien y todo&#8230; A lo mejor acá  el señor Cotter quiere una lasca de esa pierna de cordero -agregó a mi tía.</p>
<p>-No, no, para mí, nada -dijo el viejo Cotter.</p>
<p>Mi tía sacó el plato de la despensa y lo puso en la  mesa.</p>
<p>-Pero, ¿por qué cree usted, señor Cotter, que eso no es  bueno para los niños? -preguntó ella.</p>
<p>-Es malo para estas criaturas -dijo el viejo Cotter-  porque sus mentes son muy impresionables. Cuando ven estas cosas, sabe usted,  les hace un efecto&#8230;</p>
<p>Me llené la boca con potaje por miedo a dejar escapar  mi furia. ¡Viejo cansón, nariz de pimentón!</p>
<p>Era ya tarde cuando me quedé dormido. Aunque estaba  furioso con Cotter por haberme tildado de criatura, me rompí la cabeza tratando  de adivinar qué quería él decir con sus frases inconclusas. Me imaginé que veía  la pesada cara grisácea del paralítico en la oscuridad del cuarto. Me tapé la  cabeza con la sábana y traté de pensar en las Navidades. Pero la cara grisácea  me perseguía a todas partes. Murmuraba algo; y comprendí que quería confesarme  cosas. Sentí que mi alma reculaba hacia regiones gratas y perversas; y de nuevo  lo encontré allí, esperándome. Empezó a confesarse en murmullos y me pregunté  por qué sonreía siempre y por qué sus labios estaban húmedos de saliva. Fue  entonces que recordé que había muerto de parálisis y sentí que también yo  sonreía suavemente, como si lo absolviera de un pecado simoniaco.</p>
<p>A la mañana siguiente, después del desayuno, me llegué  hasta la casita de la Calle Gran Bretaña. Era una tienda sin pretensiones  afiliada bajo el vago nombre de Tapicería. La tapicería consistía mayormente en  botines para niños y paraguas; y en días corrientes había un cartel en la  vidriera que decía: Se Forran Paraguas. Ningún letrero era visible ahora porque  habían bajado el cierre. Había un crespón atado al llamador con una cinta. Dos  señoras pobres y un mensajero del telégrafo leían la tarjeta cosida al crespón.  Yo también me acerqué para leerla.</p>
<p align="center">1 de Julio de 1895<br />
El Reverendo James Flynn (quien que perteneció a la parroquia de la<br />
Iglesia de Santa Catalina, en la calle Meath) de sesenta y cinco años de edad,<br />
ha fallecido.<br />
R. I. P.</p>
<p>Leer el letrero me convenció de que se había muerto y  me perturbó darme cuenta de que tuve que contenerme. De no estar muerto, habría  entrado directamente al cuartito oscuro en la trastienda, para encontrarlo  sentado en su sillón junto al fuego, casi asfixiado dentro de su chaquetón. A lo  mejor mi tía me habría entregado un paquete de High Toast para dárselo y este  regalo lo sacaría de su sopor. Era yo quien tenía que vaciar el rapé en su  tabaquera negra, ya que sus manos temblaban demasiado para permitirle hacerlo  sin que derramara por lo menos la mitad. Incluso cuando se llevaba las largas  manos temblorosas a la nariz, nubes de polvo de rapé se escurrían entre sus  dedos para caerle en la pechera del abrigo. Debían ser estas constantes lluvias  de rapé lo que daba a sus viejas vestiduras religiosas su color verde desvaído,  ya que el pañuelo rojo, renegrido como estaba siempre por las manchas de rapé de  la semana, con que trataba de barrer la picadura que caía, resultaba bien  ineficaz.</p>
<p>Quise entrar a verlo, pero no tuve valor para tocar. Me  fui caminando lentamente a lo largo de la calle soleada, leyendo las carteleras  en las vitrinas de las tiendas mientras me alejaba. Me pareció extraño que ni el  día ni yo estuviéramos de luto y hasta me molestó descubrir dentro de mí una  sensación de libertad, como si me hubiera librado de algo con su muerte. Me  asombró que fuera así porque, como bien dijera mi tío la noche antes, él me  enseñó muchas cosas. Había estudiado en el colegio irlandés de Roma y me enseñó  a pronunciar el latín correctamente. Me contaba cuentos de las catacumbas y  sobre Napoleón Bonaparte y hasta me explicó el sentido de las diferentes  ceremonias de la misa y de las diversas vestiduras que debe llevar el sacerdote.  A veces se divertía haciéndome preguntas difíciles, preguntándome lo que había  que hacer en ciertas circunstancias o si tales o cuales pecados eran mortales o  veniales o tan sólo imperfecciones. Sus preguntas me mostraron lo complejas y  misteriosas que son ciertas instituciones de la Iglesia que yo siempre había  visto como la cosa más simple. Los deberes del sacerdote con la eucaristía y con  el secreto de confesión me parecieron tan graves que me preguntaba cómo podía  alguien encontrarse con valor para oficiar; y no me sorprendió cuando me dijo  que los Padres de la Iglesia habían escrito libros tan gruesos como la Guía de  Teléfonos y con letra tan menuda como la de los edictos publicados en los  periódicos, elucidando éstas y otras cuestiones intrincadas. A menudo cuando  pensaba en todo ello no podía explicármelo, o le daba una explicación tonta o  vacilante, ante la cual solía él sonreír y asentir con la cabeza dos o tres  veces seguidas. A veces me hacía repetir los responsorios de la misa, que me  obligó a aprenderme de memoria; y mientras yo parloteaba, él sonreía meditativo  y asentía. De vez en cuando se echaba alternativamente polvo de rapé por cada  hoyo de la nariz. Cuando sonreía solía dejar al descubierto sus grandes dientes  descoloridos y dejaba caer la lengua sobre el labio inferior -costumbre que me  tuvo molesto siempre, al principio de nuestra relación, antes de conocerlo bien.</p>
<p>Al caminar solo al sol recordé las palabras del viejo  Cotter y traté de recordar qué ocurría después en mi sueño. Recordé que había  visto cortinas de terciopelo y una lámpara colgante de las antiguas. Tenía la  impresión de haber estado muy lejos, en tierra de costumbres extrañas. &#8220;En  Persia&#8221;, pensé&#8230; Pero no pude recordar el final de mi sueño.</p>
<p>Por la tarde, mi tía me llevó con ella al velorio. Ya  el sol se había puesto; pero en las casas de cara al poniente los cristales de  las ventanas reflejaban el oro viejo de un gran banco de nubes. Nannie nos  esperó en el recibidor; y como no habría sido de buen tono saludarla a gritos,  todo lo que hizo mi tía fue darle la mano. La vieja señaló hacia lo alto  interrogante y, al asentir mi tía, procedió a subir trabajosamente las estrechas  escaleras delante de nosotros, su cabeza baja sobresaliendo apenas por encima  del pasamanos. Se detuvo en el primer rellano y con un ademán nos alentó a que  entráramos por la puerta que se abría hacia el velorio. Mi tía entró y la vieja,  al ver que yo vacilaba, comenzó a conminarme repetidas veces con su mano.</p>
<p>Entré en puntillas. A través de los encajes bajos de  las cortinas entraba una luz crepuscular dorada que bañaba el cuarto y en la que  las velas parecían una débil llamita. Lo habían metido en la caja. Nannie se  adelantó y los tres nos arrodillamos al pie de la cama. Hice como si rezara,  pero no podía concentrarme porque los murmullos de la vieja me distraían. Noté  que su falda estaba recogida detrás torpemente y cómo los talones de sus botas  de trapo estaban todos virados para el lado. Se me ocurrió que el viejo cura  debía estarse riendo tendido en su ataúd.</p>
<p>Pero no. Cuando nos levantamos y fuimos hasta la  cabecera, vi que ni sonreía. Ahí estaba solemne y excesivo en sus vestiduras de  oficiar, con sus largas manos sosteniendo fláccidas el cáliz. Su cara se veía  muy truculenta, gris y grande, rodeada de ralas canas y con negras y cavernosas  fosas nasales. Había una peste potente en el cuarto: las flores.</p>
<p>Nos persignamos y salimos. En el cuartito de abajo  encontramos a Eliza sentada tiesa en el sillón que era de él. Me encaminé hacia  mi silla de siempre en el rincón, mientras Nannie fue al aparador y sacó una  garrafa de jerez y copas. Lo puso todo en la mesa y nos invitó a beber. A ruego  de su hermana, echó el jerez de la garrafa en las copas y luego nos pasó éstas.  Insistió en que cogiera galletas de soda, pero rehusé porque pensé que iba a  hacer ruido al comerlas. Pareció decepcionarse un poco ante mi negativa y se fue  hasta el sofá, donde se sentó, detrás de su hermana. Nadie hablaba: todos  mirábamos a la chimenea vacía.</p>
<p>Mi tía esperó a que Eliza suspirara para decir:</p>
<p>-Ah, pues ha pasado a mejor vida.</p>
<p>Eliza suspiró otra vez y bajó la cabeza asintiendo. Mi  tía le pasó los dedos al tallo de su copa antes de tomar un sorbito.</p>
<p>-Y él&#8230; ¿tranquilo? -preguntó.</p>
<p>-Oh, sí, señora, muy apaciblemente -dijo Eliza-. No se  supo cuándo exhaló el último suspiro. Tuvo una muerte preciosa, alabado sea el  Santísimo.</p>
<p>-¿Y en cuanto a lo demás&#8230;?</p>
<p>-El padre O&#8217;Rourke estuvo a visitarlo el martes y le  dio la extremaunción y lo preparó y todo lo demás.</p>
<p>-¿Sabía entonces?</p>
<p>-Estaba muy conforme.</p>
<p>-Se le ve muy conforme -dijo mi tía.</p>
<p>-Exactamente eso dijo la mujer que vino a lavarlo. Dijo  que parecía que estuviera durmiendo, de lo conforme y tranquilo que se veía.  Quién se iba a imaginar que de muerto se vería tan agraciado.</p>
<p>-Pues es verdad -dijo mi tía. Bebió un poco más de su  copa y dijo:</p>
<p>-Bueno, señorita Flynn, debe de ser para usted un gran  consuelo saber que hicieron por él todo lo que pudieron. Debo decir que ustedes  dos fueron muy buenas con el difunto.</p>
<p>Eliza se alisó el vestido en las rodillas.</p>
<p>-¡Pobre James! -dijo-. Sólo Dios sabe que hicimos todo  lo posible con lo pobres que somos&#8230; pero no podíamos ver que tuviera necesidad  de nada mientras pasaba lo suyo.</p>
<p>Nannie había apoyado la cabeza contra el cojín y  parecía a punto de dormirse.</p>
<p>-Así está la pobre Nannie -dijo Eliza, mirándola-, que  no se puede tener en pie. Con todo el trabajo que tuvimos las dos, trayendo a la  mujer que lo lavó y tendiéndolo y luego el ataúd y luego arreglar lo de la misa  en la capilla. Si no fuera por el padre O&#8217;Rourke no sé cómo nos hubiéramos  arreglado. Fue él quien trajo todas esas flores y los dos cirios de la capilla y  escribió la nota para insertarla en el Freeman&#8217;s General y se encargó de los  papeles del cementerio y lo del seguro del pobre James y todo.</p>
<p>-¿No es verdad que se portó bien? -dijo mi tía.</p>
<p>Eliza cerró los ojos y negó con la cabeza.</p>
<p>-Ah, no hay amigos como los viejos amigos -dijo.</p>
<p>-Pues es verdad -dijo mi tía-. Y segura estoy que ahora  que recibió su recompensa eterna no las olvidará a ustedes y lo buenas que  fueron con él.</p>
<p>-¡Ay, pobre James! -dijo Eliza-. Si no nos daba ningún  trabajo el pobrecito. No se le oía por la casa más de lo que se le oye en este  instante. Ahora que yo sé que se nos fue y todo, es que&#8230;</p>
<p>-Le vendrán a echar de menos cuando pase todo -dijo mi  tía.</p>
<p>-Ya lo sé -dijo Eliza-. No le traeré más su taza de  caldo de res al cuarto, ni usted, señora, me le mandará más rapé. ¡Ay, James, el  pobre!</p>
<p>Se calló como si estuviera en comunión con el pasado y  luego dijo vivazmente:</p>
<p>-Para que vea, ya me parecía que algo extraño se le  venía encima en los últimos tiempos. Cada vez que le traía su sopa me lo  encontraba ahí, con su breviario por el suelo y tumbado en su silla con la boca  abierta.</p>
<p>Se llevó un dedo a la nariz y frunció la frente;  después, siguió:</p>
<p>-Pero con todo, todavía seguía diciendo que antes de  terminar el verano, un día que hiciera buen tiempo, se daría una vuelta para ver  otra vez la vieja casa en Irishtown donde nacimos todos, y nos llevaría a Nannie  y a mí también. Si solamente pudiéramos hacernos de uno de esos carruajes a la  moda que no hacen ruido, con neumáticos en las ruedas, de los que habló el padre  O&#8217;Rourke, barato y por un día&#8230; decía él, de los del establecimiento de Johnny  Rush, iríamos los tres juntos un domingo por la tarde. Se le metió esto entre  ceja y ceja&#8230; ¡Pobre James!</p>
<p>-¡Que el Señor lo acoja en su seno! -dijo mi tía.</p>
<p>Eliza sacó su pañuelo y se limpió los ojos. Luego, lo  volvió a meter en su bolso y contempló por un rato la parrilla vacía, sin  hablar.</p>
<p>-Fue siempre demasiado escrupuloso -dijo-. Los deberes  del sacerdocio eran demasiado para él. Y su vida, también, fue tan complicada.</p>
<p>-Sí -dijo mi tía-. Era un hombre desilusionado. Eso se  veía.</p>
<p>El silencio se posesionó del cuartito y, bajo su manto,  me acerqué a la mesa para probar mi jerez, luego volví, calladito, a mi silla  del rincón. Eliza pareció caer en un profundo embeleso. Esperamos respetuosos a  que ella rompiera el silencio; después de una larga pausa dijo lentamente:</p>
<p>-Fue ese cáliz que rompió&#8230; Ahí empezó la cosa.  Naturalmente que dijeron que no era nada, que estaba vacío, quiero decir. Pero  aun así&#8230; Dicen que fue culpa del monaguillo. ¡Pero el pobre James, que Dios lo  tenga en la Gloria, se puso tan nervioso!</p>
<p>-¿Y qué fue eso? -dijo mi tía-. Yo oí algo de&#8230;</p>
<p>Eliza asintió.</p>
<p>-Eso lo afectó mentalmente -dijo-. Después de aquello  empezó a descontrolarse, hablando solo y vagando por ahí como un alma en pena.  Así fue que una noche lo vinieron a buscar para una visita y no lo encontraban  por ninguna parte. Lo buscaron arriba y abajo y no pudieron dar con él en ningún  lado. Fue entonces que el sacristán sugirió que probaran en la capilla. Así que  buscaron las llaves y abrieron la capilla, y el sacristán y el padre O&#8217;Rourke y  otro padre que estaba ahí trajeron una vela y entraron a buscarlo&#8230; ¿Y qué le  parece, que estaba allí, sentado solo en la oscuridad del confesionario, bien  despierto y así como riéndose bajito él solo?</p>
<p>Se detuvo de repente como si oyera algo. Yo también me  puse a oír; pero no se oyó un solo ruido en la casa: y yo sabía que el viejo  cura estaba tendido en su caja tal como lo vimos, un muerto solemne y  truculento, con un cáliz inútil sobre el pecho.</p>
<p>Eliza resumió:</p>
<p>-Bien despierto y riéndose solo&#8230; Fue así, claro, que  cuando vieron aquello, eso les hizo pensar que, pues, que no andaba del todo  bien&#8230;</p>
<br /><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/categories/vondrinio.wordpress.com/62/" /> <img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/tags/vondrinio.wordpress.com/62/" /> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/vondrinio.wordpress.com/62/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/vondrinio.wordpress.com/62/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/vondrinio.wordpress.com/62/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/vondrinio.wordpress.com/62/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/vondrinio.wordpress.com/62/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/vondrinio.wordpress.com/62/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/vondrinio.wordpress.com/62/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/vondrinio.wordpress.com/62/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/vondrinio.wordpress.com/62/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/vondrinio.wordpress.com/62/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/vondrinio.wordpress.com/62/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/vondrinio.wordpress.com/62/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/vondrinio.wordpress.com/62/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/vondrinio.wordpress.com/62/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=62&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Después de la carrera &#8211; James Joyce</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Sep 2007 10:11:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Joyce]]></category>

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		<description><![CDATA[Los carros venían volando hacia Dublín, deslizándose como balines por la curva del camino de Naas. En lo alto de la loma, en Inchicore, los espectadores se aglomeraban para presenciar la carrera de vuelta, y por entre este canal de pobreza y de inercia, el Continente hacía desfilar su riqueza y su industria acelerada. De [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=56&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los carros venían volando hacia Dublín, deslizándose como balines por la  curva del camino de Naas. En lo alto de la loma, en Inchicore, los espectadores  se aglomeraban para presenciar la carrera de vuelta, y por entre este canal de  pobreza y de inercia, el Continente hacía desfilar su riqueza y su industria  acelerada. De vez en cuando los racimos de personas lanzaban al aire unos  vítores de esclavos agradecidos. No obstante, simpatizaban más con los carros  azules -los carros de sus amigos los franceses.<span id="more-56"></span></p>
<p>Los franceses, además, eran los supuestos ganadores. El equipo francés llegó  entero a los finales en los segundos y terceros puestos, y el chofer del carro  ganador alemán se decía que era belga. Cada carro azul, por tanto, recibía doble  dosis de vítores al alcanzar la cima, y las bienvenidas fueron acogidas con  sonrisas y venias por sus tripulantes. En uno de aquellos autos de construcción  compacta venía un grupo de cuatro jóvenes, cuya animación parecía por momentos  sobrepasar con mucho los límites del galicismo triunfante: es más, dichos  jóvenes se veían alborotados. Eran Charles Ségouin, dueño del carro; André  Riviére, joven electricista nacido en Canadá; un húngaro grande llamado Villona  y un joven muy bien cuidado que se llamaba Doyle. Ségouin estaba de buen humor  porque inesperadamente había recibido algunas órdenes por adelantado (estaba a  punto de establecerse en el negocio de automóviles en París) y Riviére estaba de  buen humor porque había sido nombrado gerente de dicho establecimiento; estos  dos jóvenes (que eran primos) también estaban de buen humor por el éxito de los  carros franceses. Villona estaba de buen humor porque había comido un almuerzo  muy bueno; y, además, porque era optimista por naturaleza. El cuarto miembro del  grupo, sin embargo, estaba demasiado excitado para estar verdaderamente  contento.</p>
<p>Tenía unos veintiséis años de edad, con un suave bigote castaño claro y ojos  grises un tanto inocentes. Su padre, que comenzó en la vida como nacionalista  avanzado, había modificado sus puntos de vista bien pronto. Había hecho su  dinero como carnicero en Kingstown y al abrir carnicería en Dublín y en los  suburbios logró multiplicar su fortuna varias veces. Tuvo, además, la buena  fortuna de asegurar contratos con la policía y, al final, se había hecho tan  rico como para ser aludido en la prensa de Dublín como príncipe de mercaderes.  Envió a su hijo a educarse en un gran colegio católico de Inglaterra y después  lo mandó a la universidad de Dublín a estudiar derecho. Jimmy no anduvo muy  derecho como estudiante y durante cierto tiempo sacó malas notas. Tenía dinero y  era popular; y dividía su tiempo, curiosamente, entre los círculos musicales y  los automovilísticos. Luego, lo enviaron por un trimestre a Cambridge a que  viera lo que es la vida. Su padre, amonestante pero en secreto orgulloso de sus  excesos, pagó sus cuentas y lo mandó llamar. Fue en Cambridge que conoció a  Ségouin. No eran más que conocidos entonces, pero Jimmy halló sumo placer en la  compañía de alguien que había visto tanto mundo y que tenía reputación de ser  dueño de uno de los mayores hoteles de Francia. Valía la pena (como convino su  padre) conocer a una persona así, aun si no fuera la compañía grata que era.  Villona también era divertido -un pianista brillante-, pero, desgraciadamente,  pobre.</p>
<p>El carro corría con su carga de jacarandosa juventud. Los dos primos iban en  el asiento delantero; Jimmy y su amigo húngaro se sentaban detrás.  Decididamente, Villona estaba en gran forma; por el camino mantuvo su tarareo de  bajo profundo durante kilómetros. Los franceses soltaban carcajadas y palabras  fáciles por encima del hombro y más de una vez Jimmy tuvo que estirarse hacia  delante para coger una frase al vuelo. No le gustaba mucho, ya que tenía que  acertar con lo que querían decir y dar su respuesta a gritos y contra la  ventolera. Además que el tarareo de Villona los confundía a todos; y el ruido  del carro también.</p>
<p>Recorrer rápido el espacio, alboroza; también la notoriedad; lo mismo la  posesión de riquezas. He aquí tres buenas razones para la excitación de Jimmy.  Ese día muchos de sus conocidos lo vieron en compañía de aquellos continentales.  En el puesto de control, Ségouin lo presentó a uno de los competidores franceses  y, en respuesta a su confuso murmullo de cumplido, la cara curtida del  automovilista se abrió para revelar una fila de relucientes dientes blancos.  Después de tamaño honor era grato regresar al mundo profano de los espectadores  entre codazos y miradas significativas. Tocante al dinero: tenía de veras acceso  a grandes sumas. Ségouin tal vez no pensaría que eran grandes sumas, pero Jimmy,  quien a pesar de sus errores pasajeros era en su fuero interno heredero de  sólidos instintos, sabía bien con cuánta dificultad se había amasado esa  fortuna. Este conocimiento mantuvo antaño sus cuentas dentro de los límites de  un derroche razonable, y si estuvo consciente del trabajo que hay detrás del  dinero cuando se trataba nada más del engendro de una inteligencia superior,  ¡cuánto no más ahora, que estaba a punto de poner en juego una mayor parte de su  sustancia! Para él esto era cosa seria.</p>
<p>Claro que la inversión era buena y Ségouin se las arregló para dar la  impresión de que era como favor de amigo que esa pizca de dinero irlandés se  incluiría en el capital de la firma. Jimmy respetaba la viveza de su padre en asuntos de negocios y en este caso  fue su padre quien primero sugirió la inversión; mucho dinero en el negocio de  automóviles, a montones. Todavía más, Ségouin tenía una inconfundible aura de  riqueza. Jimmy se dedicó a traducir en términos de horas de trabajo ese auto  señorial en que iba sentado. ¡Con qué suavidad avanzaba! ¡Con qué estilo  corrieron por caminos y carreteras! El viaje puso su dedo mágico sobre el  genuino pulso de la vida y, esforzado, el mecanismo nervioso humano intentaba  quedar a la altura de aquel veloz animal azul.</p>
<p>Bajaron por la Calle Dame. La calle bullía con un tránsito desusado, resonante  de bocinas de autos y de campanillazos de tranvías. Ségouin arrimó cerca del  banco y Jimmy y su amigo descendieron. Un pequeño núcleo de personas se reunió  para rendir homenaje al carro ronroneante. Los cuatro comerían juntos en el  hotel de Ségouin esa noche y, mientras tanto, Jimmy y su amigo, que paraba en su  casa, regresarían a vestirse. El auto dobló lentamente por la Calle Grafton mientras los dos jóvenes se  desataban del nudo de espectadores. Caminaron rumbo al norte curiosamente  decepcionados por el ejercicio, mientras que arriba la ciudad colgaba pálidos  globos de luz en el halo de la noche estival.</p>
<p>En casa de Jimmy se declaró la comida ocasión solemne. Un cierto orgullo se  mezcló a la agitación paterna y una decidida disposición, también, de tirar la  casa por la ventana, pues los nombres de las grandes ciudades extranjeras tienen  por lo menos esa virtud. Jimmy, él también, lucía muy bien una vez vestido, y al  pararse en el corredor, dando aprobación final al lazo de su smoking, su padre  debió de haberse sentido satisfecho, aun comercialmente hablando, por haber  asegurado para su hijo cualidades que a menudo no se pueden adquirir. Su padre,  por lo mismo, fue desusadamente cortés con Villona y en sus maneras expresaba  verdadero respeto por los logros foráneos; pero la sutileza del anfitrión  probablemente se malgastó en el húngaro, quien comenzaba a sentir unas grandes  ganas de comer.</p>
<p>La comida fue excelente, exquisita. Ségouin, decidió Jimmy, tenía un gusto  refinadísimo. El grupo se aumentó con un joven irlandés llamado Routh a quien  Jimmy había visto con Ségouin en Cambridge. Los cinco cenaron en un cuarto  coquetón iluminado por lámparas incandescentes. Hablaron con ligereza y sin  ambages. Jimmy, con imaginación exaltada, concibió la ágil juventud de los  franceses enlazada con elegancia al firme marco de modales del inglés. Grácil  imagen ésta, pensó, y tan justa. Admiraba la destreza con que su anfitrión  manejaba la conversación. Los cinco jóvenes tenían gustos diferentes y se les  había soltado la lengua. Villona, con infinito respeto, comenzó a describirle al  amablemente sorprendido inglesito las bellezas del madrigal inglés, deplorando  la pérdida de los instrumentos antiguos. Riviére, no del todo sin ingenio, se  tomó el trabajo de explicarle a Jimmy el porqué del triunfo de los mecánicos  franceses. La resonante voz del húngaro estaba a punto de poner en ridículo los  espurios laúdes de los pintores románticos, cuando Ségouin pastoreó al grupo  hacia la política. He aquí un terreno que congeniaba con todos. Jimmy, bajo  influencias generosas, sintió que el celo patriótico, ya bajo tierra, de su  padre, le resucitaba dentro: por fin logró avivar al soporífero Routh. El cuarto  se caldeó por partida doble y la tarea de Ségouin se hizo más ardua por  momentos: hasta se corrió peligro de un pique personal. En una oportunidad, el  anfitrión, alerta, levantó su copa para brindar por la Humanidad y cuando  terminó el brindis abrió las ventanas significativamente.</p>
<p>Esa noche la ciudad se puso su máscara de gran capital. Los cinco jóvenes  pasearon por Stephen&#8217;s Green en una vaga nube de humos aromáticos. Hablaban alto  y alegre, las capas colgándoles de los hombros. La gente se apartaba para  dejarlos pasar. En la esquina de la Calle Grafton un hombre rechoncho embarcaba a  dos mujeres en un auto manejado por otro gordo. El auto se alejó y el hombre  rechoncho atisbó al grupo.</p>
<p>-André.</p>
<p>-¡Pero si es Farley!</p>
<p>Siguió un torrente de conversación. Farley era americano. Nadie sabía a  ciencia cierta de qué hablaban. Villona y Riviére eran los más ruidosos, pero  todos estaban excitados. Se montaron a un auto, apretándose unos contra otros en  medio de grandes risas. Viajaban por entre la multitud, fundida ahora a colores  suaves y a música de alegres campanitas de cristal. Cogieron el tren en Westland  Row y en unos segundos, según pareció a Jimmy, estaban saliendo ya de la  estación de Kingstown. El colector saludó a Jimmy; era un viejo:</p>
<p>-¡Linda noche, señor!</p>
<p>Era una serena noche de verano; la bahía se extendía como espejo oscuro a sus  pies. Se encaminaron hacia allá cogidos de brazos, cantando Cadet Roussel a  coro, dando patadas a cada:</p>
<p>-¡Ho! ¡Ho! ¡Hohé, vraiment!</p>
<p>Abordaron un bote en el espigón y remaron hasta el yate del americano. Habría  cena, música y cartas. Villona dijo, con convicción:</p>
<p>-¡Es una belleza!</p>
<p>Había un piano de mar en el camarote. Villona tocó un vals para Farley y para  Riviére, Farley haciendo de caballero y Riviére de dama. Luego vino una Square  dance de improviso, todos inventando las figuras originales. ¡Qué contento!  Jimmy participó de lleno; esto era vivir la vida por fin. Fue entonces que a  Farley le faltó aire y gritó: ¡Alto! Un camarero trajo una cena ligera y los  jóvenes se sentaron a comerla por pura fórmula. Sin embargo, bebían: vino  bohemio. Brindaron por Irlanda, Inglaterra, Francia, Hungría, los Estados  Unidos. Jimmy hizo un discurso, un discurso largo, con Villona diciendo ¡Vamos!  ¡Vamos! a cada pausa. Hubo grandes aplausos cuando se sentó. Debe de haber sido  un buen discurso. Farley le palmeó la espalda y rieron a rienda suelta. ¡Qué  joviales! ¡Qué buena compañía eran!</p>
<p>¡Cartas! ¡Cartas! Se despejó la mesa. Villona regresó quedo a su piano y tocó  a petición. Los otros jugaron juego tras juego, entrando audazmente en la  aventura. Bebieron a la salud de la Reina de Corazones y de la Reina de Espadas.  Oscuramente Jimmy sintió la ausencia de espectadores: qué golpes de ingenio.  Jugaron por lo alto y las notas pasaban de mano en mano. Jimmy no sabía a  ciencia cierta quién estaba ganando, pero sí sabía quién estaba perdiendo. Pero  la culpa era suya, ya que a menudo confundía las cartas y los otros tenían que  calcularle sus pagarés. Eran unos tipos del diablo, pero le hubiera gustado que  hicieran un alto: se hacía tarde. Alguien brindó por el yate La Beldad de  Newport y luego alguien más propuso jugar un último juego de los grandes.</p>
<p>El piano se había callado; Villona debió de haber subido a cubierta. Era un  juego pésimo. Hicieron un alto antes de acabar para brindar por la buena suerte.  Jimmy se dio cuenta de que el juego estaba entre Routh y Ségouin. ¡Qué  excitante! Jimmy también estaba excitado; claro que él perdió. ¿Cuántos pagarés  había firmado? Los hombres se pusieron en pie para jugar los últimos quites,  hablando y gesticulando. Ganó Routh. El camarote tembló con los vivas de los  jóvenes y se recogieron las cartas. Luego empezaron a colectar lo ganado. Farley  y Jimmy eran buenos perdedores.</p>
<p>Sabía que lo lamentaría a la mañana siguiente, pero por el momento se alegró  del receso, alegre con ese oscuro estupor que echaba un manto sobre sus locuras.  Recostó los codos a la mesa y descansó la cabeza entre las manos, contando los  latidos de sus sienes. La puerta del camarote se abrió y vio al húngaro de pie  en medio de una luceta gris:</p>
<p>-¡Señores, amanece!</p>
<br /><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/categories/vondrinio.wordpress.com/56/" /> <img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/tags/vondrinio.wordpress.com/56/" /> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/vondrinio.wordpress.com/56/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/vondrinio.wordpress.com/56/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/vondrinio.wordpress.com/56/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/vondrinio.wordpress.com/56/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/vondrinio.wordpress.com/56/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/vondrinio.wordpress.com/56/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/vondrinio.wordpress.com/56/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/vondrinio.wordpress.com/56/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/vondrinio.wordpress.com/56/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/vondrinio.wordpress.com/56/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/vondrinio.wordpress.com/56/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/vondrinio.wordpress.com/56/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/vondrinio.wordpress.com/56/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/vondrinio.wordpress.com/56/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=56&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Arcilla &#8211; James Joyce</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Aug 2007 10:10:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La Supervisora le dio permiso para salir en cuanto acabara el té de las muchachas y María esperaba, expectante. La cocina relucía: la cocinera dijo que se podía uno ver la cara en los peroles de cobre. El fuego del hogar calentaba que era un contento y en una de las mesitas había cuatro grandes [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=55&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La Supervisora le dio permiso para salir en cuanto acabara el té de las  muchachas y María esperaba, expectante. La cocina relucía: la cocinera dijo que  se podía uno ver la cara en los peroles de cobre. El fuego del hogar calentaba  que era un contento y en una de las mesitas había cuatro grandes broas. Las  broas parecían enteras; pero al acercarse uno, se podía ver que habían sido  cortadas en largas porciones iguales, listas para repartir con el té. María las  cortó.</p>
<p>María era una persona minúscula, de veras muy minúscula, pero tenía una nariz  y una barbilla muy largas. Hablaba con un dejo nasal, de acentos suaves: &#8220;Sí, mi  niña&#8221;, y &#8220;No, mi niña&#8221;. La mandaban a buscar siempre que las muchachas se peleaban  por los lavaderos y ella siempre conseguía apaciguarlas. Un día la Supervisora  le dijo:<span id="more-55"></span></p>
<p>-¡María, es usted una verdadera pacificadora!</p>
<p>Y hasta la Auxiliar y dos damas del Comité se enteraron del elogio. Y Ginger  Mooney dijo que de no estar presente María habría acabado a golpes con la muda  encargada de las planchas. Todo el mundo quería tanto a María.</p>
<p>Las muchachas tomaban el té a las seis y así ella podría salir antes de las  siete. De Ballsbridge a la Columna, veinte minutos; de la Columna a Drumcondra,  otros veinte; y veinte minutos más para hacer las compras. Llegaría allá antes  de las ocho. Sacó el bolso de cierre de plata y leyó otra vez el letrero: Un  Regalo de Belfast. Le gustaba mucho ese bolso porque Joe se lo trajo hace cinco  años, cuando él y Alphy se fueron a Belfast por Pentecostés. En el bolso tenía  dos mediacoronas y unos cobres. Le quedarían cinco chelines justos después de  pagar el pasaje en tranvía. ¡Qué velada más agradable iban a pasar, con los  niños cantando! Lo único que deseaba era que Joe no regresara borracho. Cambiaba  tanto cuando tomaba.</p>
<p>A menudo él le pedía a ella que fuera a vivir con ellos; pero se habría  sentido de más allá (aunque la esposa de Joe era siempre muy simpática) y se  había acostumbrado a la vida en la lavandería. Joe era un buen hombre. Ella lo  había criado a él y a Alphy; y Joe solía decir a menudo:</p>
<p>-Mamá es mamá, pero María es mi verdadera madre.</p>
<p>Después de la separación, los muchachos le consiguieron ese puesto en la  lavandería Dublín Iluminado y a ella le gustó. Tenía una mala opinión de los  protestantes, pero ahora pensaba que eran gente muy amable, un poco serios y  callados, pero con todo muy buenos para convivir. Ella tenía sus plantas en el  invernadero y le gustaba cuidarlas. Tenía unos lindos helechos y begonias y  cuando alguien venía a hacerle la visita le daba al visitante una o dos posturas  del invernadero. Una cosa no le gustaba: los avisos en la pared; pero la  Supervisora era fácil de lidiar con ella, agradable, gentil.</p>
<p>Cuando la cocinera le dijo que ya estaba, ella entró a la habitación de las mujeres y empezó a tocar la campana. En unos minutos las mujeres empezaron a venir de dos en dos, secándose las manos humeantes en las enaguas y estirando las mangas de sus blusas por sobre los brazos rojos por el vapor. Se sentaron delante de los grandes jarros que la cocinera y la mudita llenaban de té caliente, mezclado previamente con leche y azúcar en enormes latones. María supervisaba la distribución de las broas y cuidaba de que cada mujer tocara cuatro porciones. Hubo bromas y risas durante la comida. Lizzie Fleming dijo que estaba segura de que a María le iba a tocar la broa premiada, con anillo y todo, y, aunque ella decía lo mismo cada Víspera de Todos los Santos, María tuvo que reírse y decir que ella no deseaba ni anillo ni novio; y cuando se rió sus ojos verdegris chispearon de timidez chasqueada y la punta de la nariz casi topó con la barbilla. Entonces, Ginger Mooney levantó su jarro de té y brindó por la salud de María, y, cuando las otras mujeres golpearon la mesa con sus jarros, dijo que lamentaba no tener una pinta de cerveza negra que beber.</p>
<p>Y María se rió de nuevo hasta que la punta de la nariz casi le tocó la  barbilla y casi desternilló su cuerpo menudo con su risa, porque ella sabía que  Ginger Mooney tenía buenas intenciones, a pesar de que, claro, era una mujer de  modales ordinarios.</p>
<p>Pero María no se sintió realmente contenta hasta que las mujeres terminaron  el té y la cocinera y la mudita empezaron a llevarse las cosas. Entró al  cuartito en que dormía y, al recordar que por la mañana temprano habría misa,  movió las manecillas del despertador de las siete a las seis. Luego, se quitó la  falda de trabajo y las botas caseras y puso su mejor falda sobre el edredón y  sus botitas de vestir a los pies de la cama. Se cambió también de blusa y al  pararse delante del espejo recordó cuando de niña se vestía para misa de  domingo; y miró con raro afecto el cuerpo diminuto que había adornado tanto  otrora. Halló que, para sus años, era un cuerpecito bien hechecito.</p>
<p>Cuando salió las calles brillaban húmedas de lluvia y se alegró de haber  traído su gabardina parda. El tranvía iba lleno y tuvo que sentarse en la  banqueta al fondo del carro, mirando para los pasajeros, los pies tocando el  piso apenas. Dispuso mentalmente todo lo que iba a hacer y pensó que era mucho  mejor ser independiente y tener en el bolsillo dinero propio. Esperaba pasar un  buen rato. Estaba segura de que así sería, pero no podía evitar pensar que era  una lástima que Joe y Alphy no se hablaran. Ahora estaban siempre de pique, pero  de niños eran los mejores amigos: así es la vida.</p>
<p>Se bajó del tranvía en la Columna y se abrió paso rápidamente por entre la gente.  Entró en la pastelería de Downes&#8217;s, pero había tanta gente que se demoraron  mucho en atenderla. Compró una docena de tortas de a penique surtidas y  finalmente salió de la tienda cargada con un gran cartucho. Pensó entonces qué  más tenía que comprar: quería comprar algo agradable. De seguro que tendrían  manzanas y nueces de sobra. Era difícil saber qué comprar y no pudo pensar más  que en un pastel. Se decidió por un pastel de pasas, pero los de Downes&#8217;s no  tenían muy buena cubierta nevada de almendras, así que se llegó a una tienda de  la Calle Henry. Se demoró mucho aquí escogiendo lo que le parecía mejor, y la  dependienta a la última moda detrás del mostrador, que era evidente que estaba  molesta con ella, le preguntó si lo que quería era comprar un pastel de bodas. Lo  que hizo sonrojarse a María y sonreírle a la joven; pero la muchacha puso cara  seria y finalmente le cortó un buen pedazo de pastel de pasas, se lo envolvió y  dijo:</p>
<p>-Dos con cuatro, por favor.</p>
<p>Pensó que tendría que ir de pie en el tranvía de Drumcondra porque ninguno de  los viajeros jóvenes se daba por enterado, pero un señor ya mayor le hizo un  lugarcito. Era un señor corpulento que usaba un bombín pardo; tenía la cara  cuadrada y roja y el bigote cano. María se dijo que parecía un coronel y pensó  que era mucho más gentil que esos jóvenes que sólo miraban de frente. El señor  empezó a conversar con ella sobre la Víspera y sobre el tiempo lluvioso.  Adivinó que el envoltorio estaba lleno de buenas cosas para los pequeños y dijo  que nada había más justo que la gente menuda la pasara bien mientras fueran  jóvenes. María estaba de acuerdo con él y lo demostraba con su asentimiento  respetuoso y sus ejemes. Fue muy gentil con ella y cuando ella se bajó en el  puente del Canal le dio ella las gracias con una inclinación y él se inclinó  también y levantó el sombrero y sonrió con agrado; y cuando subía la explanada,  su cabecita gacha por la lluvia, se dijo que era fácil reconocer a un caballero  aunque estuviera tomado.</p>
<p>Todo el mundo dijo: &#8220;¡Ah, aquí está María!&#8221; cuando llegó a la casa de Joe. Joe  ya estaba allí de regreso del trabajo y los niños tenían todos sus vestidos  domingueros. Había dos niñas de la casa de al lado y todos jugaban. María le dio  el envoltorio de queques al mayorcito, Alphy, para que lo repartiera y la señora  Donnelly dijo qué buena era trayendo un envoltorio de queques tan grande, y obligó  a los niños a decirle:</p>
<p>-Gracias, María.</p>
<p>Pero María dijo que había traído algo muy especial para papá y mamá, algo que  estaba segura les iba a gustar y empezó a buscar el pastel de pasas. Lo buscó en  el cartucho de Downes&#8217;s y luego en los bolsillos de su impermeable y después por  el pasillo, pero no pudo encontrarlo. Entonces les preguntó a los niños si  alguno de ellos se lo había comido -por error, claro-, pero los niños dijeron  que no todos y pusieron cara de no gustarles las tortas si los acusaban de  haber robado algo. Cada cual tenía una solución al misterio y la señora Donnelly dijo  que era claro que María lo dejó en el tranvía. María, al recordar lo confusa que  la puso el señor del bigote canoso, se ruborizó de vergüenza y de pena y de  chasco. Nada más que pensar en el fracaso de su sorpresita y de los dos chelines  con cuatro tirados por gusto, casi llora allí mismo.</p>
<p>Pero Joe dijo que no tenía importancia y la hizo sentarse junto al fuego. Era  muy amable con ella. Le contó todo lo que pasaba en la oficina, repitiéndole el  cuento de la respuesta aguda que le dio al gerente. María no entendía por qué  Joe se reía tanto con la respuesta que le dio al gerente, pero dijo que ese  gerente debía de ser una persona difícil de aguantar. Joe dijo que no era tan  malo cuando se sabía manejarlo, que era un tipo decente mientras no le llevaran  la contraria. La señora Donnelly tocó el piano para que los niños bailaran y cantaran.  Luego, las vecinitas repartieron las nueces. Nadie encontraba el cascanueces y  Joe estaba a punto de perder la paciencia y les dijo que si ellos esperaban que  María abriera las nueces sin cascanueces. Pero María dijo que no le gustaban las  nueces y que no tenían por qué molestarse. Luego, Joe le dijo que por qué no se  tomaba una botella de stout y la señora Donnelly dijo que tenían en casa oporto  también si lo prefería. María dijo que mejor no insistieran: pero Joe insistió.</p>
<p>Así que María lo dejó salirse con la suya y se sentaron junto al fuego  hablando del tiempo de antaño y María creyó que debía decir algo en favor de  Alphy. Pero Joe gritó que Dios lo fulminaría si le hablaba otra vez a su hermano  ni media palabra, y María dijo que lamentaba haber mencionado el asunto. La  señora  Donnelly le dijo a su esposo que era una vergüenza que hablara así de los de su  misma sangre, pero Joe dijo que Alphy no era hermano suyo y casi hubo una pelea  entre marido y mujer a causa del asunto. Pero Joe dijo que no iba a perder la  paciencia porque era la noche que era y le pidió a su esposa que le abriera unas  botellas. Las vecinitas habían preparado juegos de Vísperas de Todos los Santos  y pronto reinó la alegría de nuevo. María estaba encantada de ver a los niños  tan contentos y a Joe y a su esposa de tan buen carácter. Las niñas de al lado  colocaron unos platillos en la mesa y llevaron a los niños, vendados, hasta  ella. Uno cogió el misal y el otro el agua; y cuando una de las niñas de al lado  cogió el anillo la señora Donnelly levantó un dedo hacia la niña abochornada como  diciéndole: &#8220;¡Oh, yo sé bien lo que es eso!&#8221; Insistieron todos en vendarle los  ojos a María y llevarla a la mesa para ver qué cogía; y, mientras la vendaban,  María se reía hasta que la punta de la nariz le tocaba la barbilla.</p>
<p>La llevaron a la mesa entre risas y chistes y ella extendió una mano mientras  le decían qué tenía que hacer. Movió la mano de aquí para allá en el aire hasta  que la bajó sobre un platillo. Tocó una sustancia húmeda y suave con los dedos y  se sorprendió de que nadie habló ni le quitó la venda. Hubo una pausa  momentánea; y luego muchos susurros y mucho ajetreo. Alguien mencionó el jardín  y, finalmente, la señora Donnelly le dijo algo muy pesado a una de las vecinas y le  dijo que botara todo eso enseguida: así no se jugaba. María comprendió que esa  vez salió mal y que había que empezar el juego de nuevo: y esta vez le tocó el  misal.</p>
<p>Después de eso la señora Donnelly les tocó a los niños una danza escocesa y Joe y  María bebieron un vaso de vino. Pronto reinó la alegría de nuevo y la señora Donnelly  dijo que María entraría en un convento antes de que terminara el año por haber  sacado el misal en el juego. María nunca había visto a Joe ser tan gentil con  ella como esa noche, tan llena de conversaciones agradables y de reminiscencias.  Dijo que todos habían sido muy buenos con ella.</p>
<p>Finalmente, los niños estaban cansados, soñolientos, y Joe le pidió a María  si no quería cantarle una cancioncita antes de irse, una de sus viejas  canciones. La señora Donnelly dijo &#8220;¡Por favor, sí, María!&#8221;, de manera que María tuvo  que levantarse y pararse junto al piano. La señora Donnelly mandó a los niños que se  callaran y oyeran la canción que María iba a cantar. Luego, tocó el preludio,  diciendo &#8220;¡Ahora, María!&#8221;, y María, sonrojándose mucho, empezó a cantar con su  vocecita temblona. Cantó &#8220;Soñé que habitaba&#8221; y, en la segunda estrofa, entonó:</p>
<dl>
<dt>Soñé que habitaba salones de mármol  </dt>
<dt>Con vasallos mil y siervos por gusto,  </dt>
<dt>Y de todos los allí congregados,  </dt>
<dt>Era yo la esperanza, el orgullo.<br />
Mis riquezas eran incontables, mi nombre  </dt>
<dt>Ancestral y digno de sentirme vana,  </dt>
<dt>Pero también soñé, y mi alegría fue enorme  </dt>
<dt>Que tú todavía me decías: «¡Mi amada!»  </dt>
</dl>
<p>Pero nadie intentó señalarle que cometió un error; y cuando terminó la  canción, Joe estaba muy conmovido. Dijo que no había tiempos como los de antaño  y ninguna música como la del pobre Balfe el Viejo, no importaba lo que otros  pensaran; y sus ojos se le llenaron de lágrimas tanto que no pudo encontrar lo  que estaba buscando y al final tuvo que pedirle a su esposa que le dijera dónde  estaba metido el sacacorchos.</p>
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		<title>Arabia &#8211; James Joyce</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Aug 2007 10:09:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Joyce]]></category>

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		<description><![CDATA[North Richmond Street, por ser un callejón sin salida, era una calle callada, excepto en la hora en que la escuela de los Hermanos Cristianos soltaba a sus alumnos. Al fondo del callejón había una casa de dos pisos deshabitada y separada de sus vecinas por su terreno cuadrado. Las otras casas de la calle, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=54&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>North  Richmond Street, por ser un callejón sin salida, era una calle callada, excepto  en la hora en que la escuela de los Hermanos Cristianos soltaba a sus alumnos.  Al fondo del callejón había una casa de dos pisos deshabitada y separada de sus  vecinas por su terreno cuadrado. Las otras casas de la calle, conscientes de las  familias decentes que vivían en ellas, se miraban unas a otras con  imperturbables caras pardas.El inquilino anterior de nuestra casa, sacerdote  él, había muerto en la saleta interior. El aire, de tiempo atrás enclaustrado,  permanecía estancado en toda la casa, y el cuarto de desahogo detrás de la  cocina estaba atiborrado de viejos papeles inservibles. Entre ellos encontré  muchos libros forrados en papel, con sus páginas dobladas y húmedas: El abate,<span id="more-54"></span>  de Walter Scott; La devota comunicante y Las memorias de Vidocq. Me gustaba más  este último porque sus páginas eran amarillas. El jardín silvestre detrás de la  casa tenía un manzano en el medio y unos cuantos arbustos desparramados, debajo  de uno de los cuales encontré una bomba de bicicleta oxidada que perteneció al  difunto. Era un cura caritativo; en su testamento dejó todo su dinero para obras  pías, y los muebles de la casa, a su hermana.</p>
<p>Cuando llegaron los cortos días de invierno oscurecía antes de que hubiéramos acabado de comer. Cuando nos reuníamos en la calle, ya las casas se habían hecho sombrías. El pedazo de cielo sobre nuestra cabezas era de un color violeta fluctuante y las luces de la calle dirigían hacia allá sus débiles focos. El aire frío mordía, pero jugábamos hasta que nuestros cuerpos relucían. Nuestros gritos hacían eco en la calle silenciosa. Nuestra carreras nos llevaban por entre los oscuros callejones fangosos detrás de las casas, donde pasábamos bajo la baqueta de las salvajes tribus de las chozas hasta los portillos de los oscuros jardines escurridizos en que se levantaban tufos de los cenizales, y los oscuros, olorosos establos donde un cochero peinaba y alisaba el pelo a su caballo o sacaba música de arneses y de estribos. Cuando regresábamos a nuestra calle, ya las luces de las cocinas bañaban el lugar. Si veíamos a mi tío doblando la esquina, nos escondíamos en la oscuridad hasta que entraba en la casa. O si la hermana de Mangan salía a la puerta llamando a su hermano para el té, desde nuestra oscuridad la veíamos oteando calle arriba y calle abajo. Aguardábamos todos hasta ver si se quedaba o entraba, y si se quedaba dejábamos nuestro escondite y, resignados, caminábamos hasta el quicio de la casa de Mangan. Allí nos esperaba ella, su cuerpo recortado contra la luz que salía de la puerta entreabierta. Su hermano siempre se burlaba de ella antes de hacerle caso, y yo me quedaba junto a la reja a mirarla. Al moverse ella, su vestido bailaba con su cuerpo y echaba a un lado y otro su trenza sedosa.</p>
<p>Todas las mañanas me tiraba al suelo de la sala delantera para vigilar su  puerta. Para que no me viera bajaba las cortinas a una pulgada del marco. Cuando  salía a la puerta mi corazón daba un vuelco. Corría al pasillo, agarraba mis  libros y le caía atrás. Procuraba tener siempre a la vista su cuerpo moreno, y  cuando llegábamos cerca del sitio donde nuestro camino se bifurcaba, apretaba yo  el paso y la alcanzaba. Esto ocurría un día tras otro. Nunca había hablado con  ella, si exceptuamos esas pocas palabras de ocasión, y, sin embargo, su nombre  era como un reclamo para mi sangre alocada.</p>
<p>Su imagen me acompañaba hasta los sitios más hostiles al amor. Cuando mi tía  iba al mercado los sábados por la tarde, yo tenía que ir con ella para ayudarla  a cargar los mandados. Caminábamos por calles bulliciosas hostigados por  borrachos y baratijeros, entre las maldiciones de los trabajadores, las agudas  letanías de los pregoneros que hacían guardia junto a los barriles de mejillas  de cerdo, el tono nasal de los cantantes callejeros que entonaban un oigan  esto todos sobre O’Donovan Rossa o la balada sobre los líos de la tierra natal.  Tales ruidos confluían en una única sensación de vida para mí: me imaginaba que  llevaba mi cáliz a salvo por entre una turba enemiga. Por momentos su nombre  venía a mis labios en extrañas plegarias y súplicas que ni yo mismo entendía.  Mis ojos se llenaban de lágrimas a menudo (sin poder decir por qué) y a veces el  corazón se me salía por la boca. Pensaba poco en el futuro. No sabía si llegaría  o no a hablarle, y si le hablaba, cómo le iba a comunicar mi confusa adoración.  Pero mi cuerpo era un arpa y sus palabras y sus gestos eran como los dedos que  recorrieran mis cuerdas.</p>
<p>Una noche me fui a la saleta en que había muerto el cura. Era una noche  oscura y lluviosa y no se oía un ruido en la casa. Por uno de los vidrios rotos  oía la lluvia hostigando al mundo: las finas, incesantes agujas de agua jugando  en sus camas húmedas. Una lámpara distante o una ventana alumbrada resplandecía  allá abajo. Agradecí que pudiera ver tan poco. Todos mis sentidos parecían  querer echar un velo sobre sí mismos, y sintiendo que estaba a punto de  perderlos, junté las palmas de mis manos y las apreté tanto que temblaron, y  musité: ¡Oh,  amor! ¡Oh, amor!, muchas veces.</p>
<p>Finalmente, habló conmigo. Cuando se dirigió a mí, sus primeras palabras  fueron tan confusas que no supe qué responder. Me pregunto si iría a la  &#8220;Arabia&#8221;. No recuerdo si respondí que sí o que no. Iba a ser una feria fabulosa,  dijo ella; le encantaría a ella ir.</p>
<p>-¿Y por qué no puedes ir? -le pregunté.</p>
<p>Mientras hablaba daba vueltas y más vueltas a un brazalete de plata en su  muñeca. No podía ir, dijo, porque había retiro esa semana en el convento. Su  hermano y otros muchachos peleaban por una gorra y me quedé solo recostado a la  reja. Se agarró a uno de los hierros inclinando hacia mí la cabeza. La luz de la  lámpara frente a nuestra puerta destacaba la blanca curva de su cuello, le  iluminaba el pelo que reposaba allí y, descendiendo, daba sobre su mano en la  reja. Caía por un lado de su vestido y cogía el blanco borde de su falda, que  se hacía visible al pararse descuidada.</p>
<p>-Te vas a divertir -dijo.</p>
<p>-Si voy -le dije-, te traeré alguna cosa.</p>
<p>¡Cuántas incontables locuras malgastaron mis sueños, despierto o dormido,  después de aquella noche! Quise borrar los días de tedio por venir. Le cogí  rabia al estudio. Por la noche en mi cuarto y por el día en el aula su imagen se  interponía entre la página que quería leer y yo. Las sílabas de la palabra  Arabia acudían a través del silencio en que mi alma se regalaba para atraparme  con su embrujo oriental. Pedí permiso para ir a la feria el sábado por la noche.  Mi tía se quedó sorprendidísima y dijo que esperaba que no fuera una cosa de los  masones. Pude contestar muy pocas preguntas en clase. Vi la cara del maestro  pasar de la amabilidad a la dureza; dijo que confiaba en que yo no estuviera de  holgorio. No lograba reunir mis pensamientos. No tenía ninguna paciencia con el  lado serio de la vida que ahora se interponía entre mi deseo y yo, y me parecía  juego de niños, feo y monótono juego de niños.</p>
<p>El sábado por la mañana le recordé a mi tío que deseaba ir a la feria  esa  noche. Estaba atareado con el estante del pasillo buscando el cepillo de su  sombrero, y me respondió, agrio:</p>
<p>-Está bien, muchacho, ya lo sé.</p>
<p>Como él estaba en el pasillo no podía entrar en la sala y apostarme en la  ventana. Dejé la casa de mal humor y caminé lentamente hacia la escuela. El aire  era implacablemente crudo, y el ánimo me abandonó.</p>
<p>Cuando volví a casa para la cena mi tío aún no había  regresado. Pero todavía era temprano. Me senté frente al reloj por un rato, y  cuando su tictac empezó a  irritarme me fui del cuarto. Subí a los altos. Los cuartos de arriba, fríos,  vacíos, lóbregos, me aliviaron y fui de cuarto en cuarto cantando. Desde la  ventana del frente vi a mis compañeros jugando en la calle. Sus gritos me  llegaron indistintos y apagados, y, recostando mi cabeza contra el frío cristal,  miré la casa a oscuras en que ella vivía. Debí estar parado allí cerca de una  hora, sin ver nada más que la figura morena proyectada por mi imaginación,  retocada discretamente por la luz de la lámpara en el cuello curvo y en la mano  sobre la reja y en el borde del vestido.</p>
<p>Cuando bajé las escaleras de nuevo me encontré a la señora Mercer sentada al fuego. Era una vieja hablantina, viuda de un prestamista, que coleccionaba sellos para una de sus obras pías. Tuve que soportar todos esos chismes de la hora del té. La comelata se prolongó más de una hora, y todavía mi tío no llegaba. La señora Mercer se puso de pie para irse: sentía no poder esperar un poco más, pero eran más de las ocho y no le gustaba andar por fuera tarde, ya que el sereno le hacía daño. Cuando se fue empecé a pasearme por el cuarto, apretando los puños. Mi tía me dijo:</p>
<p>-Me temo que tendrás que posponer tu feria para otra noche del  Señor.</p>
<p>A las nueve oí el llavín de mi tío en la puerta de la calle. Lo oí hablando  solo y oí el crujir del estante del pasillo cuando recibió el peso de su  sobretodo. Sabía interpretar estos signos. Cuando iba por la mitad de la cena le  pedí que me diera dinero para ir a la feria. Se le había olvidado.</p>
<p>-Ya todo el mundo está en la cama y en su segundo sueño -me dijo.</p>
<p>No sonreí. Mi tía le dijo, enérgica:</p>
<p>-¿No puedes acabar de darle el dinero y dejarlo que se vaya? Bastante lo  hiciste esperar.</p>
<p>Mi tío dijo que sentía mucho haberse olvidado. Dijo que él creía en ese viejo  dicho: Mucho estudio y poco juego hacen a Juan un majadero. Me preguntó que a  dónde iba yo y cuando se lo dije por segunda vez, me preguntó que si no conocía  Un árabe dice adiós a su corcel. Cuando salía de la cocina se preparaba a  recitar a mi tía los primeros versos del poema.</p>
<p>Apreté el florín bien en la mano mientras iba por Buckingham Street hacia la  estación. La vista de las calles llenas de gentes de compras y bañadas en luz de  gas me hizo recordar el propósito de mi viaje. Me senté en un vagón de tercera  de un tren vacío. Después de una demora intolerable, el tren salió lento de la  estación y se arrastró cuesta arriba entre casas en ruinas y sobre el río  rutilante. En la estación de Westland Row la multitud se apelotonaba a las  puertas del vagón; pero los conductores la rechazaron diciendo que éste era un  tren especial a la feria. Seguí solo en el vagón vacío. En unos minutos el  tren arrimó a una improvisada plataforma de madera. Bajé a la calle y vi en la  iluminada esfera de un reloj que eran las diez menos diez. Frente a mí había un  edificio que mostraba el mágico nombre.</p>
<p>No pude encontrar ninguna de las entradas de seis peniques, y, temiendo que  hubieran cerrado, pasé rápido por el torniquete, dándole un chelín a un portero  de aspecto cansado. Me encontré dentro de un salón cortado a la mitad por una  galería. Casi todos los estanquillos estaban cerrados y la mayor parte del salón  estaba a oscuras. Reconocí ese silencio que se hace en las iglesias después del  servicio. Caminé hasta el centro de la feria tímidamente. Unas pocas gentes se  reunían alrededor de los estanquillos que aún estaban abiertos. Delante de una  cortina, sobre la que aparecían escritas las palabras Café Chantant con  lámparas de colores, dos hombres contaban dinero dentro de un cepillo. Oí cómo  caían las monedas.</p>
<p>Recordando con cuánta dificultad logré venir, fui hacia uno de los  estanquillos y examiné las vasijas de porcelana y los juegos de té floreados. A  la puerta del estanquillo una jovencita hablaba y reía con dos jóvenes. Me di  cuenta de que tenían acento inglés y escuché vagamente la conversación.</p>
<p>-¡Oh, nunca dije tal cosa!</p>
<p>-¡Oh sí!</p>
<p>-¡Oh no!</p>
<p>-¿No fue eso lo que dijo ella?</p>
<p>-Sí. Yo la oí.</p>
<p>-Oh, pero qué&#8230; embustero!</p>
<p>Viéndome, la jovencita vino a preguntarme si quería comprar algo. Su tono de  voz no era alentador; parecía haberse dirigido a mí por sentido del deber. Miré  humildemente los grandes jarrones colocados como mamelucos a los lados de la  oscura entrada al estanquillo y murmuré:</p>
<p>-No, gracias.</p>
<p>La jovencita cambió de posición una de las vasijas y regresó a sus amigos.</p>
<p>Empezaron a hablar del mismo asunto. Una que otra vez la jovencita me echó  una mirada por encima del hombro.</p>
<p>Me quedé un trato junto al estanquillo -aunque sabía que quedarme allí era  inútil- para hacer parecer más real mi interés por la loza. Luego me di vuelta  lentamente y caminé por el centro del bazar. Dejé caer los dos peniques junto a  mis seis en el bolsillo. Oí una voz gritando desde un extremo de la galería que  iban a apagar las luces. La parte superior del salón estaba completamente a  oscuras ya.</p>
<p>Levantando la vista hacia lo oscuro, me vi como una criatura manipulada y  puesta en ridículo por la vanidad, y mis ojos ardieron de angustia y de rabia.</p>
<br /><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/categories/vondrinio.wordpress.com/54/" /> <img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/tags/vondrinio.wordpress.com/54/" /> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/vondrinio.wordpress.com/54/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/vondrinio.wordpress.com/54/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/vondrinio.wordpress.com/54/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/vondrinio.wordpress.com/54/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/vondrinio.wordpress.com/54/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/vondrinio.wordpress.com/54/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/vondrinio.wordpress.com/54/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/vondrinio.wordpress.com/54/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/vondrinio.wordpress.com/54/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/vondrinio.wordpress.com/54/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/vondrinio.wordpress.com/54/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/vondrinio.wordpress.com/54/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/vondrinio.wordpress.com/54/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/vondrinio.wordpress.com/54/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=54&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Duplicados &#8211; James Joyce</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Jul 2007 10:17:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Joyce]]></category>

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		<description><![CDATA[El timbre sonó rabioso. Cuando la señorita Parker se acercó al tubo, una voz con un penetrante acento de Irlanda del Norte gritó furiosa: -¡A Farrington que venga acá! La señorita Parker regresó a su máquina, diciéndole a un hombre que escribía en un escritorio: -El señor Alleyne, que suba a verlo. El hombre musitó [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=61&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El timbre sonó rabioso. Cuando la señorita Parker se acercó al tubo, una voz con  un penetrante acento de Irlanda del Norte gritó furiosa:</p>
<p>-¡A Farrington que venga acá!</p>
<p>La señorita Parker regresó a su máquina, diciéndole a un hombre que escribía en un  escritorio:</p>
<p>-El señor Alleyne, que suba a verlo.</p>
<p>El hombre musitó un ¡Maldita sea! y echó atrás su silla para levantarse.  Cuando lo hizo se vio que era alto y fornido. Tenía una cara colgante, de color  vino tinto, con cejas y bigotes rubios: sus ojos, ligeramente botados, tenían  los blancos sucios. Levantó la tapa del<span id="more-61"></span> mostrador y, pasando por entre los  clientes, salió de la oficina con paso pesado.</p>
<p>Subió lerdo las escaleras hasta el segundo piso, donde había una puerta con  un letrero que decía Señor Alleyne. Aquí se detuvo, bufando de hastío,  rabioso, y tocó. Una voz chilló:</p>
<p>-¡Pase!</p>
<p>El hombre entró en la oficina del señor Alleyne. Simultáneamente,  el señor Alleyne, un  hombrecito que usaba gafas de aro de oro sobre una cara raída, levantó su cara  sobre una pila de documentos. La cara era tan rosada y lampiña que parecía un  gran huevo puesto sobre los papeles. El señor Alleyne no perdió un momento:</p>
<p>-¿Farrington? ¿Qué significa esto? ¿Por qué tengo que quejarme de usted  siempre? ¿Puedo preguntarle por qué no ha hecho usted copia del contrato entre  Bodley y Kirwan? Le dije bien claro que tenía que estar listo para las cuatro.</p>
<p>-Pero el señor Shelly, señor, dijo, dijo&#8230;</p>
<p>-El señor Shelly, señor, dijo&#8230; Haga el favor de prestar atención a lo que digo yo  y no a lo que el señor Shelly, señor, dice. Siempre tiene usted una excusa para  sacarle el cuerpo al trabajo. Déjeme decirle que si el contrato no está listo  esta tarde voy a poner el asunto en manos del señor Crosbie&#8230; ¿Me oye usted?</p>
<p>-Sí, señor.</p>
<p>-¿Me oye usted ahora?&#8230; ¡Ah, otro asuntito! Más valía que me dirigiera a la  pared y no a usted. Entienda de una vez por todas que usted tiene media hora  para almorzar y no hora y media. Me gustaría saber cuántos platos pide usted&#8230; ¿Me está atendiendo?</p>
<p>-Sí, señor.</p>
<p>El señor Alleyne hundió su cabeza de nuevo en la pila de papeles. El hombre miró  fijo al pulido cráneo que dirigía los negocios de Crosbie &amp; Alleyne, calibrando  su fragilidad. Un espasmo de rabia apretó su garganta por unos segundos y  después pasó, dejándole una aguda sensación de sed. El hombre reconoció aquella  sensación y consideró que debía coger una buena esa noche. Había pasado la mitad  del mes y, si terminaba esas copias a tiempo, quizá el señor Alleyne le daría un vale  para el cajero. Se quedó mirando fijo a la cabeza sobre la pila de papeles. De  pronto, el señor Alleyne comenzó a revolver entre los papeles buscando algo. Luego,  como si no hubiera estado consciente de la presencia de aquel hombre hasta  entonces, disparó su cabeza hacia arriba otra vez y dijo:</p>
<p>-¿Qué, se va a quedar parado ahí el día entero? ¡Palabra, Farrington, que  toma usted las cosas con calma!</p>
<p>-Estaba esperando a ver si&#8230;</p>
<p>-Muy bien, no tiene usted que esperar a ver si. ¡Baje a hacer su trabajo!</p>
<p>El hombre caminó pesadamente hacia la puerta y, al salir de la pieza, oyó  cómo el señor Alleyne le gritaba que si el contrato no estaba copiado antes de la  noche el señor Crosbie tomaría el asunto entre manos.</p>
<p>Regresó a su buró en la oficina de los bajos y contó las hojas que le  faltaban por copiar. Cogió la pluma y la hundió en la tinta, pero siguió mirando  estúpidamente las últimas palabras que había escrito: En ningún caso deberá el  susodicho Bernard Bodley buscar&#8230; Caía el crepúsculo: en unos minutos encenderían el gas y entonces sí podría escribir bien. Sintió que debía saciar la sed de su garganta. Se levantó del escritorio y, levantando la tapa del mostrador como la vez anterior, salió de la oficina. Al salir, el oficinista jefe lo miró, interrogativo.</p>
<p>-Está bien, señor Shelly -dijo el hombre, señalando con un dedo para indicar el  objetivo de su salida.</p>
<p>El oficinista jefe miró a la sombrerera y viéndola completa no hizo ningún  comentario. Tan pronto como estuvo en el rellano el hombre sacó una gorra de  pastor del bolsillo, se la puso y bajó corriendo las desvencijadas escaleras. De  la puerta de la calle caminó furtivo por el interior del pasadizo hasta la  esquina y de golpe se escurrió en un portal. Estaba ahora en el oscuro y cómodo  establecimiento de O&#8217;Neill y, llenando el ventanillo que daba al bar con su cara  congestionada, del color del vino tinto o de la carne magra, llamó:</p>
<p>-Atiende, Pat, y sé bueno: sírvenos un buen t.c.</p>
<p>El dependiente le trajo un vaso de cerveza negra. Se lo bebió de un trago y  pidió una semilla de carvi. Puso su penique sobre el mostrador y, dejando que el  dependiente lo buscara a tientas en la oscuridad, dejó el establecimiento tan  furtivo como entró.</p>
<p>La oscuridad, acompañada de una niebla espesa, invadía el crepúsculo de  febrero y las lámparas de la Calle Eustace ya estaban encendidas. El hombre se  pegó a los edificios hasta que llegó a la puerta de la oficina y se preguntó si  acabaría las copias a tiempo. En la escalera un pegajoso perfume dio la  bienvenida a su nariz: evidentemente la señorita Delacour había venido mientras él  estaba en O&#8217;Neill&#8217;s. Arrebujó la gorra en un bolsillo y volvió a entrar en la  oficina con aire abstraído.</p>
<p>-El señor Alleyne estaba preguntando por usted -dijo el oficinista jefe con  severidad-. ¿Dónde estaba metido?</p>
<p>El hombre miró de reojo a dos clientes de pie ante el mostrador para indicar  que su presencia le impedía responder. Como los dos clientes eran hombres el  oficinista jefe se permitió una carcajada.</p>
<p>-Yo conozco el juego -le dijo-. Cinco veces al día es un poco demasiado&#8230;  Bueno, más vale que se agilice y saque una copia de la correspondencia del  caso Delacour para el señor Alleyne.</p>
<p>La forma en que le hablaron en presencia del público, la carrera escalera  arriba y la cerveza que había tomado con tanto apuro habían confundido al hombre  y al sentarse en su escritorio para hacer lo requerido se dio cuenta de lo  inútil que era la tarea de terminar de copiar el contrato antes de las cinco y  media. La noche, oscura y húmeda, ya estaba aquí y él deseaba pasarla en dos  bares, bebiendo con sus amigos, entre el fulgor del gas y el tintineo de vasos.  Sacó la correspondencia de Delacour y salió de la oficina. Esperaba que el señor  Alleyne no se diera cuenta de que faltaban dos cartas.</p>
<p>El camino hasta el despacho del señor Alleyne estaba  colmado de aquel perfume penetrante y húmedo. La señorita Delacour era una mujer de mediana edad con aspecto de  judía. Venía a menudo a la oficina y se quedaba mucho rato cada vez que venía.  Estaba sentada ahora junto al escritorio en su aire embalsamado, alisando con la  mano el mango de su sombrilla y asintiendo con la enorme pluma negra de su  sombrero. El señor Alleyne había girado la silla para darle el frente, el pie derecho  montado sobre la rodilla izquierda. El hombre dejó la correspondencia sobre el  escritorio, inclinándose respetuosamente, pero ni el señor Alleyne ni la  señorita Delacour  prestaron atención a su saludo. El señor Alleyne golpeó la correspondencia con un dedo  y luego lo sacudió hacia como si dijera: Está bien: puede usted marcharse.</p>
<p>El hombre regresó a la oficina de abajo y de nuevo se sentó en su escritorio.  Miró, resuelto, a la frase incompleta: En ningún caso deberá el susodicho Bernard Bodley buscar&#8230; y pensó que era extraño que  las tres últimas palabras  empezaran con la misma letra. El oficinista jefe comenzó a apurar a la señorita Parker,  diciéndole que nunca tendría las cartas mecanografiadas a tiempo para el correo.  El hombre atendió al tecleteo de la máquina por unos minutos y luego se puso  a trabajar para acabar la copia. Pero no tenía clara la cabeza y su imaginación  se extravió en el resplandor y el bullicio de la cantina. Era una noche para ponche  caliente. Siguió luchando con su copia, pero cuando dieron las cinco en el reloj  todavía le quedaban catorce páginas por hacer. ¡Maldición! No acabaría a tiempo.  Necesitaba blasfemar en voz alta, descargar el puño con violencia en alguna  parte. Estaba tan furioso que escribió Bernard Bernard en vez de Bernard Bodley  y tuvo que empezar una página limpia de nuevo.</p>
<p>Se sentía con fuerza suficiente para demoler la oficina él solo. El cuerpo  le  pedía hacer algo, salir a regodearse en la violencia. Las indignidades de la  vida lo enfurecían&#8230; ¿Le pediría al cajero un adelanto a título personal? No, el cajero no serviría de nada, mierda: no  le daría el adelanto&#8230; Sabía dónde  encontrar a los amigos: Leonard y O&#8217;Halloran y Chisme Flynn. El barómetro de su  naturaleza emotiva indicaba altas presiones violentas.</p>
<p>Estaba tan abstraído que tuvieron que llamarlo dos veces antes de responder.  El señor Alleyne y la señorita Delacour estaban delante del mostrador y todos los empleados  se habían vuelto, a la expectativa. El hombre se levantó de su escritorio. El  señor  Alleyne comenzó a insultarlo, diciendo que faltaban dos cartas. El hombre  respondió que no sabía nada de ellas, que él había hecho una copia fidedigna.  Siguieron dos insultos: tan agrios y violentos que el hombre apenas podía  contener su puño para que no cayera sobre la cabeza del pigmeo que tenía  delante.</p>
<p>-No sé nada de esas otras dos cartas -dijo, estúpidamente.</p>
<p>-No-sé-nada. Claro que no sabe usted nada -dijo  el señor Alleyne-. Dígame -añadió,  buscando con la vista la aprobación de la dama que tenía al dado-, ¿me toma  usted por idiota o qué? ¿Cree usted que yo soy un completo idiota?</p>
<p>Los ojos del hombre iban de la cara de la mujer a la cabecita de huevo y  viceversa; y, casi antes de que se diera cuenta de ello, su lengua tuvo un  momento feliz:</p>
<p>-No creo, señor -le dijo-, que sea justo que me haga usted a mí esa pregunta.</p>
<p>Se hizo una pausa hasta en la misma respiración de dos empleados. Todos  estaban sorprendidos (el autor de da salida no menos que sus vecinos) y la  señorita Delacour, que era una mujer robusta y afable, empezó a reírse. El señor Alleyne se  puso rojo como una langosta y su boca se torció con la vehemencia de un enano.  Sacudió el puño en la cara del hombre hasta que pareció vibrar como la palanca  de alguna maquinaria eléctrica.</p>
<p>-¡So impertinente! ¡So rufián! ¡Le voy a dar una lección! ¡Va a saber  lo que  es bueno! ¡Se excusa usted por su impertinencia o queda despedido al instante!  ¡O se larga usted, ¿me oye?, o me pide usted perdón!</p>
<p>Se quedó esperando en el portal frente a la oficina para ver si el cajero  salía solo. Pasaron todos los empleados y, finalmente, salió el cajero con el  oficinista jefe. Era inútil hablarle cuando estaba con el jefe. El hombre se  sabía en una posición desventajosa. Se había visto obligado a dar una abyecta  disculpa al señor Alleyne por su impertinencia, pero sabía la clase de avispero que  sería para él la oficina en el futuro. Podía recordar cómo el señor Alleyne le había  hecho la vida imposible al pequeño Peake para colocar en su lugar a un sobrino. Se  sentía feroz, sediento y vengativo: molesto con todos y consigo mismo. El señor  Alleyne no le daría un minuto de descanso; su vida sería un infierno. Había  quedado en ridículo. ¿Por qué no se tragaba la lengua? Pero nunca congeniaron,  él y el señor Alleyne, desde el día en que el señor Alleyne lo oyó burlándose de su acento  de Irlanda del Norte para hacerles gracia a Higgins y a la señorita Parker: ahí empezó  todo. Podría haberle pedido prestado a Higgins, pero nunca tenía nada. Un hombre  con dos casas que mantener, cómo iba, claro, a tener&#8230;</p>
<p>Sintió que su corpachón dolido echaba de menos la comodidad de la  cantina. La  niebla le calaba los huesos y se preguntó si podría darle un toque a Pat en  O&#8217;Neill&#8217;s. Pero no podría tumbarle más que un chelín -y de qué sirve un chelín.  Y, sin embargo, tenía que conseguir dinero como fuera: había gastado su último  penique en la negra y dentro de un momento sería demasiado tarde para conseguir  dinero en otro sitio. De pronto, mientras se palpaba la cadena del reloj, pensó  en la casa de préstamos de Terry Kelly, en la Calle Fleet. ¡Trato hecho! ¿Cómo no  se le ocurrió antes?</p>
<p>Con paso rápido atravesó el estrecho callejón de Temple Bar, diciendo por lo  bajo que podían irse todos a la mierda, que él iba a pasarla bien esa noche. El  dependiente de Terry Kelly dijo ¡Una corona! Pero el acreedor insistió en seis  chelines; y como suena le dieron seis chelines. Salió alegre de la casa de  empeño, formando un cilindro con las monedas en su mano. En la Calle Westmoreland  las aceras estaban llenas de hombres y mujeres jóvenes volviendo del trabajo y  de chiquillos andrajosos corriendo de aquí para allá gritando los nombres de los  diarios vespertinos. El hombre atravesó la multitud presenciando el espectáculo  por lo general con satisfacción llena de orgullo, y echando miradas castigadoras  a las oficinistas. Tenía la cabeza atiborrada de estruendo de tranvías, de  timbres y de frote de troles, y su nariz ya olfateaba las coruscantes  emanaciones del ponche. Mientras avanzaba repasaba los términos en que relataría  el incidente a los amigos:</p>
<p>-Así que lo miré en frío, tú sabes, y le clavé los ojos a ella. Luego lo  miré a él de nuevo, con calma, tú sabes. No creo que sea justo que usted me  pregunte a mí eso, díjele.</p>
<p>Chisme Flynn estaba sentado en su rincón de siempre en Davy Byrne&#8217;s y, cuando  oyó el cuento, convidó a Farrington a una media, diciéndole que era la cosa más  grande que oyó jamás. Farrington lo convidó a su vez. Al rato vinieron  O&#8217;Halloran y Paddy Leonard. Hizo de nuevo el cuento.</p>
<p>O&#8217;Halloran pagó una ronda de maltas calientes y contó la historia de la contesta que dio al oficinista jefe cuando trabajaba en la Callan&#8217;s de la Calle Fownes&#8217;s; pero, como su respuesta tenía el estilo que tienen en las églogas los pastores liberales, tuvo que admitir que no era tan ingeniosa como la contestación de Farrington. En esto Farrington les dijo a los amigos que la pulieran, que él convidaba.</p>
<p>¡Y quién vino cuando hacía su catálogo de venenos sino Higgins! Claro que se  arrimó al grupo. Los amigos le pidieron que hiciera su versión del cuento y él  la hizo con mucha vivacidad, ya que la visión de cinco whiskys calientes es muy  estimulante. El grupo rugió de risa cuando mostró cómo el señor Alleyne sacudía el  puño en la cara de Farrington. Luego, imitó a Farrington, diciendo, Y allí  estaba mi tierra, tan tranquilo, mientras Farrington miraba a la compañía con  ojos pesados y sucios, sonriendo y a veces chupándose las gotas de licor que se  le escurrían por los bigotes.</p>
<p>Cuando terminó la ronda se hizo una pausa. O&#8217;Halloran tenía algo, pero  ninguno de los otros dos parecía tener dinero; por lo que el grupo tuvo que  dejar el establecimiento a pesar suyo. En la esquina de la Calle Duke, Higgins y  Chisme Flynn doblaron a la izquierda, mientras que los otros tres dieron la  vuelta rumbo a la ciudad. Lloviznaba sobre las calles frías y, cuando llegaron a  las Oficinas de Lastre, Farrington sugirió la Scotch House. El bar estaba  colmado de gente y del escándalo de bocas y de vasos. Los tres hombres se  abrieron paso por entre los quejumbrosos cerilleros a la entrada y formaron su  grupito en una esquina del mostrador. Empezaron a cambiar cuentos. Leonard les  presentó a un tipo joven llamado Weathers, que era acróbata y artista itinerante  del Tívoli. Farrington invitó a todo el mundo. Weathers dijo que tomaría una  media de whisky del país y Apollinaris. Farrington, que tenía noción de las  cosas, les preguntó a los amigos si iban a tomar también Apollinaris; pero los  amigos le dijeron a Tim que hiciera el de ellos caliente. La conversación giró  en tomo al teatro. O&#8217;Halloran pagó una ronda y luego Farrington pagó otra, con  Weathers protestando de que la hospitalidad era demasiado irlandesa. Prometió  que los llevaría tras bastidores para presentarles algunas artistas agradables.  O&#8217;Halloran dijo que él y Leonard irían pero no Farrington, ya que era casado; y  los pesados ojos sucios de Farrington miraron socarrones a sus amigos, en prueba  de que sabía que era chacota. Weathers hizo que todos bebieran una tinturita por  cuenta suya y prometió que los vería algo más tarde en Mulligan&#8217;s de la Calle Poolbeg.</p>
<p>Cuando la Scotch House cerró se dieron una vuelta por Mulligan&#8217;s. Fueron al  salón de atrás y O&#8217;Halloran ordenó grogs para todos. Empezaban a sentirse  entonados. Farrington acababa de convidar a otra ronda cuando regresó Weathers.  Para gran alivio de Farrington esta vez pidió un vaso de negra. Los fondos  escaseaban, pero les quedaba todavía para ir tirando. Al rato entraron dos  mujeres jóvenes con grandes sombreros y un joven de traje a cuadros y se  sentaron en una mesa vecina. Weathers los saludó y le dijo a su grupo que  acababan de salir del Tívoli. Los ojos de Farrington se extraviaban a menudo en  dirección a una de las mujeres. Había una nota escandalosa en su atuendo. Una  inmensa bufanda de muselina azul pavoreal daba vueltas al sombrero para anudarse  en un gran lazo por debajo de la barbilla; y llevaba guantes color amarillo  chillón, que le llegaban al codo. Farrington miraba, admirado, el rollizo brazo  que ella movía a menudo y con mucha gracia; y cuando, más tarde, ella le  devolvió la mirada, admiró aún más sus grandes ojos pardos. Todavía más lo  fascinó la expresión oblicua que tenían. Ella lo miró de reojo una o dos veces y  cuando el grupo se marchaba, rozó su silla y dijo Oh, perdón con acento de  Londres. La vio salir del salón en espera de que ella mirara para atrás, pero se  quedó esperando. Maldijo su escasez de dinero y todas las rondas que había  tenido que pagar, particularmente los whiskys y las Apollinaris que tuvo que  pagarle a Weathers. Si había algo que detestaba era un gorrista. Estaba tan  bravo que perdió el rastro de la conversación de sus amigos.</p>
<p>Cuando Paddy Leonard le llamó la atención se enteró de que estaban hablando  de pruebas de fortaleza física. Weathers exhibía sus músculos al grupo y se  jactaba tanto que los otros dos llamaron a Farrington para que defendiera el  honor patrio. Farrington accedió a subirse una manga y mostró sus bíceps a los  circunstantes. Se examinaron y comprobaron ambos brazos y finalmente se acordó  que lo que había que hacer era pulsar. Limpiaron la mesa y los dos hombres  apoyaron sus codos en ella, enlazando las manos. Cuando Paddy Leonard dijo  ¡Ahora!, cada cual trató de derribar el brazo del otro. Farrington se veía muy  serio y decidido.</p>
<p>Empezó la prueba. Después de unos treinta segundos, Weathers bajó el brazo de  su contrario poco a poco hasta tocar la mesa. La cara color de vino tinto de  Farrington se puso más tinta de humillación y de rabia al haber sido derrotado  por aquel mocoso.</p>
<p>-No se debe echar nunca el peso del cuerpo sobre el brazo -dijo-. Hay que  jugar limpio.</p>
<p>-¿Quién no jugó limpio? -dijo el otro.</p>
<p>-Vamos, de nuevo. Dos de tres.</p>
<p>La prueba comenzó de nuevo. Las venas de la frente se le botaron a Farrington  y la palidez de la piel de Weathers se volvió tez de peonía. Sus manos y brazos  temblaban por el esfuerzo. Después de un largo pulseo Weathers volvió a bajar la  mano de su rival, lentamente, hasta tocar la mesa. Hubo un murmullo de aplauso  de parte de los espectadores. El dependiente, que estaba de pie detrás de la  mesa, movió en asentimiento su roja cabeza hacia el vencedor y dijo en tono  confianzudo:</p>
<p>-¡Vaya! ¡Más vale maña!</p>
<p>-¿Y qué carajo sabes tú de esto? -dijo Farrington furioso, cogiéndola con el  hombre-. ¿Qué tienes tú que meter tu jeta en esto?</p>
<p>-¡Quietos, quietos! -dijo O&#8217;Halloran, observando la  violenta expresión de Farrington-. A ponerse con lo suyo, caballeros. Un sorbito y nos  vamos.</p>
<p>Un hombre con cara de pocos amigos esperaba en la esquina del puente de  O&#8217;Connell el tranvía que lo llevaría a su casa. Estaba lleno de rabia contenida y  de resentimiento. Se sentía humillado y con ganas de desquitarse; no estaba  siquiera borracho; y no tenía más que dos peniques en el bolsillo. Maldijo a  todos y a todo. Estaba liquidado en la oficina, había empeñado el reloj y  gastado todo el dinero; y ni siquiera se había emborrachado. Empezó a sentir sed  de nuevo y deseó regresar a la caldeada cantina. Había perdido su reputación de  fuerte, derrotado dos veces por un mozalbete. Se le llenó el corazón de rabia, y  cuando pensó en la mujer del sombrerón que se rozó con él y le pidió ¡Perdón!,  su furia casi lo ahogó.</p>
<p>El tranvía lo dejó en Shelbourne Road y enderezó su corpachón por la sombra  del muro de las barracas. Odiaba regresar a casa. Cuando entró por el fondo se  encontró con la cocina vacía y el fogón de la cocina casi apagado. Gritó por el  hueco de la escalera:</p>
<p>-¡Ada! ¡Ada!</p>
<p>Su esposa era una mujercita de cara afilada que maltrataba a su esposo si  estaba sobrio y era maltratada por éste si estaba borracho. Tenían cinco hijos.  Un niño bajó corriendo las escaleras.</p>
<p>-¿Quién es ése? -dijo el hombre, tratando de ver en la oscuridad.</p>
<p>-Yo, papá.</p>
<p>-¿Quién es yo? ¿Charlie?</p>
<p>-No, papá, Tom.</p>
<p>-¿Dónde se metió tu madre?</p>
<p>-Fue a la iglesia.</p>
<p>-Vaya&#8230; ¿Me dejó comida?</p>
<p>-Sí, papá, yo&#8230;</p>
<p>-Enciende la luz. ¿Qué es esto de dejar la casa a oscuras? ¿Ya están los  otros niños en la cama?</p>
<p>El hombre se sentó pesadamente a la mesa mientras el niño encendía la  lámpara. Empezó a imitar la voz blanca de su hijo, diciéndose a media: A la  iglesia. ¡A la iglesia, por favor! Cuando se encendió la lámpara, dio un puñetazo en la mesa y gritó:</p>
<p>-¿Y mi comida?</p>
<p>-Yo te la voy&#8230; a hacer, papá -dijo el niño.</p>
<p>El hombre saltó furioso, apuntando para el fogón.</p>
<p>-¿En esa candela? ¡Dejaste apagar la candela! ¡Te voy a enseñar por lo más  sagrado a no hacerlo de nuevo!</p>
<p>Dio un paso hacia la puerta y sacó un bastón de detrás de ella.</p>
<p>-¡Te voy a enseñar a dejar que se apague la candela! -dijo, subiéndose las  mangas para dejar libre el brazo.</p>
<p>El niño gritó Ay, papá y le dio vueltas a la mesa, corriendo y gimoteando.  Pero el hombre le cayó detrás y lo agarró por la ropa. El niño miró a todas  partes desesperado pero, al ver que no había escape, se hincó de rodillas.</p>
<p>-¡Vamos a ver si vas a dejar apagar la candela otra vez! -dijo el hombre,  golpeándolo salvajemente con el bastón-. ¡Vaya, coge, maldito!</p>
<p>El niño soltó un alarido de dolor cuando el palo le  cortó el muslo. Juntó las manos en el aire y su voz tembló de terror.</p>
<p>-¡Ay, papá! -gritaba-. ¡No me pegues, papaíto! Que voy  a rezar un padrenuestro por ti &#8230; Voy a rezar un avemaría por ti, papacito, si  no me pegas&#8230; Voy a rezar un padrenuestro&#8230;</p>
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		<title>Dos Galanes &#8211; James Joyce</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Jul 2007 10:08:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Joyce]]></category>

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		<description><![CDATA[La tarde de agosto había caído, gris y cálida, y un aire tibio, un recuerdo del verano, circulaba por las calles. La calle, los comercios cerrados por el descanso dominical, bullía con una multitud alegremente abigarrada. Como perlas luminosas, las lámparas alumbraban de encima de los postes estirados y por sobre la textura viviente de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=53&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La tarde de agosto había caído, gris y cálida, y un aire tibio, un recuerdo  del verano, circulaba por las calles. La calle, los comercios cerrados por el  descanso dominical, bullía con una multitud alegremente abigarrada. Como perlas  luminosas, las lámparas alumbraban de encima de los postes estirados y por sobre  la textura viviente de abajo, que variaba de forma y de color sin parar y  lanzaba al aire gris y cálido de la tarde un rumor invariable que no cesa.</p>
<p>Dos jóvenes bajaban la cuesta de Rutland Square. Uno de ellos acababa de dar  fin a su largo monólogo. El otro, que caminaba por el borde del contén y que a  veces se veía obligado a bajar un pie a la calzada, por culpa de la grosería de  su acompañante, mantenía su cara divertida y atenta. Era rubicundo y rollizo.  Usaba una gorra de yatista echada frente arriba y la narración que venía oyendo  creaba olas expresivas que rompían<span id="more-53"></span> constantemente sobre su cara desde las  comisuras de los labios, de la nariz y de los ojos. Breves chorros de una risa  sibilante salían en sucesión de su cuerpo convulso. Sus ojos titilando con un  contento pícaro echaban a cada momento miradas de soslayo a la cara de su  compañero. Una o dos veces se acomodó el ligero impermeable que llevaba colgado  de un hombro a la torera. Sus bombachos, sus zapatos de goma blancos y su  impermeable echado por encima expresaban juventud. Pero su figura se hacía  rotunda en la cintura, su pelo era escaso y canoso, y su cara, cuando pasaron  aquellas olas expresivas, tenía aspecto estragado.</p>
<p>Cuando se aseguró de que el cuento hubo acabado se rió ruidoso por más de  medio minuto. Luego dijo:</p>
<p>-¡Vaya!&#8230; ¡Ese sí que es el copón divino!</p>
<p>Su voz parecía batir el aire con vigor; y para dar mayor fuerza a sus  palabras añadió con humor:</p>
<p>-¡Ese sí que es el único, solitario y si se me permite llamarlo así,  recherché copón divino!</p>
<p>Al decir esto se quedó callado y serio. Tenía la lengua cansada, ya que había  hablado toda la tarde en el pub de la Calle Dorset. La mayoría de la gente  consideraba a Lenehan un sanguijuela, pero a pesar de esa reputación, su  destreza y elocuencia evitaba siempre que sus amigos la cogieran con él. Tenía  una manera atrevida de acercarse a un grupo en la barra y de mantenerse  sutilmente al margen hasta que alguien lo incluía en la primera ronda. Vago por  deporte, venía equipado con un vasto repertorio de adivinanzas, cuentos y  cuartetas. Era, además, insensible a toda descortesía. Nadie sabía realmente  cómo cumplía la penosa tarea de mantenerse, pero su nombre se asociaba vagamente  a papeletas y a caballos.</p>
<p>-¿Y dónde fue que la levantaste, Corley? -le preguntó.</p>
<p>Corley se pasó rápido la lengua sobre el labio de arriba.</p>
<p>-Una noche, chico -le dijo-, que iba yo por Calle Dame y me veo a esta tipa tan buena parada debajo del reloj de Waterhouse y cojo y le doy, tú sabes, las buenas noches. Luego nos damos una vuelta por el canal y eso, y ella que me dice que es criadita en una casa de la Calle Baggot. Le eché el brazo por arriba y la apretujé un poco esa noche. Entonces, el domingo siguiente, chico, tengo cita con ella y nos vemos. Nos fuimos hasta Donnybrook y la metí en un sembrado. Me dijo que ella salía con un lechero&#8230; ¡La gran vida, chico! Cigarrillos todas las noches y ella pagando el tranvía a la ida y a la venida. Una noche hasta me trajo dos puros más buenos que el carajo. Panetelas, tú sabes, de las que fuma el caballero&#8230; Yo que, claro, chico, tenía miedo de que saliera preñada. Pero, ¡tiene una esquiva!</p>
<p>-A lo mejor se cree que te vas a casar con ella -dijo Lenehan.</p>
<p>-Le dije que estaba sin pega -dijo Corley-. Le dije que trabajaba en Pim&#8217;s.  Ella ni mi nombre sabe. Estoy demasiado asustado para decirle eso. Pero se cree que soy  de buena familia, para que tú lo sepas.</p>
<p>Lenehan se rió de nuevo, sin hacer ruido.</p>
<p>-De todos los cuentos buenos que he oído en mi vida -dijo-, ese sí que de  veras es el copón divino.</p>
<p>Corley reconoció el cumplido en su andar. El vaivén de su cuerpo macizo obligaba a su amigo a bailar la suiza del contén a la calzada y viceversa. Corley era hijo de un inspector de policía y había heredado de su padre la caja del cuerpo y el paso. Caminaba con las manos al costado, muy derecho y moviendo la cabeza de un lado al otro. Tenía la cabeza grande, de globo, grasosa; sudaba siempre, en invierno y en verano; y su enorme bombín, ladeado, parecía un bombillo saliendo de un bombillo. La vista siempre al frente, como si estuviera en un desfile, cuando quería mirar a alguien en la calle, tenía que mover todo su cuerpo desde las caderas. Por el momento estaba sin trabajo. Cada vez que había un puesto vacante uno de sus amigos le pasaba la voz. A menudo se le veía conversando con policías de paisano, hablando con toda seriedad. Sabía dónde estaba el meollo de cualquier asunto y era dado a decretar sentencia. Hablaba sin oír lo que decía su compañía. Hablaba mayormente de sí mismo: de lo que había dicho a tal persona y lo que esa persona le había dicho y lo que él había dicho para dar por zanjado el asunto. Cuando relataba estos diálogos aspiraba la primera letra de su nombre, como hacían dos florentinos.</p>
<p>Lenehan ofreció un cigarrillo a su amigo. Mientras los dos jóvenes paseaban  por entre la gente, Corley se volvía ocasionalmente para sonreír a una muchacha  que pasaba, pero la vista de Lenehan estaba fija en la larga luna pálida con su  hado doble. Vio con cara seria cómo la gris telaraña del ocaso atravesaba su  faz. Al cabo dijo:</p>
<p>-Bueno&#8230; dime, Corley, supongo que sabrás cómo manejarla, ¿no?</p>
<p>Corley, expresivo, cerró un ojo en respuesta.</p>
<p>-¿Sirve ella? -preguntó Lenehan, dudoso-. Nunca se sabe con  las mujeres.</p>
<p>-Ella sirve -dijo Corley-. Yo sé cómo darle la vuelta, chico. Está loquita  por mí.</p>
<p>-Tú eres lo que yo llamo un tenorio contento -dijo Lenehan-. ¡Y un don Juan  muy serio también!</p>
<p>Un dejo burlón quitó servilismo a la expresión. Como vía de escape tenía  la  costumbre de dejar su adulonería abierta a interpretaciones de burla. Pero Corley no era muy sutil que digamos.</p>
<p>-No hay como una buena criadita -afirmó-. Te lo digo yo.</p>
<p>-Es decir, uno que las ha levantado a todas -dijo Lenehan.</p>
<p>-Yo primero salía con muchachas de su casa, tú sabes -dijo Corley,  destapándose-. Las sacaba a pasear, chico, en tranvía a todas partes y yo era el  que pagaba, o las llevaba a oír la banda o a una obra de teatro o les compraba  chocolates y dulces y eso. Me gastaba con ellas el dinero que daba gusto -añadió  en tono convincente, como si estuviera consciente de no ser creído.</p>
<p>Pero Lenehan podía creerlo muy bien; asintió, grave.</p>
<p>-Conozco el juego -dijo-, y es comida de bobo.</p>
<p>-Y maldito sea lo que saqué de él -dijo Corley.</p>
<p>-Ídem de ídem -dijo Lenehan.</p>
<p>-Con una excepción -dijo Corley.</p>
<p>Se mojó el labio superior pasándole la lengua. El recuerdo lo encandiló.  Él,  también, miró al pálido disco de la luna, ya casi velado, y pareció meditar.</p>
<p>-Ella estaba&#8230; bastante bien -dijo con sentimiento. De nuevo se quedó  callado. Luego, añadió:</p>
<p>-Ahora trabaja la calle. La vi montada en un carro con dos tipos,  abajo en la Calle Earl, una noche.</p>
<p>-Supongo que por tu culpa -dijo Lenehan.</p>
<p>-Hubo otros antes que yo -dijo Corley, filosófico.</p>
<p>Esta vez Lenehan se sentía inclinado a no creerle. Movió la cabeza de un lado  a otro y sonrió.</p>
<p>-Tú sabes que tú no me puedes andar a mí con cuentos, Corley -dijo.</p>
<p>-¡Por lo más sagrado! -dijo Corley-. ¿No me lo dijo ella misma?</p>
<p>Lenehan hizo un gesto trágico.</p>
<p>-¡Triste traidora! -dijo.</p>
<p>Al pasar por las rejas de Trinity College, Lenehan saltó al medio de la calle  y miró al reloj arriba.</p>
<p>-Veinte pasadas -dijo.</p>
<p>-Hay tiempo -dijo Corley-. Ella va a estar allí. Siempre la hago esperar un  poco.</p>
<p>Lenehan se rió entre dientes.</p>
<p>-¡Anda! Tú sí que sabes cómo manejarlas, Corley -dijo.</p>
<p>-Me sé bien todos sus truquitos -confesó Corley.</p>
<p>-Pero dime -dijo Lenehan de nuevo-, ¿estás seguro de que te va a salir bien?  No es nada fácil, tú sabes. Tocante a eso son muy cerradas. ¿Eh?&#8230; ¿Qué?</p>
<p>Lenehan no dijo más. No quería acabarle la paciencia a su amigo, que lo  mandara al demonio y luego le dijera que no necesitaba para nada sus consejos.  Hacía falta tener tacto. Pero el ceño de Corley volvió a la calma pronto. Tenía  la mente en otra cosa.</p>
<p>-Es una tipa muy decente -dijo, con aprecio-, de veras que lo es.</p>
<p>Bajaron por la Calle Nassau y luego doblaron por Kildare. No lejos del portal del  club un arpista tocaba sobre la acera ante un corro de oyentes. Tiraba de las  cuerdas sin darle importancia, echando de vez en cuando miradas rápidas al  rostro de cada recién venido y otras veces, pero con idéntico desgano, al cielo.  Su arpa, también, sin darle importancia al forro que le caía por debajo de las  rodillas, parecía desentenderse por igual de las miradas ajenas y de las manos  de su dueño. Una de estas manos bordeaba la melodía de Silent, O Moyle, mientras  la otra, sobre las primas, le caía detrás a cada grupo de notas. Los arpegios de  la melodía vibraban hondos y plenos.</p>
<p>Los dos jóvenes continuaron calle arriba sin hablar, seguidos por la música  fúnebre. Cuando llegaron a Stephen&#8217;s Green atravesaron la calle. En este punto  el ruido de los tranvías, las luces y la muchedumbre los libró del silencio.</p>
<p>-¡Allí está! -dijo Corley.</p>
<p>Una mujer joven estaba parada en la esquina de la calle Hume. Llevaba un  vestido azul y una gorra de marinero blanca. Estaba sobre el contén, balanceando  una sombrilla en la mano. Lenehan se avivó.</p>
<p>-Vamos a mirarla de cerca, Corley -dijo.</p>
<p>Corley miró ladeado a su amigo y una sonrisa desagradable apareció en su  cara.</p>
<p>-¿Estás tratando de colarte? -le preguntó.</p>
<p>-¡Maldita sea! -dijo Lenehan, osado-. No quiero que me la presentes. Nada más  quiero verla. No me la voy a comer&#8230;</p>
<p>-Ah&#8230; ¿Verla? -dijo Corley, más amable-. Bueno&#8230; atiende. Yo me acerco a  hablar con ella y tú pasas de largo.</p>
<p>-¡Muy bien! -dijo Lenehan.</p>
<p>Ya Corley había cruzado una pierna por encima de las cadenas cuando Lenehan  lo llamó:</p>
<p>-¿Y luego? ¿Dónde nos encontramos?</p>
<p>-Diez y media -respondió Corley, pasando la otra pierna.</p>
<p>-¿Dónde?</p>
<p>-En la esquina de la Calle Merrion. Estaremos de regreso.</p>
<p>-Trabájala bien -dijo Lenehan como despedida.</p>
<p>Corley no respondió. Cruzó la calle a buen paso, moviendo la cabeza de un  lado a otro. Su bulto, su paso cómodo y el sólido sonido de sus botas tenían en  sí algo de conquistador. Se acercó a la joven y, sin saludarla, empezó a  conversar con ella enseguida. Ella balanceó la sombrilla más rápido y dio  vueltas a sus tacones. Una o dos veces que él le habló muy cerca de ella se rió  y bajó la cabeza.</p>
<p>Lenehan los observó por unos minutos. Luego, caminó rápido junto a las  cadenas guardando distancia y atravesó la calle en diagonal. Al acercarse a la  esquina de la Calle Hume encontró el aire densamente perfumado y rápidos sus ojos  escrutaron, ansiosos, el aspecto de la joven. Tenía puesto su vestido  dominguero. Su falda de sarga azul estaba sujeta a la cintura por un cinturón de  cuero negro. La enorme hebilla del cinto parecía oprimir el centro de su cuerpo,  cogiendo como un broche la ligera tela de su blusa blanca. Llevaba una chaqueta  negra corta con botones de nácar y una desaliñada boa negra. Las puntas de su  cuellito de tul estaban cuidadosamente desarregladas y tenía prendido sobre el  busto un gran ramo de rosas rojas con los tallos vueltos hacia arriba. Lenehan  notó con aprobación su corto cuerpo macizo. Una franca salud rústica iluminaba  su rostro, sus rojos cachetes rollizos y sus atrevidos ojos azules. Sus  facciones eran toscas. Tenía una nariz ancha, una boca regada, abierta en una  mueca entre socarrona y contenta, y dos dientes botados. Al pasar Lenehan se  quitó la gorra y, después de unos diez segundos, Corley devolvió el saludo al  aire. Lo hizo levantando su mano vagamente y cambiando, distraído, el ángulo de  caída del sombrero.</p>
<p>Lenehan llegó hasta el hotel Shelbourne, donde se detuvo a la espera. Después  de esperar un ratito los vio venir hacia él y cuando doblaron a la derecha, los  siguió, apresurándose ligero en sus zapatos blancos, hacia un costado de Merrion  Square. Mientras caminaba despacio, ajustando su paso al de ellos, miraba la  cabeza de Corley, que se volvía a cada minuto hacia la cara de la joven como un  gran balón dando vueltas sobre un pivote. Mantuvo la pareja a la vista hasta que  los vio subir la escalera del tranvía a Donnybrook; entonces, dio media vuelta y  regresó por donde había venido.</p>
<p>Ahora que estaba solo su cara se veía más vieja. Su alegría pareció  abandonarlo y al caminar junto a las rejas de Duke&#8217;s Lawn dejó correr su mano  sobre ellas. La música que tocaba el arpista comenzó a controlar sus  movimientos. Sus pies, suavemente acolchados, llevaban la melodía, mientras sus  dedos hicieron escalas imitativas sobre las rejas, cayéndole detrás a cada grupo  de notas.</p>
<p>Caminó sin ganas por Stephen&#8217;s Green y luego a la Calle Grafton abajo. Aunque sus  ojos tomaban nota de muchos elementos de la multitud por entre la que pasaba, lo  hacían desganadamente. Encontró trivial todo lo que debía encantarle y no tuvo  respuesta a las miradas que lo invitaban a ser atrevido. Sabía que tendría que  hablar mucho, que inventar y que divertir, y su garganta y su cerebro estaban  demasiado secos para semejante tarea. El problema de cómo pasar las horas hasta  encontrarse con Corley de nuevo le preocupó. No pudo encontrar mejor manera de  pasarlas que caminando. Dobló a la izquierda cuando llegó a la esquina de  Rutland Square y se halló más a gusto en la tranquila calle oscura, cuyo aspecto  sombrío concordaba con su ánimo. Se detuvo, al fin, ante las vitrinas de un  establecimiento de aspecto miserable en que las palabras Bar Refrescos estaban  pintadas en letras blancas. Sobre el cristal de las vitrinas había dos letreros  volados: Cerveza de Jengibre y Ginger Ale. Un jamón cortado se exhibía sobre una  fuente azul, mientras que no lejos, en una bandeja, había un pedazo de pudín de  pasas. Miró estos comestibles fijamente por espacio de un rato y, luego, después  de echar una mirada vigilante calle arriba y abajo, entró en la fonda, rápido.</p>
<p>Tenía hambre, ya que, excepto unas galletas que había pedido y le trajeron  dos dependientes avinagrados, no había comido nada desde el desayuno. Se sentó a  una mesa descubierta frente a dos obreritas y a un mecánico. Una muchacha  desaliñada vino de camarera.</p>
<p>-¿A cómo la ración de chícharos? -preguntó.</p>
<p>-Tres medio-peniques, señor -dijo la muchacha.</p>
<p>-Tráigame un plato de chícharos -dijo-, y una botella de cerveza de jengibre.</p>
<p>Había hablado con rudeza para desacreditar su aire urbano, ya que su entrada  fue seguida por una pausa en la conversación. Estaba abochornado&#8230; Para parecer  natural, empujó su gorra hacia atrás y puso los codos en la mesa. El mecánico y  las dos obreritas lo examinaron punto por punto antes de reanudar su  conversación en voz baja. La muchacha le trajo un plato de guisantes calientes  sazonados con pimienta y vinagre, un tenedor y su cerveza de jengibre. Comió la  comida con ganas y la encontró tan buena que mentalmente tomó nota de la fonda.  Cuando hubo comido los guisantes sorbió su cerveza y se quedó sentado un rato  pensando en Corley y en su aventura. Vio en la imaginación a la pareja de  amantes paseando por un sendero a oscuras; oyó la voz de Corley diciendo  galanterías y de nuevo observó la descarada sonrisa en la boca de la joven. Tal  visión le hizo sentir en lo vivo su pobreza de espíritu y de bolsa. Estaba  cansado de dar tumbos, de halarle el rabo al diablo, de intrigas y picardías. En  noviembre cumpliría treintaiún años. ¿No iba a conseguir nunca un buen trabajo?  ¿No tendría jamás casa propia? Pensó lo agradable que sería tener un buen fuego  al que arrimarse y sentarse a una buena mesa. Ya había caminado bastante por  esas calles con amigos y con amigas. Sabía bien lo que valían esos amigos:  también conocía bastante a las mujeres. La experiencia lo había amargado contra  todo y contra todos. Pero no lo había abandonado la esperanza. Se sintió mejor  después de comer, menos aburrido de la vida, menos vencido espiritualmente.  Quizá todavía podría acomodarse en un rincón y vivir feliz, con tal de que  encontrara una muchacha buena y simple que tuviera lo suyo.</p>
<p>Pagó los dos peniques y medio a la camarera desaliñada y salió de la fonda, reanudando su errar. Entró por la Calle Capel y caminó hacia el Ayuntamiento. Luego, dobló por la Calle Dame. En la esquina de la Calle George  se encontró con dos amigos y se detuvo a conversar con ellos. Se alegró de poder descansar de la caminata. Sus amigos le preguntaron si había visto a Corley y que cuál era la última. Replicó que se había pasado el día con Corley. Sus amigos hablaban poco. Miraron estólidos a algunos tipos en el gentío y a veces hicieron un comentario crítico. Uno de ellos dijo que había visto a Mac una hora atrás en la Calle Westmoreland. A esto Lenehan dijo que había estado con Mac la noche antes en Egan&#8217;s. El joven que había estado con Mac en la Calle Westmoreland preguntó si era verdad que Mac había ganado una apuesta en un partido de billar. Lenehan no sabía: dijo que Holohan los había convidado a los dos a unos tragos en Egan&#8217;s.</p>
<p>Dejó a sus amigos a la diez menos cuarto y subió por la  Calle George. Dobló a  la izquierda por el Mercado Municipal y caminó hasta la Calle Grafton. El gentío  de muchachos y muchachas había menguado, y caminando calle arriba oyó a muchas  parejas y grupos darse las buenas noches unos a otros. Llegó hasta el reloj del  Colegio de Cirujanos: estaban dando las diez. Se encaminó rápido por el lado  norte del Green, apresurado por miedo a que Corley llegara demasiado pronto.  Cuando alcanzó la esquina de la Calle Merrion se detuvo en la sombra de un farol y  sacó uno de los cigarrillos que había reservado y lo encendió. Se recostó al  poste y mantuvo la vista fija en el lado por el que esperaba ver regresar a  Corley y a la muchacha.</p>
<p>Su mente se activó de nuevo. Se preguntó si Corley se las habría arreglado.  Se preguntó si se lo habría pedido ya o si lo había dejado para lo último.  Sufría las penas y anhelos de la situación de su amigo tanto como la propia.  Pero el recuerdo de Corley moviendo su cabeza lo calmó un tanto: estaba seguro  de que Corley se saldría con la suya. De pronto lo golpeó la idea de que quizá  Corley la había llevado a su casa por otro camino, dándole el esquinazo. Sus  ojos escrutaron la calle: ni señas de ellos. Sin embargo, había pasado con  seguridad media hora desde que vio el reloj del Colegio de Cirujanos. ¿Habría  Corley hecho cosa semejante? Encendió el último cigarrillo y empezó a fumarlo  nervioso. Forzaba la vista cada vez que paraba un tranvía al otro extremo de la  plaza. Tenían que haber regresado por otro camino. El papel del cigarrillo se  rompió y lo arrojó a la calle con una maldición.</p>
<p>De pronto los vio venir hacia él. Saltó de contento y pegándose al poste  trató de adivinar el resultado en su manera de andar. Caminaban lentamente, la  muchacha dando rápidos pasitos, mientras Corley se mantenía a su lado con su  paso largo. No parecía que se hablaran. El conocimiento del resultado lo pinchó  como la punta de un instrumento con filo. Sabía que Corley iba a fallar; sabía  que no le salió bien.</p>
<p>Doblaron la Calle Baggot abajo y él los siguió enseguida, cogiendo por la otra  acera. Cuando se detuvieron, se detuvo él también. Hablaron por un momento y  después la joven bajó los escalones hasta el fondo de la casa. Corley se quedó  parado al borde de la acera, a corta distancia de la escalera del frente.  Pasaron unos minutos. La puerta del recibidor se abrió lentamente y con cautela.  Luego, una mujer bajó corriendo las escaleras del frente y tosió. Corley se dio  vuelta y fue hacia ella. Su cuerpazo la ocultó a su vista por unos segundos y  luego ella reapareció corriendo escaleras arriba. La puerta se cerró tras ella y  Corley salió caminando rápido hacia Stephen&#8217;s Green.</p>
<p>Lenehan se apuró en la misma dirección. Cayeron unas gotas. Las tomó por un  aviso y echando una ojeada hacia atrás, a la casa donde había entrado la  muchacha, para ver si no lo observaban, cruzó la calle corriendo impaciente. La  ansiedad y la carrera lo hicieron acezar. Dio un grito:</p>
<p>-¡Hey, Corley!</p>
<p>Corley volteó la cabeza a ver quién lo llamaba y después siguió caminando  como antes. Lenehan corrió tras él, arreglándose el impermeable sobre los  hombros con una sola mano.</p>
<p>-¡Hey, Corley! -gritó de nuevo.</p>
<p>Se emparejó a su amigo y lo miró a la cara, atento. No vio nada en ella.</p>
<p>-Bueno, ¿y qué? -dijo-. ¿Dio resultado?</p>
<p>Habían llegado a la esquina de Ely Place. Sin responder aún, Corley dobló a  la izquierda rápido y entró en una calle lateral. Sus facciones estaban  compuestas con una placidez austera. Lenehan mantuvo el paso de su amigo,  respirando con dificultad. Estaba confundido y un dejo de amenaza se abrió paso  por su voz.</p>
<p>-¿Vas a hablar o no? -dijo-. ¿Trataste con ella?</p>
<p>Corley se detuvo bajo el primer farol y miró torvamente hacia el frente.  Luego, con un gesto grave, extendió una mano hacia la luz y, sonriendo, la abrió  para que la contemplara su discípulo. Una monedita de oro brillaba sobre la  palma.</p>
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		<title>El maestro &#8211; Oscar Wilde</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Jul 2007 09:55:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Wilde]]></category>

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		<description><![CDATA[Y cuando las tinieblas cayeron sobre la tierra, José de Arimatea, después de haber encendido una antorcha de madera resinosa, descendió desde la colina al valle.Porque tenía que hacer en su casa. Y arrodillándose sobre los pedernales del Valle de la Desolación, vio a un joven desnudo que lloraba. Sus cabellos eran color de miel [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=48&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Y cuando las tinieblas cayeron sobre la tierra, José de  Arimatea, después de haber encendido una antorcha de madera resinosa, descendió  desde la colina al valle.Porque tenía que hacer en su casa. Y arrodillándose  sobre los pedernales del Valle de la Desolación, vio a un joven desnudo que  lloraba.</p>
<p>Sus cabellos eran color de miel y su cuerpo como una  flor blanca; pero las espinas habían desgarrado su cuerpo, y a guisa de corona,  llevaba ceniza sobre sus cabellos.</p>
<p>Y José, que tenía grandes riquezas, dijo al joven  desnudo que lloraba.<span id="more-48"></span></p>
<p>-Comprendo que sea grande tu dolor porque  verdaderamente Él era justo.</p>
<p>Mas el joven le respondió:</p>
<p>-No lloro por él sino por mí mismo. Yo también he  convertido el agua en vino y he curado al leproso y he devuelto la vista al  ciego. Me he paseado sobre la superficie de las aguas y he arrojado a los  demonios que habitan en los sepulcros. He dado de comer a los hambrientos en el  desierto, allí donde no hay ningún alimento, y he hecho levantarse a los muertos  de sus lechos angostos, y por mandato mío y delante de una gran multitud, una  higuera seca ha florecido de nuevo. Todo cuanto él hizo, lo he hecho yo.</p>
<p>-¿Y por qué lloras, entonces?</p>
<p>-Porque a mí no me han crucificado.</p>
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		<title>El famoso cohete &#8211; Oscar Wilde</title>
		<link>http://vondrinio.wordpress.com/2007/07/07/el-famoso-cohete-oscar-wilde/</link>
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		<pubDate>Sat, 07 Jul 2007 09:53:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Wilde]]></category>

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		<description><![CDATA[El hijo del rey estaba en vísperas de casarse. Con este motivo el regocijo era general. Estuvo esperando un año entero a su prometida, y al fin llegó ésta. Era una princesa rusa que había hecho el viaje desde Finlandia en un trineo tirado por seis renos, que tenía la forma de un gran cisne [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=46&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El hijo del rey estaba en vísperas de casarse. Con este motivo el regocijo  era general.</p>
<p>Estuvo esperando un año entero a su prometida, y al fin llegó ésta.</p>
<p>Era una princesa rusa que había hecho el viaje desde Finlandia en un trineo  tirado por seis renos, que tenía la forma de un gran cisne de oro; la princesa  iba acostada entre las alas del cisne.</p>
<p>Su largo manto de armiño caía recto sobre sus pies. Llevaba en la cabeza un  gorrito de tisú de plata y era pálida como el palacio de nieve en que había  vivido siempre.</p>
<p>Era tan pálida, que al pasar por las calles, se quedaban admiradas las gentes.</p>
<p>-Parece una rosa blanca -decían.</p>
<p>Y le echaban flores desde los balcones.</p>
<p>A la puerta del castillo estaba el príncipe para recibirla. Tenía los ojos  violeta y soñadores, y sus cabellos eran como oro fino.<span id="more-46"></span></p>
<p>Al verla, hincó una rodilla en tierra y besó su mano.</p>
<p>-Tu retrato era bello -murmuró-, pero eres más bella que el retrato.</p>
<p>Y la princesita se ruborizó.</p>
<p>-Hace un momento parecía una rosa blanca -dijo un pajecillo a su vecino-,  pero ahora parece una rosa roja.</p>
<p>Y toda la corte se quedó extasiada.</p>
<p>Durante los tres días siguientes todo el mundo no cesó de repetir:</p>
<p>-¡Rosa blanca, rosa roja! ¡Rosa roja, rosa blanca!</p>
<p>Y el rey ordenó que diesen doble paga al paje.</p>
<p>Como él no percibía paga alguna, su posición no mejoró mucho por eso; pero  todos lo consideraron como un gran honor y el real decreto fue publicado con  todo requisito en la Gaceta de la Corte.</p>
<p>Transcurridos aquellos tres días, se celebraron las bodas.</p>
<p>Fue una ceremonia magnífica.</p>
<p>Los recién casados pasaron cogidos de la mano, bajo un dosel de terciopelo  granate, bordado de perlitas.</p>
<p>Luego se celebró un banquete oficial que duró cinco horas.</p>
<p>El príncipe y la princesa, sentados al extremo del gran salón, bebieron en  una copa de cristal purísimo. Únicamente los verdaderos enamorados podían beber  en esa copa, porque si la tocaban unos labios falsos, el cristal se empañaba,  quedaba gris y manchoso.</p>
<p>-Es evidente que se aman -dijo el pajecillo-. Resultan tan claros como el  cristal.</p>
<p>Y el rey volvió a doblarle la paga.</p>
<p>-¡Qué honor! -exclamaron todos los cortesanos.</p>
<p>Después del banquete hubo baile.</p>
<p>Los recién casados debían bailar juntos la danza de las rosas, y el rey tenía  que tocar la flauta.</p>
<p>La tocaba muy mal, pero nadie se había atrevido a decírselo nunca, porque era  el rey. La verdad es que no sabía más que dos piezas y no estaba seguro nunca de  la que interpretaba, aunque esto no le preocupase, pues hiciera lo que hiciera  todo el mundo gritaba:</p>
<p>-¡Delicioso! ¡Encantador!</p>
<p>El último número del programa consistía en unos fuegos artificiales que  debían empezar exactamente a media noche.</p>
<p>La princesita no había visto fuegos artificiales en su vida. Por eso el rey  encargó al pirotécnico real que pusiera en juego todos los recursos de su arte  el día del casamiento de la princesa.</p>
<p>-¿A qué se parecen los fuegos artificiales? -preguntó ella al príncipe,  mientras se paseaban por la terraza.</p>
<p>-Se parecen a la aurora boreal -dijo el rey, que respondía siempre a las  preguntas dirigidas a los demás-. Sólo que son más naturales. Yo los prefiero a  las estrellas, porque sabe uno siempre cuándo van a empezar a brillar y son  además tan agradables como la música de mi flauta. Ya verán.., ya verán&#8230;</p>
<p>Así pues, levantaron un tablado en el fondo del jardín real, y no bien acabó  de prepararlo todo el pirotécnico real, cuando los fuegos artificiales se  pusieron a charlar entre sí.</p>
<p>-El mundo es seguramente muy hermoso -dijo un pequeño buscapiés-. Miren esos  tulipanes amarillos. ¡A fe mía, ni aun siendo petardos de verdad, podrían  resultar más bonitos! Me alegro mucho de haber viajado. Los viajes desarrollan  el espíritu de una manera asombrosa y acaban con todos los prejuicios que haya  podido uno conservar.</p>
<p>-El jardín del rey no es el mundo, joven alocado -dijo una gruesa candela  romana-. El mundo es una extensión enorme y necesitarías tres días para  recorrerlo por entero.</p>
<p>-Todo lugar que amamos es para nosotros el mundo -dijo una rueda unida en  otro tiempo a una vieja caja de pino y muy orgullosa de su corazón destrozado-  pero el amor no está de moda; los poetas lo han matado. Han escrito tanto sobre  él, que nadie les cree ya, cosa que no me extraña. El verdadero amor sufre y  calla&#8230; Recuerdo que yo misma, una vez.., pero no se trata de eso aquí. El  romanticismo es algo del pasado.</p>
<p>-¡Qué estupidez! -exclamó la candela romana-. La novela no muere nunca. ¡Se  parece a la luna: vive siempre! Realmente, los recién casados se aman  tiernamente. He sabido todo lo concerniente a ellos esta mañana por un cartucho  de papel oscuro que estaba en el mismo cajón que yo y que sabe las últimas  noticias de la corte.</p>
<p>Pero la rueda meneó la cabeza.</p>
<p>-¡El romanticismo ha muerto! ¡El romanticismo ha muerto! ¡El romanticismo ha  muerto! -murmuró.</p>
<p>Era una de esas personas que creen que repitiendo una cosa cierto número de  veces, acaba por ser verdad.</p>
<p>De pronto se oyó una tos fuerte y seca y todos miraron a su alrededor. Era un  pequeño cohete de altivo continente atado a la punta de un palo. Tosía siempre  antes de hacer una advertencia, como para llamar la atención.</p>
<p>-¡Ejem! ¡Ejem! -exclamó.</p>
<p>Y todo el mundo se dispuso a escucharle, menos la pobre rueda, que seguía  moviendo la cabeza y murmurando:</p>
<p>-¡El romanticismo ha muerto!</p>
<p>-¡Orden! ¡Orden! -gritó un petardo.</p>
<p>Tenía algo de político y había tomado siempre parte importante en las  elecciones locales. Por eso conocía las frases empleadas en el Parlamento.</p>
<p>-¡Ha muerto del todo! -suspiró la rueda. Y se volvió a dormir.</p>
<p>No bien se restableció por completo el silencio, el cohete tosió por la  tercera vez y comenzó. Hablaba con una voz clara y lenta, como si dictase sus  memorias, y miraba siempre por encima del hombro a la persona a quien se  dirigía. Realmente, tenía unos modales distinguidísimos.</p>
<p>-¡Qué feliz es el hijo del rey -observó- por casarse el mismo día en que me  van a disparar! Ni preparándolo de antemano podría resultar mejor para él;  aunque los príncipes siempre tienen suerte.</p>
<p>-¿Ah, sí? -dijo el pequeño buscapiés-. Yo creí que era precisamente lo  contrario y que era usted a quien se disparaba en honor del príncipe.</p>
<p>-Ése quizás sea su caso -replicó el cohete-. Casi diríase que estoy seguro de  ello; pero en cuanto a mí, es ya diferente. Soy un cohete distinguido y  desciendo de padres igualmente distinguidos. Mi madre era la girándula más  célebre de su época. Tenía fama por la gracia de su danza. Cuando hizo su gran  aparición en público, dio diecinueve vueltas antes de apagarse, lanzando por el  aire siete estrellas rojas a cada vuelta. Tenía tres pies y medio de diámetro y  estaba fabricada con pólvora de la mejor. Mi padre era cohete como yo y de  origen francés. Volaba tan alto, que la gente temía que no volviese a descender.  Descendía, sin embargo, porque era de excelente constitución e hizo una caída  brillantísima, en forma de lluvia, de chispas de oro. Los periódicos se ocuparon  de él en términos muy halagüeños, y hasta la Gaceta de la Corte dijo que  &#8220;señalaba el triunfo del arte pilotécnico&#8221;.</p>
<p>-Pirotécnico, pirotécnico querrá decir -interrumpió una bengala-. Sé que es  pirotécnico porque he visto la palabra escrita sobre mi caja de hoja de lata.</p>
<p>-Pues yo digo pilotécnico -replicó el cohete en tono severo.</p>
<p>Y la bengala se quedó tan apabullada, que empezó inmediatamente a mortificar  a los buscapiés pequeños para demostrar que ella también era persona de bastante  importancia.</p>
<p>-Decía yo&#8230; -prosiguió el cohete-, decía yo&#8230; ¿qué es lo que yo decía?</p>
<p>-Hablaba de usted mismo -repuso la candela romana.</p>
<p>-Naturalmente. Sé que hablaba de alguna cosa interesante cuando he sido tan  groseramente interrumpido. Odio la grosería y las malas maneras, porque soy  extremadamente sensible. No hay nadie en el mundo tan sensible como yo, estoy  seguro de ello.</p>
<p>-¿Qué es una persona sensible? -preguntó el petardo a la candela romana.</p>
<p>-Una persona que porque tiene callos pisa siempre los pies a los demás  -respondió la candela en un débil murmullo.</p>
<p>Y el petardo casi estalló de risa.</p>
<p>-¡Perdón! ¿De qué se ríe? -preguntó el cohete-. Yo no me río.</p>
<p>-Me río porque soy feliz -replicó el petardo.</p>
<p>-Es un motivo bien egoísta -dijo el cohete con ira-. ¿Qué derecho tiene para  ser feliz? Debería pensar en los demás, debería pensar en mí. Yo pienso siempre  en mí y creo que todo el mundo debería hacer lo mismo. Eso es lo que se llama  simpatía. Es una hermosa virtud y yo la poseo en alto grado. Suponga, por  ejemplo, que me sucediese algún percance esta noche. ¡Qué desgracia para todo el  mundo! El príncipe y la princesa no podrían ya ser felices: se habría acabado su  vida de matrimonio. En cuanto al rey, creo que no podría soportarlo. Realmente,  cuando empiezo a pensar en la importancia de mi papel, me emociono hasta casi  llorar.</p>
<p>-Si quiere agradar a los demás -exclamó la candela romana-, haría mejor en  mantenerse en seco.</p>
<p>-¡Ciertamente! -exclamó la bengala, que no estaba de muy buen humor-, eso es  sencillamente de sentido común.</p>
<p>-¿Cree que es de sentido común? -replicó el cohete indignado-. Olvida que yo  no tengo nada común y que soy muy distinguido. ¡A fe mía todo el mundo puede  tener sentido común con tal de carecer de imaginación! Pero yo tengo  imaginación, porque nunca veo las cosas como son. Las veo siempre muy diferentes  de lo que son. En cuanto a eso de mantenerme en seco, es que no hay aquí, con  toda seguridad, nadie que sepa apreciar a fondo un temperamento delicado.  Afortunadamente para mí, no me importa nada. La única cosa que le sostiene a uno  en la vida es el convencimiento de la enorme inferioridad de sus semejantes y  éste es un sentimiento que he mantenido siempre en mí. Pero ninguno de ustedes  tiene corazón. Gritan y se regocijan como si el príncipe y la princesa no  estuviesen celebrando sus bodas.</p>
<p>-¡Eh! -exclamó un pequeño globo de fuego-. ¿Y por qué no? Es una alegre  ocasión y cuando estalle yo en el aire pienso comunicárselo a todas las  estrellas. Ya verán cómo brillarán cuando las hable de la bella recién casada.</p>
<p>-¡Oh, qué concepto más banal de la vida! -dijo el cohete-, pero no me  esperaba yo menos. No hay nada en usted. Es hueco y vacío. ¡Bah! Quizás el  príncipe y la princesa se vayan a vivir en un país en que haya un río profundo,  quizás tengan un solo hijo, un pequeñuelo de pelo rizado y de ojos violeta como  los del príncipe. Quizás vaya algún día a pasearse con su nodriza. Quizás la  nodriza se duerma debajo de un gran sauce. Quizás el niño se caiga al río y se  ahogue. ¡Qué terrible desgracia! ¡Los pobres perder su hijo único! Es terrible,  realmente. No podré soportarlo nunca.</p>
<p>-Pero no han perdido su hijo único -dijo la candela romana-. No les ha  sucedido ninguna desgracia.</p>
<p>-No he dicho que les haya sucedido -replicó el cohete-. He dicho que podría  sucederles. Si hubiesen perdido a su hijo único, sería inútil decir nada sobre  el suceso. Detesto a las personas que lloran por su cántaro de leche roto. Pero  cuando pienso que han perdido a su hijo único, me siento verdaderamente  tristísimo.</p>
<p>-Ya lo veo -exclamó la bengala-. Realmente es usted la persona más afectada  que he visto en mi vida.</p>
<p>-Y usted la persona más grosera que he conocido -dijo el cohete-. No puede  comprender mi afecto por el príncipe.</p>
<p>-¡Bah! Ni siquiera lo conoce&#8230; -chisporroteó la candela romana.</p>
<p>-No, nunca dije que le conociera -respondió el cohete-. Me atrevo a decir que  si lo conociese no sería de ningún modo amigo suyo. Es cosa peligrosa conocer  uno a sus amigos.</p>
<p>-Mejor haría en mantenerse en seco -dijo el globo de fuego-. Eso es lo más  importante.</p>
<p>-Para usted no dudo que será importantísimo -respondió el cohete-. Pero yo  lloraré si me viene en gana.</p>
<p>Y el cohete estalló en lágrimas que corrieron sobre su vara en gotas de  lluvia, ahogando casi a dos pequeños escarabajos que pensaban precisamente en  fundar una familia y buscaban un bonito sito seco para instalarse.</p>
<p>-Debe tener un temperamento verdaderamente romántico, pues llora cuando no  hay por qué llorar -dijo la rueda.</p>
<p>Y lanzando un profundo suspiro, se puso a pensar en la caja de madera.</p>
<p>Pero la candela romana y la bengala estaban indignadas. Gritaban con todas  sus fuerzas:</p>
<p>-¡Pamplinas! ¡Pamplinas!</p>
<p>Eran muy prácticas, y cuando se oponían a algo lo denominaban pamplinas.</p>
<p>Entonces apareció la luna como un soberbio escudo de plata y las estrellas  comenzaron a brillar y llegaron al palacio los sones de una música.</p>
<p>El príncipe y la princesa dirigían el baile. Bailaban tan bien que los  pequeños lirios blancos echaban un vistazo por la ventana contemplándolos, y las  grandes amapolas rojas movían la cabeza, llevando el compás.</p>
<p>En aquel momento sonaron las diez, luego las once y luego las doce, y a la  última campanada de media noche, todo el mundo fue a la terraza y el rey hizo  llamar al pirotécnico real.</p>
<p>-Empiecen los fuegos artificiales-dijo el rey. Y el pirotécnico real hizo un  profundo saludo y se dirigió al fondo del jardín. Tenía seis ayudantes. Cada uno  llevaba una antorcha encendida sujeta a la punta de una larga pértiga.</p>
<p>Fue realmente una soberbia irradiación de luz.</p>
<p>-¡Ssss! ¡Ssss! -hizo la rueda que empezó a girar.</p>
<p>-¡Bum! ¡Bum! -replicó la candela romana. Entonces los buscapiés entraron en  danza y las bengalas colorearon todo de rojo.</p>
<p>-¡Adiós! -gritó el globo de fuego mientras se elevaba haciendo llover  chispitas azules.</p>
<p>-¡Bang! ¡Bang! -respondieron los petardos, que se divertían muchísimo.</p>
<p>Todos tuvieron un gran éxito, menos el cohete. Estaba tan húmedo por haber  llorado que no pudo arder. Lo mejor que había en él era la pólvora y ésta se  hallaba tan mojada por las lágrimas que estaba inservible. Toda su pobre  parentela, a la que no se dignaba hablar sin una sonrisa despectiva, produjo un  gran alboroto por el cielo, como si fuesen magníficos ramilletes de oro  floreciendo en fuego.</p>
<p>-¡Bravo! ¡Bravo! -gritaba la corte.</p>
<p>Y la princesita reía de placer.</p>
<p>-Creo que me reservan para alguna gran ocasión -dijo el cohete-.  Indudablemente es eso.</p>
<p>Y miraba a su alrededor con aire más orgulloso que nunca.</p>
<p>Al día siguiente vinieron los obreros a colocarlo todo de nuevo en su sitio.</p>
<p>-Evidentemente es una comisión -se dijo el cohete-. Los recibiré con una  tranquila dignidad.</p>
<p>Y engallándose empezó a fruncir las cejas como si pensase en algo muy  importante. Pero los obreros no se dieron cuenta de su presencia hasta dejarlo  atrás.</p>
<p>Entonces uno de ellos lo vio.</p>
<p>-¡Ah! -gritó-. ¡Qué mal cohete!</p>
<p>Y le tiró al paso por encima del muro.</p>
<p>-¡Mal cohete! ¡Mal cohete! -dijo éste girando por el aire-. ¡Imposible!  Famoso cohete, eso es lo que han querido decir. Mal y famoso suenan para mí casi  lo mismo, y a veces ambas cosas son idénticas.</p>
<p>Y cayó en el lodo.</p>
<p>-No es esto muy cómodo -observó-, pero sin duda es algún balneario de moda a  donde me han enviado para que reponga mi salud. Mis nervios están muy  desgastados y necesito descanso.</p>
<p>Entonces una ranita de ojillos brillantes y de traje verde moteado, nadó  hacia él.</p>
<p>-Ya veo que es un recién llegado -dijo la rana-. ¡Bueno! Después de todo no  hay nada como el fango. Denme un tiempo lluvioso y un hoyo y soy completamente  feliz&#8230; ¿Cree que la tarde será calurosa? Así lo espero, porque el cielo está  todo azul y despejado. ¡Qué lástima!</p>
<p>-¡Ejem!, Ejem! -profirió el cohete tosiendo.</p>
<p>-¡Qué voz más deliciosa tiene! -gritó la rana-. Parece el croar de una rana y  croar es la cosa más musical del mundo. Ya oirá nuestros coros esta noche. Nos  colocamos en el antiguo estanque de los patos junto a la alquería y en cuanto  aparece la luna, empezamos. El concierto es tan sublime que todo el mundo viene  a oírnos. Ayer, sin ir más lejos, oí a la mujer del colono decir a la madre que  no pudo dormir ni un segundo durante la noche por nuestra causa. Es muy  agradable ver lo popular que es una.</p>
<p>-¡Ejem!, Ejem! -dijo el cohete.</p>
<p>Estaba muy molesto de no poder salir de su mutismo.</p>
<p>-¡Sí, una voz deliciosa! -prosiguió la rana-. Espero que vendrá al estanque  de los patos. Voy a echar un vistazo a mis hijas. Tengo seis hijas soberbias y  me inquieta mucho que el sollo tope con ellas&#8230; Es un verdadero monstruo y no  sentiría el menor escrúpulo en comérselas. Así es que ¡adiós! Me agrada mucho su  conversación, se lo aseguro.</p>
<p>-¿Y llama conversación a esto? -dijo el cohete-. Ha charlado usted sola todo  el rato. Eso no es conversación.</p>
<p>-Alguien tiene que escuchar siempre -replicó la rana-, y a mí me gusta llevar  la voz cantante en la conversación. Así se ahorra tiempo y se evitan disputas.</p>
<p>-Pues a mí me gusta la discusión -dijo el cohete.</p>
<p>-No lo creo -replicó la rana con aire compasivo-. Las discusiones son  completamente vulgares, porque en la buena sociedad todo el mundo tiene  exactamente las mismas opiniones. Adiós otra vez. Veo a mis hijas allá abajo.</p>
<p>Y la ranita se puso a nadar nuevamente.</p>
<p>-Es una persona antipática -dijo el cohete-, y mal educada. Detesto a las  gentes que hablan de sí mismas como usted, cuando necesita uno hablar de uno  mismo, como en mi caso. Eso es lo que se llama egoísmo y el egoísmo es una cosa  aborrecible, sobre todo para los que son como yo, pues bien conocen todos mi  carácter simpático. Debería tomar ejemplo de mí. No podría encontrar un modelo  mejor. Ahora que tiene esa oportunidad, aprovéchela sin tardanza, porque voy a  volver a la corte en seguida. Soy muy estimado en la corte. Ayer, el príncipe y  la princesa se casaron en mi honor. Seguramente no estará enterada de nada de  esto, ¡como es provinciana!</p>
<p>-¡No se moleste en hablarle! -dijo una libélula posada en la punta de una  espadaña-. Se ha ido.</p>
<p>-Bueno, ¡ella se lo pierde y no yo! No voy a dejar de hablarle, sólo porque  no me escuche. Me gusta oírme hablar. Es uno de mis mayores placeres. Sostengo a  menudo largas conversaciones conmigo mismo y soy tan profundo que a veces no  comprendo ni una palabra de lo que digo.</p>
<p>-Entonces debe ser licenciado en filosofía -dijo la libélula.</p>
<p>Y desplegando sus lindas alas de gasa, se elevó hacia el cielo.</p>
<p>-¡Qué necedad demuestra al no quedarse aquí! -dijo el cohete-. Estoy seguro  de que no habrá tenido muy a menudo la oportunidad de educar su espíritu; aunque  después de todo me es igual. Un genio como el mío será apreciado con toda  seguridad algún día.</p>
<p>Y se hundió un poco más en el fango.</p>
<p>Pasado un rato, una gran pata blanca nadó hacia él. Tenía las patas  amarillas, los pies palmeados y la consideraban como una gran belleza por su  contoneo.</p>
<p>-¡Cuac!, ¡cuac!, ¡cuac! -dijo-. ¡Qué tipo más raro tiene usted! ¿Puedo  preguntarle si ha nacido aquí o si es de resultas de algún accidente?</p>
<p>-¡Cómo se ve que ha vivido siempre en el campo! De otro modo sabría quién  soy. Sin embargo, disculpo su ignorancia. Sería descabellado querer que los  demás fueran tan extraordinarios como uno mismo. Sin duda le sorprenderá saber  que vuelo por el cielo y que caigo en una lluvia de chispas de oro.</p>
<p>-No lo considero muy estimable -dijo la pata-, pues no veo en qué puede ser  eso útil a nadie. ¡Ah! Si arara los campos como un buey; si arrastrase un carro  como el caballo; si guardase un rebaño como el perro del ganado, entonces ya  sería otra cosa.</p>
<p>-Buena mujer -dijo el cohete con tono muy altivo-, veo que pertenece a la  clase baja. Las personas de mi rango no sirven nunca para nada. Tenemos un  encanto especial y con eso basta. Yo mismo no siento la menor inclinación por  ningún trabajo y menos aún por esa clase de trabajos, que enumera. Además,  siempre he sido de opinión que el trabajo rudo es simplemente el refugio de la  gente que no tiene otra cosa que hacer en la vida.</p>
<p>-¡Bien, bien! -dijo la pata, que era de temperamento pacífico y no reñía  nunca con nadie-. Cada cual tiene gustos diferentes. De todas maneras, deseo que  venga a establecer aquí su residencia.</p>
<p>-¡Nada de eso! -exclamó el cohete-. Soy un visitante, un visitante  distinguido y nada más. El hecho es que encuentro este sitio muy aburrido. No  hay aquí ni sociedad ni soledad. Resulta completamente de barrio bajo&#8230; Volveré  seguramente a la corte, pues estoy destinado a causar sensación en el mundo.</p>
<p>-Yo también pensé en entrar en la vida pública -observó la pata-. ¡Hay tantas  cosas que piden reforma! Así pues, presidí, no hace mucho, un mitin en el que  votamos unas proposiciones condenando todo lo que nos desagradaba. Sin embargo,  no parecen haber surtido gran efecto. Ahora me ocupo de cosas domésticas y velo  por mi familia.</p>
<p>-Yo he nacido para la vida pública y en ella figuran todos mis parientes,  hasta los más humildes. Allí donde aparecemos, llamamos extraordinariamente la  atención. Esta vez no he figurado personalmente, pero cuando lo hago, resulta un  espectáculo magnifico. En cuanto a las cosas domésticas, hacen envejecer y  apartan el espíritu de otras cosas más altas.</p>
<p>-¡Oh, qué bellas son las cosas altas de la vida! -dijo la pata-. ¡Esto me  recuerda el hambre que tengo!</p>
<p>Y la pata volvió a nadar por el río, continuando sus ¡cuac&#8230; cuac&#8230; cuac&#8230;!</p>
<p>-¡Vuelva, vuelva! -gritó el cohete-. Tengo muchas cosas que decirle.</p>
<p>Pero la pata no le hacía ningún caso.</p>
<p>-Me alegro de que se haya ido. Tiene realmente un espíritu mediocre.</p>
<p>Y hundiéndose un poco más en el fango, empezaba a reflexionar sobre la  belleza del genio, cuando de repente dos chiquillos con blusas blancas llegaron  al borde de la cuneta con un caldero y unos leños.</p>
<p>-Ésta debe ser la comisión -dijo el cohete. Y adoptó una digna compostura.</p>
<p>-¡Oh! -gritó uno de ellos-. Mira este palo viejo. ¡Qué raro que haya venido a  parar aquí!</p>
<p>Y sacó el cohete de la cuneta.</p>
<p>-¡Palo viejo! -refunfuñó el cohete-. ¡Imposible! Habrá querido decir palo  precioso. Palo precioso es un cumplido. Me toma por un personaje de la corte.</p>
<p>-¡Echémoslo al fuego! -dijo el otro muchacho-. Así ayudará a que hierva la  caldera.</p>
<p>Amontonaron los leños, colocaron el cohete sobre ellos y prendieron fuego.</p>
<p>-¡Magnífico! -gritó el cohete-. Me colocan a plena luz. Así todos me verán.</p>
<p>-Ahora vamos a dormir! -dijeron los niños-, y cuando nos despertemos estará  ya hirviendo la caldera.</p>
<p>Y acostándose sobre la hierba cerraron los ojos. El cohete estaba muy húmedo.  Pasó un buen rato antes de que ardiese. Sin embargo, al fin, prendió el fuego en  él.</p>
<p>-¡Ahora voy a partir! -gritaba.</p>
<p>Y se erguía y se estiraba.</p>
<p>-Sé que voy a subir más alto que las estrellas, más alto que la luna, más  alto que el sol. Subiré tan arriba que&#8230;</p>
<p>-¡Fisss! ¡Fisss! ¡Fisss!</p>
<p>Y se elevó en el aire.</p>
<p>-¡Delicioso! -gritaba-. Seguiré subiendo así siempre. ¡Qué éxito tengo!</p>
<p>Pero nadie lo veía.</p>
<p>Entonces comenzó a sentir una extraña impresión de hormigueo.</p>
<p>-¡Voy a estallar! -gritaba-. Incendiaré el mundo entero y haré tanto ruido,  que no se hablará de otra cosa en un año.</p>
<p>Y, en efecto, estalló.</p>
<p>-¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! -hizo la pólvora. La pólvora no podía hacer otra cosa.</p>
<p>Pero nadie oyó, ni siquiera los dos muchachos que dormían profundamente.</p>
<p>No quedó del cohete más que el palo que cayó sobre la espalda de una oca que  daba su paseo alrededor de la zanja.</p>
<p>-¡Cielos! -exclamó-. ¡Ahora llueven palos!</p>
<p>Y se tiró al agua.</p>
<p>-¡Me parece que he causado una gran sensación! -musitó el cohete.</p>
<p>Y expiró.</p>
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		<title>El balcón &#8211; Felisberto Hernández</title>
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		<pubDate>Tue, 03 Jul 2007 10:37:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Hernández, Felisberto]]></category>

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		<description><![CDATA[Había una ciudad que a mí me gustaba visitar en verano. En esa época casi todo un barrio se iba a un balneario cercano. Una de las casas abandonadas era muy antigua; en ella habían instalado un hotel y apenas empezaba el verano la casa se ponía triste, iba perdiendo sus mejores familias y quedaba [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=67&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Había una ciudad que a mí me gustaba visitar en verano. En  esa época casi todo un barrio se iba a un balneario cercano. Una de las casas  abandonadas era muy antigua; en ella habían instalado un hotel y apenas empezaba  el verano la casa se ponía triste, iba perdiendo sus mejores familias y quedaba  habitada nada más que por los sirvientes. Si yo me hubiera escondido detrás de  ella y soltado un grito, éste enseguida se hubiese apagado en el musgo. El teatro donde yo daba los conciertos también tenía poca  gente y lo había invadido el silencio: yo lo veía agrandarse en la gran tapa  negra del piano. Al silencio le gustaba<span id="more-67"></span> escuchar la música; oía hasta la última  resonancia y después se quedaba pensando en lo que había escuchado. Sus  opiniones tardaban. Pero cuando el silencio ya era de confianza, intervenía en  la música: pasaba entre los sonidos como un gato con su gran cola negra y los  dejaba llenos de intenciones.</p>
<p>Al final de uno de esos conciertos, vino a saludarme un  anciano tímido. Debajo de sus ojos azules se veía la carne viva y enrojecida de  sus párpados caídos; el labio inferior, muy grande y parecido a la baranda de un  palco, daba vuelta alrededor de su boca entreabierta. De allí salía una voz  apagada y palabras lentas; además, las iba separando con el aire quejoso de la  respiración.</p>
<p>Después de un largo intervalo me dijo:</p>
<p>-Yo lamento que mi hija no pueda escuchar su música.</p>
<p>No sé por qué se me ocurrió que la hija se habría  quedado ciega; y enseguida me di cuenta que una ciega podía oír, que más bien  podía haberse quedado sorda, o no estar en la ciudad; y de pronto me detuve en  la idea de que podría haberse muerto. Sin embargo aquella noche yo era feliz; en  aquella ciudad todas las cosas eran lentas, sin ruido yo iba atravesando, con el  anciano, penumbras de reflejos verdosos.</p>
<p>De pronto me incliné hacia él -como en el instante en  que debía cuidar de algo muy delicado- y se me ocurrió preguntarle:</p>
<p>-¿Su hija no puede venir?</p>
<p>Él dijo «ah» con un golpe de voz corto y sorpresivo;  detuvo el paso, me miró a la cara y por fin le salieron estas palabras:</p>
<p>-Eso, eso; ella no puede salir. Usted lo ha adivinado.  Hay noches que no duerme pensando que al día siguiente tiene que salir. Al otro  día se levanta temprano, apronta todo y le viene mucha agitación. Después se le  va pasando. Y al final se sienta en un sillón y ya no puede salir.</p>
<p>La gente del concierto desapareció enseguida de las  calles que rodeaban al teatro y nosotros entramos en el café. Él le hizo señas  al mozo y le trajeron una bebida oscura en el vasito. Yo lo acompañaría nada más  que unos instantes; tenía que ir a cenar a otra parte. Entonces le dije:</p>
<p>-Es una pena que ella no pueda salir. Todos necesitamos  pasear y distraernos.</p>
<p>Él, después de haber puesto el vasito en aquel labio  tan grande y que no alcanzó a mojarse, me explicó:</p>
<p>-Ella se distrae. Yo compré una casa vieja, demasiado  grande para nosotros dos, pero se halla en buen estado. Tiene un jardín con una  fuente; y la pieza de ella tiene, en una esquina, una puerta que da sobre un  balcón de invierno; y ese balcón da a la calle; casi puede decirse que ella vive  en el balcón. Algunas veces también pasea por el jardín y algunas noches toca el  piano. Usted podrá venir a cenar a mi casa cuando quiera y le guardaré  agradecimiento.</p>
<p>Comprendí enseguida; y entonces decidimos el día en que  yo iría a cenar y a tocar el piano.</p>
<p>Él me vino a buscar al hotel una tarde en que el sol  todavía estaba alto. Desde lejos, me mostró la esquina donde estaba colocado el  balcón de invierno. Era en un primer piso. Se entraba por un gran portón que  había al costado de la casa y que daba a un jardín con una fuente de estatuillas  que se escondían entre los yuyos. El jardín estaba rodeado por un alto paredón;  en la parte de arriba le habían puesto pedazos de vidrio pegados con mezcla. Se  subía a la casa por una escalinata colocada delante de una galería desde donde  se podía mirar al jardín a través de una vidriera. Me sorprendió ver, en el  largo corredor, un gran número de sombrillas abiertas; eran de distintos colores  y parecían grandes plantas de invernáculo. Enseguida el anciano me explicó:</p>
<p>-La mayor parte de estas sombrillas se las he regalado  yo. A ella le gusta tenerlas abiertas para ver los colores. Cuando el tiempo  está bueno elige una y da una vueltita por el jardín. En los días que hay viento  no se puede abrir esta puerta porque las sombrillas se vuelan, tenemos que  entrar por otro lado.</p>
<p>Fuimos caminando hasta un extremo del corredor por un  techo que había entre la pared y las sombrillas. Llegamos a una puerta, el  anciano tamborileó con los dedos en el vidrio y adentro respondió una voz  apagada. El anciano me hizo entrar y enseguida vi a su hija de pie en medio del  balcón de invierno; frente a nosotros y de espaldas a vidrios de colores. Sólo  cuando nosotros habíamos cruzado la mitad del salón ella salió de su balcón y  nos vino a alcanzar. Desde lejos ya venía levantando la mano y diciendo palabras  de agradecimiento por mi visita. Contra la pared que recibía menos luz había  recostado un pequeño piano abierto, su gran sonrisa amarillenta parecía ingenua.</p>
<p>Ella se disculpó por el hecho de no poder salir y  señalando el balcón vacío, dijo:</p>
<p>-Él es mi único amigo.</p>
<p>Yo señalé al piano y le pregunté:</p>
<p>-Y ese inocente, ¿no es amigo suyo también?</p>
<p>Nos estábamos sentando en sillas que había a los pies  de ella. Tuve tiempo de ver muchos cuadritos de flores pintadas colocadas todos  a la misma altura y alrededor de las cuatro paredes como si formaron un friso.  Ella había dejado abandonada en medio de su cara una sonrisa tan inocente como  la del piano; pero su cabello rubio y desteñido y su cuerpo delgado también  parecían haber sido abandonados desde mucho tiempo. Ya empezaba a explicar por  qué el piano no era tan amigo suyo como el balcón, cuando el anciano salió casi  en puntas de pie. Ella siguió diciendo:</p>
<p>-El piano era un gran amigo de mi madre.</p>
<p>Yo hice un movimiento como para ir a mirarlo; pero  ella, levantando una mano y abriendo los ojos, me detuvo:</p>
<p>-Perdone, preferiría que probara el piano después de  cenar, cuando haya luces encendidas. Me acostumbré desde muy niña a oír el piano  nada más que por la noche. Era cuando lo tocaba mi madre. Ella encendía las  cuatro velas de los candelabros y tocaba notas tan lentas y tan separadas en el  silencio como si también fuera encendiendo, uno por uno, los sonidos.</p>
<p>Después se levantó y pidiéndome permiso se fue al  balcón; al llegar a él le puso los brazos desnudos en los vidrios como si los  recostara sobre el pecho de otra persona. Pero enseguida volvió y me dijo:</p>
<p>-Cuando veo pasar varias veces a un hombre por el  vidrio rojo casi siempre resulta que él es violento o de mal carácter.</p>
<p>No pude dejar de preguntarle:</p>
<p>-Y yo ¿en qué vidrio caí?</p>
<p>-En el verde. Casi siempre les toca a las personas que  viven solas en el campo.</p>
<p>-Casualmente a mí me gusta la soledad entre plantas -le  contesté.</p>
<p>Se abrió la puerta por donde yo había entrado y  apareció el anciano seguido por una sirvienta tan baja que yo no sabía si era  niña o enana. Su cara roja aparecía encima de la mesita que ella misma traía en  sus bracitos. El anciano me preguntó:</p>
<p>-¿Qué bebida prefiere?</p>
<p>Yo iba a decir «ninguna», pero pensé que se disgustaría  y le pedí una cualquiera. A él le trajeron un vasito con la bebida oscura que yo  le había visto tomar a la salida del concierto. Cuando ya era del todo la noche  fuimos al comedor y pasamos por la galería de las sombrillas; ella cambió  algunas de lugar y mientras yo se las elogiaba se le llenaba la cara de  felicidad.</p>
<p>El comedor estaba en un nivel más bajo que la calle y a  través de pequeñas ventanas enrejadas se veían los pies y las piernas de los que  pasaban por la vereda. La luz, no bien salía de una pantalla verde, ya daba  sobre un mantel blanco; allí se había reunido, como para una fiesta de  recuerdos, los viejos objetos de la familia. Apenas nos sentamos, los tres nos  quedamos callados un momento; entonces todas las cosas que había en la mesa  parecían formas preciosas del silencio. Empezaron a entrar en el mantel nuestros  pares de manos: ellas parecían habitantes naturales de la mesa. Yo no podía  dejar de pensar en la vida de las manos. Haría muchos años, unas manos habían  obligado a estos objetos de la mesa a tener una forma. Después de mucho andar  ellos encontrarían colocación en algún aparador. Estos seres de la vajilla  tendrían que servir a toda clase de manos. Cualquiera de ellas echaría los  alimentos en las caras lisas y brillosas de los platos; obligarían a las jarras  a llenar y a volcar sus caderas; y a los cubiertos, a hundirse en la carne, a  deshacerla y a llevar los pedazos a la boca. Por último los seres de la vajilla  eran bañados, secados y conducidos a sus pequeñas habitaciones. Algunos de estos  seres podrían sobrevivir a muchas parejas de manos; algunas de ellas serían  buenas con ellos, los amarían y los llenarían de recuerdos, pero ellos tendrían  que seguir viviendo en silencio.</p>
<p>Hacía un rato, cuando nos hallábamos en la habitación  de la hija de la casa y ella no había encendido la luz -quería aprovechar hasta  el último momento el resplandor que venía de su balcón-, estuvimos hablando de  los objetos. A medida que se iba la luz, ellos se acurrucaban en la sombra como  si tuvieran plumas y se prepararan para dormir. Entonces ella dijo que los  objetos adquirían alma a medida que entraban en relación con las personas.  Algunos de ellos antes habían sido otros y habían tenido otra alma (algunos que  ahora tenían patas, antes habían tenido ramas, las teclas habían sido  colmillos), pero su balcón había tenido alma por primera vez cuando ella empezó  a vivir en él.</p>
<p>De pronto apareció en la orilla del mantel la cara  colorada de la enana. Aunque ella metía con decisión sus bracitos en la mesa  para que las manitas tomaran las cosas, el anciano y su hija le acercaban los  platos a la orilla de la mesa. Pero al ser tomados por la enana, los objetos de  la mesa perdían dignidad. Además el anciano tenía una manera apresurada y  humillante de agarrar el botellón por el pescuezo y doblegarlo hasta que le  salía vino.</p>
<p>Al principio la conversación era difícil. Después  apareció dando campanadas un gran reloj de pie; había estado marchando contra la  pared situada detrás del anciano; pero yo me había olvidado de su presencia.  Entonces empezamos a hablar. Ella me preguntó:</p>
<p>-¿Usted no siente cariño por las ropas viejas?</p>
<p>-¡Cómo no! Y de acuerdo a lo que usted dijo de los  objetos, los trajes son los que han estado en más estrecha relación con nosotros  -aquí yo me reí y ella se quedó seria-; y no me parecería imposible que  guardaran de nosotros algo más que la forma obligada del cuerpo y alguna  emanación de la piel.</p>
<p>Pero ella no me oía y había procurado interrumpirme  como alguien que intenta entrar a saltar cuando están torneando la cuerda. Sin  duda me había hecho la pregunta pensando en lo que respondería ella.</p>
<p>Por fin dijo:</p>
<p>-Yo compongo mis poesías después de estar acostada -ya,  en la tarde, había hecho alusión a esas poesías- y tengo un camisón blanco que  me acompaña desde mis primeros poemas. Algunas noches de verano voy con él al  balcón. El año pasado le dediqué una poesía.</p>
<p>Había dejado de comer y no se le importaba que la enana  metiera los bracitos en la mesa. Abrió los ojos como ante una visión y empezó a  recitar:</p>
<p>-A mi camisón blanco.</p>
<p>Yo endurecía todo el cuerpo y al mismo tiempo atendía a  las manos de la enana. Sus deditos, muy sólidos, iban arrollados hasta los  objetos, y sólo a último momento se abrían para tomarlos.</p>
<p>Al principio yo me preocupaba por demostrar distintas  maneras de atender; pero después me quedé haciendo un movimiento afirmativo con  la cabeza, que coincidía con la llegada del péndulo a uno de los lados del  reloj. Esto me dio fastidio; y también me angustiaba el pensamiento de que  pronto ella terminaría y yo no tenía preparado nada para decirle; además, al  anciano le había quedado un poco de acelga en el borde del labio inferior y muy  cerca de la comisura.</p>
<p>La poesía era cursi, pero parecía bien medida; con  «camisón» no rimaba ninguna de las palabras que yo esperaba; le diría que el  poema era fresco. Yo miraba al anciano y al hacerlo me había pasado la lengua  por el labio inferior, pero él escuchaba a la hija. Ahora yo empezaba a sufrir  porque el poema no terminaba. De pronto dijo «balcón» para rimar con «camisón»,  y ahí terminó el poema.</p>
<p>Después de las primeras palabras, yo me escuchaba con  serenidad y daba a los demás la impresión de buscar algo que ya estaba a punto  de encontrar:</p>
<p>-Me llama la atención -comencé- la calidad de  adolescencia que le ha quedado en el poema. Es muy fresco y&#8230;</p>
<p>Cuando yo había empezado a decir «es muy fresco», ella  también empezaba a decir:</p>
<p>-Hice otro&#8230;</p>
<p>Yo me sentí desgraciado; pensaba en mí con un egoísmo  traicionero. Llegó la enana con otra fuente y me serví con desenfado una buena  cantidad. No quedaba ningún prestigio: ni el de los objetos de la mesa, ni el de  la poesía, ni el de la casa que tenía encima, con el corredor de las sombrillas,  ni el de la hiedra que tapaba todo un lado de la casa. Para peor, yo me sentía  separado de ellos y comía en forma canallesca; no había una vez que el anciano  no manoteara el pescuezo del botellón que no encontrara mi copa vacía.</p>
<p>Cuando ella terminó el segundo poema, yo dije:</p>
<p>-Si esto no estuviera tan bueno -yo señalaba el plato-  le pediría que me dijera otro.</p>
<p>Enseguida el anciano dijo:</p>
<p>-Primero ella debía comer. Después tendrá tiempo.</p>
<p>Yo empezaba a ponerme cínico, y en aquel momento no se  me hubiera importado dejar que me creciera una gran barriga. Pero de pronto  sentí como una necesidad de agarrarme del saco de aquel pobre viejo y tener para  él un momento de generosidad. Entonces señalándole el vino le dije que hacía  poco me habían hecho un cuento de un borracho. Se lo conté, y al terminar los  dos empezaron a reírse desesperadamente; después yo seguí contando otros. La  risa de ella era dolorosa; pero me pedía por favor que siguiera contando  cuentos; la boca se le había estirado para los lados como un tajo impresionante;  las «patas de gallo» se le habían quedado prendidas en los ojos llenos de  lágrimas, y se apretaba las manos juntas entre las rodillas. El anciano tosía y  había tenido que dejar el botellón antes de llenar la copa. La enana se reía  haciendo como un saludo de medio cuerpo.</p>
<p>Milagrosamente todos habíamos quedado unidos y yo no  tenía el menor remordimiento.</p>
<p>Esa noche no toqué el piano. Ellos me rogaron que me  quedara, y me llevaron a un dormitorio que estaba al lado de la casa que tenía  enredaderas de hiedra. Al comenzar a subir la escalera, me fijé que del reloj de  pie salía un cordón que iba siguiendo a la escalera, en todas sus vueltas. Al  llegar al dormitorio, el cordón entraba y terminaba atado en una de las pequeñas  columnas del dosel de mi cama. Los muebles eran amarillos, antiguos, y la luz de  una lámpara hacía brillar sus vientres. Yo puse mis manos en mi abdomen y miré  el del anciano. Sus últimas palabras de aquella noche habían sido para  recomendarme:</p>
<p>-Si usted se siente desvelado y quiere saber la hora,  tire de este cordón. Desde aquí oirá el reloj del comedor; primero le dará las  horas y, después de un intervalo, los minutos.</p>
<p>De pronto se empezó a reír, y se fue dándome las  «buenas noches». Sin duda se acordaría de uno de los cuentos, el de un borracho  que conversaba con un reloj.</p>
<p>Todavía el anciano hacía crujir la escalera de madera  con sus pasos pesados, cuando yo ya me sentía solo con mi cuerpo. Él -mi cuerpo-  había atraído hacia sí todas aquellas comidas y todo aquel alcohol como un  animal tragando a otros; y ahora tendría que luchar con ellos toda la noche. Lo  desnudé completamente y lo hice pasear descalzo por la habitación.</p>
<p>Enseguida de acostarme quise saber qué cosa estaba  haciendo yo con mi vida en aquellos días; recibí de la memoria algunos  acontecimientos de los días anteriores, y pensé en personas que estaban muy  lejos de allí. Después empecé a deslizarme con tristeza y con cierta impudicia  por algo que era como las tripas del silencio.</p>
<p>A la mañana siguiente hice un recorrido sonriente y  casi feliz de las cosas de mi vida. Era muy temprano; me vestí lentamente y salí  a un corredor que estaba a pocos metros sobre el jardín. De este lado también  había yuyos altos y árboles espesos. Oí conversar al anciano y a su hija, y  descubrí que estaban sentados en un banco colocado bajo mis pies. Entendí  primero lo que decía ella:</p>
<p>-Ahora Úrsula sufre más; no sólo quiere menos al  marido, sino que quiere más al otro.</p>
<p>El anciano preguntó:</p>
<p>-¿Y no puede divorciarse?</p>
<p>-No; porque ella quiere a los hijos, y los hijos  quieren al marido y no quieren al otro.</p>
<p>Entonces el anciano dijo con mucha timidez:</p>
<p>-Ella podría decir a los hijos que el marido tiene  varias amantes.</p>
<p>La hija se levantó enojada:</p>
<p>-¡Siempre el mismo, tú! ¡Cuándo comprenderás a Úrsula!  ¡Ella es incapaz de hacer eso!</p>
<p>Yo me quedé muy intrigado. La enana no podía ser -se  llamaba Tamarinda-. Ellos vivían, según me había dicho el anciano, completamente  solos. ¿Y esas noticias? ¿Las habrían recibido en la noche? Después del enojo,  ella había ido al comedor y al rato salió al jardín bajo una sombrilla color  salmón con volados de gasas blancas. A mediodía no vino a la mesa. El anciano y  yo comimos poco y tomamos poco vino. Después yo salí para comprar un libro a  propósito para ser leído en una casa abandonada entre los yuyos, en una noche  muda y después de haber comido y bebido en abundancia.</p>
<p>Cuando iba de vuelta, pasó frente al balcón, un poco  antes que yo, un pobre negro viejo y rengo, con un sombrero verde de alas tan  anchas como las que usan los mejicanos.</p>
<p>Se veía una mancha blanca de carne, apoyada en el  vidrio verde del balcón.</p>
<p>Esa noche, apenas nos sentamos a la mesa, yo empecé a  hacer cuentos, y ella no recitó.</p>
<p>Las carcajadas que soltábamos el anciano y yo nos  servían para ir acomodando cantidades brutales de comida y de vinos.</p>
<p>Hubo un momento en que nos quedamos silenciosos.  Después, la hija nos dijo:</p>
<p>-Esta noche quiero oír música. Yo iré antes a mi  habitación y encenderé las velas del piano. Hace ya mucho tiempo que no se  encienden. El piano, ese pobre amigo de mamá, creerá que es ella quien lo irá a  tocar.</p>
<p>Ni el anciano ni yo hablamos una palabra más. Al rato  vino Tamarinda a decirnos que la señorita nos esperaba.</p>
<p>Cuando fui a hacer el primer acorde, el silencio  parecía un animal pesado que hubiera levantado una pata. Después del primer  acorde salieron sonidos que empezaron a oscilar como la luz de las velas. Hice  otro acorde como si adelantara otro paso. Y a los pocos instantes, y antes que  yo tocara otro acorde más, estalló una cuerda. Ella dio un grito. El anciano y  yo nos paramos; él fue hacia su hija, que se había tapado los ojos, y la empezó  a calmar diciéndole que las cuerdas estaban viejas y llenas de herrumbre. Pero  ella seguía sin sacarse las manos de los ojos y haciendo movimientos negativos  con la cabeza. Yo no sabía qué hacer; nunca se me había reventado una cuerda.  Pedí permiso para ir a mi cuarto, y al pasar por el corredor tenía miedo de  pisar una sombrilla.</p>
<p>A la mañana siguiente llegué tarde a la cita del  anciano y la hija en el banco del jardín, pero alcancé a oír que la hija decía:</p>
<p>-El enamorado de Úrsula trajo puesto un gran sombrero  verde de alas anchísimas.</p>
<p>Yo no podía pensar que fuera aquel negro viejo y rengo  que había visto pasar en la tarde anterior; ni podía pensar en quién traería  esas noticias por la noche.</p>
<p>Al mediodía, volvimos a almorzar el anciano y yo solos.  Entonces aproveché para decirle:</p>
<p>-Es muy linda la vista desde el corredor. Hoy no me  quedé más porque ustedes hablaban de una Úrsula, y yo temía ser indiscreto.</p>
<p>El anciano había dejado de comer, y me había preguntado  en voz alta:</p>
<p>-¿Usted oyó?</p>
<p>Vi el camino fácil para la confidencia, y le contesté:</p>
<p>-Sí, oí todo, ¡pero no me explico cómo Úrsula puede  encontrar buen mozo a ese negro viejo y rengo que ayer llevaba el sombrero verde  de alas tan anchas!</p>
<p>-¡Ah! -dijo el anciano-, usted no ha entendido. Desde  que mi hija era casi una niña me obligaba a escuchar y a que yo interviniera en  la vida de personajes que ella inventaba. Y siempre hemos seguido sus destinos  como si realmente existieran y recibiéramos noticias de sus vidas. Ellas les  atribuye hechos y vestimentas que percibe desde el balcón. Si ayer vio pasar a  un hombre de sombrero verde, no se extrañe que hoy se lo haya puesto a uno de  sus personajes. Yo soy torpe para seguirle esos inventos, y ella se enoja  conmigo. ¿Por qué no la ayuda usted? Si quiere yo&#8230;</p>
<p>No lo dejé terminar:</p>
<p>-De ninguna manera, señor. Yo inventaría cosas que le  harían mucho daño.</p>
<p>A la noche ella tampoco vino a la mesa. El anciano y yo  comimos, bebimos y conversamos hasta muy tarde de la noche.</p>
<p>Después que me acosté sentí crujir una madera que no  era de los muebles. Por fin comprendí que alguien subía la escalera. Y a los  pocos instantes llamaron suavemente a mi puerta. Pregunté quién era, y la voz de  la hija me respondió:</p>
<p>-Soy yo; quiero conversar con usted.</p>
<p>Encendí la lámpara, abrí una rendija de la puerta y  ella me dijo:</p>
<p>-Es inútil que tenga la puerta entornada; yo veo por la  rendija del espejo, y el espejo lo refleja a usted desnudito detrás de la  puerta.</p>
<p>Cerré enseguida y le dije que esperara. Cuando le  indiqué que podía entrar, abrió la puerta de entrada y se dirigió a otra que  había en mi habitación y que yo nunca pude abrir. Ella la abrió con la mayor  facilidad y entró a tientas en la oscuridad de otra habitación que yo no  conocía. Al momento salió de allí con una silla que colocó al lado de mi cama.  Se abrió una capa azul que traía puesta y sacó un cuaderno de versos. Mientras  ella leía yo hacía un esfuerzo inmenso para no dormirme; quería levantar los  párpados y no podía; en vez, daba vuelta para arriba los ojos y debía parecer un  moribundo. De pronto ella dio un grito como cuando se reventó la cuerda del  piano; y yo salté de la cama. En medio del piso había una araña grandísima. En  el momento que yo la vi ya no caminaba, había crispado tres de sus patas  peludas, como si fuera a saltar. Después yo le tiré los zapatos sin poder  acertarle. Me levanté, pero ella me dijo que no me acercara, que esa araña  saltaba. Yo tomé la lámpara, fui dando la vuelta a la habitación cerca de las  paredes hasta llegar al lavatorio, y desde allí le tiré con el jabón, con la  tapa de la jabonera, con el cepillo, y sólo acerté cuando le tiré con la  jabonera. La araña arrolló las patas y quedó hecha un pequeño ovillo de lana  oscura. La hija del anciano me pidió que no le dijera nada al padre porque él se  oponía a que ella trabajara o leyera hasta tan tarde. Después que ella se fue,  reventé la araña con el taco del zapato y me acosté sin apagar la luz. Cuando  estaba por dormirme, arrollé sin querer los dedos de los pies; esto me hizo  pensar en que la araña estaba allí, y volví a dar un salto.</p>
<p>A la mañana siguiente vino el anciano a pedirme  disculpas por la araña. Su hija se lo había contado todo. Yo le dije al anciano  que nada de aquello tenía la menor importancia, y para cambiar de conversación  le hablé de un concierto que pensaba dar por esos días en una localidad vecina.  Él creyó que eso era un pretexto para irme, y tuve que prometerle volver después  del concierto.</p>
<p>Cuando me fui, no pude evitar que la hija me besara una  mano; yo no sabía qué hacer. El anciano y yo nos abrazamos, y de pronto sentí  que él me besaba cerca de una oreja.</p>
<p>No alcancé a dar el concierto. Recibí a los pocos días  un llamado telefónico del anciano. Después de las primeras palabras, me dijo:</p>
<p>-Es necesaria su presencia aquí.</p>
<p>-¿Ha ocurrido algo grave?</p>
<p>-Puede decirse que una verdadera desgracia.</p>
<p>-¿A su hija?</p>
<p>-No.</p>
<p>-¿A Tamarinda?</p>
<p>-Tampoco. No se lo puedo decir ahora. Si puede  postergar el concierto venga en el tren de las cuatro y nos encontraremos en el  Café del Teatro.</p>
<p>-¿Pero su hija está bien?</p>
<p>-Está en la cama. No tiene nada, pero no quiere  levantarse ni ver la luz del día; vive nada más que con la luz artificial, y ha  mandado cerrar todas las sombrillas.</p>
<p>-Bueno. Hasta luego.</p>
<p>En el Café del Teatro había mucho barullo, y fuimos a  otro lado. El anciano estaba deprimido, pero tomó enseguida las esperanzas que  yo le tendía. Le trajeron la bebida oscura en el vasito, y me dijo:</p>
<p>-Anteayer había tormenta, y a la tardecita nosotros  estábamos en el comedor. Sentimos un estruendo, y enseguida nos dimos cuenta que  no era la tormenta. Mi hija corrió para su cuarto y yo fui detrás. Cuando yo  llegué ella ya había abierto las puertas que dan al balcón, y se había  encontrado nada más que con el cielo y la luz de la tormenta. Se tapó los ojos y  se desvaneció.</p>
<p>-¿Así que le hizo mal esa luz?</p>
<p>-¡Pero, mi amigo! ¿Usted no ha entendido?</p>
<p>-¿Qué?</p>
<p>-¡Hemos perdido el balcón! ¡El balcón se cayó! ¡Aquella  no era la luz del balcón!</p>
<p>-Pero un balcón&#8230;</p>
<p>Más bien me callé la boca. Él me encargó que no le  dijera a la hija ni una palabra del balcón. Y yo, ¿qué haría? El pobre anciano  tenía confianza en mí. Pensé en las orgías que vivimos juntos. Entonces decidí  esperar blandamente a que se me ocurriera algo cuando estuviera con ella.</p>
<p>Era angustioso ver el corredor sin sombrillas.</p>
<p>Esa noche comimos y bebimos poco. Después fui con el  anciano hasta la cama de la hija y enseguida él salió de la habitación. Ella no  había dicho ni una palabra, pero apenas se fue el anciano miró hacia la puerta  que daba al vacío y me dijo:</p>
<p>-¿Vio cómo se nos fue?</p>
<p>-¡Pero, señorita! Un balcón que se cae&#8230;</p>
<p>-Él no se cayó. Él se tiró.</p>
<p>-Bueno, pero&#8230;</p>
<p>-No sólo yo lo quería a él; yo estoy segura de que él  también me quería a mí; él me lo había demostrado.</p>
<p>Yo bajé la cabeza. Me sentía complicado en un acto de  responsabilidad para el cual no estaba preparado. Ella había empezado a volcarme  su alma y yo no sabía cómo recibirla ni qué hacer con ella.</p>
<p>Ahora la pobre muchacha estaba diciendo:</p>
<p>-Yo tuve la culpa de todo. Él se puso celoso la noche  que yo fui a su habitación.</p>
<p>-¿Quién?</p>
<p>-¿Y quién va a ser? El balcón, mi balcón.</p>
<p>-Pero, señorita, usted piensa demasiado en eso. Él ya  estaba viejo. Hay cosas que caen por su propio peso.</p>
<p>Ella no me escuchaba, y seguía diciendo:</p>
<p>-Esa misma noche comprendí el aviso y la amenaza.</p>
<p>-Pero escuche, ¿cómo es posible que?&#8230;</p>
<p>-¿No se acuerda quién me amenazó?&#8230; ¿Quién me miraba  fijo tanto rato y levantando aquellas tres patas peludas?</p>
<p>-¡Oh!, tiene razón. ¡La araña!</p>
<p>-Todo eso es muy suyo.</p>
<p>Ella levantó los párpados. Después echó a un lado las  cobijas y se bajó de la cama en camisón. Iba hacia la puerta que daba al balcón,  y yo pensé que se tiraría al vacío. Hice un ademán para agarrarla; pero ella  estaba en camisón. Mientras yo quedé indeciso, ella había definido su ruta. Se  dirigía a una mesita que estaba al lado de la puerta que daba hacia al vacío.  Antes que llegara a la mesita, vi el cuaderno de hule negro de los versos.</p>
<p>Entonces ella se sentó en una silla, abrió el cuaderno  y empezó a recitar:</p>
<p>-La viuda del balcón&#8230;</p>
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	</item>
		<item>
		<title>Un lugar limpio y bien iluminado &#8211;  Ernest Hemingway</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Jul 2007 10:00:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Hemingway]]></category>

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		<description><![CDATA[Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=51&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que  estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz  eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío  asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era  sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos  camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un  buen cliente sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo  vigilaban.</p>
<p>-La semana pasada trató de suicidarse -dijo uno de ellos.</p>
<p>-¿Por qué?</p>
<p>-Estaba desesperado.<span id="more-51"></span></p>
<p>-¿Por qué?</p>
<p>-Por nada.</p>
<p>-¿Cómo sabes que era por nada?</p>
<p>-Porque tiene muchísimo dinero.</p>
<p>Estaban sentados uno al lado del otro en una mesa próxima a la pared, cerca  de la puerta del café, y miraban hacia la terraza donde las mesas estaban  vacías, excepto la del viejo sentado a la sombra de las hojas, que el viento  movía ligeramente. Una muchacha y un soldado pasaron por la calle. La luz del  farol brilló sobre el número de cobre que llevaba el hombre en el cuello de la  chaqueta. La muchacha iba descubierta y caminaba apresuradamente a su lado.</p>
<p>-Los guardias civiles lo recogerán -dijo uno de los camareros.</p>
<p>-¿Y qué importa si consigue lo que busca?</p>
<p>-Sería mejor que se fuera ahora. Los guardias han pasado hace cinco minutos y  volverán.</p>
<p>El viejo sentado a la sombra golpeó su platillo con el vaso. El camarero  joven se le acercó.</p>
<p>-¿Qué desea?</p>
<p>El viejo lo miró.</p>
<p>-Otro coñac -dijo.</p>
<p>-Se emborrachará usted -dijo el camarero. El viejo lo miró. El camarero se  fue.</p>
<p>-Se quedará toda la noche -dijo a su colega-. Tengo sueño y nunca puedo irme  a la cama antes de las tres de la mañana. Debería haberse suicidado la semana  pasada.</p>
<p>El camarero tomó la botella de coñac y otro platillo del mostrador que se  hallaba en la parte interior del café y se encaminó a la mesa del viejo. Puso el  platillo sobre la mesa y llenó la copa de coñac.</p>
<p>-Debía haberse suicidado usted la semana pasada -dijo al viejo sordo. El  anciano hizo un movimiento con el dedo.</p>
<p>-Un poco más -murmuró.</p>
<p>El camarero terminó de llenar la copa hasta que el coñac desbordó y se  deslizó por el pie de la copa hasta llegar al primer platillo.</p>
<p>-Gracias -dijo el viejo.</p>
<p>El camarero volvió con la botella al interior del café y se sentó nuevamente  a la mesa con su colega.</p>
<p>-Ya está borracho -dijo.</p>
<p>-Se emborracha todas las noches.</p>
<p>-¿Por qué quería suicidarse?</p>
<p>-¿Cómo puedo saberlo?</p>
<p>-¿Cómo lo hizo?</p>
<p>-Se colgó de una cuerda.</p>
<p>-¿Quién lo bajó?</p>
<p>-Su sobrina.</p>
<p>-¿Por qué lo hizo?</p>
<p>-Por temor de que se condenara su alma.</p>
<p>-¿Cuánto dinero tiene?</p>
<p>-Muchísimo.</p>
<p>-Debe tener ochenta años.</p>
<p>-Sí, yo también diría que tiene ochenta.</p>
<p>-Me gustaría que se fuera a su casa. Nunca puedo acostarme antes de las tres.  ¿Qué hora es ésa para irse a la cama?</p>
<p>-Se queda porque le gusta.</p>
<p>-Él está solo. Yo no. Tengo una mujer que me espera en la cama.</p>
<p>-Él también tuvo una mujer.</p>
<p>-Ahora una mujer no le serviría de nada.</p>
<p>-No puedes asegurarlo. Podría estar mejor si tuviera una mujer.</p>
<p>-Su sobrina lo cuida.</p>
<p>-Lo sé. Dijiste que le había cortado la soga.</p>
<p>-No me gustaría ser tan viejo. Un viejo es una cosa asquerosa.</p>
<p>-No siempre. Este hombre es limpio. Bebe sin derramarse el líquido encima.  Aun ahora que está borracho, míralo.</p>
<p>-No quiero mirarlo. Quisiera que se fuera a su casa. No tiene ninguna  consideración con los que trabajan.</p>
<p>El viejo miró desde su copa hacia la calle y luego a los camareros.</p>
<p>-Otro coñac -dijo, señalando su copa. Se le acercó el camarero que tenía  prisa por irse.</p>
<p>-¡Terminó! -dijo, hablando con esa omisión de la sintaxis que la gente  estúpida emplea al hablar con los beodos o los extranjeros-. No más esta noche.  Cerramos.</p>
<p>-Otro -dijo el viejo.</p>
<p>-¡No! ¡Terminó! -limpió el borde de la mesa con su servilleta y meneó la  cabeza.</p>
<p>El viejo se puso de pie, contó lentamente los platillos, sacó del bolsillo un  monedero de cuero y pagó las bebidas, dejando media peseta de propina.</p>
<p>El camarero lo miraba mientras salía a la calle. El viejo caminaba un poco  tambaleante, aunque con dignidad.</p>
<p>-¿Por qué no lo dejaste que se quedara a beber? -preguntó el camarero que no  tenía prisa. Estaban bajando las puertas metálicas-. Todavía no son las dos y  media.</p>
<p>-Quiero irme a casa.</p>
<p>-¿Qué significa una hora?</p>
<p>-Mucho más para mí que para él.</p>
<p>-Una hora no tiene importancia.</p>
<p>-Hablas como un viejo. Bien puede comprar una botella y bebérsela en su casa.</p>
<p>-No es lo mismo.</p>
<p>-No; no lo es -admitió el camarero que tenía esposa-. No quería ser injusto.  Sólo tenía prisa.</p>
<p>-¿Y tú? ¿No tienes miedo de llegar a tu casa antes de la hora de costumbre?</p>
<p>-¿Estás tratando de insultarme?</p>
<p>-No, hombre, sólo quería hacerte una broma.</p>
<p>-No -el camarero que tenía prisa se irguió después de haber asegurado la  puerta metálica-. Tengo confianza. Soy todo confianza.</p>
<p>-Tienes juventud, confianza y un trabajo -dijo el camarero de más edad-. Lo  tienes todo.</p>
<p>-¿Y a ti, qué te falta?</p>
<p>-Todo; menos el trabajo.</p>
<p>-Tienes todo lo que tengo yo.</p>
<p>-No. Nunca he tenido confianza y ya no soy joven.</p>
<p>-Vamos. Deja de decir tonterías y cierra.</p>
<p>-Soy de aquellos a quienes les gusta quedarse hasta tarde en el café -dijo el  camarero de más edad-, con todos aquellos que no desean irse a la cama; con  todos los que necesitan luz por la noche.</p>
<p>-Yo quiero irme a casa y a la cama.</p>
<p>-Somos muy diferentes -dijo el camarero de más edad. Se estaba vistiendo para  irse a su casa-. No es sólo una cuestión de juventud y confianza, aunque esas  cosas son muy hermosas. Todas las noches me resisto a cerrar porque puede haber  alguien que necesite el café.</p>
<p>-¡Hombre! Hay bodegas abiertas toda la noche.</p>
<p>-Tú no entiendes. Este es un café limpio y agradable. Está bien iluminado. La  luz es muy buena y también, ahora, las hojas hacen sombra.</p>
<p>-Buenas noches -dijo el camarero más joven.</p>
<p>-Buenas noches -dijo el otro. Continuó la conversación  consigo mismo mientras apagaba las luces. Es la luz por supuesto pero es  necesario que el lugar esté limpio y sea agradable. No quieres música.  Definitivamente no quieres música. Tampoco puedes estar frente a una barra con  dignidad aunque eso sea todo lo que proveemos a estas horas. ¿Qué temía? No era  temor, no era miedo. Era una nada que conocía demasiado bien. Era una completa  nada y un hombre también era nada. Era sólo eso y todo lo que se necesitaba era  luz y una cierta limpieza y orden. Algunos vivieron en eso y nunca lo sintieron  pero él sabía que todo eso era nada y pues nada y nada y pues nada.  Nada nuestra que estás en nada, nada sea tu nombre nada  tu reino nada tu voluntad así en nada como en nada. Danos  este nadanada y nada nuestros nada  como también nosotros nada a nuestros nada y no nos nada en  la nada mas líbranos de nada; pues nada. Ave nada llena de  nada, nada está contigo. Sonrió y estaba frente a una barra con una cafetera a  presión brillante. nuestro pan de cada</p>
<p>-¿Qué le sirvo?- preguntó el  barman.</p>
<p>-Nada.</p>
<p>-Otro loco más -dijo el barman y le dio la espalda.</p>
<p>-Una copita- dijo el camarero.</p>
<p>El barman se la sirvió.</p>
<p>-La  luz es bien brillante y agradable pero la barra está opaca -dijo el camarero.</p>
<p>El cantinero lo miró fijamente pero no respondió. Era  demasiado tarde para comenzar una conversación.</p>
<p>-¿Quiere otra copita? -preguntó el barman.</p>
<p>-No, gracias -dijo el camarero, y salió. Le disgustaban  los bares y las bodegas. Un café limpio, bien iluminado, era algo muy  distinto. Ahora, sin pensar más, volvería a su cuarto. Yacería en la cama y,  finalmente, con la luz del día, se dormiría. Después de todo, se dijo,  probablemente sólo sea insomnio. Muchos deben sufrir de lo mismo.</p>
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	</item>
		<item>
		<title>Una nubecilla &#8211; James Joyce</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Jun 2007 10:21:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>vondrinio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Joyce]]></category>

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		<description><![CDATA[Ocho años atrás había despedido a su amigo en la estación de North Wall diciéndole que fuera con Dios. Gallaher hizo carrera. Se veía enseguida: por su aire viajero, su traje de lana bien cortado y su acento decidido. Pocos tenían su talento y todavía menos eran capaces de permanecer incorruptos ante tanto éxito. Gallaher [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=vondrinio.wordpress.com&amp;blog=328030&amp;post=64&amp;subd=vondrinio&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ocho años atrás había despedido a su amigo en la estación de North Wall  diciéndole que fuera con Dios. Gallaher hizo carrera. Se veía enseguida: por su  aire viajero, su traje de lana bien cortado y su acento decidido. Pocos tenían  su talento y todavía menos eran capaces de permanecer incorruptos ante tanto  éxito. Gallaher tenía un corazón de este tamaño y se merecía su triunfo. Daba  gusto tener un amigo así.</p>
<p>Desde el almuerzo, Chico Chandler no pensaba más que en su cita con Gallaher,  en la invitación de Gallaher, en la gran urbe londinense donde vivía Gallaher.  Le decían Chico Chandler porque, aunque era poco menos que de mediana estatura,  parecía pequeño. Era<span id="more-64"></span> de manos blancas y cortas, frágil de huesos, de voz queda y  maneras refinadas. Cuidaba con exceso su rubio pelo lacio y su bigote, y usaba  un discreto perfume en el pañuelo. La medialuna de sus uñas era perfecta y  cuando sonreía dejaba entrever una fila de blancos dientes de leche.</p>
<p>Sentado a su buró en King&#8217;s Inns pensaba en los cambios que le habían traído  esos ocho años. El amigo que había conocido con un chambón aspecto de necesitado  se había convertido en una rutilante figura de la prensa británica. Levantaba  frecuentemente la vista de su escrito fatigoso para mirar a la calle por la  ventana de la oficina. El resplandor del atardecer de otoño cubría céspedes y  aceras; bañaba con un generoso polvo dorado a las niñeras y a los viejos  decrépitos que dormitaban en los bancos; irisaba cada figura móvil: los niños  que corrían gritando por los senderos de grava y todo aquel que atravesaba los  jardines. Contemplaba aquella escena y pensaba en la vida; y (como ocurría  siempre que pensaba en la vida) se entristeció. Una suave melancolía se  posesionó de su alma. Sintió cuán inútil era luchar contra la suerte: era ése el  peso muerto de sabiduría que le legó la época.</p>
<p>Recordó los libros de poesía en los anaqueles de su casa. Los había comprado  en sus días de soltero y más de una noche, sentado en el cuarto al fondo del  pasillo, se había sentido tentado de tomar uno en sus manos para leerle algo a  su esposa. Pero su timidez lo cohibió siempre: y los libros permanecían en los  anaqueles. A veces se repetía a sí mismo unos cuantos versos, lo que lo  consolaba.</p>
<p>Cuando le llegó la hora, se levantó y se despidió cumplidamente de su buró y  de sus colegas. Con su figura pulcra y modesta salió de entre los arcos de  King&#8217;s Inns y caminó rápido calle Henrietta abajo. El dorado crepúsculo  menguaba ya y el aire se hacía cortante. Una horda de chiquillos mugrientos  pululaba por las calles. Corrían o se paraban en medio de la calzada o se  encaramaban anhelantes a los quicios de las puertas o bien se acuclillaban como  ratones en cada umbral. Chico Chandler no les dio importancia. Se abrió paso,  diestro, por entre aquellas sabandijas y pasó bajo la sombra de las estiradas  mansiones espectrales donde había baladronado la antigua nobleza de Dublín. No  le llegaba ninguna memoria del pasado porque su mente rebosaba con la alegría  del momento.</p>
<p>Nunca había estado en Corless&#8217;s, pero conocía la valía de aquel nombre. Sabía  que la gente iba allí después del teatro a comer ostras y a beber licores; y se  decía que allí los camareros hablaban francés y alemán. Pasando rápido por  enfrente de noche había visto detenerse los coches a sus puertas y cómo damas  ricamente ataviadas, acompañadas por caballeros, bajaban y entraban a él  fugaces, vistiendo trajes escandalosos y muchas pieles. Llevaban las caras  empolvadas y levantaban sus vestidos, cuando tocaban tierra, como Atalantas  alarmadas. Había pasado siempre de largo sin siquiera volverse a mirar. Era  hábito suyo caminar con paso rápido por la calle, aun de día, y siempre que se  encontraba en la ciudad tarde en la noche apretaba el paso, aprensivo y  excitado. A veces, sin embargo, cortejaba la causa de sus temores. Escogía las  calles más tortuosas y oscuras y, al adelantar atrevido, el silencio que se  esparcía alrededor de sus pasos lo perturbaba, como lo turbaba toda figura  silenciosa y vagabunda; a veces el sonido de una risa baja y fugitiva lo hacía  temblar como una hoja.</p>
<p>Dobló a la derecha hacia la calle Capel. ¡Ignatius Gallaher, de la prensa  londinense! ¿Quién lo hubiera pensado ocho años antes? Sin embargo, al pasar  revista al pasado ahora, Chico Chandler era capaz de recordar muchos indicios de  la futura grandeza de su amigo. La gente acostumbraba a decir que Ignatius  Gallaher era alocado. Claro que se reunía en ese entonces con un grupo de amigos  algo libertinos, que bebía sin freno y pedía dinero a diestro y siniestro. Al  final, se vio involucrado en cierto asunto turbio, una transacción monetaria: al  menos, ésa era una de las versiones de su fuga. Pero nadie le negaba el talento.  Hubo siempre una cierta&#8230; algo en Ignatius Gallaher que impresionaba a pesar de  uno mismo. Aun cuando estaba en un aprieto y le fallaban los recursos,  conservaba su desfachatez. Chico Chandler recordó (y ese recuerdo lo hizo  ruborizarse de orgullo un tanto) uno de los dichos de Ignatius Gallaher cuando  andaba escaso:</p>
<p>-Ahora un receso, caballeros -solía decir a la ligera-. ¿Dónde está mi gorra  de pegar?</p>
<p>Eso retrataba a Ignatius Gallaher por entero, pero, maldita sea,  había que admirarlo.</p>
<p>Chico Chandler apresuró el paso. Por primera vez en su vida se sintió  superior a la gente que pasaba. Por primera vez su alma se rebelaba contra la  insulsa falta de elegancia de la calle Capel. No había duda de ello: si uno quería  tener éxito tenía que largarse. No había nada que hacer en Dublín. Al cruzar el  puente de Grattan miró río abajo, a la parte mala del malecón, y se compadeció  de las chozas, tan chatas. Le parecieron una banda de mendigos acurrucados a  orillas del río, sus viejos gabanes cubiertos por el polvo y el hollín,  estupefactos a la vista del crepúsculo y esperando por el primer sereno helado  que los obligara a levantarse, sacudirse y echar a andar. Se preguntó si podría  escribir un poema para expresar esta idea. Quizá Gallaher pudiera colocarlo en  un periódico de Londres. ¿Sería capaz de escribir algo original? No sabía qué  quería expresar, pero la idea de haber sido tocado por la gracia de un momento  poético le creció dentro como una esperanza en embrión. Apretó el paso,  decidido.</p>
<p>Cada paso lo acercaba más a Londres, alejándolo de su vida sobria y nada  artística. Una lucecita empezaba a parpadear en su horizonte mental. No era tan  viejo: treinta y dos años. Se podía decir que su temperamento estaba a punto de  madurar. Había tantas impresiones y tantos estados de ánimo que quería expresar  en verso. Los sentía en su interior. Trató de sopesar su alma para saber si era  un alma de poeta. La nota dominante de su temperamento, pensó, era la  melancolía, pero una melancolía atemperada por la fe, la resignación y una  alegría sencilla. Si pudiera expresar esto en un libro quizá la gente le hiciera  caso. Nunca sería popular: lo veía. No podría mover multitudes, pero podría  conmover a un pequeño núcleo de almas afines. Los críticos ingleses, tal vez, lo  reconocerían como miembro de la escuela celta, en razón del tono melancólico de  sus poemas; además, que dejaría caer algunas alusiones. Comenzó a inventar las  oraciones y frases que merecerían sus libros. &#8220;El señor Chandler tiene el don del verso  gracioso y fácil&#8230;&#8221; &#8220;Una anhelante tristeza invade estos poemas&#8230;&#8221; &#8220;La nota  celta&#8221;. Qué pena que su nombre no pareciera más irlandés. Tal vez fuera mejor  colocar su segundo apellido delante del primero: Thomas Malone Chandler. O,  mejor todavía: T. Malone Chandler. Le hablaría a Gallaher de este asunto.</p>
<p>Persiguió sus sueños con tal ardor que pasó la calle de largo y tuvo que  regresar. Antes de llegar a Corless&#8217;s su agitación anterior empezó a apoderarse  de él y se detuvo en la puerta, indeciso. Finalmente, abrió la puerta y entró.</p>
<p>La luz y el ruido del bar lo clavaron a la entrada por un momento. Miró a su  alrededor, pero se le iba la vista confundido con tantos vasos de vino rojo y  verde deslumbrándolo. El bar parecía estar lleno de gente y sintió que la gente  lo observaba con curiosidad. Miró rápido a izquierda y derecha (frunciendo las  cejas ligeramente para hacer ver que la gestión era seria), pero cuando se le  aclaró la vista vio que nadie se había vuelto a mirarlo: y allí, por supuesto,  estaba Ignatius Gallaher de espaldas al mostrador y con las piernas bien  separadas.</p>
<p>-¡Hola, Tommy, héroe antiguo, por fin llegas! ¿Qué quieres? ¿Qué vas a tomar?  Estoy bebiendo whisky: es mucho mejor que al otro lado del charco. ¿Soda? ¿Lithia?  ¿Nada de agua mineral? Yo soy lo mismo. Le echa a perder el gusto&#8230;</p>
<p>Vamos, garçon, sé bueno y tráenos dos líneas de whisky de malta&#8230; Bien, ¿y  cómo te fue desde que te vi la última vez? ¡Dios mío, qué viejos nos estamos  poniendo! ¿Notas que envejezco o qué? Canoso y casi calvo acá arriba, ¿no?</p>
<p>Ignatius Gallaher se quitó el sombrero y exhibió una  cabeza casi pelada al rape. Tenía una cara pesada, pálida y bien afeitada. Sus  ojos, que eran casi color azul pizarra, aliviaban su palidez enfermiza y  brillaban aún por sobre el naranja vivo de su corbata. Entre estas dos facciones  en lucha, sus labios se veían largos, sin color y sin forma. Inclinó la cabeza y  se palpó con dos dedos compasivos el pelo ralo. Chico Chandler negó con la cabeza.  Ignatius Gallaher se volvió a poner el sombrero.</p>
<p>-El periodismo -dijo- acaba. Hay que andar rápido y sigiloso detrás de la  noticia y eso si la encuentras: y luego que lo que escribas resulte novedoso. Al  carajo con las pruebas y el cajista, digo yo, por unos días. Estoy más que  encantado, te lo digo, de volver al terruño. Te hacen mucho bien las vacaciones.  Me siento muchísimo mejor desde que desembarqué en este Dublín sucio y  querido&#8230; Por fin te veo, Tommy. ¿Agua? Dime cuándo.</p>
<p>Chico Chandler dejó que le aguara bastante su whisky.</p>
<p>-No sabes lo que es  bueno, mi viejo -dijo Ignatius Gallaher-. Apuro el mío puro.</p>
<p>-Bebo poco como regla -dijo Chico Chandler, modestamente-. Una media línea o  cosa así cuando me topo con uno del grupo de antes: eso es todo.</p>
<p>-Ah, bueno -dijo Ignatius Gallaher, alegre-, a nuestra  salud y por el tiempo viejo y las viejas amistades.</p>
<p>Chocaron los vasos y brindaron.</p>
<p>-Hoy me encontré con parte de la vieja pandilla -dijo Ignatius Gallaher-.  Parece que O&#8217;Hara anda mal. ¿Qué es lo que le pasa?</p>
<p>-Nada -dijo Chico Chandler-. Se fue a pique.</p>
<p>-Pero Hogan está bien colocado, ¿no es cierto?</p>
<p>-Sí, está en la Comisión Agraria.</p>
<p>-Me lo encontré una noche en Londres y se le veía boyante&#8230; ¡Pobre O&#8217;Hara!  La bebida, supongo.</p>
<p>-Entre otras cosas -dijo Chico Chandler, sucinto. Ignatius Gallaher se rió.</p>
<p>-Tommy -le dijo-, veo que no has cambiado un ápice. Eres el mismo tipo serio  que me metías un editorial el domingo por la mañana si me dolía la cabeza y  tenía lengua de lija. Debías correr un poco de mundo. No has ido de viaje a  ninguna parte, ¿no?</p>
<p>-Estuve en la isla de Man -dijo Chico Chandler. Ignatius Gallaher se rió.</p>
<p>-¡La isla de Man! -dijo-. Ve a Londres o a París. Mejor a París. Te hará  mucho bien.</p>
<p>-¿Conoces tú París?</p>
<p>-¡Me parece que sí! La he recorrido un poco.</p>
<p>-¿Y es, realmente, tan bella como dicen? -preguntó Chico Chandler.</p>
<p>Tomó un sorbito de su trago mientras Ignatius Gallaher terminaba el suyo de  un viaje.</p>
<p>-¿Bella? -dijo Ignatius Gallaher, haciendo una pausa para sopesar la palabra  y paladear la bebida-. No es tan bella, si supieras. Claro que es bella&#8230; Pero  es la vida de París lo que cuenta. Ah, no hay ciudad que sea como París, tan  alegre, tan movida, tan excitante&#8230;</p>
<p>Chico Chandler terminó su whisky y, después de un poco de trabajo, consiguió  llamar la atención de un camarero. Ordenó lo mismo otra vez.</p>
<p>-Estuve en el Molino Rojo -continuó Ignatius Gallaher cuando el camarero se  llevó los vasos- y he estado en todos los cafés bohemios. ¡Son candela! Nada  aconsejable para un puritano como tú, Tommy.</p>
<p>Chico Chandler no respondió hasta que el camarero regresó con los dos vasos:  entonces chocó el vaso de su amigo levemente y reciprocó el brindis anterior.  Empezaba a sentirse algo desilusionado. El tono de Gallaher y su manera de  expresarse no le gustaban. Había algo vulgar en su amigo que no había notado  antes. Pero tal vez fuera resultado de vivir en Londres en el ajetreo y la  competencia periodística. El viejo encanto personal se sentía todavía por debajo  de sus nuevos modales aparatosos. Y, después de todo, Gallaher había vivido y  visto mundo. Chico Chandler miró a su amigo con envidia.</p>
<p>-Todo es alegría en París -dijo Ignatius Gallaher-. Los franceses creen que  hay que gozar la vida. ¿No crees que tienen razón? Si quieres gozar la vida  como es, debes ir a París. Y déjame decirte que los irlandeses les caemos de lo  mejor a los franceses. Cuando se enteraban que era de Irlanda, muchacho, me  querían comer.</p>
<p>Chico Chandler bebió cinco o seis sorbos de su vaso.</p>
<p>-Pero, dime -le dijo-, ¿es verdad que París es tan&#8230; inmoral como dicen?</p>
<p>Ignatius Gallaher hizo un gesto católico con la mano derecha.</p>
<p>-Todos los lugares son inmorales -dijo-. Claro que hay cosas escabrosas en  París. Si te vas a uno de esos bailes de estudiantes, por ejemplo. Muy animados,  si tú quieres, cuando las cocottes se sueltan la melena. Tú sabes lo que son,  supongo.</p>
<p>-He oído hablar de ellas- dijo Chico Chandler.</p>
<p>Ignatius Gallaher bebió de su whisky y meneó la cabeza.</p>
<p>-Tú dirás lo que quieras, pero no hay mujer como la  parisina. En cuanto a estilo, a soltura.</p>
<p>-Luego es una ciudad inmoral -dijo Chico Chandler, con insistencia tímida-.  Quiero decir, comparada con Londres o con Dublín.</p>
<p>-¡Londres! -dijo Ignatius Gallaher-. Eso es media mitad de una cosa y tres  cuartos de la otra. Pregúntale a Hogan, amigo mío, que le enseñé algo de Londres  cuando estuvo allá. Ya te abrirá él los ojos&#8230; Tommy, viejo, que no es ponche,  es whisky: de un solo viaje.</p>
<p>-De veras, no&#8230;</p>
<p>-Ah, vamos, que uno más no te va a matar. ¿Qué va a ser? ¿De lo mismo,  supongo?</p>
<p>-Bueno&#8230; vaya&#8230;</p>
<p>-François, repite aquí&#8230; ¿Un puro, Tommy?</p>
<p>Ignatius Gallaher sacó su tabaquera. Los dos amigos encendieron sus cigarros  y fumaron en silencio hasta que llegaron los tragos.</p>
<p>-Te voy a dar mi opinión -dijo Ignatius Gallaher, al salir después de un rato  de entre las nubes de humo en que se refugiara-, el mundo es raro. ¡Hablar de  inmoralidades! He oído de casos&#8230; pero, ¿qué digo? Conozco casos de&#8230;  inmoralidad&#8230;</p>
<p>Ignatius Gallaher tiró pensativo de su cigarro y luego, con el calmado tono  del historiador, procedió a dibujarle a su amigo el cuadro de la degeneración  imperante en el extranjero. Pasó revista a los vicios de muchas capitales  europeas y parecía inclinado a darle el premio a Berlín. No podía dar fe de  muchas cosas (ya que se las contaron amigos), pero de otras sí tenía experiencia  personal. No perdonó ni clases ni alcurnia. Reveló muchos secretos de las  órdenes religiosas del continente y describió muchas de las prácticas que  estaban de moda en .la alta sociedad, terminando por contarle, con detalle, la  historia de una duquesa inglesa, cuento que sabía que era verdad. Chico Chandler  se quedó pasmado.</p>
<p>-Ah, bien -dijo Ignatius Gallaher-, aquí estamos en el viejo Dublín, donde  nadie sabe nada de nada.</p>
<p>-¡Te debe parecer muy aburrido -dijo Chico Chandler-, después de todos esos  lugares que conoces!</p>
<p>-Bueno, tú sabes -dijo Ignatius Gallaher-, es un alivio venir acá. Y, después  de todo, es el terruño, como se dice, ¿no es así? No puedes evitar tenerle  cariño. Es muy humano&#8230; Pero dime algo de ti. Hogan me dijo que habías&#8230;  degustado las delicias del himeneo. Hace dos años, ¿no?</p>
<p>Chico Chandler se ruborizó y sonrió.</p>
<p>-Sí -le dijo-. En mayo pasado hizo dos años.</p>
<p>-Confío en que no sea demasiado tarde para ofrecerte mis mejores deseos -dijo  Ignatius Gallaher-. No sabía tu dirección o lo hubiera hecho entonces.</p>
<p>Extendió una mano, que Chico Chandler estrechó.</p>
<p>-Bueno, Tommy -le dijo-, te deseo, a ti y a los tuyos, lo mejor en esta vida,  viejito: toneladas de plata y que vivas hasta el día que yo te pegue un tiro. Estos son  los deseos de un viejo y sincero amigo, como tú sabes.</p>
<p>-Yo lo sé -dijo Chico Chandler.</p>
<p>-¿Alguna cría? -dijo Ignatius Gallaher. Chico Chandler se ruborizó otra vez.</p>
<p>-No tenemos más que una -dijo.</p>
<p>-¿Varón o hembra?</p>
<p>-Un varoncito.</p>
<p>Ignatius Gallaher le dio una sonora palmada a su amigo en la espalda.</p>
<p>-Bravo, Tommy -le dijo-. Nunca lo puse en duda.</p>
<p>Chico Chandler sonrió, miró  confusamente a su vaso y se mordió el labio inferior con tres dientes  infantiles.</p>
<p>-Espero que pases una noche con nosotros -dijo-, antes de que te vayas. A mi  esposa le encantaría conocerte. Podríamos hacer un poco de música y&#8230;</p>
<p>-Muchísimas gracias, mi viejo -dijo Ignatius Gallaher-. Lamento que no nos  hayamos visto antes. Pero tengo que irme mañana por la noche.</p>
<p>-¿Tal vez esta noche&#8230;?</p>
<p>-Lo siento muchísimo, viejo. Tú ves, ando con otro tipo, bastante listo él, y  ya convinimos en ir a echar una partida de cartas. Si no fuera por eso&#8230;</p>
<p>-Ah, en ese caso&#8230;</p>
<p>-Pero, ¿quién sabe? -dijo Ignatius Gallaher, considerado-. Tal vez el año que  viene me dé un saltito, ahora que ya rompí el hielo. Vamos a posponer la  ocasión.</p>
<p>-Muy bien -dijo Chico Chandler-, la próxima vez que vengas tenemos que pasar  la noche juntos. ¿Convenido?</p>
<p>-Convenido, sí -dijo Ignatius Gallaher-. El año que viene si vengo,  parole  d&#8217;honneur.</p>
<p>-Y para dejar zanjado el asunto -dijo Chico Chandler-, vamos a tomar otra.</p>
<p>Ignatius Gallaher sacó un relojón de oro y lo miró.</p>
<p>-¿Va a ser ésa la última? -le dijo-. Porque, tú sabes, tengo una c.t.</p>
<p>-Oh, sí, por supuesto -dijo Chico Chandler.</p>
<p>-Entonces, muy bien -dijo Ignatius Gallaher-, vamos a echarnos otra como de  deoc an doirus, que quiere decir un buen whisky en el idioma vernáculo, me parece.</p>
<p>Chico Chandler pidió los tragos. El rubor que le había  subido a la cara hacía unos  momentos, se le había instalado. Cualquier cosa lo hacía ruborizarse; y ahora se  sentía caliente, excitado. Los tres vasitos se le habían ido a la cabeza y el  puro fuerte de Gallaher le confundió las ideas, ya que era delicado y abstemio.  La excitación de ver a Gallaher después de ocho años, de verse con Gallaher en  Corless&#8217;s, rodeados por esa iluminación y ese ruido, de escuchar los cuentos de  Gallaher y de compartir por un momento su vida itinerante y exitosa, alteró el  equilibrio de su naturaleza sensible. Sintió en lo vivo el contraste entre su  vida y la de su amigo, y le pareció injusto. Gallaher estaba por debajo suyo en  cuanto a cuna y cultura. Sabía que podía hacer cualquier cosa mejor que lo hacía  o lo haría nunca su amigo, algo superior al mero periodismo pedestre, con tal de  que le dieran una oportunidad. ¿Qué se interponía en su camino? ¡Su maldita  timidez! Quería reivindicarse de alguna forma, hacer valer su virilidad. Podía  ver lo que había detrás de la negativa de Gallaher a aceptar su invitación.  Gallaher le estaba perdonando la vida con su camaradería, como se la estaba  perdonando a Irlanda con su visita.</p>
<p>El camarero les trajo la bebida. Chico Chandler empujó un vaso hacia su amigo  y tomó el otro, decidido.</p>
<p>-¿Quién sabe? -dijo al levantar el vaso-. Tal vez cuando vengas el año que  viene tenga yo el placer de desear una larga vida feliz al señor y a la señora  Gallaher.</p>
<p>Ignatius Gallaher, a punto de beber su trago, le hizo un guiño expresivo por  encima del vaso. Cuando bebió, chasqueó sus labios rotundamente, dejó el vaso y  dijo:</p>
<p>-Nada que temer por ese lado, muchacho. Voy a correr mundo y a vivir la vida  un poco antes de meter la cabeza en el saco&#8230; si es que lo hago.</p>
<p>-Lo harás un día -dijo Chico Chandler con calma.</p>
<p>Ignatius Gallaher enfocó su  corbata anaranjada y sus ojos azul pizarra sobre su amigo.</p>
<p>-¿Tú crees? -le dijo.</p>
<p>-Meterás la cabeza en el saco -repitió Chico Chandler, empecinado-, como todo  el mundo, si es que encuentras mujer.</p>
<p>Había marcado el tono un poco y se dio cuenta de que acababa de traicionarse;  pero, aunque el color le subió a la cara, no desvió los ojos de la insistente  mirada de su amigo. Ignatius Gallaher lo observó por un momento y luego dijo:</p>
<p>-Si ocurre alguna vez puedes apostarte lo que no tienes a que no va a ser con  claros de luna y miradas arrobadas. Pienso casarme por dinero. Tendrá que tener  ella su buena cuenta en el banco o de eso nada.</p>
<p>Chico Chandler sacudió la cabeza.</p>
<p>-Pero, vamos -dijo Ignatius Gallaher con vehemencia-, ¿quieres que te  diga una cosa? No tengo más que decir que sí y mañana mismo puedo conseguir las  dos cosas. ¿No me quieres creer? Pues lo sé de buena tinta. Hay cientos, ¿qué  digo cientos?, miles de alemanas ricas y de judías podridas de dinero, que lo  que más querrían&#8230; Espera un poco, mi amigo, y verás si no juego mis cartas como es debido. Cuando yo me propongo algo, lo  consigo. Espera un poco.</p>
<p>Se echó el vaso a la boca, terminó el trago y se rió a carcajadas. Luego,  miró meditativo al frente, y dijo, más calmado:</p>
<p>-Pero no tengo prisa. Pueden esperar ellas. No tengo ninguna gana de  amarrarme a nadie, tú sabes.</p>
<p>Hizo como si tragara y puso mala cara.</p>
<p>-Al final sabe siempre a rancio, en mi opinión -dijo.</p>
<p>Chico Chandler estaba sentado en el cuarto del pasillo con un niño en brazos.  Para ahorrar no tenían criados, pero la hermana menor de Annie, Mónica, venía  una hora, más o menos, por la mañana y otra hora por la noche para ayudarlos.  Pero hacía rato que Mónica se había ido. Eran las nueve menos cuarto. Chico  Chandler regresó tarde para el té y, lo que es más, olvidó traerle a Annie el  paquete de azúcar de Bewley&#8217;s. Claro que ella se incomodó y le contestó mal.  Dijo que podía pasarse sin el té, pero cuando llegó la hora del cierre de la  tienda de la esquina, decidió ir ella misma por un cuarto de libra de té y dos  libras de azúcar. Le puso el niño dormido en los brazos con pericia y le dijo:</p>
<p>-Ahí tienes, no lo despiertes.</p>
<p>Sobre la mesa había una lamparita con una pantalla de porcelana blanca y la  luz daba sobre una fotografía enmarcada en cuerno corrugado. Era una foto de  Annie. Chico Chandler la miró, deteniéndose en los delgados labios apretados.  Llevaba la blusa de verano azul pálido que le trajo de regalo un sábado. Le  había costado diez chelines con once; ¡pero qué agonía de nervios le costó! Cómo  sufrió ese día esperando a que se vaciara la tienda, de pie frente al mostrador  tratando de aparecer calmado mientras la vendedora apilaba las blusas frente a  él, pagando en la caja y olvidándose de coger el penique de vuelto, mandado a  buscar por la cajera, y, finalmente, tratando de ocultar su rubor cuando salía  de la tienda examinando el paquete para ver si estaba bien atado. Cuando le  trajo la blusa, Annie lo besó y le dijo que era muy bonita y a la moda; pero  cuando él le dijo el precio, tiró la blusa sobre la mesa y dijo que era un  atraco cobrar diez chelines con diez por eso. Al principio quería devolverla,  pero cuando se la probó quedó encantada, sobre todo con el corte de las mangas y  le dio otro beso y le dijo que era muy bueno al acordarse de ella.</p>
<p>¡Hum!&#8230;</p>
<p>Miró en frío los ojos de la foto y en frío ellos le devolvieron la mirada.  Cierto que eran lindos y la cara misma era bonita. Pero había algo mezquino en  ella. ¿Por qué eran tan de señorona inconsciente? La compostura de aquellos ojos  lo irritaba. Lo repelían y lo desafiaban: no había pasión en ellos, ningún  arrebato. Pensó en lo que dijo Gallaher de las judías ricas. Esos ojos negros y  orientales, pensó, tan llenos de pasión, de anhelos voluptuosos&#8230; ¿Por qué se  había casado con esos ojos de la fotografía?</p>
<p>Se sorprendió haciéndose la pregunta y miró, nervioso, alrededor del cuarto.  Encontró algo mezquino en el lindo mobiliario que comprara a plazos. Annie fue  quien lo escogió y a ella se parecían los muebles. Las piezas eran tan  pretenciosas y lindas como ella. Se le despertó un sordo resentimiento contra su  vida. ¿Podría escapar de la casita? ¿Era demasiado tarde para vivir una vida  aventurera como Gallaher? ¿Podría irse a Londres? Había que pagar los muebles,  todavía. Si sólo pudiera escribir un libro y publicarlo, tal vez eso le abriría  camino.</p>
<p>Un volumen de los poemas de Byron descansaba en la mesa. Lo abrió cauteloso  con la mano izquierda para no despertar al niño y empezó a leer los primeros  poemas del libro.</p>
<p>Quedo el viento y queda la pena vespertina,<br />
Ni el más leve céfiro ronda la enramada,<br />
Cuando vuelvo a ver la tumba de mi Margarita<br />
Y esparzo las flores sobre la tierra amada.</p>
<p>Hizo una pausa. Sintió el ritmo de los versos rondar por el cuarto. ¡Cuánta  melancolía! ¿Podría él también escribir versos así, expresar la melancolía de su  alma en un poema? Había tantas cosas que quería describir; la sensación de hace  unas horas en el puente de Grattan, por ejemplo. Si pudiera volver a aquel  estado de ánimo&#8230;</p>
<p>El niño se despertó y empezó a gritar. Dejó la página para tratar de  callarlo: pero no se callaba. Empezó a acunarlo en sus brazos, pero sus aullidos  se hicieron más penetrantes. Lo meció más rápido mientras sus ojos trataban de  leer la segunda estrofa:</p>
<p>En esta estrecha celda reposa la arcilla,<br />
Su arcilla que una vez&#8230;</p>
<p>Era inútil. No podía leer. No podía hacer nada. El grito del niño le  perforaba los tímpanos. ¡Era inútil, inútil! Estaba condenado a cadena perpetua.  Sus brazos temblaron de rabia y de pronto, inclinándose sobre la cara del niño,  le gritó:</p>
<p>-¡Basta!</p>
<p>El niño se calló por un instante, tuvo un espasmo de miedo y volvió a gritar.  Se levantó de su silla de un salto y dio vueltas presurosas por el cuarto  cargando al niño en brazos. Sollozaba lastimoso, desmoreciéndose por cuatro o  cinco segundos y luego reventando de nuevo. Las delgadas paredes del cuarto  hacían eco al ruido. Trató de calmarlo, pero sollozaba con mayores convulsiones.  Miró a la cara contraída y temblorosa del niño y empezó a alarmarse. Contó hasta  siete hipidos sin parar y se llevó el niño al pecho, asustado. ¡Si se  muriera!&#8230;</p>
<p>La puerta se abrió de un golpe y una mujer joven entró corriendo, jadeante.</p>
<p>-¿Qué pasó? ¿Qué pasó? -exclamó.</p>
<p>El niño, oyendo la voz de su madre, estalló en paroxismos de llanto.</p>
<p>-No es nada, Annie&#8230; nada&#8230; Se puso a llorar.</p>
<p>Tiró ella los paquetes al piso y le arrancó el niño.</p>
<p>-¿Qué le has hecho? -le gritó, echando chispas.</p>
<p>Chico Chandler sostuvo su mirada por un momento y el corazón se le encogió al  ver odio en sus ojos. Comenzó a tartamudear.</p>
<p>Sin prestarle atención, ella comenzó a caminar por el cuarto, apretando  al  niño en sus brazos y murmurando:</p>
<p>-¡Mi hombrecito! ¡Mi muchachito! ¿Te asustaron, amor?&#8230; ¡Vaya, vaya, amor!  ¡Vaya!&#8230; ¡Cosita! ¡Corderito divino de mamá!&#8230; ¡Vaya, vaya!</p>
<p>Chico Chandler sintió que sus mejillas se ruborizaban de vergüenza y se  apartó de la luz. Oyó cómo los paroxismos del niño menguaban más y más; y  lágrimas de culpa le vinieron a los ojos.</p>
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